domingo, 8 de agosto de 2010

Donceles: hallazgos recientes

En marzo hice para Siglo en la brisa un “levantamiento” de las librerías de la calle de Donceles cuyo resultado arrojó la cifra de casi treinta establecimientos en poco menos de un kilómetro (http://bit.ly/dkkFRR). Por lo menos en una ocasión antes de hacer ese trabajo y luego en otras tres o cuatro en lo que va del año, he tenido la oportunidad de pasar algunas horas en los pasillos de las librerías que tienen materiales que me interesan y que no se limitan a Bibliofilia, la más afín a mis gustos, o Inframundo, su correspondiente "galpón" vecino —ubicadas puerta con puerta en la cuadra librescamente más intensa de Donceles. 
En aquella entrega, que publiqué en dos partes, me permití hacer algunas recomendaciones sobre la ruta a seguir, propuse un cálculo de gasto aproximado en una incursión en condiciones normales y hasta sugerí hacer un alto en una cafetería situada hacia la mitad del recorrido. Quedó pendiente decir algo sobre algunos de mis hallazgos recientes, así que ése es el tema de este post.

El capítulo cubano de las memorias de Alfonso Camín
La última vez que anduve por Donceles con un propósito definido fue el año pasado, cuando buscaba libros de Alfonso Camín, por los días en los que me había embarcado finalmente en la redacción de mi ensayo sobre su relación con Ramón López Velarde (y que apareció en enero en la Revista de la Universidad: http://bit.ly/b1iBm5). 
Por la cantidad de volúmenes que publicó, por los largos años que vivió en México y por el casi absoluto desinterés que provoca su obra, el simpático poeta asturiano convierte la búsqueda en las librerías de Donceles en un deporte feliz. Nunca deja de vivirse algún hallazgo, de mayor o menor importancia, y los precios son casi siempre irrisorios. El problema está, más que nunca, en ubicar los libros porque su definición genérica no resulta siempre clara, o al menos no para los responsables de clasificarlos.
Los de poemas son mayoría y la sección que les corresponde suele ubicarse con facilidad; lo complicado está en los otros, que son los más interesantes: los que dedicó a algunos personajes del descubrimiento y la conquista, por ejemplo, o los que reúnen las entrevistas de las que José Luis García Martín (http://bit.ly/c8qVVS) sacó su antología Entrevistas literarias (Llibros del Pexe, Gijón, 1998).
Y por encima de todos, sus memorias. Para escribir el artículo de tema velardiano tuve que reelaborar de manera hipotética Entre nopales, el proyecto de memorias mexicanas de Camín que quedó incompleto pero que se puede consultar como parte de su Legado en la Biblioteca del Fontán de Oviedo. Fue cuando encontré un ejemplar de Entre palmeras —publicado en 1958 con una hermosa portada de Germán Horacio, artista gijonés exiliado en México—, el libro de la serie que debía ser su inmediato antecesor y que reúne sus recuerdos de Cuba. 
El primero de la serie, Entre manzanos, es un precioso libro sobre la infancia que llevaban dentro de sí, como un valiosísimo patrimonio espiritual, los emigrantes de Asturias en América. Sin embargo, todavía debo confesar que la penúltima vez que estuve en Donceles, compré un nuevo Camín… Y es que, ¿quién tiene corazón para no llevarse a casa, por tres pesos, esos volúmenes de portadas bellísimas aunque algunos francamente nunca los vaya a leer? Más cuando en la portada aparece el Picu Urriellu… (Cf., en este mismo blog, “Mi cuaderno botánico”, http://bit.ly/acYY4W).


