domingo, 15 de diciembre de 2013

Buñuel, memorista inolvidable


Treinta y un años después, releo las memorias del gran cineasta español y vuelvo a encontrarme con algunos pasajes que nunca se borraron de la mía. Eso sí: para leerlas nuevamente he debido de comprar un ejemplar de la edición que circula por estas fechas ya que la que me acompañó durante todo este tiempo, por cierto la primera mexicana —producida más que editada por Plaza y Janés, con el único objetivo de vender ejemplares—, toda rota, hace rato que debería de haberse ido a la basura. 
Todavía antes de convencerme de renovar su presencia en mi biblioteca, intenté volver a los recuerdos de Buñuel en la edición de mi primerísima juventud, y en dos o tres sesiones me vi rodeado de la pedacería sobreviviente haciendo verdaderos malabares para saber qué seguía a continuación de lo que estaba leyendo. 
Después de bendecir a Gutenberg, y de maldecir a los editores chapuceros, acabé resignándome y compré la edición de De Bolsillo, la cual en unos años, cuando transcurra el tiempo suficiente para que quiera volver a leerla, y que con toda seguridad no será tan largo, deberé de renovar otra vez. Aquel libro y éste pertenecen al género de ediciones que, con la venturosa llegada de las nuevas tecnologías, están condenadas a desaparecer.
Los episodios que nunca se fueron de mi memoria, y que por mero sentimentalismo copio de mi vieja edición descuadernada, son los aquellos en los que Buñuel recuerda el día que le preguntó a Lorca si era “maricón”, expone sus ideas sobre el arte blasfematorio, opina sobre la estética “prefabricada” de Gabriel Figueroa, revela un retrato francamente feo de Pedro Armendáriz y expresa su opinión sobre la figura pública de Borges —comentario que vale la pena sobre todo por la frase final. 
Para acabar, copio las últimas líneas del libro, tan buenas o más que los otros fragmentos, y en las que el viejo aragonés expresa un simpático deseo postrero. Una vez releído Mi último suspiro, me temo que la nueva cosecha de episodios memorables no cabría en diez o quince entradas de esta página. Este post recupera seis de los que conservé de mi primera lectura, de los que mi experiencia asegura que son, con toda certeza, inolvidables.

Mi último suspiro (Memorias) [seis pasajes]
Por Luis Buñuel

[Lorca, homosexual]
Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera.
Estábamos sentados en el refectorio, uno al lado del otro, frente a la mesa presidencial en la que aquel día comían Unamuno, Eugenio D’Ors y don Alberto, nuestro director. Después de la sopa, dije a Federico en voz baja:
—Vamos afuera, tengo que hablarte de algo muy grave.
Un poco sorprendido, accede. Nos levantamos.
Nos dan permiso para salir antes de terminar. Nos vamos a una taberna cercana. Una vez allí, digo a Federico que voy a batirme con Martín Domínguez, el vasco.
—¿Por qué?— me pregunta Lorca.
Yo vacilo un momento, no sé cómo expresarme y a quemarropa le pregunto:
—¿Es verdad que eres maricón?
Él se levanta, herido en lo más vivo, y me dice:
—Tú y yo hemos terminado.

[En que se señala las posibilidades blasfematorias del español]
El idioma español es, ciertamente, el más blasfematorio del mundo. A diferencia de otros idiomas, en los que los juramentos y las blasfemias son, por regla general, breves y separados, la blasfemia española asume fácilmente la forma de un largo discurso en el que tremendas obscenidades, relacionadas principalmente con Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la Virgen y los Santos Apóstoles, sin olvidar al Papa, pueden encadenarse y formar frases escatológicas e impresionantes. La blasfemia es un arte español. 
En México, por ejemplo, donde sin embargo la cultura española se halla presente desde hace cuatro siglos, nunca he oído blasfemar convenientemente. En España una buena blasfemia puede ocupar dos o tres líneas. Cuando las circunstancias lo exigen, puede, incluso, convertirse en una letanía al revés. […] Y, ya a que hablo de blasfemia, añadiré que la ciudades antiguas de España, en Toledo por ejemplo, se veía escrito en la puerta principal de acceso: Prohibido mendigar y blasfemar, y ello bajo pena de multa o de un breve período de arresto. Prueba de la fuerza y la omnipresencia de las exclamaciones blasfemas.

