domingo, 8 de enero de 2012

Jaime Sabines, del natural

Desafortunadamente, hace unas semanas dejó de aparecer la revista Día Siete, la publicación que se daba los domingos con algunos periódicos de diversas ciudades mexicanas, entre ellos El Universal. Poco antes propuse a Alejandro Páez Varela, su editor, publicar el texto que comparto ahora con los lectores de Siglo en la brisa.





Fotos de Roberto Portillo

Ni un segundo se movió de su silla y si la atmósfera alrededor de él pareció aligerarse se debió a que Roberto Portillo, el fotógrafo encargado de retratarlo, colocó un ciclorama a sus espaldas, lo que nos hizo pensar que Jaime Sabines quizás cambiaría de humor. Nada más erróneo. A los 68 años de edad y a menos de cinco de su fallecimiento, aquella mañana de principios de noviembre de 1994 el poeta traía encima una especie de enojo seco, subido a la cabeza, sin vuelta de hoja. 
Un encabronamiento mal cicatrizado combinado con un hastío de muerte. Ni cuando llegamos ni más tarde, a partir de que nos ofrecieron unas sillas delante de él, nos vio con demasiada curiosidad. A su amigo Germán Dehesa, que encabezaba la visita, lo miró con una suerte de afecto remoto, como a alguien que en alguna época le hizo gracia y ahora ya no le produjera mucho interés. Durante las dos horas que duró el encuentro, Sabines no sonrió ni una sola vez. Eso sí: fumó y fumó y fumó.
Apenas si es necesario recordar los hechos que hicieron de 1994 uno de los años más movidos de la historia mexicana reciente. 
A sólo tres semanas del final de la presidencia de Salinas de Gortari y después de un año de crisis política sin precedentes (con al menos dos asesinatos al más alto nivel entre el grupo gobernante), a la que nada más llegar al poder Ernesto Zedillo iba a añadirse una profunda crisis económica, el PRI, el clan al que pertenecían ambos presidentes y también el propio Sabines, estaba en un avanzado estado de descomposición. 
Con monotonía y frases sin brillo y sin ninguna prisa el poeta se ocupó de los temas que estaban en el aire y que Germán se cuidó de sacar a la plática, a falta quizás de otros más inmediatos y amigables: la situación general de Chiapas, las acusaciones de corrupción hechas a su hermano Juan y las actividades de Samuel Ruiz, a quien el poeta señaló como el culpable de todo lo que estaba ocurriendo en el estado. Sólo interrumpió su monólogo para contestar una llamada telefónica, para lo que le acercaron un aparato inalámbrico del que luego ya no se separó.
Después se quejó del estado de su pierna izquierda, pero tampoco entonces fue expresivo: dijo que estaba harto de las operaciones y contó que cada vez se movía con mayores dificultades (la suela del zapato de ese lado era del triple del tamaño de la otra) y que ya ni siquiera le quedaba el consuelo de ir a nadar, como al parecer había hecho hasta no hacía mucho. Cuando le dijimos que el propósito de nuestra visita era que Germán conversara con él para la revista que yo dirigía, rugió más que dijo que ya no iba a conceder entrevistas y que de ninguna manera iba a hacer una excepción en favor de su amigo porque éste era un pésimo entrevistador. “Es que siempre quiere ser él y no deja ni hablar a los otros”, añadió, sin variar el tono de voz. A la sesión fotográfica, contra todo pronóstico (y lógica), dijo que sí.
Días antes, cuando Dehesa me propuso ir a ver a Sabines para hacerle aquella entrevista, me pareció que Roberto Portillo era la mejor opción para hacer las imágenes. Fotógrafo de percepción fina, era también un hombre prudente. Su cierto nerviosismo característico desaparecía en cuanto se ponía a trabajar. Por difíciles que se pusieran las cosas a la hora de fotografiar al famoso poeta —al que aquella mañana encontrábamos convertido en una especie de león enjaulado—, Roberto saldría airoso y sin mayores problemas. 