Una antología que vale (muchísimo) más de lo que costó
Lo curioso vino a continuación, cuando descubrí al lado de unos libros de poemas de Camín que no me conmovieron, un lomo que decía: “Cuesta. Antología poética”. 
Aunque el encuadernado me hizo dudar de que se tratara de Jorge Cuesta, el brillante poeta y ensayista mexicano de la generación de Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, alargué la mano convencido de llevarme una antología de sus poemas —no recuerdo haber visto ninguna. ¿Cuál fue mi sorpresa al comprobar que no se trataba de Jorge sino de Teodoro Cuesta, el famoso poeta en lengua bable, nacido en Mieres como mi abuela materna, y que el responsable de la edición y prologuista no era otro que… Alfonso Camín? Así que, contra todo pronóstico, regresé a mi casa con dos o tres camines en lugar de ninguno…


Una Picardía mexicana de 1961, regalo de Mónica
En varias ocasiones durante los años recientes me pregunté, sin el interés que me hubiera llevado de inmediato al fondo del asunto, por qué no se veía en las librerías de manera más obvia un libro famosísimo en México hace no mucho llamado Picardía mexicana, que apareció por vez primera en 1958 y luego fue reeditado sin descanso. Al parecer su autor, Armando Jiménez, que murió hace unas semanas, armó su libro como un pasatiempo en los ratos que le dejaba su trabajo arquitectónico. 
Fue tal el éxito de su compendio glosado, entre otras muchas cosas, de albures, frases recogidas en baños públicos y en la parte trasera de los camiones de redilas, que abandonó la arquitectura por los libros. Hacia 2005 tuve ocasión de hablar con él un par de veces por teléfono, cuando me dedicaba a investigar las posibles referencias a una cantina situada en Cinco de febrero y Mesones que fue propiedad del padre de mi abuela. El octogenario arquitecto Jiménez, que por esos días mudaba su residencia nada menos que a Chiapas (¿por qué a ese estado de la República?, ¿por qué a esa edad?...), me pidió amablemente esperar un tiempo porque sus fuentes de consulta ya estaban en cajas y no podría recuperarlas antes de unos tres o cuatro meses. Luego ya no insistí y por lo tanto no pude obtener de él ninguna referencia útil. 
Hacía tiempo que deseaba conseguir una edición bonita de la Picardía y mi amiga Mónica Quijano (http://bit.ly/93Ij1Y), con quien pasé una agradable tarde en Donceles, me regaló este precioso ejemplar de 1961 que tiene algunas ilustraciones a colores. Es una octava edición, hecha a sólo tres años de la primera, y lleva textos de Alfonso Reyes, Antonio Alatorre y Alí Chumacero, entre otros. Tengo, por cierto, frente a mí la edición más reciente, publicada por Diana en 2008 —nada menos que la número 143—, a la que a los textos mencionados se añade una presentación de Camilo José Cela.

El estudio sobre Dante de Gómez Robledo
Actualmente este espléndido ensayo, que merece las incesantes alabanzas de Almela, se consigue sólo en la fea edición de El Colegio Nacional, por cierto en la librería que está en el edificio de esa institución, localizado precisamente en Donceles. Como no está cosida sino pegada con material de pésima calidad, se rompe casi sólo de poner los ojos en ella. La primera edición, en cambio, hecha por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM en 1975 en dos tomos bellamente encuadernados, sólo es posible encontrarla en librerías de viejo. 
Se llama Dante Alighieri y es de Antonio Gómez Robledo, el filósofo y diplomático mexicano fallecido hace unos quince años. Dividido en dos partes, el ensayo, que requiere atención pero que no opone grandes dificultades, trata primero de la vida y las obras llamadas menores del gran poeta florentino y luego se interna, tal como hace el propio Dante, en el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de su genial obra… No sería raro que hubiera algunos otros pares venturosamente extraviados por ahí. Los personajes, las situaciones y los episodios que han fascinado a los lectores desde hace seis siglos son analizados por la pluma elegante y siempre legible de Gómez Robledo, en un viaje literario por uno de los más grandes textos de la historia de la poesía universal.


