lunes, 26 de abril de 2010

Ruta de Emiliano Zapata (segunda de dos partes)

La semana pasada inicié una ruta por los lugares en los que nació, luchó y fue asesinado el gran líder revolucionario del sur. La entrega de hoy es también la más dramática: el cuartel general de Tlaltizapán y sobre todo la Hacienda de San Juan Chinameca, donde fue asesinado.



4. San Juan Chinameca
En esta hacienda, una de las primeras que tomó Zapata, donde más tarde salvó la vida en momentos de confusión y en la que al final acabaron tendiéndole la trampa que permitió su asesinato el 10 de abril de 1919, se siente como en ningún otro lugar el olvido del gran revolucionario mexicano. En la chimenea de la antigua hacienda pueden distinguirse a la distancia, dispuestas verticalmente, las letras de las palabras “Tierra y Libertad”; fuera de eso, todo parece comido por el desinterés y acaso hasta la burla. Da la sensación de que ante los hechos allí sucedidos se prefirió esterilizar el lugar, que parece abandonado y en el mismo silencio estupefacto que siguió a la muerte de Zapata. ¿No sería mejor homenaje al héroe y su movimiento que el edificio estuviera activo, casi como fuera, y que sus tierras dieran algo más que una bonita cancha de futbol? Por ningún lado hay letreros de las Rutas 2010 ni hay rastro siquiera de Telcel.
Las imágenes son reveladoras del museo, digno de Ripley, que hay allí: la palabra misma, “Museo”, o el resumen biográfico del héroe… A la entrada, sobre la mesa de registro, hay un tecolote muerto. Le pregunto al responsable que por qué lo tiene en ese lugar. Su respuesta es más clara de todo lo que pueda decir yo: “Para que los que vienen tengan algo que ver”. Dice que le han ofrecido hasta 500 pesos por él. Desaparece y vuelve con unas balas de cañón. Explica que son originales. Las sostiene para que se vean bien. 
Me cuenta que su antecesora enloqueció y que cuando él llegó estaba todo destruido. Él cubrió con plástico las mamparas que quedaban, que muestran copias de periódico y fotos, casi todo en mal estado. Dice que no tuvo más remedio que tomar ese trabajo: se alza la manga y me enseña un brazo enflaquecido, me explica, por el polio. Lo más conmovedor es que me asegura una y otra vez que ya va a empezar la obra allí. Pero ¿cuánto tiempo falta para la fiesta de centenario?, me pregunto. Si la hacienda de Chinameca no aprovecha la cresta de los presupuestos de este año, dudo que alguien pueda volver a interesarse, por lo menos en los siguientes cien años.
Afuera está el arco exento contra el cual acribillaron a Zapata. No lejos de él, frases de políticos, contra un fondo verde jade, que nadie se acerca a leer. De pronto se interrumpen: hay un espacio en libre que parece dejado a propósito para frases que debieron colocarse en periodos políticos futuros. Creo que la última es de Díaz Ordaz, como si desde su presidencia ya nadie se tomara la molestia de fingir que Zapata sobrevive siquiera en la retórica más exterior.
Debajo del arco fatal está la estatua ecuestre más desafortunada que he visto en toda mi vida; medio enana, quizás porque el zócalo que la sostiene no está a la altura debida, lo que la hace parecer fuera de proporción. Moldeado en un color amarillento, Emiliano lleva un fusil de juguete y un bigote que parece de plastilina.
Un viejo desdentado, más criollo que indígena, que está sentado a la sombra, vende piezas sacadas de un sitio arqueológico que según me explica a remolque, como si prefiriera no engañarme, se llama Las Muñecas. Unos minutos antes alguien me ha susurrado que las fabrica él mismo “echándoles lodo”. También ofrece la película Viva Zapata, con Marlon Brando, y una reproducción de un retrato del héroe firmado por Hugo Brehme. 
Luego me hace observar en el arco los restos de bala que no alcanzaron a darle a Miliano. Todo eso lo hace sin levantarse de la sombra desde la que me sonríe, irónico. Me ve con perfecta indolencia cuando me despido de él.

