viernes, 17 de julio de 2015

90 años de Mi lucha (Programa de radio)


No pocos amigos se quedaron sin escuchar la emisión del pasado lunes del programa A Pie de Página. Por esa razón me decido a armar este post. El tema no puede ser más interesante: el libro Mi lucha, que Adolf Hitler –con la ayuda de Rudolf Hess– escribió en la cárcel a principios de los años veintes, y el cual, como ningún otro documento, expone el ideario y los propósitos del Partido Nacional Socialista que lo llevaron al poder apenas unos años más tarde.
Mañana, sábado 19 de julio de 2105, ese libro cumplirá 90 años de su primera aparición editorial. No sólo eso: a finales de este mismo año, los derechos de reproducción del libro quedarán liberados, lo que significa que a partir de entonces quien quiera podrá imprimirlo libremente.
¿De qué se trata Mi lucha? ¿Quién lo editó originalmente y qué efectos tuvo su primera edición? ¿De quién son los derechos, todavía en lo que resta de año, antes de que queden liberados? ¿Anunció el libro de Hitler la espiral de atrocidades y horror que vino con el esplendor del nazismo? ¿Qué significa el que pueda editarse y leerse de nuevo de manera masiva?
A todas estas preguntas contestó el invitado de nuestro programa del pasado lunes, mi amigo Jacobo Dayán. Experto, entre otros temas, en derechos humanos y genocidios –y por esto mismo, en nazismo y Holocausto–, Jacobo es también un gran conocedor de temas de cultura y sociedad alemanas por lo menos de la primera mitad del siglo XX.
Copio al final de esta entrega de Siglo en la brisa el enlace que lleva al programa de ese día. Ilustro este post con las imágenes de un ejemplar pirata de ese libro, propiedad de Jacobo; es el mismo que tuvimos al aire aquella tarde en la cabina de Horizonte Jazz FM, y al que nos referimos en algún momento de la conversación.
Las fotos, que hice con mi teléfono celular, con prisa y en malas condiciones, acaso ayuden a transmitir una cierta sensación relacionada con su condición ilegal. Como verán los lectores más cuidadosos, fue impreso en Colombia, aunque con el sello una supuesta editorial chilena, en el año “105 de la era hitleriana”. Aquí el enlace que lleva al programa:


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Gracias a Jacobo Dayán por su presencia en A Pie de Página. No menos que eso, por proporcionarme el retrato que incluye esta entrega de Siglo en la brisa. Es del portal de la revista Moi, en la que él colabora.

Una selección de emisiones de mi programa de radio:
Programa especial sobre Eduardo Lizalde, http://bit.ly/1exsXfU
Una entrevista con Vicente Rojo [en la foto que ilustra esta nota],  http://bit.ly/1exsURf
Fernando Escalante Gonzalbo diserta sobre la obra de Antonio Alatorre,  http://bit.ly/1bhoKpS
Federico Álvarez cuenta su vida, http://bit.ly/1aLqT26
Enrique Serna, sobre sus cuentos más recientes, http://bit.ly/1cKRaPH
Andanzas y visiones de Jesús Silva-Herzog Márquez, http://bit.ly/1cdFpfM
Leonardo López Luján y la escultura mexica de grandes proporciones, http://bit.ly/1aNJ8nK






viernes, 10 de julio de 2015

Yamita: imágenes recientes


De pronto caigo en la cuenta de que llevo largos meses sin dar noticias de Yamita. Echo entonces un ojo a las fotos recientes que tengo de ella y me doy cuenta de que hay material suficiente como para dedicarle un nuevo post. Todas las imágenes fueron hechas con mi teléfono celular; unas cuantas pasaron por alguno de los filtros de Instagram. El próximo 4 de septiembre, la deliciosa gatita con la que vivo cumplirá cuatro años. Aquí está, en todo su esplendor. Dedico este post a quienes han preguntado recientemente por ella.


Yamita y yo. 21 de junio de 2015



 Progresivo acercamiento. 7 de junio de 2015.

  Tazón. 23 de febrero de 2015.

Cordón de la persiana. 31 de agosto de 2013.

  Gatita mosaica. 9 de febrero de 2014.

  Iba pasando. 10 de agosto de 2013.

  De entre las camisas. 7 de junio de 2015.

Inquietante cordón. 20 de marzo de 2015.

  Indio. 11 de marzo de 2013

  Piso fresco. 26 de abril de 2015.

