domingo, 8 de mayo de 2011

Nuevas muestras botánicas

Recojo las muestras de temporada en temporada y sin ninguna constancia, cuando me acuerdo y ando de vena, o si me llama la atención algún individuo específico colocado en el lugar por el que voy pasando. Cada vez con menos frecuencia sé a qué especie pertenecen, lo que se agrava si me interno en tierra caliente o me veo rodeado de coníferas, en cuyo caso escucho con escepticismo los informes a veces fantasiosos de quien esté más cerca.
Ha pasado tiempo bastante desde que puse a secar las últimas hojas en un ejemplar de Tierra Adentro y me dispongo a pegarlas en mi cuaderno botánico; un momento antes, hago los honores a un puñado de ellas sacándoles unas fotos para compartir con los lectores de Siglo en la brisa
Entre las páginas de la revista se coló una semilla de jacaranda, atrapada al vuelo la mañana de un sábado que pasé junto a una alberca en la casa de un amigo en Oacalco: su dibujo acorazonado me recuerda el de una gorda que, quizás como un incentivo para la fecundidad, se inclina hacia delante y nos deja ver un fabuloso trasero. También he conservado unos ejemplos de láminas coriáceas que no tengo ni la menor idea a qué árbol pertenezcan, y hasta la hoja de higuera que no recuerdo dónde recogí, y a la que, de animarme a incluirla en la colección, habría que volarle con una tijera alguno de sus lóbulos para que quepa en la página… 
A continuación enlisto y comento brevemente seis ejemplos: apunto el lugar en donde los recogí y, en el caso de contar con ella, la fecha exacta. Para casi todas las hojas tengo alguna foto alusiva; si no es así, reproduzco alguna imagen relacionada con su lugar o tiempo. Más tarde las fijaré en el cuaderno del modo más sencillo: embadurnando con resistol uno de sus lados, a veces con pena porque los dos merecerían quedar visibles, para luego pegarlas en la primera página impar que esté vacía.

1. Yedra indefinida del jardín de Luis Barragán
Desde hacía mucho mi amiga Victoria Clay y yo teníamos el plan de visitar la casa del gran arquitecto jalisciense, ubicada en el antiguo barrio de Tacubaya. Aproveché que estaba de vacaciones en México una sevillana amiga suya para proponerles hacer la visita, cosa que hicimos un mediodía particularmente soleado acompañados de otra amiga común, Virginia Flores. 
El jardín, revuelto, caprichoso, sin domesticar, en el que reina un estupendo pirul, tiene una generosa yedra, una especie que no sé precisar pero cuyas hojas conservan la forma que vi por millones durante mi infancia en bardas hoy inexistentes de Anzures.
(9 de marzo de 2010)

2. Palo prieto de la casa natal de Zapata
Acompañado de las primas Ana y Cristina Barberena, a mediados de marzo del año pasado hice un viaje de un par de días por los lugares en los que nació, vivió y fue asesinado Emiliano Zapata (http://bit.ly/diYnFr). 
En el poblado de Anenecuilco, en su casa natal o lo que queda de ella, que a fuerza de rigurosos criterios de recuperación ha adquirido un cierto aire de zona prehispánica, hay una suerte de jardín botánico que hace que la visita valga la pena. Allí se alza entre otros árboles el ejemplar de una especie que uno de un guía-cuidador me asegura que se llama palo prieto.
(13 de marzo de 2010)

3. Glicina de la Casa de América de Madrid
Conocí esta liana trepadora en los tiempos en que visitaba a Gonzalo Celorio, cuando era mi profesor en la Facultad de Filosofía y Letras, en su casa de Mixcoac. Comíamos en un corredor que daba a un jardín en el que había una joven higuera entre limoneros, alcatraces y matas de yerbasanta. Debidamente enredada en un emparrado construido quizás con ese propósito, había también una glicina de extraordinarias proporciones. (Ahora que lo consulto, no puedo dejar de reproducir su precioso nombre científico: Wisteria floribunda).
Cuando el año pasado estuve en Madrid para participar en una mesa redonda, moderada precisamente por Gonzalo, descubrí que el antiguo Palacio del Marqués de Linares, que aloja a la Casa de América, tiene su propia glicina enzarzada en la verja que da a Recoletos.
(abril de 2010)

