martes, 4 de marzo de 2014

Cuatro años de Siglo en la brisa


Esta semana se cumple un nuevo aniversario de la aparición de este blog. Como en otras ocasiones, he sentido que la mejor manera de celebrarlo es volver a traer a la línea de fuego las mejores entradas de las  de ciu﷽﷽﷽artista popular mexicaniversarios el pretexto para una evocacipales conocedores del trabajo del artista popular mexicamás de cincuenta que aparecieron durante los últimos doce meses. En casi todos los casos se trata de las que recibieron el mayor número de visitas, lo que prueba que este espacio y sus lectores están en sintonía. Como se verá a continuación, en ellas hay de todo, al menos de todo aquello de lo que se ha ocupado Siglo en la brisa desde que se publicó por vez primera a principios de 2010: libros, fotografía, literatura, botánica, poesía, historia… No son pocos los personajes que asoman por sus “páginas”: Borges, Menéndez Pidal, Octavio Paz, Lorca, el pintor Julio Romero de Torres, Catulo, Chéjov, Madero. A continuación reproduzco el título de cada entrada, una de las fotos con las que apareció en línea y el enlace para visitarlas nuevamente. Gracias a los lectores que todas las semanas echan un vistazo a este blog.

Once entradas de Siglo en la brisa

El día que Compay sobrepujó a Federico
11 de marzo de 2013
Por unas horas de 1998 tuve fundadas razones para pensar que Compay Segundo, el carismático compositor cubano, era mejor poeta que Lorca. La culpa la tuvo cierta edición de lujo de la poesía completa del escritor andaluz. En el camino me topé con la definición más precisa que he leído de la atmósfera, la naturaleza y las sensaciones que provoca la fascinante isla de Cuba.

La contestadora automática de Octavio Paz
21 de abril de 2013
A mediados de los años noventas, hablé por teléfono varias veces con Octavio Paz. En una ocasión marqué su número y me contestó una máquina con un mensaje grabado por él mismo. En cuanto colgué le pedí a mi primo, Jose Álvarez, que entonces era el director de la estación Radioactivo 98.5, que grabara a su vez aquel inusitado testimonio de la voz del poeta. Casi veinte años más tarde le pregunté si todavía lo tenía. Él se apresuró a contestarme que sí.

Limones
2 de junio de 2013
Cuando era joven me llamaba la atención que los poetas europeos, y particularmente los españoles, compararan los pechos de las mujeres con limones: en México, esos frutos suelen ser más bien pequeños, tanto como para que ningún poeta se atreva a hacer la comparación. Todo se resolvió cuando viajé a Europa por primera vez. El artículo conduce a un óleo del pintor andaluz Julio Romero de Torres en el que el uso pictórico de los limones como representación del pecho de las mujeres se explica con belleza y sentido del humor. Este texto apareció originalmente en la revista Algarabía.

Eclipse en Osma
8 de julio de 2013
Ramón Menéndez Pidal estaba de viaje de luna de miel cuando hizo un alto en el camino y se preparó para presenciar un anunciado eclipse de sol en el pequeño poblado soriano de Osma. Sin embargo, en el momento en que el fenómeno iba a producirse, él y su mujer, que como era su costumbre aprovechaban el viaje para recoger muestras literarias, hicieron un descubrimiento capital para sus estudios sobre el Romancero. El post recupera el relato de esos hechos escrito por el propio filólogo y está ilustrado con imágenes de esos días.

Borges en la Sala Ollin Yoliztli
15 de julio de 2013
Una mañana de 1981, por los días en los que acababa de caer en el encanto de la literatura de Borges, mi padre se enteró por el periódico que aquella misma tarde el gran poeta argentino leería unos poemas en el auditorio de Periférico Sur. Salimos disparados para ver si todavía quedaban boletos. Este post recupera todo lo que vi y sentí la única vez que vi en persona al escritor que más admiré en mis primeros años como lector.