5. Comandancia general de Tlaltizapán
Cerrado por obra. No importa: basta pasearse delante de la puerta con gesto de contrariedad para que uno de los álguienes que descansan sentados en una banca adosada al muro de la fachada nos anime a empujar la puerta, que resulta que estaba entreabierta. Uno de ellos, el más joven, rapado al ras, con la camiseta de un equipo de futbol que le queda enorme, se pone al frente de la incursión. 
Pensaba encontrar una hacienda de proporciones, acaso con capilla anexa y árboles de cien años. Para mi sorpresa no es así. El edificio, leo en Womack, era un molino arrocero. Según entramos, a la izquierda hay un gran cuarto de planta rectangular. “Es un auditorio, donde Emiliano Zapata daba audiencias”, dice mi improvisado guía. Conforme nos vamos adentrando en el patio, me da la impresión que como para irse asegurando una buena propina, añade: “Aquí no entra nadie. Nadie. Pero nadie, ¿eh? Nunca… Es que es una comandancia.” Y luego: “Ustedes, ¿son españoles?”. El aspecto de Ana y Cristina casi lo convence. Para no decepcionarlo le digo que sí. Él se fija mejor: como nuestros acentos confirman que no somos más que vulgares chilangos, añade, entrecerrando los ojos, perspicaz, capcioso: “Pero ¿dónde viven?”.
El espacio libre de la antigua comandancia es bellísimo. Qué bueno porque es lo único que vamos a ver. La arcada, baja y proporcionada. La hora del día, casi las cinco de la tarde, hace que el sol sea propicio: hace calor pero los rayos oblicuos colorean todo de un barniz agradable. Al fondo, otra estatua de Emiliano, esta vez de pie, entre dos macetas con agaves. De allá sale el encargado, un hombre viejo y corpulento, más abrigado de lo que parecería necesitarse, que nos confirma que el museo está cerrado. Siento que nos ha perjudicado que el viejo responsable y el futbolista al ras hayan entrado en controversia. Si hubiéramos caído sólo en las manos de uno de los dos, habríamos visto todo lo visible y lo invisible. Ante la duda de quién va a ganarse la propina, mejor que se larguen los turistas.
El regreso a Yautepec, una media hora de una tirada, es por un libramiento que deja a la izquierda el pueblo de Ticumán. Como maneja Ana, y Cristina se entretiene escogiendo canciones de un iPod, me abstraigo viendo por la ventana pasar las vistas más hermosas del recorrido. 
México parece una vez más un enigma que ofrece solamente respuestas dolorosas y vuelvo a pensar que algunos de los mejores hombres han vivido en balde.

lunes, 19 de abril de 2010

Ruta de Emiliano Zapata (primera de dos partes)

Dije que sería buena idea ir tras los pasos de Emiliano Zapata, argumenté la cercanía del estado de Morelos, lo agradable del clima en estas fechas, la abundancia indudable de materiales informativos que facilitarían la aventura, pero lo hice de manera hipotética, refiriéndome al sábado de un futuro impreciso que nunca llegaría, con la certeza de que mis palabras no tendrían ninguna consecuencia práctica. No contaba con la tenacidad de Ana, que a los pocos días me llamó para decirme que teníamos una invitación a pasar el fin de semana en la casa de un amigo suyo en Yautepec, a un lado de la Hacienda de Oacalco, en pleno territorio zapatista. 
Por si fuera poco, se ofreció a manejar su camioneta nueva y a llevar comida y agua, y hasta dio los primeros pasos en la preparación de las rutas posibles, puntos de interés, horarios... Preparación que resultó sorprendentemente menos fácil de lo que yo había dicho, y sus resultados, tratándose de tal personaje y este año, más bien pobres. Un viernes conseguí librarme gracias al cumpleaños de un amigo; al siguiente no tuve más pretextos y pasadas las cuatro de la tarde me vi en un coche con Ana y su prima Cristina atravesando la ciudad de México rumbo a la carretera del sur.
¿Qué impresión se llevaría un turista bien intencionado si decidiera hacer la expedición por los lugares en los que nació, vivió y fue asesinado Emiliano Zapata? Hoy mismo, quiero decir, antes de que la oportunidad política les devuelva la trascendencia durante una mañana solemne... sólo para volver al olvido. ¿No es triste que frente a la casa donde nació el hombre que encabezó algunas de las exigencias más genuinas de la Revolución haya una manta que dice: "NO a la gasolinería en Anenecuilco"? ¿Y qué decir del Museo, digno de Ripley, que hay en el casco de la hacienda donde lo asesinaron?
Si ese turista fuera hoy mismo a esos escenarios, con la información que está en condiciones normales a su alcance, esto es lo que vería. Hicimos la ruta en cinco pasos, en este orden: Cuautla, Anenecuilco, Villa de Ayala, la Hacienda de San Juan Chinameca y Tlaltizapán. Volvimos a nuestro punto de partida, Yautepec, por un camino diferente al que nos había llevado, por lo que acabamos trazando en el mapa un óvalo para ir y volver.