[Pedro Armendáriz y la pederastia]
Por regla general, regla que conoce felices excepciones, un actor mexicano no haría nunca en la pantalla lo que no haría en la vida.
Cuando yo rodaba El bruto, en 1954, Pedro Armendáriz, que disparaba de vez en cuando su revólver en el interior del estudio, se negaba enérgicamente llevar camisas de manga corta, las cuales, decía, están hechas para los pederastas.
Yo le veía aterrorizado ante la idea de que pudiera tomársele por un pederasta. En esta película, mientras es perseguido por unos matarifes, encuentra a una joven huérfana, le pone la mano en la boca para impedirle gritar y, luego cuando los perseguidores se alejan, como tiene un cuchillo clavado en la espalda, tiene que decirle:
—Arráncame eso que llevo ahí detrás.
Durante los ensayos, le oí de pronto enfurecerse y gritar: “¡Yo no digo detrás!”. Temía que el solo uso de la palabra “detrás” fuese fatal para su reputación. Palabra que yo suprimí sin ningún problema.

[Sobre la belleza "prefabricada" de Gabriel Figueroa]
Con Nazarín, rodada en 1958 en México y en varios bellísimos pueblos de la región de Cuautla, adapté por primera vez una novela de Galdós. Fue también durante ese rodaje cuando escandalicé a Gabriel Figueroa, que me había preparado el encuadre estéticamente irreprochable, con el Popocatépetl al fondo y las inevitables nubes blancas. 
Lo que hice fue, simplemente, dar media vuelta la cámara para encuadrar un paisaje trivial, pero que me pareció más verdadero, más próximo. Nunca me gustado la belleza cinematográfica prefabricada, que, con frecuencia, hace olvidar lo que la película quiere contar y que, personalmente, no me conmueve.

[Borges, presuntuoso y adorador de sí mismo]
Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades. 
Y Jorge Luis Borges, con quien estuve dos o tres veces hace sesenta años, me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. En sus declaraciones percibo un algo de doctoral (sienta cátedra) y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras ni tampoco su desprecio a España. Buen conversador como muchos ciegos, el Premio Nobel retorna siempre como una obsesión en sus respuestas a los periodistas. Está absolutamente claro que sueña con él. […] Naturalmente, si estuviese de nuevo con Borges, quizá cambiara totalmente mi opinión respecto a él.

[Después de la muerte]
Una cosa lamento: no saber lo que va pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.

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La imagen que ilustra el fragmento sobre Gabriel Figueroa es una foto fija que el gran cinefotógrafo mexicano hizo en 1933, durante la filmación de la película Enemigos de Chano Urueta, según informa la revista Artes de México (número 2, "El arte de Gabriel Figueroa", segunda edición, 1992). El retrato de Borges es de Rogelio Cuéllar. El resto de las imágenes, como la que abre este post, proceden de sitios en la red en los que lamentablemente no se aclara autoría.