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La foto que abre este post ("Yamita y Yázpik") es del 4 de mayo de 2013.

Más sobre Yamita en este blog:
Un año de Yamita Monogatari, http://bit.ly/PMM7Vy
2013 en diez imágenes, http://bit.ly/1ehGdEj
Fotos curiosas, http://bit.ly/1wXRbuC

viernes, 3 de julio de 2015

La mirada del sol que se retira

A José María
Vi la serie una sola vez, hará unos veinte años, y nunca he conseguido sacármela de la cabeza. Tanto es así que a todo el que me contaba que se daba una vuelta por el Museo Dolores Olmedo, le preguntaba por ella: una sala, decía yo, una sala no muy grande, de forma rectangular y oscurecida a medias, dedicada exclusivamente a una serie de obras de pequeño formato, las más conmovedoras de todas las que conozco de Diego Rivera. Las respuestas solían variar, según quien fuera mi interlocutor; a la mayoría era imposible sacarlos de la impresión que les producían los xoloscuincles y los pavorreales rondando alegremente por los jardines de la vieja Hacienda de la Noria. Jamás tuve una respuesta satisfactoria, que correspondiera, digamos, a mi vivo interés, ninguna que confirmara que mi recuerdo no era una nueva mala pasada de mi descabalada memoria.
Eso fue así hasta el otro día, cuando José María fue al museo y volvió con una bella edición dedicada al edificio y sus colecciones, que mi hermano compró como cada vez que encuentra algún libro de arte de su gusto. La abrí. En las primeras páginas, para ilustrar el arranque del artículo de nuestro común amigo Juan Coronel Rivera, descubrí una reproducción de estupenda calidad de la serie.
En esta ocasión, el recuerdo me ha fallado sólo en un aspecto, más o menos esencial –y eso, según se vea–. Y es que, si atendemos a su naturaleza, nadie podrá perdonarme con facilidad que recordara que eran acuarelas, cuando en realidad son óleos. Pero si lo pensamos un poco más, el error quizás tenga algo de certero: a pesar de estar hechas con trazos decididos y tonalidades francas, con la fuerza de quien está acostumbrado a pintar con derroche de expansión expresiva, conservan esa cierta delicadeza que solemos adjudicar a la técnica de la acuarela –o al menos en la memoria, quiero decir, con el paso de los años–. En este caso, la delicadeza quizás podría explicarse por dos razones. 
La primera: las dimensiones relativamente pequeñas de cada una de las obras: 29.1 por 40.8 centímetros. La segunda: Diego pintó la serie cuando ya estaba enfermo de cáncer. En efecto, el vitalísimo pintor mexicano copió del natural las apasionadas puestas de sol de Acapulco durante los últimos meses de su vida, cuando sabía que su final estaba cerca.
Grandes, poderosos, profundos atardeceres, reproducidos en una tela más bien pequeña, que transmiten la emoción de quien se despide de la vida, cegado por el último fulgor del sol –cegado, claro, es un decir… (De paso: imposible no recordar aquel bello endecasílabo del último Octavio Paz: “con mirada de sol que se retira”.) 
En aquella sala del museo de Xochimilco dedicada en exclusiva a ella, la serie de veinte pequeños óleos produce una honda impresión que bien puedo asegurar que nunca se atenúa.
No es fácil dar con buenas reproducciones en la red. Me conformo con la que abre este post. Y por supuesto, con las de la edición del libro que José María me ha prestado unas semanas. De ese libro tomo estas líneas de Juan Coronel, nieto de Diego y uno de los grandes conocedores de la obra del gran muralista:
“En 1956, a los 70 años de edad, Diego Rivera tenía por cierto que le quedaban pocos días de vida. Estaba convaleciente en Acapulco, Guerrero, recuperándose de los tratamientos que para curar el cáncer que lo aquejaba le habían recetado; se hospedaba en la casa que su amiga Dolores Olmedo tenía en aquel lugar. Lo que más le sorprendió del puerto fueron los fulgores de las puestas de sol, días violetas y violentos, naranjas y melancólicos, verdes, rojos, azules. Los captó todos en una serie de pinturas cuyo recorrido cromático es una lección que pretende absorber el instante mismo de la creación, ese primer aliento del alba que los libros sacros de todas las religiones describen: tituló sus obras “Colores en el mar, el cielo y la tierra” (“Dolores Olmedo: coleccionismo y generosidad”, Museo Dolores Olmedo, libro editado por el propio museo y Nacional Financiera en 2007.)