4. Roble de Silla de Felipe II, San Lorenzo de El Escorial
Como conté ya en este espacio, el último fin de semana de mi estancia en la Universidad de Alcalá de Henares, en abril del año pasado, nuestro amigo el profesor Georg Pichler nos propuso a mi compañera Brenda Escobedo y a mí hacer una visita a El Escorial (http://bit.ly/eNXK9W). 
Después de recorrer el grandioso edificio, nos trasladamos a un paraje situado a una distancia ideal para apreciarlo debidamente en su entorno, llamado Silla de Felipe II. Salpicadas con una como ligera rotundidad (ya se sabe: s. e. oxímoron e. t.), hay entre los árboles algunas piezas colosales de granito, algunas de las cuales están esculpidas al parecer no se sabe desde cuándo. De un roble que estaba a mano corté esta hoja particularmente hermosa.
(28 de abril de 2010)

5. Almez de Thiers número 9
Por lo menos hasta 1974, delante de la fachada del número 9 de la calle de Thiers de la colonia Anzures en el que viví con mis padres hasta ese año, había un solo un árbol. Con el tiempo, alguien plantó uno más. 
Desde el coche, todas las veces que me acordé de fijarme, sobre todo si me tocaba el semáforo en rojo delante del edificio, las copas igual de profusas y el tono parecido de sus verdes me hicieron creer que se trataba de dos individuos de la misma especie. Con la llegada del último otoño, uno de ellos perdió el follaje, lo que lo puso en evidencia frente a su vecino menos mudable. No estoy seguro de que lo sea, pero me parece que el más viejo de los dos, el que estaba allí cuando yo era niño, es un almez, un árbol que a pesar de los nueve años que viví a su lado es ahora una novedad para mí. Le corté un par de hojas una tarde que pasé caminando debajo.
(24 de mayo de 2010)

6. Chopo blanco de la calle de Cozumel
Conseguí esta muestra en la calle de Cozumel, en la colonia Roma, muy cerca de donde vive mi amigo el cartonista Ros, cuando andaba buscando un álamo blanco para mi artículo “Árboles comunes de la ciudad de México”, que apareció primero en la revista Algarabía y luego en este blog (http://bit.ly/bSTUI2 ). 
Pertenece a un ejemplar que, como la mayoría de los de su especie, se muestra agobiado por los malos tratos de la contaminación y el clima locales. El conjunto de hojas y la nervadura central hacen un hermoso conjunto, aunque nada se parezca a la belleza de su envés del color al que debe su nombre.
(junio de 2010)

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Más sobre árboles y plantas en este blog:
Mi cuaderno botánico, http://bit.ly/acYY4W
El tejo de Bermiego, http://bit.ly/9NE36k
Árboles comunes de la ciudad de México, http://bit.ly/bSTUI2
El árbol de Giovanna, http://bit.ly/jY0F6c

domingo, 1 de mayo de 2011

Programa especial sobre Gerardo Deniz

Como parte del Maratón de Lectura de Radio México Internacional (emisora virtual del IMER), llevado a cabo a lo largo del pasado viernes, dedicamos la emisión de La Feria Carrusel de Libros de ese día a comentar algunos aspectos generales de la obra de Deniz, uno de los poetas más importantes de México, y a escuchar en su propia voz una pequeña selección de sus poemas. Ofrezco a los lectores de Siglo en la brisa el guión que leí al aire.

