domingo, 5 de junio de 2011

Impresiones de Roma

En diciembre de 2002, al volver de mi primera visita a Roma, le escribí una larga carta a mi amigo Fernando Rodríguez Guerra. Lo hice con el propósito de ponerlo al tanto de cuanto vi y anoté durante un viaje a solas que arrancó en España y duró unos once días, pero quizás también como una forma de diálogo conmigo mismo. 
Esta semana, buscando otra cosa entre viejos archivos, encontré una copia de la carta y volví a leerla. Me llama la atención la enorme cantidad de detalles que dejé consignados y que he olvidado. Otros, sin embargo, están vivos en mi memoria como si me hubiera fijado en ellos la mañana del día de hoy. Este post reúne los fragmentos en que le contaba a mi amigo lo que me habían parecido el Puente de Sant’Angelo, San Pedro del Vaticano, los Foros romanos, la Piazza del Popolo y el Tíber. En las líneas que siguen, escritas a vuelapluma y sin pensar que pudieran publicarse, están algunas de mis impresiones más frescas (y seguramente más discutibles) de la Ciudad Eterna, vista por vez primera hace casi una década.

Puente de Sant’Angelo
Algo de lo que más me gusta de Roma, por sus proporciones, es el puente de Sant’Angelo, que cruza el Tíber. También, porque remata en el impresionante castillo del mismo nombre (fue allí donde se refugió el Papa cuando el célebre sacco) y quizás sobre todo por las diez esculturas de ángeles diseñadas por Bernini que lo adornan de un cabo al otro, cargando 
cada uno de ellos algún motivo relacionado con la Pasión de Cristo —los clavos, las ropas, la corona de espinas, etc.—. 
Dispuestas en dos hileras, aparecen encabezadas, de acá para allá, es decir, de este lado del Tíber al lado del Vaticano, por dos estatuas, una de San Pedro con unas llaves y otra de San Pablo, con una espada —rota—. Uno de esos ángeles me gusta particularmente: el que sostiene el letrero con la leyenda “INRI”. En general es cierto que casi todas esas figuras carecen de expresión, más allá de ese gesto angélico sobrehumano que les es característico, con la excepción de dos: la que sostiene la corona de espinas, por un lado, y que hace una cara, quizás de acuerdo con el objeto que le ha sido encomendado (y transmite en efecto el horror ante la sola idea de las espinas clavadas en la cabeza), y por el otro la que sostiene el letrero. 
Me gusta mucho este ángel. Tiene una voluptuosidad exquisita. Por un momento tuve la sensación, que recuerdo como real, de que era posible percibir su deliciosa y angélica exhalación. La delicada torsión del cuerpo, el gesto incitante con los ojos cerrados, la pierna deliciosamente ofrecida que sale del remolino de la tela, el letrero sostenido con las puntas de los dedos… (Con todo, me parece que las piezas originales, tanto la de la corona de espinas como la del letrero, están en Sant’Andrea delle Fratte, iglesia de la zona de la Plaza de España que no visité.)

San Pedro
Te confieso que entrar a San Pedro del Vaticano me produjo menos emoción y sorpresa que cuando entré por vez primera a la Mezquita de Córdoba —con sus mil columnas, su iglesia católica metida con calzador y hasta su tumba esquinada de Góngora…—. Y es que aquí todo resulta inmenso y desproporcionado. Como para dar una idea de lo que la Iglesia, como institución, ha sido. Y es. No sé si en parte esa impresión se deba a que la planta original, diseñada por Miguel Ángel, era de cruz griega y un papa posterior decidió que, malgré tout, se hiciera latina. Es decir, de un templo bien proporcionado se pasó a uno que se alarga de repente hacia el acceso principal. Uno de los efectos de esa decisión fue que, de pie frente a la fachada, resulta imposible ver la cúpula. Con todo, me gustaron, y mucho, algunos detalles.
La estupidez de la vigilancia (que encarnó a mis ojos en un cuidador negro, rapado como un rapero pero vestido como para un velorio), me impidió acercarme a una de las cosas que más se me antojaba ver, el Constantino a caballo de Bernini, que la víspera me había pasado un largo rato viendo en foto verdaderamente maravillado, y que sólo pude ver a lo lejos, entre las sombras de un lugar cerrado al público allá del otro lado de un corredor.
Me gustó mucho el famoso baldaquino, contra el que iba algo maldispuesto quizás por ser un símbolo demasiado evidente de las pretensiones del edificio. Leí por ahí que su material proviene de la puerta original del Panteón. Me gusta mucho el recorrido ascendente-descendente de sus cuatro pilastras, de un salomónico irregular, casi caprichoso. (Por cierto ¿por qué cada vez que los pintores representan el pasaje de Salomón y las dos mujeres, hacen aparecer dos niños, en vez de uno?).
Pero quizás lo más bello del lugar sea la Piedad de Miguel Ángel, que produce un curioso efecto en quien la ve por primera vez, enmarcada en el inmenso espacio donde ha sido colocada, a la derecha del templo según se entra. Es de una sencillez que pasma, tanta que me pareció que “delataba” los excesos del edificio. La obra está detrás de un vidrio, allá, a lo lejos: Cristo, adormecido por la muerte, y la Virgen, tan joven como él, con la mano izquierda abandonada pero todavía erguida, como si fuera la de una cantaora en el momento de recuperarse de un quejío extremadamente intenso. Hay tan poco espacio entre el punto más alto de la escultura y el suelo, y tanto, tanto espacio entre ese mismo punto y el techo de la iglesia —en la parte añadida al diseño de Miguel Ángel— que el edificio pierde por un momento proporción y, me parece, se afea.