1. Cuautla. Plaza de la Revolución del Sur
Esta plaza, que se encuentra casi como por azar atravesando Cuautla camino a Anenecuilco, señala el lugar en donde Zapata está enterrado. Está en obra: un grupo de albañiles cava alrededor para hacer, según nos explicó uno de ellos, los cimientos de una columnata que rodeará al monumento actual. 
¿Está enterrado debajo, cerca del lugar en donde trabajan? No conseguimos saberlo. Quizás nos lo hubiera dicho Telcel. No es broma: en puntos estratégicos de la ruta, la empresa telefónica comparte mamparas con las de las Rutas del Bicentenario, en las que ofrece información a cambio de marcar a un número. No lo hice: sentí cierta indignación por la sola idea de comprar a Telcel detalles sobre el movimiento zapatista o su líder.
En un extremo de la plaza hay una estela conmemorativa de piedra recinto bajo la cual, según nos dice nuestro informante albañil mientras se rasca la cabeza, puede que esté la tumba. Nos acercamos. Sobre el borde de una jardinera hay una plaquita conmemorativa firmada por el gobierno de Bolivia. Metido en la manta de las noches más frías de la montaña suriana, bajo de la fiebre de los treinta y tantos grados de la primavera morelense, se tiene la sensación de que Zapata acusa la temperatura de un gélido olvido.

2. Anenecuilco. Casa natal
La primera impresión es que las paredes de adobe, retocadas con argamasa y cubiertas por una lona, son un yacimiento prehispánico custodiado por el INAH. Se deja el coche en un terreno sombrado del otro lado de la calle, que atiende un sobrino nieto de Emiliano Zapata Salazar, según explica él mismo. Eso sí, añade, del lado Salazar. Cuando le tomo una foto me pregunta que si quiero que se ponga mejor el otro sombrero. Va por él. 
En el borde del ala tiene una cenefita con los colores de la bandera de México. Del lado del camino, frente al enrejado que marca el territorio familiar de los Zapata, una gran manta colgada del muro de la casa-estacionamiento llama a la unión del pueblo para reaccionar conjuntamente a la construcción de una gasolinería.
Como casi todas las veces durante aquella jornada, aunque el lugar estaba cerrado por obra—y bien se encargaron de repetírnoslo dos, tres, cuatro veces—, acabamos viéndolo, si bien sólo la parte descubierta. Un guía abrió el enrejado principal y nos pidió que nos sentáramos bajo la sombra de un árbol para exponernos las condiciones de la vida del héroe local, incluidas teorías originales propias que, dijo, es probable que vean la luz este año.
Los restos de la casa que se conserva, nos explica, son los de una de las dos originales, o por lo menos de una mayor que hubo en ese lugar. Allí nació Zapata el 8 de agosto de 1879. 
Detrás, a la izquierda al fondo, hay un hermoso jardín con las especies especificadas con letreros. No nos permitieron ver el museo, que según se nos dijo estaba en acondicionamiento, pero sí un bonito óleo en proceso de ser concluido, de un pintor apellidado Antuñano, que narra el momento en que Emiliano se despide para irse a la lucha armada.