El magno estudio de María Rosa Lida de Malkiel sobre Juan de Mena
Cada vez me gusta más la literatura medieval y cada vez me interesa por más razones el castellano de los primeros siglos, que encuentro tan rico en propuestas lingüísticas, neologismos, rimas… y que disfruto tanto por las notas de pie de página como por los textos mismos. Juan de Mena, el poeta cordobés de la primera mitad del siglo XV, ofrece una poesía que tiene con todo propósito un coturno bien metido en la lengua de Horacio. Es fama que una de las rarezas exquisitas de la bibliofilia española es la edición de sólo cien ejemplares de Foulché-Delbosc de Laberinto de fortuna, su gran poema político de influencia dantesca conocido también como Las Trescientas, publicada en Mâcon en 1904. 
Como no tengo madera de bibliófilo, me he conformado con la eficiente edición de Castalia —por cierto, en una editorial que distingue los siglos con el color de sus portadas, mi ejemplar se reconoce en mi librero por el discutible color verde asignado al siglo de Juan II…—. De todas formas, alguna vez supe de la existencia de un gran estudio sobre el poeta que prefiguró de tantas maneras a Góngora, debido a mi amiga María Rosa Lida de Malkiel, a quien debo la explicación de la frase “lenguas arpadas” que usa con cierto candor, para referirse al candor de los clásicos, precisamente López Velarde —tema, por cierto, del que me ocupo en otro de mis ensayos velardianos, (Nexos, núm. 327, marzo de 2005).
Se trata de un tomo de proporciones considerables publicado por el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México en 1950. Si no salté de gusto por el hallazgo en uno de los estantes de Bibliofilia de un ejemplar de la segunda edición, que es de 1984, fue porque conviene cierta circunspección a la hora de comprar usado, no vaya a ser que los precios de pronto peguen un brinco del tamaño de nuestro júbilo. El apetitoso libro se llama Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español. Aunque no he podido dejar de darle algunos picotazos, aguarda la primera oportunidad para ser leído como se merece.


Una sobria y buscadísima edición de un clásico de la literatura mexicana
Ignoro las razones por las que no se encuentra desde hace años una edición suelta de El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán (1928), lo que no nos deja más opción que leer ese magnífico grupo de relatos sobre la Revolución Mexicana en uno de los dos volúmenes, más bien sosos, de sus Obras publicadas por el Fondo de Cultura Económica. Es raro que un libro tan notable de quien es tenido como el mejor prosista mexicano del siglo XX, no se consiga con la facilidad que se debería. 
Todos tenemos títulos a los que acudimos cuando vagamos por las librerías de viejo sin un plan de búsqueda específico; en otros tiempos, Sergio y yo preguntábamos por Los orígenes del Doctor Faustus de Thomas Mann, que a pesar de haber sido editado no hacía mucho en la serie de Alianza Tres —en la que ocupa el número 25— no se conseguía en México.
En mi caso esa función la cumplía El águila y la serpiente hasta que una tarde vi este ejemplar arriba de una pila de libros colocada casi en la calle. Sin poder evitarlo, volteé para asegurarme de que nadie me estuviera viendo: tan obvio era para mí que aquel ejemplar era un pequeño tesoro y me parecía sorprendente que nadie hubiera reparado en él. La edición, hecha por la Compañía General de Ediciones en el lejano 1956, estaba en perfecto estado. El colmo fue el precio: menos de cien pesos. No tiene prólogo ni una sola nota, pero la transparencia de la prosa de su autor, aun cuando con frecuencia no conozcamos a los personajes a los que se refiere, hace de estas polémicas memorias llenas de lucidez y subjetividad sobre el movimiento revolucionario una joya inapreciable de nuestra literatura. 
De manera natural alojé entre sus páginas un billete de quinientos pesos fuera de circulación que por un lado tiene la imagen de Madero y por el otro la Piedra del Sol. La semana que entra dedicaré un post a un curioso hallazgo que hice en ese libro, de aquellos que justifican que lo llamemos clásico. 

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La foto de Alfonso Camín que ilustra esta entrega es de un ejemplar de Quousque Tandem...?, libro de poemas de 1920, que también compré en Donceles.

lunes, 2 de agosto de 2010

"El sur" de Víctor Erice

Tanto me emocionó volver a ver El sur de Víctor Erice, que he tomado la decisión de dejar pasar el tiempo antes de escribir sobre ella. Mi propósito es llegar a un equilibrio entre lo que sentí y lo que pienso del segundo de los tres únicos largometrajes de un director que a pesar de la brevedad de su obra está considerado uno de los más poderosos y sugerentes del cine europeo del último cuarto del siglo XX. Soy un viejo enamorado de El espíritu de la colmena (1973), su extraordinaria ópera prima; filmada en los últimos años del franquismo, la película hace una lectura de la posguerra española con una profundidad y una belleza reservadas sólo a las obras maestras. 