Los Foros romanos
Si tuviera que señalar mi lugar predilecto de la Ciudad Eterna, no dudaría en apuntar hacia los Foros, ese gran tiradero que reúne en un espacio limitado cualquier cantidad de restos arquitectónicos de muy distintas épocas, de una riqueza evocativa de quitar el aliento. Ahí es donde el alma se encuentra más a gusto para reflexionar, o simplemente para vagar posando la mirada en aquellas maravillosas columnatas de la Roma clásica que ya nada sostienen, aquellos bellísimos arcos imperiales colmados de inscripciones, aquellos restos de milagrosa basílica cristiana, que llenan el espacio del valle sin dejar sino apenas unos milímetros para meter, aquí o allá, un pino de Italia, una mata de boj, un olivo.
Algún día, tarde, cuando los Foros habían cerrado, me encontré de frente con el espacio aquel debajo de mí, y me senté en el borde de un muro para mirar cómo se iban encendiendo las luces que iluminan de noche aquella portentosa bodega arquitectónica al aire libre. Ya regresaría luego, con más tiempo, al domingo siguiente. Ya vería, incluso, el Museo Capitolino que hay arriba, el conjunto diseñado en buena medida por Miguel Ángel que da la espalda a los Foros como parte de una voluntad renacentista que decidió ver hacia otro lado, aquella plazoleta trazada por él a petición del Papa para recibir a Carlos V, con la réplica de la estatua ecuestre de Marco Aurelio, sostenida por el bello zócalo también diseñado por Bounarroti —la estatua original, que es muy impresionante, puede verse detrás de un vidrio en uno de los espacios del museo—. Ya volvería incluso otro día (la mañana en que visité en forma el Coliseo) a cruzar los Foros para luego volver a través de ellos, ya diciendo adiós a la ciudad la mañana anterior a mi partida.
Sin embargo, nunca los vi como aquella tarde cuando no entré. Ese día me gustaron más que nunca. Y no porque estuviera bajo el efecto de la primera impresión, porque ésa la había tenido la mañana misma de mi llegada, cuando descendí por Via Cavour y me topé con ellos, inesperados y magníficos delante a mí. Quizás es que iba cansado, y acaso por eso con una sensibilidad especial, pero ese atardecer ya casi noche, en cuanto di un salto y me senté en un muro bajo, detrás del hombro mismo del Arco de Septimio Severo, y me coloqué enfrente de ellos, me ahondé en su maravillosa naturaleza y fui muy feliz.
Aunque, como tantas veces, hubiera algo de nostalgia en aquella felicidad. Allí pensé que uno, por dentro, es como lo que mis ojos veían, que está lleno de restos como aquéllos, hechos de nuestras esperanzas defraudadas y nuestras ilusiones perdidas, y que nuestro pasado, que vive en nosotros tanto como nuestro presente (porque quizás es nuestro pasado el que habla por nosotros en boca de nuestro presente), no es sino como aquello que se extendía delante de mis ojos mirando hacia los Foros. Me sentí tranquilo y contento unos minutos. La luna creciente se había dejado ver hacía muy poco. Ya las luces alumbraban aquellas ruinas, al mismo tiempo que un calor que tenía algo de reconciliación me inundaba por dentro.

