miércoles, 5 de febrero de 2014

Razones por las que vale la pena vivir


Aprovecho el éxito generalizado de Jazmín azul de Woody Allen para proponer al grupo de cinéfilos con los que me reúno una vez a la semana un pequeño ciclo de sus películas. El miércoles pasado tocó el turno a Manhattan. Tantos años han pasado desde que la vi por última vez que no recordaba que en una de las secuencias finales el personaje encarnado por el director neoyorkino improvisa una lista de las cosas que hacen que la vida valga la pena. Es un recurso, me parece, para conseguir al menos dos objetivos. Por un lado, por supuesto, profundizar en lo que siente en ese momento, una vez que la amante de su mejor amigo, con la que ha vivido un breve romance, lo ha abandonado. Se trata de una nueva solución a la necesidad de externar lo que sucede dentro de él y que dos años atrás, en Annie Hall (1977), había resuelto hablando directamente a la cámara. Por el otro lado, el recurso pretende conducir los sentimientos del alter ego de Woody Allen hacia la decisión de buscar nuevamente a la adolescente interpretada por Mariel Hemingway a la que él, a su vez, había abandonado para vivir aquel romance. 
Justamente celebrada por su fotografía en blanco y negro, sus imágenes de Nueva York en consonancia con la música de Gershwin y su espléndido casting (que incluye a Diane Keaton y Meryl Streep), Manhattan tiene uno de esos guiones interesados en mostrar a detalle los desbarajustes amorosos y los reacomodos entre parejas de conocidos y parientes, salpicados de pesimismo, humor e ironía, que con tanta frecuencia aparecen en el cine de Woody Allen.
Me ha resultado irresistible echar un ojo a las referencias que aparecen en la lista de las razones que hacen que la vida valga la pena, con la idea de ilustrarlas con los ilimitados fondos de hay en internet, y de ahí ha salido este post. Para ello me he ayudado del librito con el guión de la película que me acompaña desde 1984, según leo de mi propia letra en una de las primeras páginas, uno de esos Cuadernos Ínfimos de Tusquets de color plata de los que tengo algunos otros ejemplares (por lo menos seis más del mismo director, entre ellos el guión de la genial Zelig). Ésta es la lista que el personaje Isaac Davis, echado en un sillón, dicta a una grabadora en una de las últimas secuencias de Manhattan. Entre corchetes, algunos créditos y comentarios al margen, todos míos.



[Del guión de Manhattan]
Ike (al micrófono, suspira): Mm, eh, es… bueno, tiene que ser optimista. Bien, eso es, ¿por qué vale la pena vivir? Es una buena pregunta. (Suspira.) Mm. (Carraspea, luego suspira.) Bueno (suspira), hay varias cosas que… que creo hacen que valga la pena. (Suspira.) Eh ¿cuáles? (Suspira.) Bien, para mí… mm, eh, yo diría…

1. Groucho Marx [La foto es de Richard Avedon]

2. [El beisbolista] Willie Mays [La foto, por lo que leo en la red, es del 24 de mayo de 1951, el día que debutó con los Gigantes de Nueva York]

3. El segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter [de Mozart. Aquí un enlace para escucharlo en línea:] http://bit.ly/1kFJD4W


4. El Potato Head Blues de Armstrong [Aquí su enlace respectivo:] http://bit.ly/1fGGeRN


5. Las películas suecas, naturalmente [Pienso en Bergman, que tanto influyó en el cine de Woody Allen y del que el director de Manhattan dice en la película misma –en voz de su personaje– que es “el único director genial de nuestro tiempo”, pero también pienso en el cine erótico proveniente de ese país, conocido por su libertad y explicitud. Un cierto gesto del personaje al decir la frase justifica la segunda lectura. En la foto, el gran cineasta sueco en una imagen familiar]