Mucho se ha dicho y creo que aún se dirá de su imaginativo y riquísimo guión, en el que el cine mismo juega un papel preponderante, de su atmósfera y sus imágenes y de algunas de sus actuaciones —entre las que brilla inolvidablemente la niña Ana Torrent—, que en conjunto hacen de esa obra un retrato, más que de una época en particular, de algunos aspectos de toda una cultura. (Un avance con sabor de época puede verse en: http://bit.ly/94Kvq5).
Quise aprovechar el impulso para ver la única de sus películas que no conocía, por cierto la última de su filmografía hasta la fecha, y así tratar de darme una idea más completa de su trabajo. El sol del membrillo, rodada en 1990, narra unas semanas en la vida creativa del pintor manchego Antonio López (Tomelloso, Ciudad Real, 1936). Durante el otoño de ese año, ambos artistas se dieron cita al lado de un pequeño árbol en un jardín de Madrid, uno para pintarlo al óleo y el otro para filmar el proceso pictórico. 
No sería raro que esta obra, que fue presentada en Cannes dos años después como “ficción” —lo que se justifica sobre todo por la última parte, en la que vemos un sueño—, haya ejercido una influencia decisiva en nuestra manera de entender el cine documental, un género al que en los últimos tiempos se le han descubierto tantas posibilidades (http://bit.ly/bE4s45).
Me sorprende que Erice, tan interesado en lo que subyace debajo de la realidad, haya buscado a un artista que más allá de matices es un pintor decididamente realista. No puede ser más opuesto el tratamiento que uno y otro dan al material con el que trabajan: si Antonio López intenta reproducir el mundo tal como es, y la película da cuenta bastante de sus métodos, Erice ha hecho de su obra una investigación sobre el lado menos visible de las cosas, sobre todo aquello que el mundo se esfuerza en ocultarnos. Desde luego, la distancia entre las perspectivas de uno y otro permite que la reflexión del cineasta alcance cierta pureza como recompensa de su afán de objetividad. 
Entre otras cosas, me gusta por ejemplo que cuando finalmente Antonio López se dispone a pintar —después de que lo hemos visto preparar con parsimonia su material de trabajo, desde el armado mismo del bastidor y el montaje del lienzo—, por razones que luego entendemos, da la primera pincelada no a la tela sino… al árbol. No son pocos quienes piensan que es la mejor obra de Erice; tampoco, quienes la consideran una de las mejores películas europeas de los últimos años.
A pesar de que El sur carece de la perfección formal y la hondura de El espíritu de la colmena y de la novedosa propuesta de indagación sobre el trabajo artístico de El sol del membrillo, no cabe duda de que es la más emotiva.  La vi por vez primera a los pocos meses de su estreno, en 1983, en una Muestra Internacional de Cine de la Ciudad de México de la que mi padre ha conservado el programa, y acabo de volver a verla hace unas semanas en la Universidad de Alcalá de Henares. Es increíble la nitidez con la que durante los últimos veintitantos años se mantuvieron intactas en mi memoria algunas imágenes: una casona hundida en el silencio de un pueblo remoto del norte de España, una bellísima elipsis temporal, una despedida en un comedor vacío al lado del cual se celebra una boda… 