Piazza del Popolo
Creo que el asunto de las plazas de Roma habría que tomarlo con alfileres. No es que no me hayan gustado pero es cierto que tuvieron que irme ganando, poco a poco. Si hubiera estado en la ciudad sólo un par de días y las hubiera visto sólo una vez, hubiera tenido que decirte que no me habían gustado tanto. 
La primera impresión no fue muy emocionante, ni la del Campo di Fiore (con su monumento a Giordano Bruno, quemado en leña verde ahí mismo), ni la Plaza de España y ni siquiera la cacareada Navona. Son un poco grisáceas y desencantadas. Luego, cuando te fijas bien ellas, cuando las ves dos o tres veces, les vas encontrando el gusto. Con una excepción: la Plaza de España, que nunca me terminó de encantar. Quizás sea hermosa vista desde Via Condotti, según la enmarca la estrecha calle: la gran escalera al fondo, el doble campanario arriba, de la iglesia de Trinità dei Monti, detrás de su respectivo obelisco.
Pero mi plaza preferida es muy seguro que sea la del Popolo. Ésa sí me gustó mucho desde que la vi por primera vez, y eso que entré por el lado equivocado. Porque a la Piazza del Popolo hay que entrar por la puerta Flaminia. Es más: a Roma hay que entrar por esa puerta. No me puedo imaginar una entrada más bella a ninguna ciudad, ya no digamos a ésta. Cuando ves la perspectiva que se descubre desde ahí, entiendes lo que es la ciudad y sobre todo lo que fue. La puerta, en primer término. Luego la plaza, con obelisco. Luego las dos iglesias gemelas. Y de ahí, las tres calles en fuga. La del centro remata en el monumento a Vittorio Emanuele II. La de la izquierda, en la Piazza di Spagna. La de la derecha, por cambios en el aspecto urbano de esa zona de la ciudad, la más cercana al Tíber, a nada. La proporción es maravillosa. Las perspectivas, exquisitas.

El Tebre
Ahora me explican que el Tíber no es navegable, no al menos en la zona que interesa a la ciudad, hacia el puente de Sant’Angelo, por ejemplo, o cuando pasa a un lado del Trastevere, al que da nombre por estar ese barrio en la margen contraria de donde la ciudad fue fundada. Es un río misterioso. Verde, ancho, majestuoso, vacío de embarcaciones, que da la apariencia de estar detenido. Lo acompaña, más arriba, en la calle que sucesivamente se llama Longotevere y luego algún añadido (“Rafaele Sanzio”, por ejemplo, del lado de allá, en el Trastevere), una serie de plátanos fortachones que esos días empezaban a dorarse y a perder hojas. Recogí por ahí algunas. 
Me parece que ese árbol, que es un viejo conocido de los europeos, es un híbrido entre los plátanos más viejos, uno de ellos oriental. Sin embargo, el árbol emblemático de Roma no es ése sino el pino, un pino llamado “de Italia”. A esos pinos dedicó una obreja Respighi, que hasta tuve la ocasión de escuchar en una sala de conciertos llamada de Santa Cecilia a la que fui una noche. Llegué tarde, por desgracia, y perdí el concierto para violonchelo de Dvórak, que era lo que más se me antojaba del programa… 
Quevedo, no sé por qué, llama al río “Tebre”. Ya sabrás las risas conmigo mismo: ¡el Tebre! Lo llama así en su soneto, famoso si es que hay alguno en español, en el que habla de la fugacidad del tiempo. Lo recuerdas bien: “Sólo el Tebre quedó, ya sepoltura…”.

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A Fernando Rodríguez Guerra están dedicados los poemas “Surtidor de niñas sedentes” de Ora la pluma (El Tucán de Virginia, 1999, página 78), y “Ejecutante en Iruña” de Palinodia del rojo (Aldus, 2010, página 26).