3. La parota de Villa de Ayala
El gran árbol bajo el cual el maestro local Pablo Torres Burgos leyó el Plan de San Luis el 11 de marzo de 1911, momento que señaló la adhesión de los campesinos rebeldes de la zona al movimiento de Madero, aparece incólume, como si el tiempo sólo hubiera fortalecido sus ramas y hecho más profunda su sombra. 
Ésa es la especie a la que se refería Zapata, aunque con el precioso nombre indígena de huanacaxtle, cuando hablaba de colgar a los traidores, y es fácil imaginar semejante portento botánico atestado de cuerpos pudriéndose al sol. En las paredes del kiosko que se cobija a su sombra está reproducido el plan de Ayala, documento sagrado del zapatismo, de manera digamos popular, con letra manuscrita y dibujos alusivos. No pocos vecinos, todos hombres, la mayoría campesinos y unos cuantos policías, buscan la sombra de árbol y kiosko para conversar, hacer bromas, reír. Imposible no llamar la atención, con Ana y Cristina, dos llamativas güeras que contrastan con el público ambiente. Del lado del camino, que en el lugar del árbol traza una curva como para evitarlo —lo que le da a la vista un particular interés—, unas mujeres venden artesanía a la sombra de la parota, con la justificación del día mundial de la mujer, que acaba de celebrarse.

(Dejo para la semana entrante la visita a la Hacienda de San Juan Chinameca, con el museo que hay en ella, y el viejo molino arrocero que sirvió de cuartel general del zapatismo.)

lunes, 12 de abril de 2010

Homonimias

La semana pasada conocí a Fernando Fernández. No se crea que me he vuelto loco, ni siquiera que he caído en la tentación de ensayar un ejercicio de doppelgänger. Mi homónimo, Coordinador General de Extensión de la Universidad de Alcalá de Henares, es de carne y hueso. 
Nacido en la vecina Guadalajara, Fernando Fernández publicó en los años noventa la edición facsimilar de un manual de esgrima (Llave y gobierno de la destreza) escrito por un hombre que posiblemente tuvo un enfrentamiento con Quevedo. Eso sí: al revés que yo, insiste en añadir su segundo apellido: Lanza. Y es que en España llamarse como él y como yo es algo nada infrecuente.
Un puñado de Fernando Fernández españoles han alcanzado la fama y todos han sentido la necesidad de distinguirse con diversos procedimientos: el filósofo Fernando Savater, por ejemplo, omitiendo parte de su apellido paterno; el actor Fernando Fernán-Gómez, partiéndolo a la mitad; uno de los más conocidos cronistas taurinos, Fernando Fernández Román, añadiendo siempre su apellido materno. 
O al estilo gitano: Fernando Fernández Monje y Fernando Fernández Pantoja se llamaban los extraordinarios cantaores flamencos conocidos simplemente como Terremoto de Jerez, padre e hijo.
Así que de vivir en este país, siquiera por diferenciarme de la multitud mis homónimos, tendría que utilizar el apellido de mi madre: Figueroa.
Si desde niño supe de varios Fernando Fernández mexicanos (el más conocido fue el cantante llamado el crooner de México), nunca había sabido de alguien que, sin ser alguno de mis hermanos o tener necesariamente mi nombre de pila, tuviera mis dos apellidos. 
Las cosas cambiaron cuando vi The Searchers de John Ford, uno de los clásicos indiscutibles de la historia del cine.
Más allá del ecuador del película, John Wayne, que encarna al personaje protagonista, va a una “cantina” en la frontera con México donde ha de encontrarse con un hombre que conoce el paradero de la niña secuestrada a la que está buscando. “I am this man, señor”, le dice a Wayne ese hombre, que es una mezcla perfecta de bribón y terrateniente, el cual se presenta diciendo: “Emilio Grabiel [sic] Fernández y Figueroa, at your service for a price, always for a price”. A sus espaldas, mientras en español mi tocayo de apellidos dice: “¡Tequila para todos los señores!”, aparece bailando y tocando unas castañuelas una morenaza quien escucha de Fernández Figueroa, como si estuvieran en el Café de Chinitas y no en un desolado desierto de Norteamérica: “¡Carmen! Afuera, a la cocina, con tu tía, vete”, a lo que el cantinero añade, también en español: “Lárgate, atarantada”.
El brindis, que se lleva a cabo con un supuesto tequila de color ambarino, no tiene desperdicio: “Salud”, dice mi pariente de apellidos, a lo que Wayne contesta, algo desconcertantemente, siempre en español: “Y pesetas”, y Fernández Figueroa: “Y tiempo para gastarlas”. Y todavía Wayne: “Siemprrre”. El cantinero remata, ya en plan sublime: “Olé”. Al final, Wayne ensaya una definición arriesgada: “«Cicatriz» is mexican for scar”, y al acabar de decirla arroja al fuego de la cocina el contenido de un vaso y provoca una pequeña explosión, como si hubieran estado bebiendo aguarrás y no tequila.
Confieso que la primera vez que vi la película no entendí el sentido del nombre de ese personaje y me quedé con la agradable sensación de tener un pariente, por despreciable que pareciera, en ese lugar, en esa película, en ese director. Al día siguiente, como pensando en otra cosa, caí en la cuenta: llamándolo así, John Ford hizo un homenaje, entrelazándolos en uno solo, a los dos nombres más conocidos del cine de México: Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa. 
Me gusta pensar que para distinguirme de la multitud de Fernando Fernández que hay en España, si viviera aquí mi nombre cobraría un irresistible sentido cinematográfico.