Amigas y amigos lectores: bienvenidos al programa de novedades editoriales del Instituto Mexicano de la Radio. Hace unos meses, el periódico El Universal hizo una encuesta entre escritores y críticos literarios para intentar establecer cuál fue el mejor libro de poesía publicado en México durante la última década (http://bit.ly/dWkz8W). 
El resultado fue un libro de título extraño, Erdera, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2005, un volumen de setecientas veinte páginas que reúne la mayor parte de la obra del poeta Gerardo Deniz. Hay que decir que ese resultado sorprendió sólo a quienes no están más o menos enterados de lo que ha sucedido en los últimos años en la poesía mexicana.
Como parte del Maratón de lectura de Radio México Internacional, vamos a dedicar la siguiente media hora a comentar algunos aspectos de la obra de Deniz, y a escuchar, en su propia voz, algunos trabajos de un poeta considerado por algunos como el más poderoso y sugerente de los últimos 25 años en México. 
A lo largo de estos minutos les haremos algunas recomendaciones de lectura para que puedan iniciarse en el mundo de este fascinante poeta. También, por supuesto, tendremos como siempre algunos ejemplares de los libros a los que vamos a referirnos, para ofrecer a cambio de sus llamadas y sus sugerencias. Llámenos, estamos en vivo y los teléfonos en cabina son el 5628 1736 y el 56281737. Tenemos un lada sin costo, el 01 800 5004637. Este programa se transmite también por la estación Órbita, de Ciudad Juárez, hasta donde mandamos nuestros más afectuosos saludos.


1.
Gerardo Deniz es el seudónimo de Juan Almela, quien nació en Madrid, España, en 1934, y llegó a vivir a México en el verano de 1942 como parte del exilio político que resultó de la Guerra Civil. Él y sus padres provenían de Ginebra, donde su padre, Juan Almela Meliá, había representado hasta 1939 a la Segunda República Española frente a la Oficina Internacional del Trabajo. 
Es muy conocida la explicación del seudónimo de poeta: la palabra “deniz” significa “mar”, “océano”, en lengua turca. Bajo el nombre de Gerardo Deniz, Juan Almela ha publicado unos quince libros de poesía y un puñado más de ensayo y narrativa. Los de poesía fueron reunidos en 2005 en el volumen Erdera, señalado por un grupo de críticos como el mejor libro de poesía publicado en México entre los años 2000 y 2010. El Fondo de Cultura ha tenido la amabilidad de enviarnos un par de ejemplares de ese libro, y como todas las semanas nuestra propuesta es intercambiarlos por las preguntas y sugerencias que ustedes hagan a esta Feria Radiofónica de Libros. Llámenos, estamos en el 5628 1736 y el 56281737 y el lada sin costo, el 01 800 5004637. Pero escuchemos, sin más prólogos, al propio poeta leer uno de sus poemas más conocidos. 
Se trata de “Hueledenoche”, y su tema es esa famosa planta cuyo olor es tan característico de la noche mexicana. Hago esta aclaración porque este programa se transmite también por la emisora internacional del Instituto Mexicano de la Radio, y puede oírse en la red en www.radiomexicointernacional.imer.com.mx
El texto fue publicado en el primer libro de Deniz, Adrede, aparecido en 1970 y la grabación, como casi todas las que oiremos esta tarde, procede del disco que le dedicó la colección Voz Viva de México de la UNAM. Fíjense ustedes qué manera tan afortunada de referirse a la planta y a su olor evasivo, ese aroma que se percibe, como su nombre indica, sólo de noche, mayormente a las afueras de la ciudad de México. Dice Deniz, inolvidablemente: “esa flor, hecha casi de aire, aroma sólo y que tal vez no existe”. La explicación es que quizás se trate, ustedes van a escucharlo, de “un monarca débil recorriendo a tientas la quietud de su reino amenazado”.
[“Hueledenoche”, 1:29]