Salvo los grabados de Piranesi, las fotos de la Mezquita de Córdoba y el Constantino a caballo de Bernini, y el dibujo de Louis David, que tomé prestados de la red, las imágenes que ilustran este post son mías.

domingo, 29 de mayo de 2011

Refrigerador

Dos o tres recortes de periódico, una foto, el boleto de entrada a un teatro, un pedazo de la cajita de un antibiótico, seis o siete imanes, una invitación a una mesa redonda, un par de notas manuscritas… ¿Por qué fijamos algunas imágenes y no otras en la puerta del refrigerador? Suele tratarse de objetos que repentinamente significan algo para nosotros, adquieren un valor irresistible que nos hace querer tenerlos a la vista pero que tampoco importan tanto como para que decidamos resguardarlos mejor. 
Visiones transitorias que nos interesa conservar pero no mucho más del tiempo en que, valiéndose de sus propios recursos, consiguen mantenerse presentables, y que duran mientras no las derribe el soplo más inofensivo de la mudable cotidianidad. Este post intenta responder a esta pregunta: ¿por qué razones azarosas o lógicas cada una de las siguientes imágenes, todas ellas vigentes hasta el día de hoy, alcanzó la “gloria” de figurar en el lugar más socorrido de mi casa?


Paco de Lucía (izquierda) y Camarón
Recorté esta retrato, que debe de ser de Lamarca, de una nota de El País que anunciaba la edición de bolsillo de Memoria del flamenco de Félix Grande, y que compré la primera vez que volví a España. 
Aunque está lleno de información útil, a la larga el libro resulta tedioso por la insistencia algo planfletaria con la que su autor se refiere a la condición histórica de la raza gitana. Desde hace tiempo, los discos que prefiero de Camarón de la Isla son los primeros que grabó, siempre con el acompañamiento de Paco de Lucía y producidos por el padre de éste. Lo que más me gusta de ellos, además de su pureza, es la misma frescura que puede apreciarse en esta foto.


Emilio
Sorprendí de esta forma a mi sobrino Emilio mucho antes de que se produjera el hecho sobrenatural consignado en “Milagro en la playa” (Palinodia del rojo, Editorial Aldus, pág. 48). 
Niño tímido y dulce como pocos, Milín, como lo llamábamos por esos días, jamás se hubiera permitido un gesto tan comprometedor como el que se esboza en este retrato. El olvido del dedo medio, parte de una mano que no ha terminado de retirar de su rostro, hace que la foto tenga una lectura que me resulta simpático tener a la vista. La “ampliación” proviene de una de las poquísimas veces que he hecho impresiones en papel de las imágenes de mi pequeña Nikon Coolpix 4200 (http://bit.ly/lH0MJ5). La foto del Milín contemporáneo es de mi hermano José María.


La invitación a una mesa redonda
Aunque la portada de la revista no salió como hubiéramos querido, porque la imprenta no hizo su mejor trabajo, la invitación para presentar el número que Tierra Adentro dedicó a Jorge Ibargüengoitia en 2008 hizo plena justicia a una sorprendente foto original. 
La imagen representa la “postura” de un autor lleno de sentido común en medio de nuestro mundo literario, mayormente rígido, lleno de hipocresía y maneras huecas. He visto otros ejemplares de esta misma invitación expuestos en variados rincones oficiniles o domésticos, lo que prueba que no soy el único que decidió dejar a la vista este retrato del inolvidable satírico mexicano.


El boleto de entrada a la Óperaház
Unas calles solitarias y unos edificios avejentados en la ciudad de Budapest de pronto dan paso, igual que si fuera un gran acontecimiento, a un imponente edificio: uno de los teatros de ópera más famosos del mundo. 
Este boleto, que utilicé en una visita de parsimonia gozosa durante una veloz visita a la capital húngara en otoño de 2006, es la pieza más apreciada de todas las que viven en la puerta de mi refrigerador. Quizás sea, además, el objeto que mejor explica la naturaleza de la serie: si se extraviara, como ha estado a punto de ocurrir al menos en un par de ocasiones, la última durante mi mudanza de hace unas semanas, no significaría una pérdida demasiado lamentable, y sin embargo siempre me complace volverlo a ver.


Unamuno, Ortega y Juan Ramón inusitados
Estos retratos poco menos que policiales que fueron parte de un estudio para unas esculturas que ignoro si llegaron a realizarse, nos permiten apreciar con una inusitada cercanía a tres grandes personajes de la filosofía y la poesía españolas del siglo XX. 
El rostro abrupto de Unamuno, a quien no le quedan muchos años de vida, las líneas más bien romas, con un feo préstamo capilar, de Ortega, y los ángulos francamente caprinos de Juan Ramón Jiménez son para verse una y otra vez. Recorté la serie de una portada de hace unos meses del periódico El País y de inmediato fui a fijarla en el lugar donde ha estado hasta el día de hoy.