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La foto de Juan Coronel Rivera es de Raúl Cano; la tomo de la página de Facebook de mi amigo, poeta y crítico de arte. La de Diego Rivera en Acapulco, en la que aparece Dolores Olmedo cargando un xoloscuincle, procede de la red; aquí el enlace del que la tomo: http://bit.ly/1Cln3Gp


Más sobre Juan Coronel Rivera en este blog:
Mi carta de Proust, a subasta, http://bit.ly/1GtH

Más sobre artes plásticas en este blog:
Las portadas para niños de José Guadalupe Posada, http://bit.ly/OTvwyW  
Siete imágenes del Códice Laud, http://bit.ly/13dmUao
Mi último encuentro con Vlady, http://bit.ly/1fKoWm7
El azul pintado más hermoso del mundo, http://bit.ly/V3HU0F
Carlos Mijares en Michoacán, http://bit.ly/P3xWqu
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/V3ICep

viernes, 26 de junio de 2015

Seis segundos de pasado legítimo

Un amigo, que alguna vez me oyó contar que una noche de agosto 1981 asistí en la sala Ollin Yoliztli a una inolvidable lectura de poetas en la que participaron, entre otros, Borges, Günter Grass, Allen Ginsberg y Octavio Paz, me mandó el enlace que lleva a un video de esa ocasión. Dijo: “Para ver si te encuentras entre el público”. Fue emocionante, antes de que pasaran diez minutos, efectivamente, encontrarme en él.
Es una lástima que el video reproduzca sólo la segunda mitad de aquella velada. Eso quiere decir que Borges, que abrió la primera ronda de participaciones, no habla en ese tramo –y no lo vemos casi, salvo al inicio y eso brevemente, al volver al escenario después del intermedio, llevado torpemente por dos personas–. Ya he contado aquí que aquella vez, entre otros poemas, dijo el inolvidable “La luna” (“Hay tanta soledad en ese oro…”), que desde entonces, por supuesto, me sé de memoria.
Pero vayamos a lo que sí tenemos. Con todo, esta vez no me referiré a las lecturas de la segunda parte del programa, las de Paz, Vasko Popa, Andrei Voznesensky y Joao Cabral de Melo Neto, en ese orden, que es como aparecen en el video, sino al público, al que se ve en las tomas abiertas o cerradas de los lapsos casi siempre de aplausos que hay entre poema y poema. Para quien quiera verlo completo y confirmar así algunos detalles a los que voy a referirme, ofrezco el link respectivo al calce de esta entrega de Siglo en la brisa.
Por supuesto que ni yo ni mi padre, que me acompañaba en aquella ocasión, conocíamos a nadie y por lo tanto no hicimos plática con nadie que no fuéramos nosotros dos. Más de tres décadas después, al verlo con detenimiento, sin embargo, reconozco a algunos asistentes: la China Mendoza, por ejemplo, en los minutos 4:37 y 21:29...
El arquitecto Teodoro González de León y su mujer, la poeta Ulalume, en diversos momentos, como en el minuto 23:32.
El escritor ítalo-venezolano Alejandro Rossi en 19:24, y una vez más en 39:42, y todavía alguna vez más…
También reconozco, en el minuto 2:39, a un jovencísimo Eduardo Vázquez Martín, poeta y promotor cultural, actualmente Secretario de Cultura de la ciudad de México, de quien por cierto me hice amigo unos ocho años más tarde.
En 39:57, la muchacha que aplaude de pie, me parece que es la dramaturga Estela Leñero …
Después de años y años de hablar de aquella lectura, también sé que había entre el público otros futuros conocidos míos –la otra tarde, sin ir más lejos, alguien me contó que allí también estuvo David Huerta, cosa que no he consultado con mi amigo poeta, y apenas la semana pasada el fotógrafo Juan Miranda me decía que tiene imágenes de esa noche…
Pero lo más interesante para mí, naturalmente, es que mi padre y yo aparezcamos en un lento paneo de seis segundos –y luego, en otro de tres, un poco más adelante. 
Es en el minuto 7:10, cuando Octavio Paz ha dado por terminada la lectura del poema “Por la calle de Galeana”. La cámara que ha encuadrado al poeta, corta; a continuación vemos un plano fijo de una segunda cámara, que toma el centro del escenario, y casi de inmediato lo que enfoca una tercera, en brazos de un camarógrafo que se mueve entre el público: a la izquierda del cuadro aparecemos mi padre y yo. Aquel día, yo tenía 17 años recién cumplidos; mi padre, 46. No me impresiona tanto el que hayan pasado casi treinta y cinco años como el hecho de que él tuviera cinco menos que hoy yo.
Veo el video otra vez, para apreciar los detalles. Mi padre, elegantísimo como siempre: nótese su corbata, el prendedor que fija los dos triángulos del cuello de la camisa; en sus dedos, dos anillos (¿por qué le gustó desde siempre llevar anillos? ¿De dónde le vino esa costumbre, que hoy conserva? Tema para un futuro post.) A la derecha del cuadro, es decir a mano izquierda de mi padre, estoy yo, particularmente serio y concentrado, como si no quisiera que nadie me sacara de un sueño. Mi postura en la butaca ¿es incomodidad? ¿arrogancia? ¿nerviosismo? De lo que estoy seguro es de que la intensidad del momento tiene tomado cada átomo de mi persona: no voy a perderme nada de lo que ocurra en esa ocasión. Entiéndase: estoy hechizado ante la presencia de mi héroe, Borges: nunca lo había visto en persona, nunca lo volveré a ver.
En agosto de 1981 acabo de empezar el último año de la preparatoria, en el CUM. Desde hace unos años sé con certeza que deseo dedicarme a la literatura y en consecuencia escribo todo lo que puedo. Aun así, no entraré a la carrera de Letras sino después de un paso fugaz y algo extravagante por la Facultad de Derecho. Los maristas tienen algunas virtudes: aun siendo religiosos, no son dogmáticos al respecto; gracias al razonable costo de sus colegiaturas, la sociedad que habita sus aulas es felizmente variada y por eso su educación resulta “democrática”, etc. Sin embargo, además de que su escuela es sólo de hombres –cosa imperdonable–, no fomentan como deberían las vocaciones humanísticas, con excepción de la que lleva a las odiosas Leyes. Para agosto de 1981, no lo dudo: escribo versos y pequeños diálogos teatrales y desde hace unos meses hago circular entre los otros alumnos una pequeña publicación, en todo incipiente y casera, en fotocopias engrapadas. En una palabra: ya soy quien voy a ser. Y si hoy mismo no leo a Borges con la pasión y el fervor de entonces, su huella se mantiene intacta en mí.
Pero volvamos al video: en el momento en que salimos a cuadro, mi padre se vuelve hacia su izquierda para decirme algo. 
El poema que acabamos de escuchar en voz de Octavio Paz se refiere, entre otras cosas, a una casa en construcción y menciona a unos albañiles, lo que me proporciona la primera hipótesis: ¿será que me comenta algo al respecto, él, que es arquitecto? 
¿O será para recordarme cuál es la calle de Galeana, en San Ángel? ¿O para hacerme notar, en fin, alguna singularidad en la expresión de Paz? Aun cuando el pequeño “metraje” es relativamente largo, seis segundos de pasado legítimo, en foco y a colores, resulta demasiado fugaz. Pasa demasiado deprisa: como el agua que corre. 