Mi cuento ruso preferido
25 de agosto de 2013
Mi amiga Ana Barberena me preguntó por mensaje telefónico cuál era mi cuento ruso preferido. Impulsivo como soy, le contesté lo primero que me vino a la cabeza: “La corista” de Anton Chéjov. La entrada no tiene otro propósito que ofrecer el emocionante relato y exponer algunas de las razones de mi entusiasmo por él.

Madero al teléfono
1 de septiembre de 2013
La mañana del domingo 30 de junio del año pasado soñé que hablaba por teléfono con Francisco I. Madero. El momento más importante de la conversación giró el torno a cierto “códice” que supuestamente yo tenía en mi poder y que insistía en poner a disposición del presidente de la Revolución, asesinado en febrero de 1913. Aun sin darle excesiva importancia al asunto, el post versa sobre los “vestigios diurnos” que pudieron provocarlo y lo relata a detalle.

Catulo y la palabra “beso”
22 de septiembre de 2013
Una vez que se ha tenido noticia del asunto es imposible olvidar lo que cuenta Highet sobre el origen de “beso”, palabra de procedencia céltica: que fue el poeta Catulo quien la introdujo al latín, lengua en la que la “acción y efecto de besar” se decía “osculum”. El post no es otra cosa que la traducción de la página en la que el notable estudioso de la tradición clásica hace tal aseveración, y que forma parte de su bellísimo libro Poets in a landscape.

Koshka
20 de octubre de 2013
Esta entrada es una evocación de la gata de nombre ruso y silueta de botija que acompañó a Gerardo Deniz a lo largo de tres lustros de vida creativa y solitaria. La vi por vez primera una noche de 1988 y luego estuve cerca de ella todas las veces que visité al poeta hispano-mexicano en su pequeño departamento del Eje 6. Ilustran el post las fotos que le tomaron a la huraña y bella gatita dos fotógrafos que colaboraban en Viceversa, Roberto Portillo y Nicola Lorusso.

José Guadalupe Posada, ilustrador infantil
17 de noviembre de 2013
De paso por la ciudad de Morelia tuve la suerte de ver una nutrida exposición de impresiones y grabados de Posada que incluía la serie completa de portadas que ilustró para la Biblioteca del Niño Mexicano a finales del siglo antepasado. Las más de cien portadas impresas en Barcelona son propiedad de Mercurio López, el coleccionista de la calle de Donceles y uno de los principales conocedores del trabajo del artista popular mexicano. Durante un par de horas largas me dediqué a verlas con detenimiento y a escoger mis preferidas.

2013 en diez imágenes
5 de enero de 2014
La primera semana de enero se me ocurrió elegir algunas de mis imágenes preferidas del año que acababa de terminar. La serie de diez fotos tomadas por mí mismo a lo largo de 2013, todas con mi pequeña Fujifilm XF1, se convirtió en una de las entradas más visitadas de Siglo en la brisa de los últimos meses. Hay de todo: retratos de familiares, de amigos y de algunos artistas que admiro; dos o tres de ellas fueron hechas en algunos viajes, de Cantona, en el estado de Puebla, a Tlayacapan, Morelos. Por ahí asoman Yamita y Nabokov.

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La foto que acompaña esta nota es de Jonathan López Romo, productor del programa radiofónico A pie de página, que hacemos juntos todos los lunes a partir de las tres de la tarde en una estación del IMER. Fue tomada el lunes pasado, 3 de marzo de 2014. La foto de Octavio Paz es de Juan Rodrigo Llaguno.

