¡Qué hermosa imagen, la
de la alberca serenada y cumplida! Parecería que nada la
ha turbado nunca y que ninguna cosa la sacará de su insondable concentración.
Durante veinte años he conocido la felicidad de las albercas. En las aguas
cloradas de cuatro o cinco ciudades he pasado largas horas de meditación, durante las cuales he tomado algunas de las decisiones menos apresuradas de mi
vida. Ellas proporcionaron a mi existencia el curso fluido que me ha traído hasta este
lugar. Recuerdo una alberca de hotel abandonado, en un viaje triste, al final
de un año malo, en la costa de Nayarit: era la estampa misma de mi
desolación interior. Por el contrario, en mi memoria viven múltiples albercas de
aguas transparentes y lúcidas, que he surcado con la mente clara y el corazón
alegre.
Una primera alberca apareció en las páginas de Palinodia del rojo y a ella posiblemente volveré en un futuro post.
Ocho años más tarde, por caminos muy distintos, volví al tema: el
resultado está en Oscuro escarabajo. “Termino
de nadar” fue escrito cuando me pareció advertir que las aguas removidas a
mi paso eran un remedo de aquello que rebalsaba mi interior. También,
porque tuve la intención de plasmar ese momento de entusiasmo al que se
arriba unos minutos después de empezar a nadar, cuando lo que hemos meditado, o
pasado al trasluz del análisis, e incluso concluido prematuramente, se ve convertido
en una impetuosa cascada de sensaciones que poco o nada significan, no por ello
menos entusiastas o felices, y las ideas y las emociones acaban por disolverse en favor de un
libérrimo discurrir, imposible de reprimir o reencauzar.

Bajo esa cascada que
nos anega por dentro, todo pierde su configuración primitiva para fundirse en
otra cosa, nada que pueda describirse de otro modo sino es identificándolo con algo que nos rebasa y supera. “Termino de nadar” puede leerse a partir de la página 29
de mi libro más reciente del género, publicado por Monte Carmelo ahora hace exactamente un año. Lo
reproduzco a continuación para que lo
conozcan quienes se asoman a este cuaderno en línea.
Termino de nadar:
asido con dos manos al borde
de la alberca, poco antes de dar el salto
de vuelta a la intemperie
volteo a ver el agua
bulliciosa y revuelta, exactamente
como me encuentro yo,
que tengo la respiración agitada
y en mi interior las aguas de los pensamientos
rebalsadas
suben y bajan, aparecen y desaparecen,
se agitan de aquí para allá
–yo que empecé a nadar
pensando sin ninguna claridad, y conforme
fueron pasando los minutos
conseguí reducir a un puñado de razonamientos
practicables
alguna cerrazón hasta ahora reacia,
alcancé un punto de
vista un tanto menos confuso
y dos o tres palabras exactas
–y las aguas, las aguas
de la alberca parece
que padecen de un mismo género de revolución,
van y vienen, se desbordan por los cuatro costados
de esta pequeña alberca en la que nado
casi siempre a solas,
suben y bajan
en forma de suavísimos montículos
sobre la piel fugaz del agua de la alberca
–como me ocurre a mí,
ahora que mi pulso bate rápido, y mi corazón hace tam
tam,
y los pálpitos mismos que me ligan
a las cosas que ignoro me entusiasman y abisman,
y los latidos corren
a desbocarse
dejando en mí
una cierta manera de verlas al través,
de observarlas a fondo
hasta apreciar su entraña más secreta,
al grado de que todo
aparece a mis ojos igual que un jeroglífico
inesperadamente descifrado
siquiera unos instantes,
los que tardo en recuperar el ritmo normal
de la respiración, asido con dos manos al borde de la
alberca,
y aunque bien sepa yo que luego no sabré explicarme,
ni mal ni bien,
y no podré decir ni cómo o cuándo,
un segundo me ciega el resplandor,
la visión de la naturaleza íntegra,
acabada y resuelta
de aquello que he rozado o he adivinado o intuido
–y entonces me parece,
acaso porque veo más allá de lo que veo
o siento más que lo que siento,
que estoy poseído de una suerte de divinidad,
entusiasmado, digamos, que es lo que la palabra
significa,
y el agua a mis espaldas
padece un mismo género de transfiguración,
y si algo nos une,
a las aguas y a mí,
si puedo decirlo así,
colmados como estamos,
yo un instante antes de dar el salto
de vuelta a la intemperie,
ellas un rato largo antes de que
recuperen
su forma y su calma absolutas,
de nuevo el majestuoso
reposo de las aguas sin rastro
de la alberca, es una idea
de Dios,
y así quedamos ambos, las aguas y yo,
alterados, revueltos, confundidos,
fundidos los unos con los otras –las aguas en las
aguas
exaltadas y eufóricas
y yo exaltado en ellas, contagiado y eufórico
en una misma exacta idea
de Dios.
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Foto: José María Fernández F.
26 de enero de 2019,
día de la presentación
de Oscuro escarabajo. |
La imagen que abre este post es del artista norteamericano Neal Breton; su título es Breakfast by the pool; la tomo de https://bit.ly/2zqAU5A; la página en línea del autor: http://nealbreton.com/
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