lunes, 5 de abril de 2010

El mejor delantero suplente de la historia

El Parque Asturias de la ciudad de México tiene tres campos de futbol: dos de tamaño natural, llamados Molinón y Buenavista, y uno pequeño, para niños, conocido como El Campín. En éste comenzó, a los nueve años de mi edad, mi carrera futbolística.
Lo que no es poco decir: es muy posible que yo haya sido el mejor centro delantero suplente que hayan visto nunca aquellas canchas. No es que fuera malo: es que no me metían. Lo que explica que en los cinco o seis años que jugué no haya logrado meter más que dos goles, ambos de rebote.
Los equipos tenían nombres tomados de la orografía, la toponimia y la vida cotidiana de los asturianos: Río Cares, Cachapu (que es, como se ve en la foto, un recipiente de madera donde se guarda la piedra de afilar la guadaña), Arrancatapinos (tapín es un trozo de tierra con raíces), incluso Panoyos (mazorca de maíz malograda pero también... tonto). El mayor de mis primos, que fue un defensa central todo pundonor y coraje, jugó en el Sporting Covadonga y acabó sus días en el Orbayu (la famosa lluvia fina característica de Asturias), que tuvo algunas gloriosas temporadas y vestía de negro, con un paraguas bordado en el pecho a manera de escudo. 
Hacia la mitad de los años setenta, un asturiano tocado con una gorra más propia de detective que de entrenador, todo vellos y rubieces, más alto que la cima de Peña Blanca, fundó el Río Navia y lo atavió como la Holanda que bajo el apodo de Naranja Mecánica había asombrado a todos los niños del planeta, fueran asturianos de México o no.