Más aniversarios de este blog:
El primer año de Siglo en la brisahttp://bit.ly/wvnnI4
Dos años de este cuaderno en línea, http://bit.ly/XwUDVb
Tercer aniversario: http://bit.ly/OX43Mx


martes, 25 de febrero de 2014

Agustín Lara según Ricardo Garibay


Saltando de aquí para allá, echando un vistazo al índice o dejándome llevar por el hallazgo azaroso, he pasado algunas horas felices leyendo la antología de más de seiscientas páginas de Ricardo Garibay que ha puesto a circular la editorial Cal y Arena. 
Firmada por Josefina Estrada, quien trató al temperamental escritor hidalguense hasta su muerte en 1999 –hace ahora quince años–, la selección cumple su propósito de mostrar parte de una obra de cerca de cincuenta títulos en la que hay de todo: cuentos, crónicas, memorias, semblanzas, divagaciones literarias, teatro, guión de cine… Por su fuerza expresiva, por su nervio, por la seguridad de su trazo, Garibay sorprenderá vivamente a quienes no lo conozcan, víctimas acaso de esa estrechez provinciana que terminan imponiendo quienes guían el gusto literario desde diversos focos de poder cultural. (Un amigo me decía el otro día: “Garibay es infinitamente mejor escritor que Ibargüengoitia, a quien tanto se celebra”. Y me temo que tiene razón.)
Aunque casi nada de lo que he leído tiene desperdicio, quizás me quede con los fragmentos de sus extraordinarias memorias infantiles (Fiera infancia y otros años), de las que forma parte su entrañable semblanza de Erasmo Castellanos Quinto, la crónica de los exiliados a los que trató (“Por aquellos españoles”), sus desastrosas andanzas en la industria del cine mexicano y por supuesto su retrato de la fealdad como explicación ontológica de Gustavo Díaz Ordaz. Sin embargo creo que las páginas que mejor sirven de muestra de su extraordinaria capacidad narrativa son las que dedica a Agustín Lara, al que revive con sus mejores instrumentos –además, claro, de que el modelo se prestaba para ese género de literatura en la que Garibay era un maestro. Aquí algunos fragmentos para deleite de quienes leen este blog, como una invitación a conseguirse el libro.
Agustín Lara
Por Ricardo Garibay
Agustín Lara es –para decirlo con palabras que podrían ser suyas– una de las esencias del alma mexicana. […]
Su pecado era –fue macizamente durante 70 años– la cursilería. No he conocido a nadie que asumiera con tanto orgullo y robustez la baratura de la vida como excelencia. Se embriagaba recitando las letras de sus canciones, y golpeaba de pronto el teclado: “Esto es poesía, chingao, ¡y que no me vengan a mamar! ¿Eh, hijo, tú eres un dínamo, tú di lo que sientes, qué joder!”.
“Sí, maestro, claro, qué joder”, decía yo y él volvía al piano recitando:
Como dos puñales
de hoja damasquina
tus ojazos negros
ojos de acerina
clavaron en mi alma
su mirar de hielo
regaron mi vida
con su desconsuelo…

–¿Eh hijo? ¿Eh? Qué no vengan a mamar.
–Por supuesto, maestro, que no vengan.
Me decía dínamo: “Tú eres un dínamo, recuérdalo”.
Un día llegué con un carrito de madera y unos libros entre las redilas del carrito. El carrito era para mi hijo, 1957 o 1958. Se le aguaron los ojos y llamó a gritos a su mujer: “Mira, cabresta, primorosa, la síntesis de la inteligencia y la humanidad, del amor y del espíritu. Libros en un carrito. ¡Hijo, tú eres un dínamo de luz y de energía, cómo chingados no!”.

