sábado, 10 de agosto de 2019

Viceversa en los 100 años de Tamayo y Borges

En agosto de 1999, ahora hace exactamente veinte años, se cumplió un siglo del nacimiento de Rufino Tamayo y Jorge Luis Borges (éste había nacido el 24 de agosto de 1899; aquél, dos días después.) La revista Viceversa se sumó a las celebración de ambos centenarios con el número que da pretexto a esta entrega de Siglo en la brisa
Ha envejecido tan bien el ejemplar que tengo delante, a pesar de que han transcurrido dos largas décadas desde que el número fue publicado, que cualquiera podría creer que me lo trajeron de la imprenta esta misma mañana. La explicación está, al menos en parte, en la bellísima fotografía que aparece al frente de la revista: uno de los extraordinarios retratos que Irving Penn hizo a Rufino Tamayo en 1951 en Nueva York. 
No menos que en eso, me parece a mí, en lo bien que la clavó Soren García Ascot, en ese momento diseñadora gráfica de Viceversa, en el rectángulo de la portada; la forma en el cual, de ese modo, el gran pintor oaxaqueño apoya el brazo izquierdo sobre la mesa a la que está arrimado, a sólo unos milímetros del corte de guillotina del extremo inferior del papel couché en la que fue impresa; la manera en que quedaron ocultas, detrás de su cabeza perfectamente modelada, las tres letras que siguen a la “V” inicial del nombre de la revista; la precisión con la cual dejó caer la escasa pero rotunda información del contenido del número: “100 años de Rufino Tamayo”, arriba, a la izquierda de quien tiene el ejemplar en las manos, contra la textura grisácea del ciclorama, aprovechándose correctamente del espacio libre; más pequeña, tocando apenas la textura del saco de pata de gallo (houndstooth), la información complementaria: “BORGES: Crónica del centenario”. 
Y los tonos, por supuesto: el sobrio amarillo de la cabeza del título; las calidades perfectas de retrato de Penn. Hasta el código de barras abona al equilibrio de una portada perfecta que, sin ninguna duda, es una de las más hermosas de las casi cien que publicó la revista entre noviembre de 1992 y mayo de 2001.
Para conmemorar el centenario del gran pintor mexicano armamos un dossier de textos encabezados por un estudio sobre su primera etapa y otro sobre sus mixografías, firmados respectivamente por Sylvia Navarrete y Germaine Gómez Haro. 
De Ana Cecilia Terrazas publicamos un artículo sobre las falsificaciones de la obra del pintor oaxaqueño. Antes de esos ensayos incluimos una anécdota de Tamayo contada por Teresa del Conde, y después una entrevista de Daniel Rodríguez Barrón, entonces editor ejecutivo de la revista, con Juan Carlos Pereda, curador del Museo Tamayo, quien nos prestó una ayuda invaluable para la realización de la entrega. También de Rodríguez Barrón es la estupenda nota editorial que abre el número.
El último trabajo es un estudio sobre Tamayo como coleccionista de arte, entregado por Gonzalo Vélez. El dossier cierra con dos colecciones de fotografías. La primera, un álbum de Tamayo: de niño, a los seis años; en la Ciudad de México, en 1917; en la década de 1930 en Nueva York, acompañado de Siqueiros, Orozco y otros; un hermoso retrato (fotográfico) hecho por él mismo de Olga, su mujer, en el Coliseo romano; ella y él, con los Picasso; delante de su óleo Picasso al desnudo, en el año de 1990, retratado por Álvarez Bravo. Esas fotografías corrían a lo largo de una cronología elaborada por Aída Maltrana. El segundo grupo de fotos es una espléndida colección de retratos de Juan Guzmán (1955), otro de Irving Penn (1948, esto es, hecho tres años antes de la foto que nos servía de portada), uno de John Rawlings (1941) y uno más, hecho en París, en el estudio Maywald (1959).
Para celebrar a Borges viajé yo mismo a Buenos Aires con el propósito principal de vivir en persona el ambiente en que se festejaban los cien años del nacimiento de uno de los máximos escritores del siglo XX. 
Recabé todo género de novedades editoriales para completar mi bibliografía sobre el tema (para entonces, probablemente, una de las más completas en México), y me asomé, invitado por Noé Jitrik, a un coloquio internacional de escritores que fue inaugurado por la viuda de Borges, María Kodama, y en el que tuve la fortuna de conocer en persona a Gonzalo Rojas (como conté en otro lugar de este blog; el link, al calce).
Pero la médula de mi trabajo en la capital argentina fue la realización una serie de entrevistas, la primera de ellas precisamente a María Kodama, con quien tuve un pequeño y desagradable incidente a propósito de la foto que Rogelio Cuéllar le tomó a Borges en los baños de San Ildefonso, y que Viceversa había dado a conocer por vez primera tres años antes, en un número especial publicado cuando se cumplió una década de la muerte del autor de El Aleph, de todo lo cual estaba ella bien informada porque yo mismo le había enviado previamente un ejemplar.
Me reuní también con César Aira, Ricardo Piglia y María Esther Vázquez. Si la conversación con ellos, con Piglia y Aira, en diversas cafeterías de la ciudad, resultó especialmente interesante (las recuperaré próximamente en este mismo espacio), el encuentro que tuve con ella, amiga íntima y biógrafa de Borges, en el sereno y amplio departamento en Palermo que compartía con el poeta Horacio Armani, a unas calles de botánico de la ciudad, fue uno de los momentos más entrañables de mi estancia de diez días en la capital argentina.
El resultado de la semana y media que pasé en junio de 1999 en Buenos Aires fue un extenso trabajo, mitad reportaje y mitad crónica, que titulé “Crónica del Centenario” y que apareció en Nagara, el suplemento literario de Viceversa —y que luego, por cierto, nunca recogí en ningún otro lugar. 
Comparto algunas imágenes de aquel número, empezando por su hermosa portada, para mí una de las más conseguidas de la historia de la revista.
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Una cerveza con Gonzalo Rojas, https://bit.ly/2ON2qoj