6. La educación sentimental de Flaubert [En la imagen, la portada de la edición de Folio Classique de Gallimard]

7. Marlon Brando [retratado en la juventud, en una estupenda foto de la que no consigo saber la autoría]

8. Frank Sinatra [a quien vemos en una sesión de grabación de The man with the golden arm (1955)]

9. Las increíbles manzanas y peras de Cézanne [La imagen que reproduzco corresponde a Un coin de table. La tomo de la Wikipedia, donde se lee que el óleo fue pintado entre 1895 y 1900, mide apenas 47 por 56 centímetros y actualmente está en la Fundación Barnes, en Merion, Pensilvania]

10. Los cangrejos del Sam Wo [La pesquisa que hago para saber a qué se refiere Woody Allen tiene un final curioso. Acudo a Arnaldo J. López, quien vive en Nueva York desde hace muchos años. Mi viejo y entrañable amigo me ayuda a conocer los avatares del restaurante famoso por sus cangrejos pero sobre todo me acaba descubriendo el post de alguien que hace dos años hizo exactamente lo que se me acaba de ocurrir a mí. Desde luego que aquel material es mucho mejor que éste porque incluye videos de casi todas las referencias. El enlace, abajo. Aquí lo que me dice Arnaldo del Sam Wo: 

"Todo indica que estaba en el 39 de Mott Street con Pell Street, en el corazón de Chinatown. Y que la mención que hace Allen sobrevive al lugar. Y que así queda plasmado en el folklore neoyorquino y especialmente en el humor y al afecto de los judíos". El letrero que ilustra este párrafo, que me envía el propio Arnaldo, corresponde al Sam Wo de San Francisco.]

11. La cara de Tracey… [Fotograma de la película en el que aparece Mariel Hemingway]

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Why is life worth living? (according to Woody Allen), 20 de octubre de 2012. http://bit.ly/LvvquF

Salvo la imagen de la portada de Manhattan (Cuadernos Ínfimos, número 95, Tusquets Editores, Barcelona, segunda edición, mayo de 1981), que he escaneado del ejemplar que está en mi biblioteca, todas las imágenes que ilustran este post proceden de internet, de donde las tomo prestadas. Doy los créditos en los casos en que me es posible hacerlo. El manuscrito mozartiano corresponde a la Sinfonía Júpiter según se dice en http://bit.ly/MSP5WX.

Más Woody Allen sin salir de esta página:
47 [Fragmento de Perfiles], http://bit.ly/1bnInRi

Más sobre cine en este blog:
El sur de Víctor Erice, http://bit.ly/1dLfTiO

Homonimias, http://bit.ly/1b5H5G9

Buñuel, memorista inolvidable, http://bit.ly/1d1g5c0
Álbum de Fassbinder, http://bit.ly/1aWBTeq

domingo, 26 de enero de 2014

Wilde en Proust


Estos días, cuando releo por segunda o tercera vez El retrato de Dorian Gray, ahora que finalmente he adquirido los tomos que me faltaban de En busca del tiempo perdido de la edición de Valdemar, se me antoja consultar las ocasiones en que Proust alude a Wilde en su riquísima novela. El resultado me sorprende: solamente una vez y sin escribir su nombre, y la alusión ni siquiera es de orden literario. 
Puedo decirlo con precisión porque acabo de consultar el tercero y último tomo de la más reciente edición española de la novela proustiana, que Mauro Armiño, su responsable, ha titulado A la busca del tiempo perdido, me parece que retorciendo un poco las cosas, y como si el título que hemos lexicalizado a lo largo de décadas no fuera suficientemente afortunado.
Han tenido que pasar trece años desde que compré el primer volumen, por cierto al año siguiente de su aparición en España, para adquirir los dos restantes y colocarlos en mi biblioteca al lado de la edición de Alianza en que leí a Proust por vez primera a mediados de los años ochentas. Además de las siete partes de la obra, la espléndida edición de Valdemar incluye algunos valiosísimos diccionarios e índices de referencias, entre otros el de las relaciones y amistades de Proust, el de los personajes de En busca del tiempo perdido y el de los lugares y obras literarias y artísticas que aparecen mencionados en sus miles de páginas. Según relata Armiño, Proust y Wilde fueron presentados en París en 1891. Un testigo escribió que "se miraron con una curiosidad compleja". Por lo visto, hablaron de literatura inglesa y de Ruskin. Marcel invitó a Oscar a comer a su casa pero el dramaturgo, a quien "no le agradó la decoración ni el mobiliario y menos todavía la perspectiva de cenar con los padres de Proust [...] se despidió en el acto. No brotó la menor chispa de simpatía entre ambos". (2)