En cuanto tuvo luz verde se movió con cuidado en aquella salita como la de cualquier familia acomodada del Pedregal, y además de colocar el ciclorama a sus espaldas ubicó las luces e hizo que el poeta mirara aquí, primero, y luego acá, y luego otra vez aquí. Éste, poderoso y reseco, con la astilla encendida del cigarro invariablemente en la mano, mirando con fijeza al objetivo tal como lo prueban las fotos que acompañan este artículo, se mostró dócil a la cámara en tanto contaba que la primera vez que le hicieron un retrato fue un amigo en Ciudad Universitaria. También, que en aquel entonces las fotos que se hacían eran, así dijo, “cuadros cerrados”.
Como las notas que tomé aquel día de hace 17 años son fragmentarias, no puedo decir con exactitud si fue antes o después de hacer las fotos que ocurrió lo único que me hizo pensar que aquel titán anclado en sus amarguras tenía la sensibilidad que podía esperarse de él. ¿No era, finalmente, un hombre de cultura y letras? ¿No era uno de los poetas más leídos del país? Se refería a un viaje por tierras andaluzas, quizás acompañado de Chepita, su mujer, cuando pronunció una palabra que hizo que su gesto, el tono de su voz y la intensidad de su mirada sufrieran una metamorfosis, una palabra a la que cargó de toda la felicidad y la satisfacción que era posible vivir en este mundo: “Granada”. Entonces, siquiera por un momento, me pareció que desaparecían la salita mediocre, los interlocutores irrelevantes y la sequedad de desierto bíblico de su enojo, y un estremecimiento pasaba temblando a través de él.
Roberto Portillo le hizo ese día unos retratos que, como no tuvimos un texto apropiado para acompañarlos, quedaron inéditos. ¿Cómo pudo suceder? Germán escogió a la persona que escribiría un texto para publicar con ellas en lugar de la malograda entrevista, una muchacha cercana a él de la que he olvidado el nombre que unas semanas más tarde nos envió una selección de poemas conocidos de Sabines, lo que a esas alturas nos pareció que no tenía ningún interés. Como siempre muy profesional, Roberto entregó las diapositivas en tiempo y forma y se olvidó del asunto. Aunque la revista siguió saliendo más de seis años, nunca se presentó la oportunidad de publicar las fotos y nadie volvió a verlas hasta el día de hoy.
Hace unas semanas me lancé en la búsqueda de mi viejo amigo fotógrafo por un asunto relacionado con otras imágenes, también suyas. A pesar de que pregunté aquí y allá a algunas personas que me pareció que debían de conocerlo, nadie supo decirme ni media palabra sobre él. Algunos no recordaban ni siquiera haber oído su nombre. Escribí la petición en Facebook y Twitter, donde estoy en contacto con no pocos de sus colegas, muchos de ellos antiguos colaboradores míos, con idéntico resultado: nada. Cuando ya renunciaba a dar con su paradero, tuve algo parecido a una intuición: de pronto me vino a la mente que quizás había sido Pep Ávila, otro fotógrafo cercano a la revista, quien nos había puesto originalmente en contacto. La sensación resultó atinada: Pep me contó que hace unos años Roberto se fue a vivir al extranjero y me dio su dirección electrónica. 
Éste me contestó desde Nueva York para contarme lo inaudito: que había abandonado la fotografía para ejercer su carrera universitaria, el Derecho. De cuando en cuando, añade, hace algunos trabajos fotográficos pero sólo de los asuntos que le interesan. Casi sin querer, salen a la conversación los retratos de Sabines. En cuanto Roberto Portillo ni una sola vez.. sonrivez. de  mes fue demasiado expresivo: dijo que cada vez se mov como primicia a los lectores de este blogen cuen me confirma que tampoco él las publicó nunca, decido con su anuencia ofrecerlas como una valiosa primicia a los lectores de Día Siete.