El tema, la relación llena de misterio y cariño tácito entre un padre y una hija; el tono, de una contención algo más que lograda, y la música, que va de un cuarteto de Ravel a algunos pasodobles, y quizás hasta algunos rasgos sociológicos de la España del siglo XX que no se encuentran con la facilidad con la que solía en una Península algo más europeizada —y que acaso sobreviven entre los emigrantes de este lado del océano—, forman parte de un todo que, al menos para mí, resulta de lo más conmovedor (http://bit.ly/b9vEQ6).
Es muy sabido que la filmación de la película se interrumpió por razones económicas y que nunca pudo reanudarse, al grado de que el director que la considera un trabajo incompleto. Erice intentó oponerse a que una versión provisional fuera presentada en Cannes, tal como acabó sucediendo con su anuencia casi de último momento, y en donde por cierto gustó de inmediato —lo que quizás canceló para siempre cualquier intento de reanudación.
De esa manera, mientras que lo que vemos es la primera parte del proyecto original, ambientada en el norte de España, el título hace referencia al lugar en donde debía continuarse… Paradójicamente, la interrupción repentina añade al resultado un toque que eleva su eficacia: nunca sabremos lo que hubiera ocurrido en las tierras meridionales, lo que queda como una interrogante que no deja de crecer en nuestra memoria. Eso es lo que pasa con un fenómeno cultural tan propiamente hispánico como los poemas del Romancero tradicional de los que hablábamos hace unas semanas a propósito de “Retrato de muchacha con pug”. Una de las características constantes en los mejores ejemplos radica en que comienzan in media res —esto es, en medio de un suceso que está en marcha— y acaban de forma de alguna manera abrupta, dejando en nosotros la sensación del misterio. Tal como sucede al final de El sur.
Con todo, es imposible dejar de preguntarse cómo hubiera resuelto Erice presentarnos el mundo real que sugiere una palabra tan cargada de connotaciones como la de su título, una vez que la muerte del padre hace que la hija decida viajar al sur para enfrentar las incógnitas del pasado de su familia. (Por cierto, me pareció tan interesante el recurso que me permití copiarlo en un poema que ocurre en un puerto sureño de México pero se llama, por razones que no vienen al caso, “Norte”. Cf. Ora la pluma, 1999, pág. 27).
Si tarde o temprano me gustaría volver a ocuparme de la película, hoy quiero compartir con los lectores de Siglo en la brisa un par de secuencias que me gustan en particular —muy relacionadas entre sí y que juegan un papel de equilibrio en ella. 
En el nivel más exterior, ambas comparten la misma música, un par de versiones del pasodoble En er mundo. La primera, en rigor un plano secuencia (es decir, sin cortes), es una de las tomas más deliciosas que conozco; la segunda —por cierto, nótese que el papel de la hija adolescente está interpretado por la futura directora de cine Icíar Bollaín—, representa uno de los momentos que más me llegan de todo el cine que he visto.
Como no sé traer las imágenes en video a este espacio y menos todavía cómo editar los fragmentos que me interesan, ofrezco los enlaces de You Tube en los que pueden verse una y otra vez. La primera está en http://bit.ly/cq6tGr, entre los minutos 4:20 y 6:10; la segunda ocupa los tres primeros minutos de http://bit.ly/ci29aT. Que disfruten esta serie de fantásticas imágenes. Les aseguro que vale la pena el viaje.