Algunos artículos relacionados con esta entrega que pueden leerse sin salir de Siglo en la brisa:
El día que Compay sobrepujó a Federico, http://bit.ly/19JNxCV
Borges y el prestigio del sistema decimal, http://bit.ly/1fdQ6RC
Un personaje de John Ford apellidado Figueroa, http://bit.ly/1b5H5G9
Unas memorias de América, http://bit.ly/1ftYnBL

domingo, 8 de diciembre de 2013

La tía Piedad


En 2001 pasé algunos meses en el departamento familiar de mi amigo Xavier Pascual Aguilar, en el último piso de un pequeño edificio del barrio madrileño de Campamento. Sus padres se habían conocido casi medio siglo atrás, apenas a unas calles de distancia; quizás se vieron por primera vez a las puertas del cine del barrio del que él era socio y operador técnico y a donde ella iba a ver las películas de estreno acompañada de sus hermanas Charo y Piedad. Cuarenta y tantos años más tarde, las tres hermanas seguían viviendo en Campamento y sólo la más pequeña, Piedad, se había mantenido soltera. 
Yo la conocí y la traté durante mi estancia en Madrid porque vivía en el mismo edificio que la familia de mi amigo, un par de pisos más abajo. Como todo el mundo tenía cosas que hacer menos yo, que estaba de vacaciones, y Piedad, una mujer camino de los setenta años que no tenía mayores actividades, de cuando en cuando bajaba a su departamento y conversaba con ella. Refugiados del calor infernal que hacía en la calle, que Piedad atenuaba cerrando las persianas y abriendo las ventanas para conseguir una fresca penumbra, me fue contando algunos episodios de su vida. Creo que no exagero si afirmo que vivía atormentada por algunas decisiones que, según me contaba una y otra vez, la habían condenado a la soledad más irremediable. Tampoco podría decirse que estuviera precisamente sola, y no me refiero a la relación que mantenía con un hombre mayor que para nada se distinguía por su educación o su elegancia, sino porque en el edificio vivían hasta tres sobrinos suyos y era de veras difícil decir cuál de los tres era más amoroso y atento con ella.
Desde hacía poco, además, se acompañaba de una gatita joven y activa a la que llamaba "la Susi". A la tía solterona de mi amigo Xavi le divertía contar las formas con que la gatita se las ingeniaba para no separarse de su lado: si decidía hacerse algo de comer, por ejemplo, la Susi se trepaba a lo alto de la alacena y desde allí la contemplaba ir y venir por la cocina; si se metía a la ducha, la gatita se ovillaba en el bidé. Durante el tiempo que duraba mi visita, estaba pegada a Piedad, ya fuera mordiéndole los dedos, o trepándole por la blusa, o dormida profundamente, contorsionada en el brazo del sillón. Gracias a que conservo los restos del poema que motiva este post, puedo recrear algunos detalles de la convivencia de ambas, como la noche que la Susi atrapó un murciélago joven en el balcón de la recámara principal, lo que su ama me contó al día siguiente entre gestos demudados de incredulidad y espanto.
El verano de aquel año la familia de Xavi decidió hacer una obra de reparación del departamento en el que llevaban toda la vida. El propósito era sustituir el cableado eléctrico original, por el que nunca se había hecho nada, así que un buen día un pequeño grupo de albañiles y electricistas entró a la casa y la puso literalmente patas arriba. Por esos días, mi amigo acabó el año escolar en el Instituto en el que daba clases y nos preparamos para hacer un par de viajes, uno de ellos a Lisboa. Aproveché que el departamento de la tía Piedad tenía un cuarto vacío para preguntarle si podía guardar mis cosas, que sólo estorbaban en el piso en obra, en lo que regresaba del viaje. Cuando volvimos me vi en problemas para manifestarle mi agradecimiento ya que nunca supe qué regalarle, y eso a pesar de los sabios consejos de su sobrina Charo, por lo que decidí escribirle este poema.
Por desgracia, Piedad murió tres años después y no alcanzó a leerlo, ahora ya no puedo decir si porque no lo tuve listo a tiempo o porque no supe cómo iban a tomárseme las inocentes alusiones que hago en él. Copio el texto de la edición de Palinodia del rojo ("A la señorita Piedad Aguilar, al volver de un viaje". Aldus, 2010), en el que aparece a partir de la página 17.  
Agradezco a mis queridos amigos Charo y Xavi Pascual Aguilar (en la imagen al lado de estas líneas, retratados en Stonehenge), que me hayan escaneado y enviado las fotos de la tía Piedad que comparto ahora con los lectores de este blog.