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El artículo y las fotos, tal como aparecieron en el número 580 de Día Siete, pueden verse en http://bit.ly/nKEoTE

La foto de Salinas y compañía es de Emilio López y apareció en la portada del periódico unomásuno del 20 de octubre de 1993, según está reseñado en este mismo blog"Foto política", http://bit.ly/AeZwmp

domingo, 1 de enero de 2012

Trasfondo de época

Hace dos semanas, la publicación de esta foto —en la que puede verse a mi gata Isolda sentada de perfil en la silla de mi escritorio ochentero—, me lanzó por los rumbos documentales de los que se ocupa este post. Al ver con cuidado la imagen, que me sirvió para ilustrar un comentario sobre mis textos felinos, reconocí sin problema casi todos los papeles y las fotografías que se ven borrosamente en ella. Me eché un clavado a mi archivo para desenterrarlos, operación que no me llevó más de veinte minutos. 
Si no lo hice en menos tiempo fue porque tuve que situar la fecha del ejemplar de Vuelta que se ve debajo de mi silla, sobre una pila de otros papeles o directamente en la alfombra, y aun la pequeña demora me recompensó con la fecha, bastante aproximada, en la que debe de haberse tomado la foto. Lo primero fue reconocer la silueta de una Madona de Edvard Munch que aparece en la portada de aquel número. Si en el buscador de la hemeroteca digital de Vuelta no supe cómo ubicarla, una consulta en la red bastó para dar con el texto que Octavio Paz escribió sobre el pintor noruego y que el periódico argentino La Nación reprodujo en julio de 1988 (http://bit.ly/vYykuN). 
Con ese dato, salté al primer tomo de ese año que tuve a la vista, de la colección encuadernada de Vuelta que me regaló mi amigo Sergio Vela. La Madona apareció en la portada del número de abril. (Dos entregas más tarde, en junio, Krauze publicó su polémico texto sobre Carlos Fuentes). Para mí, aquel año de la revista de Paz fue decisivo: en el número de marzo, es decir el anterior al que aparece retratado en mi estudio, la revista publicó unos poemas de la serie “Fosfenos”, de Gerardo Deniz; en uno de ellos leí los primeros versos de Juan Almela que me gustaron de verdad. Lo cuento siempre con gusto: el poema se llama “Trabajeros” y habla de una casa de disfraces, El Suplente, que estaba en la calle de Rosas Moreno, en la colonia San Rafael. Deniz escribe estos versos que me fascinaron de inmediato por su exquisita sonoridad:
Allí alquilaban ropas insólitas, fraques y futraques,
atuendos de odalisca suripanta, de margrave.

Además del texto de Paz sobre la pintura de Munch, la portada del número que me interesa, el 137, de abril de 1988, anuncia el discurso de recepción del Premio Nobel de Brodsky, en traducción de Tomás Segovia. También, un par de reseñas de La economía presidencial de Zaid, unos poemas de Pere Gimferrer (traducidos por Paz y Xirau), otros de Kenneth Rexroth (en versión de Alfonso D’Aquino) y uno más de Fabio Morábito. Si ésas son las estaciones importantes de aquel número, las mías, las que se adivinan más allá de la silueta de Isolda, son las que dan color a mis días de aquel año: un par de "tumbas" europeas; el soneto de uno de mis amigos más antiguos; el retrato de un entrañable viajero en Atenas; un puñado de muchachas al sol; una hermosa playa vacía… 
Publico, en el orden de derecha e izquierda y de arriba abajo, los documentos originales que pueden reconocerse en la foto y los comento brevemente. Sólo en dos casos no pude dar con los objetos reales: una pequeña tarjeta promocional de 1988, que de todas formas comento, y la hoja de cuaderno pegada con cinta adhesiva a la que le falta la esquina inferior izquierda… Ésta, por lo que imagino, no debe de ser sino una lista de pendientes —imperiosos, si se juzga por el salto que dieron de mi agenda al librero, pero imposibles ahora de recuperar.


El cenotafio de Dante y la tumba de Borges
El primer documento, arriba a la izquierda, es la foto del primer aspecto de la tumba de Borges, a la que me referí en http://bit.ly/tlMhkl. (Las publico aquí con el orden cambiado).
Un poco más a la derecha pueden distinguirse un par de fotos, puestas una junto a la otra, que dan la imagen completa del cenotafio de Dante en Florencia (y no su tumba, que está en Rávena), con todo y su letrero: “Onorate l’altissimo poeta”. Fueron, todas, regalo de mi amigo Sergio, que las tomó en diciembre de 1986 con su famosa Kodak Retinette.

Un soneto de José Antonio Jacobo
El poema se llama “Amor con imágenes marinas” y salió en el número 6 de Alejandría (primeros meses de 1988). Como un recurso de diseño, en los tiempos en los que no teníamos casi ninguno, de tarde en tarde mandábamos ampliar algunos textos para jugar con sus tamaños. 
Siempre me ha acompañado un verso de ese soneto, escrito por quien fuera mi compañero en primero de primaria y por lo tanto es mi amigo más viejo: “agua con agua el mar la playa escombra”. En el número hay poemas, entre otros, de Charles Olson, José Luis Rivas, José Emilio Pacheco, Julio Hubard y Robert Frost. Las ilustraciones son de Xavier Villaurrutia.