Como todos los grandes centros delanteros incomprendidos, a lo largo de mi carrera jugué muy pocos minutos. Eso sí: en muchos equipos. Empecé jugando en el Sueve (sierra en el litoral asturiano), que vestía de amarillo y azul, como lo prueban las fotos que acompañan esta entrada, y que son del domingo de marzo de 1973 que estuve con el equipo en el Estadio Azteca.
Es posible que, de buenas a primeras, mi juego de toque rápido y desmarque inmediato causaran alguna impresión favorable porque durante aquel primer año llevé el número 8, aunque ya entonces estuve prácticamente toda la temporada en la banca.
¿Cómo no iba a ser así si la estrella de aquel Sueve era nada menos que Miguelito España, quien se convertiría en uno de los más sólidos futbolistas mexicanos, inamovible durante años en la selección nacional?
Después de un discreto paso por el Covadonga, me vi formando parte, ya en las canchas para mayores, del equipo del que guardo los recuerdos más vivos: el Bable (nombre del dialecto del latín hablado todavía en Asturias). La cosa quizás se deba a que, sentimental de mí, en esas temporadas descubrí aquellas verdades propias de la adolescencia que son tan dolorosas porque nos asaltan con los pantalones cortos y nos dejan la sensación de que perdemos sin la oportunidad siquiera de entrar al campo y jugar. Vestíamos a rayas verticales, de negro y miel, y éramos tan malos y de paso tan pocos que una temporada conseguí volver a llevar (siempre en la banca) el número 8. Mi apego a esos recuerdos me hace incomprensible que para algunos la palabra “bable” resulte inexacta o cosa peor.
Mis últimos tiempos de goleador ignorado pasaron sin pena ni gloria, ya en las filas del Cuera (que es otra sierra, ésta más al oriente de Asturias, limítrofe entre los concejos de Llanes y Cabrales), de azul y rojo, sin que mi astro futbolístico se atreviera nunca a brillar. 
Supongo que no tengo que decir que creo que el Centro Asturiano me sigue debiendo un partido de despedida. Vaya, porque comprendo que el de homenaje quizás sea demasiado.

(Las fotos del cachapu y de las sierras de Sueve y Cuera fueron hechas el fin de semana. La de Cuera la tomé desde el pueblo de Asiego de Cabrales).

lunes, 29 de marzo de 2010

Paseo por la calle de Donceles (segunda de dos partes)

La semana pasada adelanté la conclusión de mi levantamiento de la calle de Donceles: veintinueve librerías en una distancia aproximada de un kilómetro, lo que hace de ella el paraíso de los libros usados en la ciudad de México. Como sucede con algunos archipiélagos, el número de islas puede variar según suban o bajen las aguas de la economía del país, lo que hace que el dato, por fiable que sea el día de hoy, tenga algo de provisional. 
Es importante aclarar que el esquema que reproduzco, con su lista respectiva, incluye los establecimientos que están sobre Justo Sierra —el nombre que toma Donceles a partir de República de Argentina—, hasta la Calle del Carmen, y también las del Pasaje Catedral, que va hasta la primera paralela al sur, República de Guatemala. Hago el recorrido en el sentido de la numeración, de poniente a oriente, empezando en el Eje Central.

1. Marconi
2. La Casona de Aura
3. El Tomo Suelto
4. El Callejón de los Milagros
5. Regia
6. Universal
7. Librería de Viejo
8. Laberinto
9. El Mercader de Libros
10. Librería Selecta (dos puertas)
11. El Gran Remate
12. Hermanos de la Hoja
13. Inframundo
14. Bibliofilia

En el Pasaje Catedral:
15. Librería Donceles
16. Asís
17. San Pablo
18. Don Bosco

19. Librería del abogado
20. San Ignacio
21. Nelly
22. Distribuidora de revistas
23. El Colegio Nacional
24. Educal

En Justo Sierra:
25. Porrúa
26. Tauro
27. Porrúa Menudeo
28. La Feria del Libro
29. Expo de Libros