2.
Es notable que, a pesar de su prestigio, a pesar de la originalidad de su voz y el respeto que su obra produce entre muchos conocedores, Gerardo Deniz sea un desconocido para el público en general. Esto se debe a la complejidad misma de su poesía pero también a la facilidad con la que se crean y alimentan prestigios literarios con frecuencia basados en el equívoco y sostenidos por la gestión cultural o periodística y la ignorancia ambiente. Con cierta frecuencia hay un divorcio entre lo más valioso del arte literario y lo que se premia, celebra y divulga. Ese divorcio se debe a razones que sería inoportuno mencionar en este espacio pero que hacen que los mayores valores de la literatura estén lejos del conocimiento público a veces durante largo tiempo. En agosto de 2005, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica dedicó un número especial al que puso por título, aludiendo al gusto de nuestro poeta por la química, “Deniz en estado puro” (http://bit.ly/lgZYNm). Entre otros conocedores de su obra, en ese número participa el gongorista español Antonio Carreira, quien demuestra nuevamente que la poesía de nuestro poeta responde a razones para nada azarosas. 
Otro de los participantes es David Huerta, un viejo lector y amigo de Deniz, que escribe hacia el final de su texto estas palabras: “Cada renglón que escribe, cada verso, cada párrafo de Deniz es una joya o una pequeña llama: así los veo, así los leo. Tienen un brillo deslumbrante; tienen una animación formidable; me ilustran, me emocionan, me divierten. Es Deniz […], junto con Antonio Alatorre, el mejor prosista de México. Qué diablos importa que nunca haya escrito, digamos, una novela: sus cuentos bastan y sobran, sus artículos lo demuestran con amplitud, sus notas más distraídas son atesoradas por mí, y por unos cuantos más, con devoción”. David Huerta remata su artículo sobre Deniz de esta emocionada manera: “Nunca he podido decirle con todas sus letras cuánto lo quiero, cuánto lo admiro. Creo que no hace falta. Creo. Pero si tuviera que decírselo […] tendría que decirle con cierto temblorcillo en la voz y no poca emoción: ‘Haberte conocido, haberte leído, haber conversado contigo, todo eso forma una de las razones por las cuales la vida ha valido la pena de ser vivida’”.
Escuchemos, en la voz de Deniz, el poema “Bruja”, lleno de guiños y sugerencias y uno que otro doble sentido, publicado originalmente en forma de libro en Enroque, de 1986, y también recogido en Erdera.
[“Bruja”, 1:27]


3.
Erdera, que según algunos escritores y críticos fue el libro más importante publicado entre los años 2000 y 2010, reúne la poesía casi completa de Deniz. Entre los críticos convocados por El Universal para la nota firmada por la periodista Yanet Aguilar, están el mismo David Huerta, José María Espinasa, Rocío Cerón, Silvia Eugenia Castillero, Víctor Manuel Mendiola y José Vicente Anaya… Algunos de los otros libros mencionados fueron Nadir de Elsa Cross, Muerte en la rúa Augusta, de Tedi López Mills o Algaida de Eduardo Lizalde, el hermoso poema sobre la ciudad de México sobre el que pronto entrevistaremos a su autor.
Como dijimos antes, Erdera apareció en 2005, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, institución, por cierto, para la que el poeta trabajó en dos ocasiones entre 1957 y 1975 como traductor y técnico editorial. La palabra “erdera” proviene de la lengua vasca y se usa para señalar todo aquello que no es vasco. Todo aquello, podemos interpretar, que no forma parte del cuerpo general o la cultura de esa lengua, lo que le es ajeno, precisamente como parecería que sucede con la obra de Deniz dentro de la poesía mexicana. 
Erdera reúne los primeros quince libros de poemas publicados hasta esa fecha, desde el primero, llamado significativamente Adrede, hasta el más reciente entonces, Cuatronarices, Bothrops asper. De este último título, que no es sino el nombre de una serpiente venenosa, tengo un par de ejemplares para ustedes. Sólo llámenos al 5628 1736 o el 56281737. Ahora escucharemos, en el más puro estilo Deniz, este poema, “Impedimento estérico”, de la sección “Fricativas” del libro Gatuperio, recogido en Erdera.
[“Impedimento estérico” 1:04]