A la señorita Piedad Aguilar, al volver de un viaje
Por FF

Para darte las gracias,
                                     para hacerte
saber que aprecio que hayas puesto a resguardo
algunas pertenencias mías
mientras duró mi viaje,
quise comprarte algún detalle —una planta,
digamos,
              una azalia (“azalea” dice Charo,
que es quien me recomienda
regalarte una planta,
ya que te gustan tanto).

Pero en toda Escalona, a donde fui temprano
para evitar el calorón de agosto,
a uno y otro lado de Illescas,
                                               ni la sombra
del vendedor que otrora (¡todavía este martes!)
regaba de macetas la banqueta
bajo este mismo sol, Piedad, un sol de agobio
no digno de Madrid sino de Gobi.

Con las manos vacías, de vuelta esta mañana,
me entero de que quieres deshacerte
de tanta planta,
                         una de cada
—por Charo es que me entero—
ya que, dices, de todas tienes dos
al menos.

Y aunque conozco algún disgusto tuyo
—las niñerías de tu hombre
octogenario casi, sus bastedades y sus desfiguros,
que no llama desde hace cuatro tardes
y con quien, de otro modo,
cada domingo vas al cine
y después tomas algo junto al lago—,
mentiría si te digo que no ignoro,
tus gustos en perfumes o pañuelos
o pedrerías.

Por todo ello te envío en estas líneas
Piedad, como si fuera, digamos,
    otra cosa
—una cosa que fuera más que letras—,
una mascada, un jaspe
          o hasta una planta, sí,
un manojo de azalias rozagantes,
una planta si no tuvieras tantas.

De ilusorias azalias, en este ramo escrito,
y en sus ásperas hojas
y sus tallos opacos, incapaces siquiera
de beber de las linfas de un florero,
alegrar un balcón o una recámara,
en ellos va mi gratitud
—y no repares en si, siendo honestos,
son sus dones exiguos.

Cuando vuelvas al lago
del brazo de tu hombre este domingo,
de regreso del cine,
no dejes de mirarte en las aguas azules;
sonríe, sin más, sonríeles a las nubes
y a las flores que mires.

Será verano, y aún de día,
y en la esquina de Illescas y Escalona
venderán cualquier cosa todavía
en vez de plantas;
será este sol de agobio todo menos que incierto
—aquel que, impropio en Gobi,
ha resultado propio de Madrid,
¡que no es desierto!

Azalea dile tú o dile azalia,
no importa cómo llames
aquello que sin trazas de donaire
te pido que recibas, Piedad, como si fueran
gracias.

_________________________
Las fotos que ilustran este post pertenecen al archivo de la familia Pascual Aguilar. La imagen de las azalias (Rhododendrom simsii), que en España se conocen como "azaleas", proviene de la Wikipedia.

Más sobre Palinodia del rojo en este blog:
La edición, http://bit.ly/1bLNQ65
La presentación, http://bit.ly/HAijY6
Lectura del poema “Paloma y no”, http://bit.ly/lKlTwP
“Milagro en la playa”, http://bit.ly/W7y222
Tres años de Palinodia del rojo, http://bit.ly/IxEKNa

Xavier Pascual Aguilar en Siglo en la brisa:
Un poema de Wendell Berry, http://bit.ly/1cGVP0R
El soundtrack de una vida, segunda parte, http://bit.ly/NFn3cM
19 imágenes de los Estados Unidos, http://bit.ly/Px26R5

domingo, 1 de diciembre de 2013

Entrevista a Federico Álvarez (fragmento)


Este post recoge una parte de la entrevista que hice por escrito al editor y maestro universitario Federico Álvarez (San Sebastián, 1927) a propósito de la publicación del primer volumen de sus memorias, editado por la Dirección General de Publicaciones de Conaculta. La entrevista completa puede leerse en el número de octubre de 2013 de la revista Este País. El link, al calce.