Iba yo a su casa, tres veces por semana, en las tardes, porque Antonio Badú [en la foto de la izquierda] había arreglado que el maestro me contara su vida. Yo con eso haría un guión y la película dejaría millones. El productor era el poderoso Gabriel Alarcón. Seis meses duró el asunto, el cuento de su vida, porque marchábamos a paso de tortuga. De mucho de lo que contaba, decía: “Esto no lo pongas, dínamo. Todavía hay muchos jodidos que me mandarían matar”. Otras veces se eternizaba engolosinado y lacrimoso hablando de un amor, sobre todo de una María Parker de la casa de Ruth, “que era un genio en el derrame”. Otras veces nos poníamos hasta el cepillo –esto era frecuente– con coñac francés que en aquel tiempo costaba cinco mil pesos la botella. Otras veces me decía la criada: “De que el señor está servido y no lo puede recibir”. “¿Servido?”. “De que le tocó pulque en la comida, con sus compadres, y se pone cabreado y luego ya se duerme”. Otras veces bajaba su mujer, y todo era acosarla, injuriarla, golosamente, retarla a que se confesara “a lo pelón”. “¡No escondas, no escondas tu suculento y delicioso pasado!”. Algunas veces contaba:
–Yo, Dínamo, Esperanza de las Letras, te lo voy a decir: yo fui un cabrón desde niño. Un niño maravilloso, con el arcoiris en las manos, con el cielo y el viento en la carrera, pero un cabrón bien hecho... […]
Se veía exangüe, pero lo poseía una extraña y colérica energía que le iba brotando de todas partes conforme transcurrían las sesiones. Impaciencia, irritación, desdén: lo dibujaban cuando lo conocí. Me hacía sentir que se refugiaba en el pasado para recuperar el encanto de la vida. Prácticamente había vivido cuanto puede vivir un hombre de su condición. Nada le guardaba sorpresas ni misterio. Veía llegar con seca desconfianza a hombres y mujeres. Lo hastiaban las cosas, los nuevos contratos, las situaciones más imprevisibles. Se adormecía contento repasando su historia. Pero poco a poco el gozo del pasado acaba y vuelve el presente. Destapaba otra botella, servía suspirando, decía: “Por qué ha de pasar la vida, Dínamo; por qué tiene que pasar. Todo era tan bello, tan sublime. Aquellas mujeres con sus mejillas de coloretes, sus ojos y sus lunares pintados con hueso de mamey, y su boca de corazón. Aquellas muchachas frescas, trascendiendo a jabón de olor, arregladas cual debe, con sus faldas negras, su fleco, sentadas todas en la sala grande, esperando a los clientes”. […]
No parecía querer a nadie. Con respeto y mucha gentileza hablaba de María Félix y de nadie más; con amor lloroso hablaba del Garbanzo, su primer maestro, acaso el único que tuvo, que le enseñó a explotar a las mujeres. “¡Era un gran señor! Mira, Dínamo, fíjate bien; me decía el Garbanzo: No pierdas el tiempo, no te apendejes, las mujeres son un pañuelo para sonarse la verga. ¡Éste era el Garbanzo! Tenía sus muchachas, por Cuauhtemotzín, cada una en su cuarto. Y se presentaba ya tardeando, y una por una: ¡Qué armas portas, cabrona! Y el mulazo donde cayera, para que empezaran a apoquinar la lana de la jornada”. “¿Por qué les pegaba, maestro, si de todos modos le iban a entregar el dinero?” “Sí sí sí, pero tenían que sentir el rigor […]”. […]
Tenía un radio de gran potencia. Me decía: “Qué país quieres oír ¿Argentina?”. Movía los botones y localizaba Argentina. En alguna estación estaban tocando su música. “Cuál ahora ¿París? ¿La Habana? ¿Nueva York? ¿Marruecos?” Invariablemente alguien cantaba una canción de Lara. “Estoy en todo el mundo, en todos los idiomas. Si escribes un libro con lo que te cuento, venderemos más ejemplares que Mein Kampf, de Hitler. ¡Y que no me vengan a mamar!”. […]
Mandaba cobrar sus regalías. “Me roban en todo el mundo. Esta miseria es lo que consigo rescatar”. Me mostraba los papeles. De ciento veinte mil a doscientos mil pesos mensuales. Agriamente revisaba los papeles. Los botaba.