4.
Deniz ha sido un enamorado de la música, y a ella ha dedicado ensayos y poemas, algunos de ellos inolvidables. Entre los poemas, está su serie de tres textos sobre el fagot que apareció en el libro Ton y son, publicado en 1996 en la serie Práctica Mortal de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta. Entre los ensayos, quizás el texto que mejor refleja su pasión musical sea “Algo sobre música y poesía”, que apareció originalmente en 1987 en la revista Pauta. Les leo un párrafo de ese texto, en el que el poeta nos defiende la gran superioridad de la música sobre cualquier género de literatura:
“Ignoro si música y poesía sean hermanas, como tanto se repite, pero la verdad es que no tienen en común más que el número de letras. La segunda [quiere decir, la poesía] es prescindible, farragosa, poco de fiar, por lo general infumable. La primera es necesaria, grata muchas veces, y a cada momento prodigiosa. La poesía fabrica, a lo sumo, mundúsculos discutibles. A la música, en cambio, se le adhieren tremendos jirones de vida, de lugares y tiempos, con todos sus colores, olores y sabores —y todo esto sin dejar de ser lo principal, o sea música”.

Escuchemos al poeta leer su poema “Bruyères”, que es también el nombre de un preludio de Debussy. Aunque Deniz ha distinguido música de poesía y ha insistido en que no puede haber música, dice, “de carne y hueso” en la poesía, les recomiendo fijarse, más que en el significado, con frecuencia tan elusivo como la flor del hueledenoche, en el sonido de estos versos.
[“Bruyères”, 0:50]


5.
Amigas y amigos lectores: La Feria Carrusel de Libros está participando en el Maratón de Lectura de Radio México Internacional con una pequeña muestra de la poesía de Gerardo Deniz, un poeta más bien desconocido por el gran público pero admirado por los conocedores. El editor José María Espinasa nos ha regalado un par de ejemplares de dos títulos importantes de la bibliografía deniciana: por un lado, la antología que hizo el propio Deniz de sus poemas, y que se publicó cuando fue galardonado con el Premio de Poesía Aguascalientes, el más importante que se da en el país. El libro se llama Sobre las íes
Chema Espinasa también nos ha enviado dos ejemplares de uno de los libros que reúnen los ensayos de Deniz, llamado también químicamente, Anticuerpos. Entre otros textos de interés, en esa edición de 1998 aparecen los dos comentarios críticos que dedicó a José Emilio Pacheco, dos trabajos que cuestionan gravemente la validez de la poesía y el personaje público del Premio Cervantes del año pasado, y que nunca nadie se atrevió a contestar. El primero se llama “El joven parco”, y el segundo “Pacheco bajo el micro(a)scopio”. El libro en el que fueron publicados es, repito, Anticuerpos, está publicado por Ediciones Sin Nombre y tenemos dos ejemplares para ustedes. Estamos en el 5628 1736 y el 56281737 y el lada sin costo, el 01 800 5004637. También pueden solicitarnos los libros, siempre con alguna pregunta y sugerencia, en la dirección de twitter @imerhoy.

Vamos a escuchar, en la voz de Deniz, el poema “Confeso” en el que hace la crítica de la exageración de los lenguajes académicos, en este caso de aquellos términos de la lingüística estructural de los que se ha abusado y que de cuando en cuando han sido elevados por encima de las obras de que se ocupan, llamados “el significado” y “el significante”. El poema pertenece a la sección bellamente llamada “Cajón de sistros”, del libro Grosso modo, recogido también en Erdera.
[“Confeso”, 0:51]