A mediados de los años ochenta me inscribí en el curso de Teoría Literaria de la carrera de Letras Hispánicas que por semestre y horario me correspondía. La clase resultó un fracaso. La maestra, hija de un famoso músico y mujer de un importante personaje universitario, insistió en reducir la amplísima bibliografía a un único librito de un solo autor estructuralista, al que acudiríamos a lo largo del semestre casi como si fuera una Biblia. Por desgracia, sus múltiples compromisos la obligaron a faltar una semana sí y otra también. Su adjunto, un primerizo sin personalidad ni ideas propias, fue incapaz de dar rumbo al proyecto, lo que hizo que las clases resultaran invariablemente soporíferas y estériles. Acabé abandonando. 
Al siguiente semestre indagué con quién más podía tomarse esa materia y la única opción resultó ser un profesor español llamado Federico Álvarez Arregui que daba la clase en el horario vespertino a la peor hora posible, de las seis de la tarde a las ocho de la noche del viernes. Si yo llevaba algún escepticismo, como sin duda lo llevaba, se disipó a los pocos minutos de escucharlo: Federico, que para entonces iba de camino a los sesenta años, era todo lo contrario de la profesora del horario matutino y el apellido impresionante. Desde el primer viernes que estuve en su clase admiré a aquel hombre carismático que explicaba los conceptos más arduos con perfecta claridad. Quizás todo se debiera a su procedencia: para muchos de nosotros fue el único maestro del exilio español al que conocimos, o por lo menos el que nos dejó una huella más duradera, y me parece que su españolidad era fundamental en su estilo de enseñanza: el calor de la expresión hablada, la vehemencia alegre que ponía en sus argumentaciones y la sabrosura de su recursos expositivos, ricamente salpicados de citas, anécdotas y curiosidades. Federico Álvarez era generoso, entusiasta y afable. 
Por si fuera poco, tenía un par de virtudes sumamente valiosas en el ambiente universitario: si por un lado practicaba una suerte de sentido común lleno de flexibilidad, por el otro, a pesar de que sus apasionadas ideas políticas estaban claras, no era de los que las colocaban por encima de todas las cosas (me viene a la cabeza una pobre señora que vivía atragantada por la sola existencia de Octavio Paz). No hubo una sola vez, o no al menos que yo me acuerde, que Federico, que nunca faltó a una clase, las antepusiera a sus experiencias literarias o musicales, y no recuerdo que haya manifestado ninguna postura cerrada o dogmática. Conforme caía la noche del viernes sobre Ciudad Universitaria, cuando la sensación del fin de semana iba minando la atmósfera en la que flotaban los alumnos más rezagados, Federico desplegaba su discurso luminoso y bellamente expresado. Casi treinta años más tarde, apenas me enteré de la aparición del primer volumen de sus memorias, conseguí un ejemplar y lo leí con gran interés. 
El libro, llamado Una vida. Infancia y juventud, se refiere a sus años en San Sebastián, ciudad donde nació en 1927, y los primeros de su juventud en La Habana, hasta su llegada a México en 1947. La naturaleza de su escritura más personal me ha hecho sentir que estoy nuevamente delante de él, en su clase: el Federico Álvarez octogenario que evoca el pasado es el mismo al que muchos de nosotros recordamos con admiración y gratitud. El día mismo que lo entrevisté en la radio le propuse este cuestionario sobre los temas de su libro y él accedió a responderlo.