A la tercera copa comenzaba su buen humor, su amor por el mundo, sus gratitudes, sus lágrimas. Los muebles de la casa monumentales estaban forrados de plástico. Alfombras dobles, gordísimas. Junto al gran piano de concierto, un perro de peluche de dos metros de altura. Abriendo la puerta principal, sobre una saliente de mármol, sus manos de oro macizo, y la leyenda: “Mis pobres manos, alas quebradas”. Cuadros infames, coloridos. Homenajes enmarcados de gentes mil y de paisanos veracruzanos. Del dedo meñique derecho le colgaba una cruz de oro diminuta. “No, no creo mucho, pero se ve chingona ¿o qué no? Qué buen puntách, como dice el loco Valdés”.
Vengo contando lo que le veía y le oía Agustín Lara, porque se cumplen muchos años de su muerte, porque en nuestro país nadie quiere mirar a los hombres como son ni como eran –para poder denigrarlos o exaltarlos impunemente– y porque vale la pena adentrarse en las maneras de un artista popular cuya obra ha trascendido como la de ningún otro mexicano.
Ya lo sabemos: era de breve talla y sumamente delgado, de cabeza pequeña, frente huidiza, cabellos engomados y una cicatriz de navajazo que le abría la línea de la boca hasta la oreja. Su facha era insignificante. Su voz opaca y terrosa. Nada en él era bello. Todo en él enamoró a las mujeres y le acarreó la reverencia de los hombres. Su música y sus letras eran y son la melcocha que al menor rasguño fluye del dolor del deseo o del hartazgo de la alcoba. Qué curioso, contra lo que se cree, no hay amor en sus canciones; hay el embeleso, el hambre, la adoración por el cuerpo de la mujer, y la mujer es vista como un objeto precioso y es sentida como un universo de irresistible pecado. Para Lara el cuerpo de las mujeres –creo que nunca se dirige su espíritu– era una geografía tan inagotable como misteriosa, y la urgencia carnal era la única vocación considerable. De algún modo nunca dejó la adolescencia en su lado más triste, que es un apetito indefinido y rencoroso frente al sexo enemigo. Según su obra y según lo que le conocí jamás llegó a la madurez. La madurez de Lara está en su talento musical, en esa piel musical tan melódica y de tan escasa elaboración, y en su omnímoda cursilería. […]
En Lara se dibujan marcadamente algunas actitudes donde pueden reconocerse sin esfuerzo las maneras mexicanas. Por ejemplo: es poco niño pero es plañidero; es arrogante pero canta lloroso su permanente orfandad; es gentil de dientes para fuera, pero alimenta puntualmente la iracundia y el desprecio por los otros. […]
Ése es el mundo de Agustín Lara, un mundo fácil, paladeable, orgásmico y nocturno, donde el pueblo ha hallado la mejor expresión de sus más íntimos afanes. Y acaso la valía del ya mundial músico-poeta consista en haber asumido su grosor y su alambicada ignorancia, de frente, sin tapujos, sobreponiendo con despectiva autoridad los defectos de origen a los remotos datos de la verdadera inteligencia.


Tomado de Antología de Ricardo Garibay. Selección y prólogo de Josefina Estrada. Ediciones Cal y Arena. México, 2013. Páginas 422-430    _________________________
Todas las imágenes que ilustran este post provienen de internet. El penúltimo retrato es de Herrera. El de Agustín Lara al piano lo he tomado prestado de la página en la red de Guadalupe Loaeza. Agradeceré a quien me aporte datos sobre los autores de las fotografías, para restituir los créditos que les corresponden.

Más sobre literatura y literatos mexicanos del siglo XX en este blog:

Amparo Dávila visita la Escuela Mexicana de Escritores http://bit.ly/1hn63a4

A la puerta de Salvador Elizondo, http://bit.ly/9HdZEI
Luis Mario Schneider, http://bit.ly/1fEvsw4
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