Más sobre Viceversa en este blog:
Las diez mejores portadas, http://bit.ly/VXMFDt
Un retrato de Rulfo en Viceversa, https://bit.ly/2lYMqOM
La infancia según Viceversahttps://bit.ly/2YAHDJ5
A veinte años de su fundación, http://bit.ly/1q7lIik
El número de Scherer, en línea, http://bit.ly/1TUsPvD
De Orwell a Trotski a Viceversahttp://bit.ly/SQ5p6V
Viceversa en la historia del diseño gráfico en México: primera parte, http://bitly.com/S5fFHU; segunda parte, http://bit.ly/XDodtG; tercera parte, http://bitly.com/Ze9KW8.




viernes, 2 de agosto de 2019

El señor Lancini

El 14 de octubre de 2009, Juan Almela habló delante de la grabadora de su afición a los palíndromos y otros juegos de palabras. Se refirió a la naturaleza y las dificultades de aquel género en particular, explicó las razones por las cuales le parecía Darío Lancini el mejor palindromista de la lengua y salpicó la charla con los ejemplos que más le gustaban. No menos que eso, contó cómo se aficionó a escribirlos y cuándo y de qué modo redactó el primero de la veintena que dejó por escrito. Como por cuestiones de espacio no es posible reproducir aquí toda la conversación, copio al menos un fragmento para que lo conozcan quienes siguen este blog.