La felicidad ocurre casi siempre en el olvido
Entrevista con Federico Álvarez (fragmento)
Por FF
Me parece que decimos tantas veces que la tradición literaria en nuestra lengua es escasamente memorialista y poco dada a la literatura autobiográfica, que me entra la duda de si no estaremos diciendo un falso lugar común. ¿Es verdad o deberíamos de replantearnos la idea?
Creo que debemos replanteárnosla. La literatura autobiográfica tal vez sea en nuestros países un fenómeno decimonónico, burgués. En España, desde santa Teresa y Torres Villarroel hasta Jovellanos, Blanco White, Mesonero Romanos, Alarcón y los noventaiochistas hay tal vez un vacío que luego ya no vuelve a producirse. Los del 98 fueron muy memorialistas. 
Las Memorias de Pío Baroja [en la foto], una vez empezadas, no pueden ya dejarse de las manos; Paz en la guerra, de Unamuno es una autobiografía que hace mucho leí con gusto, y Antonio Azorín lo es desde el título mismo. También Blasco Ibáñez escribió muchas páginas de memorias (La vuelta al mundo de un novelista, por ejemplo). La Segunda República, la guerra española, la posguerra y el exilio nos han dejado una cauda interminable de libros autobiográficos: desde Corpus Barga, José Gaos, Gil-Albert y Rafael Alberti hasta Elena Soriano, Beatriz Gopegui y Soledad Puértolas pasando por Rosa Chacel, Salazar Chapela, Ana María Matute, Carlos Barral, y un etcétera que no termina en nuestros días. En América Latina, la tradición memorialística es tal vez mayor. Concolorcorvo es ya un memorial autobiográfico, y el fabuloso libro de fray Servando, en el XIX, inicia una serie rica de vidas narradas: la Avellaneda, Sarmiento, Lastarria, Guillermo Prieto, Hostos, Darío, Martí, Miguel Cané, Sanín Cano, Vasconcelos, Azuela, Felisberto Hernández, Cintio Vitier, Cardoza y Aragón, hasta nuestras Rosario Castellanos (Balún Canán), Elena Poniatowska (Lilus Kikus) y las muy breves que encargó Emanuel Carballo a García Ponce, Juan Vicente Melo, y otras que ahora no recuerdo, y la del propio Emanuel Carballo, Diario Público. En Brasil Graciliano Ramos, Jorge Amado, Lins do Rego (El niño del ingenio, bello libro), otra cauda larguísima. Habría que estudiar (tal vez ya se haya hecho) toda esa balumba riquísima.  

Es llamativa la precisión con la que recuerdas tantos detalles de tu infancia, cuando ha transcurrido tanto tiempo, en algunos casos hasta ochenta años. Y sin embargo, creo que más que personas que tengan tan buena memoria, hay quienes repasan y repasan las cosas, que están siempre —digamos— rumiándolas y por eso no las olvidan. ¿Siempre fuiste, como me parece, una persona memoriosa?
Sí, siempre he tenido buena memoria. La tan vituperada educación “memorística” me dejó esa valiosa herencia. Por eso soy un enemigo jurado de la plastilina y de las crayolas en la educación primaria. Ya he dicho que la vejez ayuda además milagrosamente al recuerdo. Es cosa sabida: el abuelo se acuerda de los tiempos de Maricastañas pero olvida dónde dejó las gafas que lleva puestas. Ya en la realidad concreta de la escritura, un recuerdo te lleva a lo que ocurrió poco antes y a lo que ocurrió poco después, y así vas hilando una corriente de vida casi escénica. Se dice que recuerdas sólo lo que quieres recordar. Es completamente falso. Recordar es llorar. ¿Quién lo dijo? Recordar es pocas veces una experiencia gozosa; la felicidad ocurre casi siempre en el olvido. Todos los que escribimos sabemos que escribir (y más si escribes tus recuerdos) es una tarea angustiosa. 
(Ahora recuerdo, es Larra quien lo dijo, ¿no?, “escribir es llorar”; se refería a escribir en España, claro.) Leer es la ocupación gozosa, precisamente porque es un trance asombroso en el que te olvidas de ti mismo al quedar atado, fuera de tu tiempo y de tu espacio, a vidas y pensamientos ajenos. Como cuando “paseas” embobado por el Louvre o el Prado, o sentado en un concierto. ¿Acaso recuerdas algo de tu vida oyendo a Bach o a Brahms o a Mahler en el más callado rincón de tu casa o en una sala de conciertos en la que estás “solo”? Es un puro y feliz asalto de lo ajeno.