6.
Hace unos pocos años, Deniz fue invitado a participar en el disco producido por Motín Poeta, llamado Personae, en el que un poeta trabajó con un músico o artista sonoro para hacer emparejamientos entre palabras y sonidos. En ese disco hay también obra de poetas como José Eugenio Sánchez, Carla Faesler, Mónica Nepote o Myriam Moscona, entre otros. 
Deniz leyó un poema, para algunos desconcertante, para otros (entre los que me cuento) deslumbrante, llamado “Primavera en el fondo del colon”, en el que juega con un título del francés Jean Cocteau, “Primavera en el fondo del mar”. En este poema, y su lograda sonorización, debida a Rogelio Sosa, Deniz ha imaginado con mucha plasticidad cómo puede ser la primavera en el fondo, no del mar, sino del intestino grueso. Llámenos, estamos en vivo y los teléfonos en cabina son el 5628 1736 y el 56281737. Esto es “Primavera en el fondo del colon”, de Gerardo Deniz, leído por el propio poeta:
[5:59]


7.
Amigas y amigos lectores: estamos haciendo un breve repaso a la obra de Gerardo Deniz, en la voz del propio poeta, gracias a la grabación de la colección Voz Viva de México que publicó en 2009 la Universidad Nacional Autónoma de México, con un prólogo del investigador Pablo Mora. 
La última grabación que voy a ponerles tiene que ver con un aspecto más de la personalidad del poeta: su conocido amor a los gatos. Antes, quiero leerles la descripción en un par de líneas que hizo Luis Ignacio Helguera, un querido amigo del poeta muerto hace unos años, del departamento, aislado con persianas de bambú, en el que Deniz vivió hasta hace poco, y donde muchos de nosotros lo conocimos y hablamos largamente con él. Está en el prólogo a la entrevista que sobre música y músicos le hizo Luis Ignacio para el número de enero de 1990 de la revista Pauta: “Muchos libros y discos en libreros, de madera algunos y metálicos y enormes otros, como de biblioteca pública, pero en todo el ambiente se respira una perfecta privacía, algo melancólica. Sobre el tocadiscos, un alebrije. Pocos muebles —“todos heredados”, dice siempre Deniz—, decorado sencillo, como en las mejores puestas en escena: lo más importante está en la palabra suelta del personaje. Su hermosa gata [...] ronda por ahí. El cálido ruido del whiskey vertiéndose en los vasos se va entreverando con la plática…”. Durante una buena cantidad de años, Deniz vivió con esa gata, llamada Koshka, palabra que en ruso significa precisamente “gata”. 
La grabación de Voz Viva de México termina con el poema “Congéneres”, en el que el poeta celebra su relación con Koshka. El poema con el que cerramos el programa cierra también la antología personal Sobre las íes, que vuelvo a recomendarles, editada por Ediciones sin nombre.
[“Congéneres”, 2:06]


Amigas y amigos lectores: gracias por habernos acompañado. Hemos estado con ustedes: en la producción, Jonathan López Romo; Nadia Ochoa en la asistencia y Gabriel Ortiz en los controles técnicos. Se despide de ustedes su amigo Fernando Fernández.

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Sobre Deniz en este blog:
Una tarde con Gerardo Deniz, http://bit.ly/bmZS4N  
Cuadernos y dibujos del niño Deniz, http://bit.ly/9dkSDa
Gerardo Deniz, lector (1), http://bit.ly/hs2IA1
Gerardo Deniz, lector (2), http://bit.ly/ii4qxC
Una “Palinodia del rojo” anónima, http://bit.ly/f7YVZ1


El retrato contemporáneo de Deniz, que reproduzco al inicio del texto, lo hice en Chapultepec, el 23 de enero de este año. 
La foto en cabina es de Karla Nájera.