El poeta venezolano Darío Lancini (1932-2010). Foto: Internet
El señor Lancini
Por FF
14 de octubre de 2009

—¿Cómo diste con Darío Lancini? Me has dicho que es el mejor palindromista del mundo.
—Que yo sepa. Ya hace tantos años, que todo es posible. Es que yo publiqué un palíndromo gigante, en Plural, y le pusieron de título “El palíndromo más largo del mundo”. Entonces el señor Lancini mandó desde Venezuela un par de ejemplares de su libro, con título palindrómico, Oír a Darío
—Que es lindísimo.
—Es precioso. Bueno, ahí hace lo que quiere, es admirable. Y además tiene el don del palíndromo, en el sentido de no hacer tonterías. Hay mucha gente que hace palíndromos que son tan tirados de los pelos… Es una cosa siempre más o menos absurda e incoherente, salvo los muy chiquitos, que pueden guardar coherencia, pero, si no, pues siempre tienen mucho de divagatorio. Eso ya se sabe. Pero hay gente que hace unos verdaderos adefesios… Así por ejemplo hay un palíndromo francés, creo que de cinco mil palabras, pero [que] no tiene chiste. No he podido pasar nunca de la primera página, porque es ya tan absurdo… Y cuando le conviene corta una palab-… con tres puntos suspensivos y, bueno, pues…
—Así no se vale.
—Bueno, sí se vale pero ya no tiene caso… En cambio Darío Lancini hace cosas, o bien geniales en sí, o bien con sentido, ¿no? Como poner, por ejemplo, creo que es “Adán no cede con Eva y Yavé no cede con nada”.
—Muy bueno, ¿no?
—Y lo de: “Yo hago yoga hoy”. Y luego los surrealistas de plano, pero maravillosos. Ése que dice: “Abanico con amoniaco cocainómano cocinaba”. Eso es maravilloso, eso del cocainómano cocinando un abanico con amoniaco. Y cosas así. Lo mejor del libro de Lancini es uno que se llama “Amor neolatino”. 
Guarda un mínimo de coherencia y juega de paso con el famoso palíndromo “Dábale arroz a la zorra el abad”. Éste me lo dijo mi padre. Durante muchos años pensé que ése y “Anita lava la tina” eran fenómenos únicos, que para qué trataba uno de buscar más, porque nunca se encontraba… Yo pensaba que esos dos eran frutos de siglos. Y no es cierto, por supuesto. Lancini, en su poema “Amor neolatino” juega con el de “Dábale arroz a la zorra el abad” como “Dábale arroz al oneroso reno la abadesa…” y, bueno, un montón de cosas muy buenas. Por eso para mí es el mejor. El mejor del que yo sé.
—¿Entraste en contacto con Lancini?
—No. No.
Dedicatoria de Enrique Krauze a Gerardo Deniz,
"a cambio de futuras y frecuentes colaboraciones".
Lamentablemente, no tiene fecha.
—¿Cómo conseguiste su libro?
—Me lo regalaron en la revista. El otro ejemplar se lo dio Krauze a José de la Colina, que hizo una notita diciendo que muy bonito.
—…
—El que era fatal era [Jaime] García Terrés. Además, los publicaba en un librito… Y eran unas cosas que necesitaban un título así de largo porque… Para no decir nada… Decía: “La viuda de Descartes habla a Einstein en el mercado diciéndole que Bacon no sabía el valor de las peras” y cosas así. Y luego veías el palíndromo y era: “Viuda cartesio en mercado: no peras, dijo Bacon, explicó a Einstein…”.