Un Baudelaire de la Revista de la Universidad
La mirada que hace que el rostro del gran poeta romántico parezca un puño cerrado, en tensión, que amenaza con abrirse violentamente, hace de esta celebérrima foto de Étienne Carjat, que recorté de un ejemplar de la revista universitaria, una imagen que me gusta ver una y otra vez. 
Esa mirada, más viva que nunca ciento cuarenta años después de la muerte de Baudelaire, atrae a la mía como si de verdad me estuviera observando, o acaso más precisamente cuestionándome, desde la puerta del refrigerador. Sin proponérselo, casi sin darse cuenta, de cuando en cuando mis jóvenes alumnos de la flamante Escuela Mexicana de Escritores me recuerdan el poderosísimo atractivo que conserva uno de los padres de la visión moderna del mundo.

que nos gcon imanes,Florencia, e de catarro atroz que no cuidsiquiera, de

Imanes
Especie endémica de la puerta los refrigeradores, los imanes son con cierta frecuencia recuerdos de ciudades o personas relacionadas con las ciudades. Es mi caso: el que me regaló Lola cuando visitamos el museo Picasso de Barcelona, o el de París, que compré la primera vez que estuve en esa ciudad, con Xavi. 
Hace tanto tiempo tengo el que representa un famoso óleo de Hopper que está en un museo de Montgomery, Alabama, donde nunca he estado, que ya no sé ni de dónde lo saqué. De todos, quizás mi imán preferido sea el que recuerda la “Riña de gatos” de Goya, y que compré yo mismo en el madrileño Museo del Prado. Por ahí también asoma el civilizado señorcito que avanza, y es el siga de los semáforos peatonales de la ciudad de Berlín.


Esquema de un curso fronterizo
En unos cuantos trazos concéntricos, Ana Barberena me explicó el contenido del curso que iba a dar con el tema de “fronteras”. Como en un momento dado me sorprendió pensando en otra cosa, después de que se fue de mi casa, quizás como prueba de mi interés en el asunto, fui incapaz de tirar el apunte a la basura y allí estuvo una semana, bien visible en la barra de la cocina, sobre la bandejita de Olinalá, entre las monedas y las llaves. 
Una tarde dio el salto consagratorio a la puerta del refrigerador. Lo que ya no recuerdo es hacia dónde giró la conversación para que ella misma escribiera en un costado la palabra “tojolabales”.


Un recuerdo de Hiroshima
La noche del único día que he hecho el recorrido del Corredor Cultural de la colonia Roma, me vi en una galería de la que nunca supe el nombre en la que algunos paseantes como yo, dirigidos por un artista visual, practicaban un extraño experimento fotográfico. 
Cuando me iba tomé de un aparador esta postal en la que se ve una imagen de la destruida Hiroshima, bajo la que puede leerse una leyenda irónica en la tipografía de Coca-Cola. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que decidí dejar visible la imagen, por cierto de un autor desconocido para mí, no porque me guste en particular sino porque por esos días acababa de ver, por segunda vez en 25 años, la película Hiroshima mon amour de Alain Resnais, cuyos primeros quince o veinte minutos están entre mis preferidos de toda la historia del cine.



La cajita de Avelox
Entre noviembre y diciembre del año pasado me vi en la necesidad de atacar con un par de series de antibióticos un catarro absurdo que descuidé y que estuvo muy cerca de convertirse en pulmonía. Mi necedad acabó conduciéndome a la ciudad de Oaxaca, en donde contra toda prudencia participé una noche en una lectura pública al aire libre. 
Si conservo un pedazo de la cajita es porque se trata de la prueba de la existencia de un remedio cuya sustancia química se llama Moxifloxacino, y que no es sino un anagrama —disuelto en el excipiente lingüístico que exige la verosimilitud aristotélica— del nombre de Florencia Molfino.


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Más historias de objetos en este blog:
“Cosas que se van”, http://bit.ly/hh6mG9
“Viaje alrededor de mi escritorio”, http://bit.ly/dWllU5

domingo, 22 de mayo de 2011

Los editores frente a la creación y la crítica


Leí el siguiente texto en el Festival de la Palabra del Centro Histórico el 31 de octubre de 2008, cuando era Director General de Publicaciones de Conaculta y como tal me invitaron a coordinar una mesa redonda llamada como este post. En ella participaron también algunos editores representantes de Random House Mondadori, Planeta, Almadía, Los Libros de Homero y Sexto Piso. Lo que dije en aquella ocasión, resultado de mi experiencia como editor independiente, lo defendí como funcionario público y lo sigo pensando hoy.