domingo, 24 de abril de 2011

Mi vuelta al mundo en 80 días

No tengo ni la menor idea de qué hacía aquella mañana al fondo del Colegio México, del otro lado de los dos patios, más allá de la cancha de futbol, cuando entré por vez primera en una biblioteca. 
Sé que ocurrió, cuando mucho, en cuarto de primaria porque al año siguiente me cambiaron de escuela. También sé que estaba solo y que nadie me condujo hasta allí. La experiencia es de tal forma autónoma en mi memoria que puedo decir que no me recuerdo entrando en esa biblioteca ninguna otra vez. A lo mejor influyó que el lugar no era agradable: no creo que tuviera ventanas, y si las tenía estaban cerradas a piedra y lodo por lo que la biblioteca aparece en mi memoria encerrada, a oscuras y sin ninguna ventilación. 
Me acuerdo, eso sí, del placer que sentí cuando no hubo ninguna dificultad para que me prestaran un libro, uno que escogí yo mismo, una versión resumida y con dibujos de La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne. ¿Qué fue lo que me llamó la atención? ¿El título, que el siempre juguetón Julio Cortázar había cambiado hacía poco, aunque yo me tardaría siglos en saberlo, por La vuelta al día en 80 mundos? ¿La portada, en la que un confiado Phileas Fogg se encamina con naturalidad hacia el otro lado del universo conocido, seguido por un Passepartout que no es capaz de ir a la velocidad de su nuevo amo, y que al tiempo que se sostiene el sombrero para no perderlo, lleva como puede un maletín de viaje y unos cuantos paquetes? ¿O las escenas de locomoción esbozadas a sus espaldas: un carro tirado por caballos, un ferrocarril, un vapor…?
En la casa de mis padres no había propiamente biblioteca. Entre algunos libros aislados, había una edición en rústica de los cuarenta y tantos tomos de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós y otra en pastas duras de un par de obras eruditas de Menéndez Pelayo, compradas por mi padre en alguno de los paseos que hacía por la Lagunilla con mi tío abuelo Florentino, un hombre enamorado de lo viejo que pasó treinta años en México y que de cuando en cuando compraba libros, quizás más como objetos relacionados con la añorada España que por ser libros, esto es, objetos para ser leídos, mundos que estaban allí para ser descubiertos con sólo animarse a intentarlo. Había también, y si lo recuerdo es porque su presencia constituye un misterio felizmente nunca aclarado, un ejemplar suelto de una edición en dos tomos de una obra cuyo nombre insólito, subrayado por su anómala soledad, me sugería mundos extraños: la Ciropedia de Jenofonte.
Hace no mucho, cuando rebasé la edad de su flemático protagonista, volví a leer la novela de Verne. Aunque no recuerdo casi nada de mi remota primera lectura, la sensación de haberla leído en otra ocasión se mantiene intacta en mí y aparece entremezclada con los retratos, las atmósferas y las situaciones del libro como si formaran parte de una misma cosa. No recuerdo que Fogg haya despedido a su ayudante porque el agua para su afeitado no hubiera estado en la temperatura exacta; no recuerdo la persecución del inspector Fix, que está  uien﷽﷽﷽﷽﷽g Kubrick, con alguna  de veces en este espacio pero ese retardo en verla por primera vez la carg Kubrick, con alguna convencido de que aquel loco que aparentemente huye, por cierto siempre hacia el oriente, es el autor de un robo que ha conmocionado a Inglaterra; no recuerdo el rapto de la princesa india ni que Passepartout, bajo los efectos del opio, hubiera perdido la consciencia en un tugurio poniendo en riesgo la empresa de atravesar el mundo en ochenta días. 
Sin embargo todo eso aparece entre las sensaciones de mi lectura como iluminado con un resplandor que no dudo en llamar mágico, igual que si sucediera en el ámbito de un sueño, y yo, sobre todo yo, yo leyendo, yo sentado o de pie o tendido en una cama, yo viajando o sin moverme de mi lugar, yo más que cualquiera los personajes y mucho más que los países exóticos y los obstáculos increíbles, yo más que nadie o nada fuera parte de ese sueño que ocurría dentro de mí.