La única alusión a Wilde en À la recherche du temps perdu, si es que hacemos caso al especialista español, parece escasa pero es significativa porque ocurre en un notable párrafo de varias páginas sin punto dedicado a indagar minuciosamente en el aspecto social de la homosexualidad. El pasaje vale muchísimo la pena como se dará cuenta quien se decida a echarle un vistazo. 
Es uno de esos momentos típicos de la prosa de Proust en los que para leer hay que retener la respiración, suspender momentáneamente el entendimiento de algunos matices, saltarse de cuando en cuando alguna frase subordinada para seguir el hilo de la narración, y así hasta el remoto punto final, y luego leer las frases intermedias por separado, y por último volver al pasaje completo, ahora de manera continua, poco a poco pero sin dejar de avanzar, esta vez con la respiración acompasada y de acuerdo con el ritmo de la lectura, dejándonos invadir con su extraordinaria plasticidad y capacidad de detalle y grandísima riqueza. 
Un buen ejemplo, en fin, de algo que consigue pasar al español y hace de la lectura de Proust, aun en una lengua que no es la suya, una de las máximas y más gozosas experiencias literarias. He aquí el pasaje, completo. La cita proviene de Sodoma y Gomorra, parte recogida en el segundo tomo de A la busca del tiempo perdido de la edición de Valdemar, páginas 542-544.