Felipe Jiménez, perposa de su juvetud.e mi qur dieciocho años ebrverso de un  mi compañero en primero de primaria y por lo tanto es mi aigo mF en Atenas
“1987, sin ningún género de duda, querido Fernando”, me escribe Felipe cuando le pregunto de qué año es esta foto en la que aparece sentado delante del Partenón. 
Naturalmente, no conozco todas las fotos del álbum de mi amigo, que pasó una década y media en Europa a partir de la salida de la Preparatoria, pero ésta, en la que puede vérsele feliz, metido en una camisa cómoda de algodón, sin calcetines, bien podría ser una sólida candidata a la más entrañable de aquella etapa de su vida.

Un calendario de la “librería” Dante Alighieri
El segundo objeto en el segundo estante visible es el anverso de un pequeño calendario de 1988 que, a finales del año anterior, regaló a sus clientes mi amigo Antonio, un fósil de la Facultad que había ingresado sólo Dios sabe cuándo a la carrera de Letras Clásicas, y ahora, muchos años más tarde, había coincidido conmigo en el primer semestre de Hispánicas. 
Él fue quien me enseñó una infalible técnica para robar libros, que luego apliqué por gran éxito en innumerables ocasiones. Tenía un puesto de libros a la entrada de la Facultad, casi debajo del busto de Dante, que no era otra cosa que una sábana extendida en el piso sobre la que colocaba los volúmenes robados —por cierto con bastante idea bibliográfica—. Aquel año mandó a hacer unos pequeños calendarios que mostraban al frente a una chamacota arrodillada en la playa, mostrando un rostro angelical y una fantástica espetera. Al reverso, debajo de la leyenda “Librería Dante Alighieri”, nada menos, se leía el nombre de mi amigo seguido de la palabra “propietario”.

La imagen de los dos Sergios
Gracias a que la lista de pendientes está rota en su punta inferior izquierda, se puede ver un fragmento de una foto en la que salgo con Sergio, que nos tomó nuestro amigo el arquitecto Jorge Huft en enero de 1987. 
En la imagen que está colocada a continuación, mi amigo, gran conocedor de las culturas semíticas, aparece disfrazado de árabe. Por cierto, en el librero, a la derecha de esa foto pueden reconocerse los dos tomos de la monografía de Curtius sobre la literatura en la Edad Media latina, publicados por el Fondo de Cultura Económica.

La foto oficial de la Beca Salvador Novo
La cabeza de Isolda oculta parcialmente la foto de grupo de los jóvenes escritores que gozaron de la beca Salvador Novo en el período 1986-1987. Si en la entrada de Siglo en la brisa de hace dos semanas pusimos en tela de juicio mi aspecto ochentero, esta variante de la misma década perdida da pábulo al tema. 
La foto quizás fue tomada en el restaurante que estaba a un lado del pequeño teatro que fundó Novo en Coyoacán, en donde el Centro Mexicano de Escritores, responsable de gestionar la beca, celebró el almuerzo (como se dice en estos casos) en honor a los ganadores (como también se dice). No volví a saber nada de ninguno de los compañeros becarios, salvo del dramaturgo Flavio González Mello, que en la foto aparece colocado a mis espaldas y a quien todos los meses encuentro en las páginas de la revista Este País. Al reverso, la ampliación tiene un sello que dice: “Foto Comercial. Carlos Lazo de la Vega. México DF”.

Atardecer en Zipolite
La foto es pésima pero el lugar y quizás sobre todo el recuerdo de los días que pasé en él, durante el verano de 1987, en la compañía de Fernando, Ángeles y Eugenio, justifican que quedara bien visible en mi librero durante los meses que vinieron. Del renombre que tuvo la playa oaxaqueña en los años setenta, cuando se dice que fue un paraíso nudista, una década más tarde no quedaban sino los grandiosos atardeceres. 
Es posible que fuera un mal momento: no dejaba de estar conformada por palapas y hamacas, pero una espantosa serie de construcciones de tabique y cemento empezaban a invadirla sin orden ni concierto. Jamás volví. Como sea, nadie sabrá lo feliz que fui todo el día fumando a la sombra, con los ojos perdidos en la lejanía del mar.