Como puede suponerse, semejante riqueza no hace sino asegurar la variedad. Hay de todo: desde la librería de viejo clásica, atestada y profusa, que da la impresión de no tener fondo y que parece abrirse a espacios sucesivos que se renuevan conforme nos decidimos a explorarlos, hasta los pequeños locales especializados en derecho o religión, más parecidos a farmacias o sacristías, como si las recias calles del centro histórico fueran el último reducto del escolasticismo que rigió en México durante la colonia —y que nos hunde siempre un poco más en un mar de lodo hecho de burocracia, autoritarismo y estulticia idéntico al que está debajo de buena parte de la ciudad.
La librería que satisface mejor mis intereses y mis gustos se llama Bibliofilia y está en la cuadra más librescamente intensa de Donceles —la que va de las calles de Palma Norte a República de Brasil. 
Al lado tiene su correspondiente galpón de libros comunes, llamado con toda lógica Inframundo, donde a veces salta la liebre mejor. Una y otra se complementan perfectamente: los libros que tienen valor intrínseco, objetivo, están en aquélla; en cambio en ésta pueden hallarse los que lo tienen sólo para uno, que, dicho sea de paso, son los que yo prefiero. Soy poco o nada bibliófilo, en el sentido estricto de la palabra: prefiero las ediciones en buen estado de conservación, legibles y bien anotadas, aunque sean de la semana pasada, que las rarezas y las piezas únicas.
Una vez en Donceles, ¿cómo proceder? Estoy convencido de que lo mejor es dejarse llevar de estante en estante y de librería en librería sin un plan predeterminado. Corrijo: acaso lo mejor sea llevar alguna idea, por vaga o imprecisa que parezca, y que acabará disolviéndose ante semejante universo de posibilidades. 
De trescientos a quinientos pesos en el bolsillo será más que suficiente para cada incursión y casi siempre se volverá con las manos llenas y poco menos que la mitad de ese dinero intacta. Lo que me conduce a otra recomendación: llevar una mochila discreta, que habrá que dejar a la puerta de cada librería pero que al final del día va a ahorrarnos la molestia de cargar desagradables bolsas de plástico. (La última vez, me devolvieron mis cosas y me quedé con la ficha número V...). 
Aunque con los precios, en general bajos, suele no notarse, las librerías de viejo tienen en México la civilizada costumbre de hacer algún descuento en los pagos en efectivo.
Como sea, es prudente tener a mano la tarjeta de crédito, que aceptan en no pocos lugares, por si los hallazgos resultan más de los ordinarios y haya que actuar con decisión. Nada peor que dejar un libro para otro día porque es posible que jamás se vuelva a ver.
Dos asuntos más: no es mala idea llevar agua. Con todo, si se quiere hacer un alto en el camino para hacer acopio de fuerzas o para hojear los libros, recomiendo la Cafetería Río, más o menos a la mitad de la ruta. 
Para la actividad complementaria, si es que no se desea tomar café, hay unos baños en el segundo piso del centro comercial que está en la esquina de Brasil, bastante limpios, de los que puede hacerse uso por unos pesos. 
¿Algunos de mis hallazgos recientes? El gran estudio de María Rosa Lida de Malkiel sobre Juan de Mena (ya me ocuparé de semejante monumento ensayístico); el trabajo en dos partes de Gómez Robledo sobre Dante, tan recomendado por Almela; una bonita edición de Picardía mexicana, que acabó regalándome Mónica; como siempre, un par de libros de Alfonso Camín...
¿Quién puede negarse a comprar por unas monedas esas preciosas ediciones que se pagó él mismo, con sus portadas de época, sobre todo cuando una de ellas reproduce nada menos que el Picu Urriellu? (Véase la entrada de Siglo en la brisa de hace tres semanas llamada "Mi cuaderno botánico").

lunes, 22 de marzo de 2010

Paseo por la calle de Donceles (primera de dos partes)