Uno de los momentos más dramáticos de tu infancia es tu visita a Gernika a unos pocos meses de la destrucción del pequeño poblado y la matanza de más de mil quinientas personas, mujeres, niños y ancianos, y a donde te llevaron, aunque parezca increíble, en una excursión escolar. ¿Qué es lo que más te impresionó de lo que viste?
Extraña “excursión escolar”, sí. Al cabo del tiempo he llegado a creer que en los marianistas de San Sebastián (o, al menos, en buena parte de ellos) hubo el deseo, acaso de origen católico “nacionalista”, de hacernos ver lo que Franco, los aviones alemanes, habían hecho con la ciudad simbólica de las tradiciones vascas. Sabíamos lo que era la guerra: uniformes, soldados heridos, bombardeos, moros, muertos tirados junto a un socavón, desfiles, noticias susurradas, cárceles, fusilamientos...  
Pero no sabíamos lo que era el horror desnudo, ¿entiendes? Recuerda que tal vez el odio mayor de Franco era hacia los nacionalismos separatistas vasco, catalán y gallego: “¡Prefiero una España roja a una España rota!”, dicen que dijo. Recuerda también que hizo fusilar a 16 sacerdotes vascos y encarceló a muchos, entre ellos a mi confesor en la iglesia de San Vicente. Ya no estoy seguro de mis recuerdos de aquella “excursión”. Hemos visto tantas fotografías y películas de ciudades bombardeadas en la Segunda guerra mundial, que aquellas paredes altas que no se sabe cómo se tenían en pie, con una ventana abierta a ninguna parte y un cuadro colgado y torcido, entre vigas calcinadas, montones de ladrillos ennegrecidos y cascotes por todas partes, no sé si son de Gernika o de alguna otra ciudad europea: Coventry, Oradour [en la foto de abajo], Rotterdam...
De lo que sí me acuerdo muy bien es del caminito abierto entre las ruinas para que pudiéramos caminar tropezando, uno detrás de otro, unos cien metros adentro del pueblo, y cómo daba vuelta en otra “calle” y al cabo volvía hacia donde había quedado el autobús.

Escribes que al dejar San Sebastián, de camino a Cuba, pensaste que dejabas la patria pero que tardaste treinta años en saber que no hay más patria que la infancia. ¿A qué te refieres? Y ¿en qué momento te diste cuenta de eso?
Fue cuando, tras la euforia engañosa de la “transición”, acabaron ganando –si es que alguna vez perdieron– los franquistas de nuevo; es decir, la vieja derecha española fascista de siempre. “España es ansí”, es una novela de Baroja. No lo sabía bien. Ni los socialistas pudieron nada contra ella. Teníamos una ilusión –la República democrática, moderna-- que no se cumplió. 
Toda España estaba y sigue estando emblematizada en el rey, el himno real, la bandera franquista, Franco en el Valle de los Caídos como en un sagrario, y los cadáveres de tantos asesinados por el franquismo perdidos en sus tumbas anónimas. Era mucho aguante cotidiano, ¿no te parece? Si aquello era España, no era la nuestra desde luego. Y nos volvimos a México. Pero fui antes a San Sebastián, y allí descubrí de repente, como decía Eduardo Chillida, “la casa del padre”, que es justamente lo que quiere decir “patria”. Y en mi propia vida, ¿qué otra cosa más que la infancia es “la casa del padre”? La infancia acaba siendo un lugar.