Una muchacha y sus compañeras de escuela
Esta foto, ya en sí misma bastante borrosa, es quizás el documento más tardío de la colección y el único que me hace pensar que, todavía sin haber abandonado 1988, quizás estemos cerca del fin de ese año. En ella aparece un grupo de muchachas al sol, entre ellas Ángeles Eraña, que ocupa el segundo lugar contando desde la izquierda.

Un cuaderno Scribe
Tengo delante cuatro o cinco cuadernos que podrían perfectamente ser el que se ve debajo de la silla de mi estudio. Aunque ahora me cueste creerlo, en una época de mi juventud escribí versos y más versos. Menos mal que al mismo tiempo leí mucha literatura. 
De la primera página de uno de esos cuadernos, fechado en agosto de 1988, copio estas líneas de Alberti que sin duda provienen de Sobre los ángeles, un libro del que fui gran admirador:
Hubo luz que trajo
por hueso una almendra amarga.
Voz que por sonido
el fleco de la lluvia,
cortado por un hacha.

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Más historias de objetos en este blog:
“Postales”, http://bit.ly/oQ5hVa  
“Refrigerador”, http://bit.ly/irv0oK
“Cosas que se van”, http://bit.ly/hh6mG9
“Viaje alrededor de mi escritorio”, http://bit.ly/dWllU5

domingo, 25 de diciembre de 2011

Danza de Clori

Escribí el poema en algún momento entre 1991 y 1992, durante la temporada que pasé como teaching assistant del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Bucknell. Siempre me ha parecido que los boscosos alrededores del campus y el río de nombre indígena a cuyo margen fue construido, están en un hermoso verso que quizás recuerdo incompleto o que he retocado sin darme cuenta. 
Lo que ahora no puedo establecer es si es del poeta Jack Wheatcroft, en traducción de David Huerta, o del propio David: “Los árboles deciduos sobre el lánguido Susquehanna”. Como en otras épocas de mi vida, durante parte de aquel tiempo fui víctima de la consabida cristalización sobre la que escribió Stendhal, quien como todo el mundo sabe fue cónsul francés en Civitavecchia, y mi poema da cuenta de uno de los desengaños que acabaron con los síntomas de tan imaginativo padecimiento. 
Si no lo había publicado hasta ahora es porque, escrito después de 1990, no alcanzó a entrar en El ciclismo y los clásicos; nueve años más tarde, cuando junté los poemas que acabaron conformando Ora la pluma, me pareció que no participaba del tono general de la nueva serie. Sin parientes cercanos o lejanos ni congéneres de ninguna especie, quedó inédito hasta el día de hoy. Esta semana releí la biografía de Stendhal de Consuelo Berges, en cuyas traducciones conocí en los años ochenta al genial milanese, por lo que publico finalmente el poema como lo que fue desde el principio: una modesta ofrenda a él.

Cuenta cómo Clori bailó la danza de su felicidad, de qué manera él se refugió en la cocina y las consecuencias de ello

Durante la reunión Clori pasaba                       
ligera, complaciendo
con su plática instruida a los amigos              
de la Universidad; luego bailó
toda la noche:
                    ella quería
publicar su contento de una forma
definitiva, inapelable.

Y es verdad que bailaba                          
con tal coordinación de los etíopes
ritmos, y tal conocimiento
de algunas melodías,
que su baile causó la admiración
del público que estaba allí reunido.

Pero yo vi que le dolía bailar:
Clori metía los brazos
como si se estuviera clavando unos puñales
de flores dolorosas
                              e invisibles.
Bailaba para sí, para la propia
recompensa de su alma,
y aunque bailó con todos
a mí me pareció
que no estaba bailando con ninguno.

Por eso me propuse
tomar confinamiento en la cocina,
que si es verdad que por sus riscos                          
de muebles afilados
muy rara vez asoman las gacelas,
es en esencia sitio de aprovisionamiento                     
y Providencia asegurada;
                                          hallé
refugio allí, si no el consuelo
que ya estaba buscando
aquella parte de la noche,
pues un rato después
me puse a conversar interesada-
mente con un señor que había vivido
algunos años en la India, enfrente
de una ventana abierta no tanto por dejarnos
mirar las temblorosas     
irradiaciones de las altas horas,                              
como por dar ventilación al aire
insalubre,
               y salida a los efluvios
maléficos que causan las fritangas.

