domingo, 19 de enero de 2014

Un poema de 1991


Juro que no me explico cómo sobrevivió. Lo que está claro es que durmió en computadoras sucesivas, desperezándose al mismo tiempo que algunos congéneres que tuvieron mejor suerte y desaparecieron para siempre, para dar un brinco somnoliento entre sus discos duros. Lo escribí durante una clase de teoría literaria en inglés que se proponía leer Heart of darkness desde todos los puntos de vista: historicista, formalista, estructuralista, feminista, deconstructivista, etc. El objetivo de semejante empresa no era otro que interpretar la novela de Conrad, y en particular uno de sus pasajes más famosos ("The horror! The horror!"), echando mano de cuanta teoría pudiera ofrecerse, sin importar que viniera a cuento o no, se planteara de manera forzada, caprichosa o absurda.
La bibliografía del curso contemplaba un libro único, una edición crítica de la propia novela que conservé un tiempo y que por desgracia, siempre necesitado de espacio, acabé regalando no sé ni cuándo ni a quién. De pronto, como es natural, me interesa volver a hojearlo y decido buscar en la zona más inaccesible de mi biblioteca para ver si de milagro, de esos que están consignados en Palinodia del rojo, la memoria me ha jugado una pasada y a pesar de todo esté. En vano. Una pesquisa rápida en internet me hace pensar que el libro ya no está en catálogo vigente, o no al menos con la portada con la que circulaba en las universidades norteamericanas hace poco más de dos décadas. Recupero el poema, inédito hasta hoy, como una curiosidad de otros tiempos.

Poema que escribió cuando la clase se ponía repetitiva y necia (en la segunda estrofa habla el Horror)
A Xavier Pascual Aguilar, madrileño que fue de Pensilvania

Después de repetirlo hasta el cansancio,
“¡el horror, el horror!”
    ya no es el mismo término,
porque el Horror, 
para mala fortuna de algunos merolicos
—tales como bardianos focultianos derridianos—
en un descuido de ésos
         se nos vuelve
flor, y tan pronto como arroja pétalos
desmiente, es otra cosa,
                                       y en busca de otros cielos
nos priva del favor, del hecho mágico
de cada vez tener significado.

“Si Ud. quiere le puedo presentar
a unos parientes míos”,
me dijo Horror un día,
                                   “como mi hermana
Consternación y mi cuñado Espanto;
célebre tío mío es Don Temblor
De las Rodillas, gracias
                                    a un famoso
Tratado de las Rótulas
de veras aplaudido hace unos lustros;
Pavor es el marido de mi tía
Fobia.
          Alguno de ellos debe ser
por quien Ud. pregunta.
                                      No soy yo.
Además al tal Kurtz ni lo conozco.”

_____________________
Tomo el retrato de Conrad, que es de Hulton Getty, de la página en la red de The Guardian: http://bit.ly/RR7nsy

En la foto que acompaña estas líneas, y que tomé yo mismo, puede verse a Xavier Pascual Aguilar en el invierno de 1991, año en que nos conocimos en la Universidad de Bucknell, en Lewisburg, Pensilvania.

Más poemas en este blog:
Milagro en el supermercado, http://estepais.com/site/?p=21731
Milagro en la playa, http://bit.ly/W7y222
Dos poemas de Palinodia del rojo citados por Eduardo Casar, http://bit.ly/VIxLGn
A la señorita Piedad Aguilar, al volver de un viaje, http://bit.ly/1hm8Tyz
Tres poemas de El ciclismo y los clásicos, http://bit.ly/Ucscgb