Hace un par de semanas aproveché la invitación de mi amigo Sabino Yano a una comida en el centro para hacer un levantamiento de las librerías de Donceles. Así que un par de horas antes de mi cita, armado de cuaderno de notas y cámara fotográfica, me planté en el arranque de la calle en el Eje Central. 
Si Donceles es el paraíso de las librerías de viejo, es otras muchas cosas más: de entrada, quizás sea la calle de la ciudad de México que tiene el nombre más antiguo de todos los que se conservan, y que según González Obregón ya tenía en 1524, a sólo tres años de la caída de la capital azteca; también, la dirección de algunas instituciones de la cultura mexicana, como la Academia de la Lengua o El Colegio Nacional, y de la política de la Federación, como el Senado, y hasta citadina, como la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Por si fuera poco, tiene dos teatros, una buena cantidad de tiendas especializadas en fotografía, un museo de la caricatura…
Hay esquinas nobles y hasta bellísimas, como la que forma Donceles con República de Chile en la incomparable casa de los condes de Heras y Soto, dedicada hoy a funciones de archivo de la ciudad de México, y en cuyo vestíbulo, al que se entra por Chile, está expuesta la cabeza del Ángel que se hizo pedazos al caer durante del terremoto de 1957. 
Pero también, cómo no, las hay detestables, como la que hace el Seven Eleven en la calle de Allende, haciendo muecas a la Asamblea que tiene en contraesquina. Del lado de Allende una placa asegura que en ese solar estuvo la casa donde en 1902 nació Torres Bodet —destino que parece más cruel aun que el cerrado olvido al que ha sido relegada su obra.
Desde algunos ángulos, Donceles ofrece algunas de las vistas más hermosas del centro, sobre todo aquellos desde los que se logra aislar el medio circundante y nos permiten ver los edificios de ahora con los ojos de hace dos o tres siglos, como sucede con el Hospital del Divino Salvador, un antiguo manicomio para mujeres. En realidad, todo ese lado de Donceles, el sur, entre Allende y Chile, es un alarde de belleza arquitectónica en tezontle, la roca volcánica porosa e impermeable que tiene la virtud de guardar el calor y cuyo color rojo quemado, como de sangre seca, ha dado materia a nuestros escritores para simbolizar el destino trágico de una ciudad que vivió uno de los más brutales asedios y valerosas defensas de las que se tiene memoria en la historia moderna. 
Uno de ellos es Carlos Fuentes, quien ubicó en esa calle —aunque dándole un numero imposible (815)—, la casona en la que ocurre la acción de Aura.
Cerca del final de Donceles, antes de llegar al Templo Mayor, está la sede del Fonca (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) y delante de ella una de las iglesias más delicadas y hermosas de la ciudad, La Enseñanza, que debe su fachada estrechísima, más de mueble que de inmueble, y quizás su peculiar planta octogonal, a que era el oratorio del convento del que formaba parte. 
A La Enseñanza iba mi abuela Fernanda todos los años el día de la Virgen del Pilar, de la que era devota (cf. su relación con el arroz Covadonga algunas entradas antes en este mismo blog).
El resultado de mi exploración de campo, que publicaré en la próxima entrega de Siglo en la brisa con lista de establecimientos y plano de ubicación, rebasa mis expectativas: en los cerca de 900 metros que mide Donceles, según el cálculo que hizo el arquitecto Fernando Fernández Bueno sobre un ejemplar de la Guía Roji, hay nada menos que veinticuatro librerías. 
Si extendemos un poco el recorrido, lo que hay que hacer para incluir a la emblemática Porrúa, que está cruzando la calle de Argentina, donde Donceles cambia su nombre por el de Justo Sierra, y llevamos el levantamiento hasta la calle que sigue, habrá que sumar cinco librerías más. 
La extensión vale la pena siquiera porque en el camino hasta la Calle del Carmen dejaremos a la izquierda la fantástica fachada de tezontle de San Ildefonso, en cuyos mingitorios vimos hace unas semanas a Borges retratado por Rogelio Cuéllar (véase también una entrada anterior de esta misma página web).
¿El resultado? Veintinueve librerías en una extensión aproximada de un kilómetro. Nada mal para cualquier lugar del mundo. Para México, un paraíso en la tierra. Lo que sin duda palidecerá frente a las cantidades de librerías que se pueden contar, en tramos de pocos metros lineales, en Buenos Aires… Confieso, para terminar, que cada vez me interesa más lo que encuentro en esas librerías, volúmenes que rescato a veces de generaciones de polvo y siglos de olvido, que casi todas las flamantes novedades que veo en Gandhi, El Péndulo o Sanborns.
(En la foto, yo mismo, con el estrecho acceso a La Enseñanza a la derecha de la imagen, poco después de comprar un cd de Daniel Santos. Nótese cómo el personaje que camina en medio del arroyo se lleva al corazón, metido en una bolsa de plástico verde, casi como si fuera algo sagrado, el libro que acaba de adquirir).