Pero ni entonces pude sacudirme
el griterío y las pruebas
de la felicidad de Clori:
                                      aquí
la veía venir con la varita
mágica, el agua simple
transformando en un vino inverosímil;
allá la vi pasar llevada en hombros
por una contagiada muchedumbre
—cosa, por cierto, rara entre la gente
de la Universidad,                                  
la cual es enemiga de la fáciles                 
distracciones, y todo ha de juzgarlo
con ceño duro y argumentos fríos.
           
De aquella noche me quedaron tristes
las memorias, pero no porque
la pena de perder a Clori,
en una multitud que la aclamaba,
fuera mucha;
                      sucede que contraje,
más bien, unos catarros indios,
unas sudoraciones y una especie
extraña de la tos
ferina,
          y me sentí tan mal,
y a tanto me llevó la calentura,
que encontrándome solo,
no me pude vencer, y de dormirme
no más miraba el teatro de mis fiebres,             
donde yo aparecía derrumbando
una maciza torre
¡alzada con el mucho hacer cerebro
de las cosas de Clori,
y el vano imaginar de la cabeza!

“Caso ejemplar es éste de cristalización
en estado avanzado”,
habría opinado el cónsul,
                                          alcanzándome
la caja de pañuelos desechables,
si le hubiera contado mis tristezas.
“No existe solución. Te lo mereces”.

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La foto bajo la nieve en la que aparezco con el poeta Wheatcroft fue tomada en el campus de Bucknell por Xavier Pascual Aguilar.

Más poemas en este blog:
 “En el acto de regalar un gato sordo, en escritura culta —que es en la que ellos entienden” (de Ora la pluma), http://bit.ly/rJPY3s  
Cinco poemas de El ciclismo y los clásicos, http://bit.ly/nM5zT1  
“Milagro en la playa” (de Palinodia del rojo; post alusivo y poema), http://bit.ly/u2fwEd
 “Paloma y no” (audio), http://bit.ly/lKlTwP

domingo, 18 de diciembre de 2011

Textos felinos

En cada una de las dos colecciones de poemas que publiqué con anterioridad a Palinodia del rojo, hay un texto de tema felino. El primero de ellos, llamado “Cuenta la extraña transformación de su gata Isolda”, apareció en la revista Los Universitarios y no mucho después en El ciclismo y los clásicos (Cuadernos de Malinalco, 1990). 
Como ya conté en este lugar, el aspecto pródigo en carnes y pelos y el dibujo de orejas y patas traseras de la hermosa persa que me acompañó en mis años de estudiante, me hizo imaginarle un pasado en el que no fue gata doméstica sino coneja silvestre. A diferencia de algunos casos célebres de la literatura clásica, no fue el deseo la causa de su repentina mutación sino… un susto. Quien quiera volver a leerlo, está en http://bit.ly/nM5zT1
El segundo de mis textos gatescos apareció en Ora la pluma (El Tucán de Virginia, 1999). Lo escribí cuando me vi obligado a regalar un joven persa, de un blanco casi albino, que poco antes me habían regalado a mí, en una de las épocas menos sedentarias y más intranquilas de mi vida, es decir en el peor momento para adoptar un gato. Como al parecer todos los ejemplares de esa raza y color, Spencer, nombre que le pusimos pensando ingenuamente que algún día sería capaz de responder a él, era sordo como una tapia. El veterinario que lo tenía en venta, quizás malaconsejado por la necesidad de deshacerse de él, no mencionó ese detalle, como también se calló su verdadera edad. Tampoco dijo que padecía unas feas llagas en la boca y que estaba invadido de ácaros… Todo eso tuvo jodido al pobre de Spencer hasta que conseguí curarlo con una serie de baños, hartos polvos y ungüentos, malos momentos míos y peores de él. A finales de 1995, cuando ocurre esta historia, yo pasaba poco tiempo en mi casa por lo que el gato veía morir las horas en casi completa soledad. 
Debido a su sordera y quizás también a la inseguridad que debía de provocarle lo accidentado de su corta existencia, por todas partes echaba unos indiscriminados, agrios y especiosos chisguetes de orina. Al final no tuve más remedio que buscarle otra casa. Escribí el texto (y lo dediqué a quienes lo adoptaron) como si se tratara de una lista de indicaciones y advertencias. Ahora que conozco de nuevo, afortunadamente en condiciones más propicias, la indescriptible felicidad de convivir con un gato, lo comparto con quienes leen Siglo en la brisa.