[Alusión a Wilde]
Por Marcel Proust, en traducción de Mauro Armiño
Sin honor, salvo precario; sin libertad, salvo provisional hasta que se descubre el crimen; sin posición, salvo inestable, como para el poeta festejado la víspera en todos los salones, aplaudido en todos los teatros de Londres, y echado al día siguiente de todos los hoteluchos sin poder encontrar una almohada donde reposar la cabeza, dando vueltas a la muela como Sansón y diciendo como él:
Les deux sexes mourront chacun de son côté (1)
excluidos incluso, salvo los días de gran infortunio en que la mayoría se congrega en torno a la víctima como los judíos en torno a Dreyfus, de la simpatía –a veces de la compañía– de sus semejantes, a los que dan el disgusto de ver lo que son, pintado en un espejo que, al no favorecerles, denuncia todas las taras que no habían querido observar en sí mismos y que les hace comprender que lo que ellos llamaban su amor (y a lo que, jugando con la palabra, habían incorporado, por sentido social, todo cuanto la poesía, la pintura, la música, la tradición caballeresca, el ascetismo, han podido añadir al amor) derivan no de un ideal de belleza libremente elegido por ellos, sino de una enfermedad incurable; también como los judíos (salvo algunos que sólo quieren tratarse con los de su raza y siempre tienen la boca las frases rituales y las bromas consagradas), huyendo unos de otros, buscando a los que menos se les parecen y menos los aceptan, perdonando sus desaires, embriagándose con sus complacencias; pero, unidos también a sus semejantes por el ostracismo que los golpea, por el oprobio en que han caído, han terminado asumiendo, merced a una persecución semejante a la de Israel, las características físicas y morales de una raza, a veces bellas, a menudo horribles, encontrando (a pesar de todas las burlas con que aquel que, más mezclado, mejor asimilado a la raza adversa, es relativamente en apariencia el menos invertido, hace sufrir a quien ha seguido siéndolo más) un poco de alivio en la frecuentación de sus semejantes, e incluso un apoyo en su existencia, hasta el punto de que, negando incluso que formen una raza (cuyo nombre es la mayor injuria), a quienes logran ocultar su pertenencia a ella los desenmascaran gustosos, menos por hacerles daño, cosa que no detestan, que por excusarse sí mismos, y van a buscar, como un médico la apendicitis, la inversión hasta en la historia, complaciendo en recordar que Sócrates era uno de ellos, igual que los israelitas dicen que Jesús era judío, sin darse cuenta de que no había anormales cuando la homosexualidad era la norma, ni anticristianos antes de Cristo, que sólo el oprobio hace el crimen, porque solo ha dejado subsistir a los que eran refractarios a toda predicación, a todo ejemplo, a todo castigo, en virtud de una disposición innata, tan particular que repugna más al resto de los hombres (aunque pueda ir acompañada de altas cualidades morales) que ciertos vicios inconciliables con ellas como el robo, la crueldad, la mala fe, mejor comprendidos y por tanto más disculpados por el común de los hombres; formando una masonería mucho más extendida, más eficaz y menos sospechosa que las de las logias, porque descansa en una identidad de gustos, de necesidades, de hábitos, de peligros, de aprendizaje, de saber, de tráfico, de glosario, y en la que, hasta los miembros mismos que desean no conocerse, se reconocen inmediatamente merced a unos signos naturales o convencionales, involuntarios o deliberados, que indican al mendigo la presencia de uno de sus semejantes en el gran señor a quien cierra la portezuela de su coche, al padre en el novio de su hija, al que había querido curarse, confesarse, al que tenía que defenderse, en el médico, en el sacerdote, en el abogado a los que se ha dirigido; obligados, todos ellos, a proteger su secreto, pero partícipes de un secreto ajeno que el resto de la humanidad no sospecha y que hace que las novelas de aventura más inverosímiles les parezcan verdaderas; pues en esa vida novelesca, anacrónica, el embajador es amigo del presidiario, el príncipe, con una cierta libertad de modales que le viene de su educación aristocrática y que un pequeño burgués tembloroso no tendría, al salir de casa de la duquesa para reunirse con el granuja; parte reprobada de la colectividad humana, pero parte importante, que se sospecha allí donde no existe, exhibida, insolente, impune allí donde no se le adivina; que cuenta con adeptos en todas partes, en el pueblo, en el ejército, en el templo, en el presidio, sobre el trono; que vive, en fin, al menos una gran mayoría, en intimidad cariñosa y peligrosa con los hombres de la otra raza, provocándolos, jugando con ellos a hablar de su vicio como si no fuese suyo, juego facilitado por la ceguera o la falsía de los demás, juego que puede prolongarse años y años hasta el día del escándalo en que esos domadores son devorados; obligados hasta ese momento a ocultar su vida, a apartar los ojos de donde querrían fijarse, a fijarlos allí de donde querrían apartarse, a cambiar el género de muchos de los adjetivos en su vocabulario, imposición social ligera comparada con la imposición interior que su vicio, o lo que impropiamente así se llama, les impone, no ya ante los demás, sino ante sí mismos, y de modo que no parezca un vicio a sus propios ojos. Pero algunos, más prácticos, más impacientes, que carecen de tiempo para hacer su trato y renunciar a la simplificación de la vida y a esa ganancia de tiempo que puede resultar de la cooperación, han hecho para uso propio dos sociedades, la segunda de las cuales está compuesta exclusivamente por gentes semejantes a ellos.

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(1) Del poema “La colère de Samson” de Alfred de Vigny, http://bit.ly/1f34vja (esta nota es mía).

(2) "Diccionario de Marcel Proust" en A la busca del tiempo perdido, ed. Valdemar, tomo I, página CCXII. Siempre según Mauro Armiño, hay una alusión más de Proust a Wilde: en el libro Contra Sainte-Beuve, a propósito de un personaje de Balzac, Lucien de Rubempré.

El manuscrito reproducido más arriba corresponde a una prueba de imprenta de A la sombra de las muchachas en flor, corregida y complementada profusamente por el novelista francés.

Al lado de estas líneas, Oscar Wilde en los Estados Unidos. Los cinco retratos del escritor irlandés reproducidos en este post son de Napoleon Sarony y fueron hechos en 1882, cuando el autor de El retrato de Dorian Gray estuvo en ese país. La serie completa, o al menos la que puede verse en la red, está en http://bit.ly/MfVL1a


Más sobre Proust en este blog:
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/y59zUe
Mi carta de Proust, a subasta, http://bit.ly/UthPFD
En busca del tiempo perdido: tres pasajes inolvidables, http://bit.ly/1jixguY