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Gracias a mi amigo Alan Suárez por el envío del link que conduce al video completo de la Noche de Poesía Internacional, de agosto de 1981 en la Sala Ollin Yolliztli. Aquí lo copio a mi vez: http://bit.ly/1nlozVE

Gracias también a Jonathan López Romo, quien editó el video original para mostrar el minuto que me interesa reproducir en Siglo en la brisa: http://youtu.be/us4b_FtWDEE

Borges en la Sala Ollin Yoliztli (a la derecha, una página de la revista Viceversa ilustrada con una serie de fotos de Borges tomadas en México por Rogelio Cuéllar): http://bit.ly/1n26rgE

Otras entradas sobre Borges en Siglo en la brisa:
En los baños de San Ildefonso, http://bit.ly/9aenhb 
Borges y el prestigio del sistema decimal, http://bit.ly/17bOcNo
El gomero de la Plaza San Martín, http://bit.ly/12ON7aX

Más sobre Octavio Paz en este blog:
Un retrato afortunado, http://bit.ly/1DCO5Jl
La contestadora automática de Octavio Paz, http://bit.ly/1fCpu0p
El gato que rasguñó a Lévi-Strauss, http://bit.ly/TAg6AJ
Paz en el velorio de Juan Rulfo, http://bit.ly/XJsi1s