domingo, 12 de enero de 2014

Menache


En cuanto suelto en Facebook que estoy en contacto con él, un auténtico alud de antiguos amigos, de la mayoría de los cuales no he sabido nada en décadas, me asalta con diversos niveles de vehemencia y premura para solicitarme sus datos. Todos quieren saber su paradero, escribirle unas líneas, hablarle por teléfono.
Lo entiendo perfectamente: desde el momento en que lo conocí en la preparatoria hace más de treinta años, me di cuenta de su grandísimo carisma, y ahora que nos hemos reencontrado, casualmente primero hace tres años en el vestíbulo de la Sala Nezahualcóyotl, y luego una y otra vez para oír música o comer y beber, y por último para hacer un largo viaje en coche cargado de simbolismo, confirmo que la primera de sus virtudes sigue intacta en él.
Menache conserva además ese cierto aire de misionero iluminado del siglo XVI, poco menos que arrebatado por su idea del mundo y sus visiones, pero la edad le ha echado encima una serenidad que hace que parezca más bien un filósofo sin época definible o precisa, un viajero del tiempo sin más raíz ni destino que su propia interioridad, invariablemente metido en una camisa de manta con un caballito de mezcal o un café en la mano, que prodiga sus muchos saberes desde la complejidad de su espíritu y la sencillez de su conversación. 
Menos todavía ha cambiado su mirada: los ojos claros, chispeantes y llenos de inteligencia, enmarcados por una sonrisa que nunca se desdibuja en su cara y una capacidad de sorpresa y entusiasmo que nunca dejan de sorprender.
Ya allá en 1981, cuando ambos teníamos quince o dieciséis años, Menache destacaba por la claridad de su pensamiento en el ambiente un tanto plúmbeo de la escuela marista en la que estudiábamos. Entre otras cosas, se declaraba indigenista acérrimo y se refería con risueña indignación al imperdonable crimen que habían cometido los españoles contra la civilización mexica. 
Por si fuera poco, manifestaba su gusto por la lengua náhuatl, a cuyo estudio se dedicaba desde mi punto de vista de entonces como una excentricidad. (Pasados unos años, por supuesto, me di cuenta de que él era el único sensato, el único que tenía razón.) Si nunca estuve en su casa, en unas de esas dilatadas partidas de póker que evocan otros amigos, recuerdo que era un gran melómano y que releía Pedro Páramo todos los años al acercarse el día de muertos.
En contra de lo que aconseja el vulgar sentido común, Menache abandonó hace no mucho una brillante carrera diplomática que lo llevó a vivir en lugares como Pekín, Dubai y La Habana para volver a la Facultad de Filosofía y Letras, en donde actualmente estudia el doctorado con una tesis que intenta penetrar en el significado del Códice Borgia, quizás el más portentoso de todos los documentos mexicanos antiguos, echando mano de sus experiencias con el peyote y los hongos –aquello que Wasson llamaba, me parece que con expresión afortunada, “enteógenos”, algo así como "el dios adentro de nosotros"–. Al revés de lo que pudiera pensarse, Menache dio en la Universidad con una serie de maestros sensibles a su heterodoxo acercamiento, y sus ideas han encontrado felizmente eco.
No mucho después de reencontrarnos tuve la oportunidad de confirmar cómo su magnetismo se ha mantenido tal y como era a principio de los años ochentas. Como Mario González Suárez, director de Escuela Mexicana de Escritores, comentara en una junta de planeación que necesitábamos un maestro de mitología mexicana, me permití proponer su nombre. El resultado fue aun más positivo de lo que yo mismo pude calcular: la llegada de Menache a la escuela supuso una pequeña revolución, y los estudios de temas prehispánicos cobraron de pronto un enorme interés en la comunidad de escritores de la que formamos parte. 
Mi viejo amigo ha contagiado su pasión de las más diversas maneras, propiciando lecturas, discusiones y viajes entre un círculo creciente de seguidores que lo consideran como lo que es, un genuino maestro. A últimas fechas, el grupo de sus primeros alumnos de la EME, encabezado siempre por él, dedica largas reuniones fuera de clase a estudiar con detenimiento los textos y las ilustraciones del Libro Rojo de Jung.
El día que nos encontramos en la Sala Nezahualcóyotl, de manera inopinada, sin más preparativos ni prólogos, me invitó a acompañarlo a Huautla, a donde va una o dos veces todos los años desde hace más de una década, y unas semanas más tarde emprendimos el viaje. De lo que viví de camino a la sierra huautleca y mi experiencia nocturna en el pueblo de María Sabina, así como en general de mis propios experimentos con los hongos, hablaré en un post futuro. 
De momento baste con contar que “velamos” en la casa de su amigo José Luis García, uno de los chamanes de Huautla a los que había retratado Juan Miranda en los años noventa y que aparecieron en el libro que yo edité en 1997, Curanderos y chamanes de la sierra mazateca (Gatuperio Editores).
Lo más curioso de mi reencuentro con Menache tardó en llegar: hace sólo unos días encontré un poema que escribí en 1999, del que redacté las primeras líneas al despertar de un sueño, y en el cual, como me doy cuenta ahora y había olvidado, aparece mi amigo entre otros conocidos de los tiempos de la preparatoria. El texto, que ahora no me parece tan defectuoso como cuando tomé la decisión de mantenerlo inédito, refiere la muerte de un compañero nuestro que ocurrió casi delante de mis propios ojos. El mismo Menache, que no deja de percibir la parte inquietante del asunto, hace la cuenta: si nos dejamos de ver en 1982 y nos reencontramos en 2011, el sueño ocurrió cuando llevábamos unos 17 años sin vernos y poco más de una década antes de volvernos a ver. Lo que aduzco como prueba irrefutable de que mi entrañable colega ha estado vivo en mi recuerdo todo este tiempo, cosa que él parece aceptar.

_____________________
El retrato en el que Menache posa delante de una pared de piedra, igual que el que ilustra estas líneas, es de Mario González Suárez. Las fotos en blanco y negro proceden de la memoria del curso 1981-1982 del Centro Universitario México, de la que conservo un ejemplar. La foto en Huautla de Jiménez, Oaxaca, es del 26 de agosto de 2011.

Más sobre Eduardo Menache en este blog:
Códice Borgia, lámina 61 (detalle), http://bit.ly/1ixJ1NM
Alejandría (1986-1989), http://bit.ly/1cPgFw9
Sábado de junio, http://bit.ly/1exBY4F

domingo, 5 de enero de 2014

2013 en diez imágenes

Había pensado publicar una foto del año que terminó con mis mejores deseos para 2014, pero una vez que me metí a escogerla me encontré otras que bien podrían aparecer con el mismo propósito. Todas son de 2013. Ninguna ha sufrido ningún género de retoque ni ha sido reencuadrada. Sin yo darme cuenta, una de ellas fue hecha con unos de los "filtros" que ofrece mi Fujifilm XF1, con la que por cierto fueron tomadas todas las de la serie. Van mis felicitaciones y agradecimientos para quienes se asoman a este blog.


Lolita, 21 de marzo.

Eduardo Casar, 10 de mayo.

Santos y José Santos, 12 de junio.

Julio Hubard, 26 de julio.

Fernando y José María, 6 de agosto.

Juan Almela y Fernando Escalante Gonzalbo, 9 de agosto.

Vicente Rojo, 26 de septiembre.

Yamita, 10 de octubre.

Ana Barberena, 25 de diciembre.

Flor y yo, 31 de diciembre.


________________________________
Más sobre fotografía en este blog:
Nikon Coolpix 4200, http://bit.ly/WgMIvL
Contra la fotografía de paisaje, http://bit.ly/hGvNEG
Retratos asturianos, http://bit.ly/1l76xRa
Ley de la serie, http://bit.ly/1aB3hbS
Florentino, a cuadro, http://bit.ly/1bKZrwr