—…
—Que qué es eso, ¿no? Y así todo. Y [los] hacía sin cesar. Y no, no... Hay un dios de los palíndromos que alumbra al que el dios quiere, quién sabe por qué. Es inescrutable, como todas las providencias.
—…
—Yo, por ejemplo, tengo el don del palíndromo. Son menos incoherentes que de costumbre y algunos notablemente largos. Sacó Tito Monterroso en el suplemento del Siempre!, allá por el año… [silbido que intenta describir el paso de mucho tiempo] un artículo sobre los palíndromos en el que decía la genialidad aquella que todo el mundo festeja, de que él sólo había podido hacer en su vida el palíndromo: “Acá, caca”. Ay, qué chistoso, qué bien. Y sin embargo salió una cosa muy buena, que era de Ernesto Mejía Sánchez. En aquellos tiempos se hablaba de si le darían el premio Nobel a Alfonso Reyes. 
Reyes y su perro Kola.
Foto de Gisèle Freund. Fuente: Internet
Se ponía cada uno a hacer un palíndromo, él, Mejía Sánchez, Bonifaz Nuño y no sé quién más, y de repente Mejía Sánchez dijo: “Alfonso no ve el Nobel famoso”… Ah, qué bueno y tal… Todos lo celebraron. Y no es palíndromo para nada... En cambio Rubén Bonifaz los hacía cortitos pero finísimos, perfectos. Eso de “Etna da luz azul a Dante”. Y: “Si no da amor alas, sal a Roma, Adonis”. O bien: “Odio la luz azul al oído”.
—Ése es precioso.
—Es buenísimo. La declaración antisinestésica.
—Qué chulada, qué bonito.
—“Odio la luz azul al oído”. Es precioso. Y el “Etna da luz azul a Dante” está muy bien.
—¿Te acuerdas de más de Bonifaz?
—No creo que [me] saliera uno o dos más. Pero los que te he dicho son inolvidables, por lo bonitos.
—¿Te acuerdas de alguno tuyo?
—Sí, en principio me los sé todos… Cuando me pongo a reconstruirlos… Tiene la ventaja la cosa de que si no te acuerdas de un pedazo, lo lees al revés y a veces el pedazo que te falta es el que viene al revés luego, y ya lo puedes completar. Pero bueno, salió el artículo de Tito Monterroso y yo dije: “Bueno, voy a hacer alguno”, y empecé. Ya había yo descubierto por mi cuenta, cosa viejísima, que “reconocer” es palindrómica, la palabra, como “anilina”, o como “radar”, o como “malayalam”, que es una lengua del sur de la India.
Juan Almela en el Zócalo, ca. 1990. Foto de Conchita Perales.
—¿Cómo? ¿Malayalam?
—Sí, “malayalam”, con y griega, sólo que yo me guardaría de usar la palabra “malayalam” en un palíndromo porque me dirían que era una chingadera que había yo inventado, ¿no? Bueno, en fin, el hecho es que a partir del “reconocer” empecé a hacerlo rápidamente. Salieron palabras por aquí, al revés por acá, o viceversa. Hasta por la calle iba rumiando… 
Me acuerdo todavía el añadir algo más. Resultado: salió un palíndromo, bueno porque guarda la coherencia mínima, que es de ambiente arábigo. Pues dice el palíndromo: “A la ropa sobaba la solapa, era sebo y sapos su sed; Selim el rajá se sonrió: ¡Salam! ¡Sal a reconocer a las malas! Oírnos es ajarle miles de sus sopas; yo besaré a palos a la babosa, ¡por Alá!”. Y eso, ingenuamente, lo metí en un sobre diciendo que el artículo de los palíndromos [de Monterroso] era muy bonito pero que yo había encontrado uno que era… Todo este caso. Lo mandé a las Cartas de Siempre!… Jamás salió. Alguien lo abrió, lo vio y se lo atribuyó y lo presumiría por los cafés durante una temporada.
[…]
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Tomo la imagen que abre este post de la página en línea dedicada a la biblioteca de Julio Cortázar, entusiasta de Oír a Darío.

Más sobre Juan Almela / Gerardo Deniz en este blog:
“El desdichado” de Nerval, traducción monstruosa, https://bit.ly/2MA0ywj
Un soneto sobre Octavio Paz, https://bit.ly/2BanKe4
Quince razones para asomarse a De marrashttp://bit.ly/2bmYunI
Una vida con el Fondo [de Cultura Económica], http://bit.ly/1TNgNSM
Cómo y cuándo nació el seudónimo, http://bit.ly/1RTMiXd