¿Cuáles son, para ti, los mejores libros sobre la guerra civil? Todo el mundo sabe que la bibliografía sobre el tema es muy impresionante, como la dedicada a la Segunda guerra mundial, pero quizás puedas recomendarme tres o cuatro y decirme brevemente la razón de por qué son tan buenos.
Si quieres un libro bien documentado que presume de objetivo a la manera inglesa pero que es sin duda partidario de la República (conocí al autor y hablé con él) lee La guerra civil española de Hugh Thomas. Un buen libro, acaso un poco periodístico, escrito sobre los acontecimientos vividos con emoción antifascista, es La guerra de España del socialista italiano Pietro Nenni. Su compatriota comunista Palmiro Togliatti, escribió también un libro muy cercano a los hechos pero con una conciencia política que le permitió ver la guerra con una inteligencia sobria y muchas veces lúcida. 
La versión trostquista de la guerra, Guerra y revolución en España, la escribieron con talento los autores franceses Broué y Témime, editada en dos tomos por el Fondo de Cultura Económica. La versión anarquista es la de Gerald Brennan, un hombre que amaba a España y cuyo bello libro, El laberinto español, se lee con gusto. El libro de Dolores Ibarruri, El único camino, es un bello libro autobiográfico que, desde la infancia, refleja la versión comunista de la guerra con aquella pasión, ya contenida, que hizo famosa a Pasionaria. Tal vez el libro que más me satisfizo cuando lo leí es el tercer tomo de la Historia de España de Ramos Oliveira sobre la República y la guerra, lleno de calor y precisión política. 
Pero los mejores libros sobre la guerra española son los escritos por el general Vicente Rojo, Alerta los pueblos y España heroica, y el del coronel Manuel Tagüeña, Testimonio de dos guerras. Claro que estoy seguro de que olvido alguna obra importante. Siempre pasa así.

Me conmueve el final de tu padre, que después de muchos años en el exilio, en Cuba primero y luego en México, vuelve a España en 1970, a San Sebastián, pierde sus bienes y regresa a México a morir. También me conmueve la contención con que lo cuentas. ¿Qué significa ese ir y venir, y sobre todo ese no poder acabar de volver que con frecuencia esconde el exilio?
Recuerdo con mucha frecuencia a mi padre. Tengo ahora la edad en la que él murió. Comprendo cómo, en sus últimos años, su alegría de vernos escondía una amargura (el exilio de nuevo y la muerte de nuestra madre) que sólo su permanente fe en unas ideas derrotadas y su enorme bondad le permitían sobrellevar. 
Pero él no podía dejar de ser vasco y recordaba a su patria vasca a cada instante. ¡Qué extraña manera apacible de vivir con aquella amargura en el exilio para siempre! Nunca volvió. Nosotros sí, pero, como decía Max Aub, mi suegro, no volvíamos, lo que hacíamos era ir; a donde volvíamos era a México.

Una vida. Infancia y juventud. Federico Álvarez. Colección Memorias Mexicanas, DGP, Conaculta, México, 2013.
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Ernest Hemingway visitando a Pío Baroja en el que sería su lecho de muerte. 
El retrato que abre esta entrega es de Javier Narváez. La imagen en la que aparece Federico Álvarez con Luis Villoro y Adolfo Sánchez Vázquez pertenece al archivo de La Jornada, que la publicó el 9 de julio de 2011, según se lee en http://bit.ly/16eXMBA. Cintia Calderón, ayudante de producción de La Feria Carrusel de Libros, tomó con mi propio teléfono la foto en la que aparezco con Federico Álvarez el 2 de agosto de este año, día que lo entrevisté en vivo en la cabina de noticias del Instituto Mexicano de la Radio. El resto de las imágenes pertenecen a internet, como la que acompaña esta nota y en la que se ve a Hemingway visitando a Pío Baroja en el que sería su lecho de muerte.

La versión completa de esta entrevista apareció en el número del mes pasado, de octubre de 2013, de la revista Este País, que dirige Malena Mijares. Puede leerse entera en http://estepais.com/site/?p=48803