Me parece que el problema con los títulos de las mesas redondas como la que nos reúne este mediodía, “Los editores frente a la creación y al crítica”, es que son amplios suficientemente como para que pueda caber todo en ellas y suficientemente vagos para que al final no quepa nada en concreto. El resultado suele ser una serie de intervenciones poco uniformes, que mal justifican su lectura en una misma mesa, y que sirven a cada uno, como quien se protege, para lucirse lo mejor que puede, llevar agua a su molino o eludir el bulto con más o menos gracia, con la consecuencia de que quienes vinimos a oírlos nos vamos en cierta manera defraudados.
A mí me toca la tarea de traer a tierra lo que tenían en mente quienes, sin duda con las mejores intenciones, la idearon. Es decir: sacar de aquel deseo de manifestarse sobre una situación concreta pero expresada con una amplitud inoperante, un problema preciso. No es que ese problema resulte vago o difuso. Todo lo contrario: al utilizar los términos “creación” y “crítica”, acompañándolos de la palabra “editor”, es que se cree que en éste, al menos en el más corriente de ellos, hay un riesgo de no atender bien, o no satisfactoriamente, aquellos insumos que harían útil en el mejor de los sentidos su vida de trabajo.
Sólo hay que entrar a una librería, a Gandhi pongamos por caso, digamos que a la que lleva el nombre de Mauricio Achar. ¿Qué es lo que vemos? Primero, libros primorosos. Luego, en cuanto tomamos de la mesa uno de ellos, nos damos cuenta de lo caros que son. Por último, comprobamos que la razón está en que muchos de esos libros, vaya, la gran mayoría, son importados. Y entonces uno se pregunta: ¿es que no somos capaces de hacer nuestros propios libros? ¿Faltan creación y crítica entre nosotros como para darles el cauce que se merecen? ¿O es que están las cosas tan mal como para que incluso eso, que no parece cosa extraordinaria, se nos haya vuelto tan difícil? A quien sea nuevo en estos asuntos convendrá informarle que, no hace tanto, nuestra industria editorial gozaba, si no de una salud envidiable, que de algo tuvo que morirse, de un vigor que destacaba en el mercado iberoamericano. Que estábamos a la vanguardia de la producción de la lengua. Que nuestros libros se importaban. 
Que hasta hace poco, antes de que los españoles, que ocupan ahora aquel lugar, tuvieran los medios para publicarlo todo, algunos de los títulos imprescindibles para ellos mismos y que la dictadura impedía publicar, se los dábamos nosotros, y por eso sobrevive allá quien tiene nostalgia de aquel papel de vida o muerte que para ellos jugábamos. Que en la misma España, pero también Argentina o Colombia, donde se nos tenía por ejemplares, no dan crédito a nuestra ausencia del primer plano internacional en donde fuimos referencia.
Con nuestra visión única del mundo, con la extraordinaria sensibilidad que heredamos de nuestros antepasados, con la riqueza de las propuestas literarias que brotan como hongos por toda la República, ¿no somos capaces de conseguir que nuestros editores pongan en circulación, en las pocas librerías que tenemos, nuestros libros a precios razonables? Gandhi acaba siendo una especie de boutique: objetos con frecuencia hermosos, que adquirimos en ocasiones extraordinarias, no pocas veces exhibidos delante de nosotros por un impulso de mercado no ajeno a la moda. El colmo viene con las grandes ventas de saldos. Cuando entro a esa librería o a alguna similar y veo libros españoles, eso sí muy bellos, y, por raro que parezca, a bajos precios, a veces regalados, me invade la desagradable sensación de que estoy en la trastienda de un mundo al que interesamos, en esencia, por que nada quede sin venderse. Que me están vendiendo a precio de remate lo que ya nadie quiso en ningún otro sitio.
Bueno, y a todo esto, ¿en qué momento, por qué razones y por culpa de quiénes se jodió el Perú? ¿Falta de visión de un país incapaz de ver con claridad el futuro? ¿Fuimos víctimas del exagerado optimismo del México desarrollista, y peor aun, el del petróleo, que ha fallado sucesivamente de tantas maneras? ¿Fracaso de la política de la educación? Es verdad: el Estado no ha sabido prever lo que podía pasar y ha pasado. El Estado no ha sabido propiciar las condiciones para que editar en México sea tan fácil como es necesario. El Estado mexicano no ha sabido ofrecer políticas fiscales propicias… 