En el acto de regalar un gato sordo, en escritura culta —que es en la que ellos entienden
A Conchita y Esteban
Aunque herederas de mi torpe encéfalo, estas anotaciones
—producto de mi observación a ratos
luengos—,
harán que no sólo por tu señas
contigo sepa Clorinda a qué atenerse.

Comparado a lo extraño de la raza, ¿es algo el mucho escollo
de la salud
—las llagas en la boca, el pelaje cadizo, la tropa indomeñable
de los ácaros— debido a las industrias en conjunto
de un amo desidioso y un mal médico?

Mas, a decir verdad, la punta de la lengua siempre afuera
e incluso la sordera, característica del gato
iranio (si es albino),
¿qué restan de virtud, qué menguan en belleza a un aristócrata
pincel, relamido e impoluto como tú?

Sin mucha explicación, le dirás a Clarinda que viniste en la carreta
de Zoroastro,
una noche a principios de noviembre.

Venías del universo aquel en que folgabas aguardando
turno…
¿Qué cogitabas en tu arriate cósmico?
Contigo y tu alma a solas en la nada, ¿cuáles esencias contemplabas?

A esta vida, ¿quién lo duda?, se viene a dar placer a la manía
gatuna
de andar aquí y allá, de asomarse a los vanos
y correr por la alfombra tras las sombras, e interpretar inopinados
efluvios de escalera…

Con recursos platónicos, probarás a acertar
los nombres de las cosas:
una pértiga, un gong, una quimera.

Cuando asomes al patio, esperarán en balde tu audiencia
las estrellas.
Y no serás oidor de pleitos de azotea.

¿Recogerás espigas en el silencio de Dios?
¿Llegarás a arcipreste de la luna?

“Diablo mundo”, dirás, “que a todos maravillas”
al sospechar que de estos valles
(sonoros o silentes)
no hay réplica en el cielo de los gatos.

De Ora la pluma, El Tucán de Virginia, México, 1999.
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El gato que aparece en todas las fotos es Isolda. Por supuesto, la persona que la lleva en los brazos en la segunda de ellas soy yo mismo, con un turbador aire de época.




Más poemas en este blog:
“Milagro en la playa”, http://bit.ly/u2fwEd
“Palinodia del rojo”, http://bit.ly/j00ELk
“Paloma y no”, http://bit.ly/lKlTwP
“Milagro en el supermercado”, http://bit.ly/99948L