Hace unos diez años, cuando habían pasado unos treinta de aquella única visita a la biblioteca del Colegio México, me encontré en una librería de Donceles un ejemplar idéntico a aquel primer libro, aunque se tratara de una edición posterior a 1974, cuando, como máximo, ocurrió aquel episodio. Ese primer ejemplar que no era mío, del número 6 de la colección Clásicos de Oro Ilustrados, que repasé con las manos y los ojos y que puse sobre la mesa y admiré a la distancia aun antes de leerlo, y que luego leí, y que todavía después tuve que devolver en una forzosa segunda visita a la biblioteca que para nada recuerdo, estaba ahí, sonriéndome, entre otros miles de libros, bajo el bendito baño de polvo de las librerías de viejo. 
Por supuesto que no pude resistirme frente a ese tesoro y lo compré por sesenta pesos —una cantidad ya entonces apenas simbólica—. Y ahora, debo admitirlo, tengo algunos más, cuatro o cinco iguales, porque en mis pesquisas por cuanto depósito de libros de segunda mano se me pone delante nunca he sido capaz de no volverlo a comprar. Es una de esas cosas que no puede uno sino querer para sí, todas las veces, de manera imperiosa, siempre. 
¿Qué pasa por mi cabeza en ese momento, que se repite idéntico? ¿Qué mensaje recibe mi corazón, más poderoso que cualquiera de mis pensamientos, que me devuelve a la biblioteca del Colegio México, al fondo de la escuela, más allá de los dos patios y la cancha de futbol, aquel día de mis nueve años cuando me atreví a cruzar llevado por nadie aquel umbral a oscuras? ¿Se trata, como me parece, de volver a alimentar aquella primera ilusión de ser yo, de ser plenamente yo en la lectura, viviéndome tanto como soñando?
Por supuesto que lo más emotivo de la lectura de la novela de Verne es su desenlace, que debe de haberme gustado muchísimo porque me hizo sentir por vez primera la emoción de la buena literatura. Phileas Fogg vuelve a Londres poco después del momento marcado como límite para la conclusión de su empresa… En rigor, apenas unos minutos después de la hora fijada. En silencio, con perfecta dignidad, se encierra en su casa a rumiar su derrota. No mucho después se entera de que aquel día no era domingo, como él pensaba, sino sábado. Por una razón que no tarda en aclararse con lógica, se da cuenta de que en su viaje alrededor del mundo —que ha hecho siempre con rumbo al este— ha ganado un día, por lo que no ha llegado unos minutos después de la hora, sino un día antesEl problema es que lleva casi veinticuatro horas metido en su casa con la certeza de haber perdido la apuesta, así que de pronto se ve en riesgo de perderla de verdad. 
Sale de su casa como un rayo, se trepa al primer coche que pasa y vuela al Club Reforma, en donde los señores Stuart, Fallentin, Sullivan, Flanagan y Ralph posan la mirada en el reloj del salón de lectura. Flemático, erguido, triunfante, Phileas Fogg hace en ese momento su entrada, unos minutos antes del momento fijado, y consuma así el prodigio de su vuelta al mundo en ochenta días.

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Este texto fue leído en la ceremonia de inauguración del XI Encuentro Nacional de Salas de Lectura de la ciudad de Mazatlán, el 2 de octubre de 2008, delante de un nutrido grupo de responsables de salas y promotores de la lectura de todo el país, cuando yo era Director General de Publicaciones de Conaculta.

Sobre el XI Encuentro Nacional de Salas de Lectura, organizado por Laura Athié y Nora Rangel, http://bit.ly/dSxolS

El número cero de la revista Milenio, antecesora de Viceversa, que apareció en noviembre de 1990, estaba dedicado a la literatura de aventuras. En la portada, como ilustración a un texto de Gerardo Deniz llamado “Breve introducción al estudio de mi Verne”, aparecía una imagen en alto contraste del gran novelista francés.

Sobre las librerías de viejo de la calle de Donceles, en este mismo blog: http://bit.ly/dkkFRR