Me temo que algunas de nuestras instituciones, que debieron cumplir con su tarea de impulsar a México, al fracasar el proyecto de nuestros abuelos, ahí se quedaron para siempre: toda una ingeniería ortopédica que debía retirarse nada más haber empezado a andar, y que ahí se quedó, muleta para siempre apoyada en unas piernas que nunca caminaron.
Debemos renovarnos: de entrada, tender a un género de gestión que fortalezca… Pero me detengo. El verbo no es, al menos no por ahora, fortalecer. Deberíamos tender, debo decir, a un género de gestión que reanime las posibilidades editoriales de un país de la riqueza cultural, en particular lingüística y literaria, de México, que se adelgace en lo que tiene que hacerlo, es verdad que sin olvidar la tarea que nada tiene de ortopédica de velar por los valores que el mercado desprecia; que haga todo lo que esté a su alcance, y que en este país es mucho, por animar el surgimiento, la educación y la consolidación de los editores que vemos asomar aquí y allá, si no a la velocidad con la que surgen nuestros aspirantes a literatos, con un ritmo algo más que suficiente, con frecuencia como pueden, a veces contra viento y marea, otras como de milagro porque carecen de las condiciones mínimas y que van diezmándose hasta desaparecer en un ambiente que no les favorece.
Pero ¿y nuestros editores? Estamos maduros como para aceptar que el gobierno no puede tener la culpa de todo ni de todo puede ser responsable. Curiosa ese sentimiento tan mexicano, me parece que heredado de aquella España del siglo XVI de la que provenimos, y de la que viene lo mejor y lo peor nuestro, de separar tajantemente la experiencia del ciudadano de la del gobernante. La pregunta es válida y está en el aire: ¿dónde han estado todo este tiempo nuestros editores? 
¿Qué fue de nuestra industria editorial que fue "líder" en los años sesenta y setenta, que se enorgullecía de estar a la cabeza con propuestas literarias de primer orden, de exportar, oh, ahora quién lo diría, a la misma España? Por suerte, los hay, y acaso no son tan pocos como parecería: han sido algunos de ellos, y sus colegas del resto de la llamada “cadena del libro” los responsables de convencer a la sociedad y sacar adelante la famosa Ley del Libro que por estos días estrenamos, entre quienes no faltan, si todo hay que decirlo, algunos malintencionados que por razones irrazonables o algunas que no vemos se oponen incluso a ese logro mínimo, que no es nada si se compara con lo que todavía hay que hacer.
¿En qué medida son los editores culpables de la situación que vivimos? Estaría dispuesto a decir que nada, si se me admite que hay en nosotros una cierta tendencia al paternalismo que nos hace creer que merecemos desde el génesis, y que papá gobierno, o papá Dios, o mamá Historia están para satisfacer ese merecimiento bíblico. Nada de esto hace sombra a una verdad en la que creo: la vida del libro, en un país con tanto en contra, debería de ser un asunto de Estado. Pero ¿y si lo fuera? ¿Si por alguna razón eso llegara a suceder? ¿Estaríamos preparados para aprovechar esa obligación que va por encima de los gobiernos? ¿Habría editores para ello?
Nada tendríamos, a pesar de lograr los programas y las instituciones que la Ley del Libro promete, si nuestros editores no despiertan del sueño al que durante los últimos años los ha condenado esa mezcla de contradicciones históricas que somos, ese poder público que no acaba de redefinirse, esa sensación de hijos de un paternalismo que nos empequeñece. Tenemos que exigir a nuestros editores, desde el aparato de gestión adelgazado y propicio que les debemos, que hagan la tarea que les corresponde con independencia y creatividad. 
Un editor debe ser tan crítico y tan independiente como un artista. Ya luego transigirá con el mundo que lo rodea; porque nuestro oficio, que mucho tiene de intermediarios, no asienta sus oficinas entre las cúmulos y los cirros, está en el mundo y debe transigir con él.
No me refiero sólo a los que sacan contra el viento y la marea sus ediciones, una por mes, seis al año, quince o veinte antes de volver a fracasar. A ellos hay que brindarles capacitación, programas de crecimiento, esquemas para coeditar, oportunidades de distribución. No podemos olvidar que es en las pequeñas editoriales donde suele surgir la mejor literatura. No podemos olvidar que es en las pequeñas editoriales donde corre la literatura que importa, la que, por escribirse a espaldas del mercado, a pesar de él, en contra de él, es la única que puede reflejar sin consideraciones nuestra condición y ver por encima de nosotros y nuestras preocupaciones pasajeras.