domingo, 11 de diciembre de 2011

El azul pintado más hermoso del mundo

Nunca frecuenté ni gocé ni aprendí tanto de la pintura como en 2001, cuando tuve la inmensa fortuna de pasar cinco meses en Londres. Naturalmente, mi destino preferido era la National Gallery, el célebre museo que está en uno de los costados de la Plaza Trafalgar. 
No creo que sea posible conocer como se debe ese fantástico espacio, que reúne una enorme cantidad de piezas extraordinarias, sino dedicándole toda la vida. En sus salas pueden verse muchas de las grandes obras maestras del arte pictórico universal, de La Virgen de las rocas de Da Vinci a la Venus del espejo de Velázquez, de la Santa Catalina de Alejandría de Rafael a la Alegoría con Venus y Cupido del Bronzino, por mencionar las primeras que vienen a mi mente. 
Además de un fascinante cuarto dedicado a Rembrandt, la pinacoteca londinense posee un par de obras inconclusas de Miguel Ángel (una de ellas es uno de los emblemas del museo) y una misteriosa pieza de Giorgione, ese pintor del que se conservan no más de seis o siete obras atribuidas “casi con seguridad”, lo que no impide que sea considerado uno de los artistas más influyentes de la historia del arte en Occidente. 
En sus paredes cuelgan no pocas pinturas que han fascinado a la mentalidad moderna, como el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck o uno de los tres cuadros que Van Gogh pintó para la recámara en la que iba a hospedar a su amigo Gauguin, famosamente conocido como Los girasoles.
Ante la riqueza de semejante colección, lo normal es cada quien arme su propia visita, la interprete y disfrute a su modo. Yo me recuerdo, por ejemplo, una tarde en que afuera nevaba copiosamente, en busca de los óleos de Hogarth, por los días en los que acababa de descubrir la ópera de Stravinski que toma como punto de partida una serie de grabados del satírico inglés del siglo XVIII, y pocos días antes de acudir a verla en escena en el English National Opera. O delante de un simpático cuadro de Gainsborough sobre el que voy a escribir algún día, llamado El señor y la señora Andrews
Pero si me preguntaran cuál es la obra que más perduró en mi memoria durante la década que ha pasado desde mis días londinenses, no dudaría en referirme a Baco y Ariadna de Tiziano, una espectacular tela de más de metro y medio por casi dos metros que tiene el azul pintado más hermoso que he visto en toda mi vida. En ninguna de mis visitas dejé de acudir a admirarla con verdadero deleite: unas veces me dirigía directamente a ella; otras, me la encontraba al pasar de camino en busca de alguna pintura específica. 
Había una tercera forma de encuentro, acaso la más feliz de todas: como de cuando en cuando me gustaba perderme entre las salas del museo, me sucedía que poco antes de internarme en una de ellas, o al salir al encuentro de dos pasillos, veía un ribete del cuadro desde el que su bellísimo azul me hacía un guiño y entonces no era capaz de resistirme a su llamado y volvía a colocarme delante de él, para contemplar, de nueva cuenta pero siempre como si fuera la primera vez, la infinita sabiduría de su composición, la hermosura de sus colores y la rica sucesión de sus formas animales y humanas. 
Una noche, al final de una de mis visitas, compré una postal con una reproducción de Baco y Ariadna y desde entonces la he tenido a la vista. Durante todos estos años, casi cada día me he maravillado con el dibujo lleno de dinamismo y expresión de la figura que hace Baco suspendido en el aire. Conservo la guía del museo, en la que leo que Tiziano pintó la tela entre 1522 y 1523, a sus cuarenta años, "como parte de una serie de cuadros destinados al studiolo de Alfonso d'Este en el castillo de Ferrara". Copio la parte final de la nota como una forma de compartir con los lectores de Siglo en la brisa mi entusiasmo por este óleo del admirable pintor veneciano del siglo XVI.
“La historia de Baco y Ariadna, muy poco representada antes, la cuentan los poetas Ovidio y Catulo, y Tiziano debió recibir algunos extractos juntos con el lienzo y los bocetos [hechos previamente por Fra Bartolomeo o Rafael, los encargados originales del proyecto, que murieron sin llevarlo a término]. Hasta entonces nunca habían cobrado vida los textos y los mitos paganos de un modo tan espléndido ni con tal variedad de colores caros, imposibles de encontrar fuera de Venecia. 
Ariadna, después de ayudar a Teseo a vencer al Minotauro, fue abandonada por él en la ‘orilla donde suenan las olas’ de la isla de Naxos, y el barco de Teseo se aleja por la izquierda. ‘Entonces, por toda la orilla suenan címbalos y tambores, golpeados por manos frenéticas’, éstos anuncian al dios Baco que llega en su carro tirado por guepardos con el ruidoso séquito de ménades, sátiros con patas de cabra —uno de ellos ‘ceñido por serpientes que se retuercen’ — y Sileno borracho agarrado a su asno de largas orejas. ‘La voz, el color y Teseo, todo ha abandonado’ a la aterrorizada Ariadna cuando el dios salta para llevarla como esposa. Ella se convertirá en la constelación que vemos arriba en el cielo. Recortados contra un magnífico azul ultramar, el dios y la muchacha se mueven al mismo impulso, el que hace eco el golpe de címbalo de una ménade que funciona como la imagen en el espejo de Ariadna, incandescente con su túnica de un rojo anaranjado sobre la mitad terrosa del cuadro. El perrillo de Tiziano ladra nervioso al pequeño fauno que se pasea orgulloso con un jazmín en el pelo, arrastrando una cabeza destrozada de ternero junto a una flor de alcaparra, símbolo del amor”.

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The National Gallery Companion Guide, de Erika Langmuir, fue editada por la National Gallery Company en 1994. La edición en español, llamada simplemente Guía, es de 1998. Mi ejemplar, de una nueva edición revisada, pertenece a la reimpresión de 2001.

Las dos imágenes de la obra de Tiziano que reproduzco las he tomado de El placer de la imagen, que está en http://bit.ly/rzWKrj. Allí se describen los valores estéticos de la obra.

Más sobre pintura en este blog:
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/gRyN9Y
Retrato de muchacha con pug, http://bit.ly/dBkSIV