Me refiero también a los editores que están al frente de las grandes casas editoriales. El mensaje es claro: es crucial no convertirnos en el basurero de España: copiando de ellos métodos salvajes de adquisición de mercado, importando de manera acrítica a sus autores, permitiendo que las apuestas que hagan en territorio mexicano no tengan la oportunidad de serlo también en España, y abriéndoles la puerta franca, sin supervisión y postura propia, a un mercado desprotegido y, si se me permite, manso como lo es el nuestro.
Una vez le oí algo a Octavio Paz que se me quedó muy grabado. Me parece que se refería a los medios de comunicación, a la influencia que ejercen sobre nosotros, en particular a su imperio sobre las naciones hispanoamericanas, y ya sabemos que tratándose de él los libros no podían estar excluidos: ahora somos, dijo, más dependientes de España que en los años del virreinato; ahora somos, más que nunca, periferia de la metrópoli. 
Nuestra lengua empieza a mostrarlo y ya sabemos que la lengua es el muestrario más sensible con que contamos. A veces temo que la nuestra acabará llamándose, no “la ciudad de México” como decimos nosotros y certifica siempre que puede el hablante, sino a secas, sin el artículo que nos honra porque así es como la ponemos en palabras, y no como, por ejemplo, en la frase “viajaremos a Ciudad de México”, dicen los españoles con perfecta sordera en sus acercamientos a nosotros y repiten con persistencia que ofende en los libros y las publicaciones periódicas que les compramos… y, como creo en momentos de pesimismo, que acabaremos llamándonos. 
Mucho de lo que tenemos y nos honra, los edificios mismos de la ciudad de México que arropan este encuentro literario, viene de aquel siglo, que es el de la Conquista, el del Capitán Aldana, el de Teresa de Ávila, del que proviene lo mejor y lo peor que somos. Estamos frente a una gran oportunidad de aprender de la vieja metrópoli, sin duda trabajando con la creatividad y la crítica que nos definen, lo mejor que puede ofrecernos, desechando lo peor.
Contra lo que puede creerse de mis palabras, la solución no está en cerrarnos sobre nosotros mismos. Al contrario, debemos abrirnos con propuestas originales, es decir, originadas aquí y en nosotros, para que la creatividad termine hablando por nosotros. Tenemos una mejor materia prima. Nuestra poesía, por poner un ejemplo, que en España pasa horas grises (curioso ese fenómeno hispánico que invita a creer que la mejor literatura viene del desastre histórico), en México está viva porque en ella conviven todas las tradiciones. 
También porque uno de cada cuatro hispanoparlantes es mexicano y sobre todo porque en este país es donde el español, nuestra lengua milenaria, está viviendo con una prisa inusitada su transformación más importante. Estoy seguro de que entre nosotros están los editores que deben acompañar esas transformaciones. La tradición editorial mexicana lo confirma y al final nuestros libros lo acabarán reflejando. Y como consecuencia nuestras librerías estarán llenas de aquellos autores que hablan por nosotros con la voz que sólo nosotros tenemos.
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La imagen que abre este post pertenece a la obra La ortopedia o el arte de prevenir y corregir en los niños las deformidades corporales de Nicolas Andry, del año 1749, y la he tomado de la página del artista plástico colombiano Juan Camilo Londoño Manco, http://bit.ly/klXyHC
El personaje prehispánico es 8-Venado Garra de Jaguar, un cacique mixteco del siglo XI cuya vida y hechos quedaron magníficamente registrados en el llamado Códice Nutall. Para saber más de él, recomiendo mucho el número especial que le dedicó la revista Arqueología Mexicana.
La foto de Octavio Paz es de Gorka Lejarcegi; la tomé prestada de http://bit.ly/eecg1z. Otros estupendos retratos suyos (José Donoso, Gastón Baquero, Silke, Claude Chabrol...) pueden verse en http://bit.ly/iurKTC
La de la fachada de la primera librería Gandhi la saqué la de revista Infocademhttp://bit.ly/ljNB67, y la del edificio de Conaculta es de Lola García Zapico.
El retrato de Joaquín Díez Canedo, padre, es de Lorena Alcaraz y apareció en el número 61, de julio de 1998 (en buena parte dedicado a los "Españoles de México") de la revista Viceversa