domingo, 25 de julio de 2010

El tequila según Gonzalo Celorio

De cuando en cuando me subo al coche y cruzo el Periférico hasta la antigua salida de Picacho, atravieso Fuentes del Pedregal, me interno camino arriba entre unas casas que empiezan a ser menos barrio que pueblo, paso por encima de una vía de tren abandonada, llego a un cementerio, asciendo por una amplia pendiente llena de curvas y topes, llego a otro cementerio, doblo a la derecha en la esquina que señala un altar en la copa de un pequeño árbol, bajo por una calle estrecha que es de doble sentido a pesar de lo que indican los letreros, doblo a la izquierda hacia arriba otra vez por una calle más estrecha y empinada y llena de baches que lleva el imposible nombre de Progreso, todo para abrazar a mi antiguo profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, narrador de origen hispanocubano, Gonzalo Celorio.* También, para tomarme con él unos tequilas. 
Siempre me sucede lo mismo: después de ir hasta la punta suroeste del Distrito Federal, cuando llego a San Nicolás Totolapan —que es en ese pueblo donde termina la ciudad por ese lado—, en cuanto mi amigo y yo nos acomodamos cada uno de un lado de la barra que tiene en un rincón de su comedor, cuando lo veo servirme un generoso chorro de tequila en un caballito de cristal de Bohemia y contemplo el collar de burbujas que se hace en la superficie del líquido y lo llevo a la boca y le doy el primer trago, invariablemente pienso que aquél es uno de los momentos que más disfruto en una ciudad en la que el placer relacionado con las personas y los lugares está lleno de dificultades y de escollos.
Si se considera que en marzo Gonzalo cumplió sesenta y dos años, y que estuve en su casa ya como su alumno con grado de amigo el día que celebró los cuarenta, cuando conocí a su madre y a la mayoría de sus once hermanos, puede afirmarse que nuestra amistad se ha prolongado sin ninguna interrupción durante más de dos décadas largas. A la mesa, a solas o entre otros amigos, durante este tiempo hemos compartido todo género de alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, proyectos de viajes, discusiones intensas y a veces agrias sobre ideas, libros o personas... Y con la salvedad de las veces que nos ha tocado coincidir fuera de México, siempre hemos comenzado la conversación brindando con un tequila.
En 1997 le propuse que coordinara una pequeño manual de bebidas alcohólicas para Viceversa. La idea consistía en invitar a algunos escritores a que elaboraran un texto, cada uno de ellos a partir de un cuestionario común y a propósito de una bebida diferente, sobre asuntos como la materia de la que está elaborada, su sabor, la dosis en que ha de consumirse, cómo es la cruda, en qué etapa de la vida conviene beberla o cuáles son sus resonancias literarias o eróticas… Como sucedió varias veces en la historia de la revista (Clausell: la casa de las mil ventanas, Curanderos y chamanes de la sierra mazateca, El Recetario del Quijote…), el plan tenía interés más allá de esa primera publicación y era posible que el dossier acabara convirtiéndose en libro.
Gonzalo, entonces Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, rechazó mi propuesta por exceso de trabajo. Insistí todo lo que pude, varias veces, sin conseguir otro resultado que ése. La última vez que lo hice fue en La Terraza de Cojímar, un famoso restaurante en un pueblo pesquero a las afueras de La Habana; con nosotros estaba nuestro amigo el escritor Hernán Lara Zavala, quien oyó la conversación, se entusiasmó con el proyecto y me propuso tomar la estafeta. Brindamos los tres con un mojito.
Unos meses más tarde, como entrega principal de un número dedicado mayormente a temas gastronómicos (Viceversa, núm. 53, octubre de 1997), apareció una primera Guía del buen bebedor que tres años más tarde, aumentada y corregida siempre bajo la inmejorable coordinación de Hernán, y diseñada brillantemente por Rodrigo Toledo, vio la luz en forma de libro. La nómina de colaboradores incluye entre otros a Francisco Rebolledo (el brandy), Ignacio Solares (la cerveza), Sergio Vela (el champaña), Ernesto de la Peña (el cognac), Sealtiel Alatriste (la ginebra), Vicente Quirarte y Juan García Ponce (el martini), Ulises Torrentera (el mezcal), Armando Jiménez, autor de Picardía mexicana (el pulque), Héctor Aguilar Camín (el ron), Gerardo Deniz (el vodka) y Carlos Montemayor (el whisky)…
Como no cabía esperar otra cosa, Gonzalo se ocupó del tequila. Su sabiduría en el tema, su prosa exquisita y su sentido del humor hacen que su texto sea muy posiblemente lo mejor que se haya escrito sobre esa bebida. Por mi parte, lo he citado tantas veces y en tan diversas ocasiones, casi siempre para ilustrar a los amigos extranjeros acerca de la naturaleza y las propiedades del tequila, que me sé algunos fragmentos de memoria. A casi diez años de la publicación de la Guía del buen bebedor, le he pedido a Gonzalo permiso para volver a publicarlo y celebrar así una amistad que dentro de no mucho cumplirá un cuarto de siglo. A los lectores de este blog les advierto que será difícil volver a llenar un caballito sin acordarse de algunos detalles de este hermoso ensayo.
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El inicio de esta nota es un modesto homenaje a la primera página del ensayo que Celorio leyó en la ceremonia de su ingreso como miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua —una reconstrucción de la capital de México a partir de referencias bibliográficas, en rigor la única manera en que sobreviven las distintas etapas de la historia de una ciudad que desde el momento mismo de su fundación española, en agosto de 1521, no ha conocido más que la destrucción. El ensayo se llama México, ciudad de papel y fue publicado en 1997, con una imagen de Vicente Rojo en la portada, en la colección Marginales de Tusquets Editores. 


EL TEQUILA

por Gonzalo Celorio
El tequila debe su nombre a una población de origen prehispánico, ubicada a poco más de 1200 metros sobre el nivel del mar y a poco menos de 60 kilómetros al noroeste de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco. Es cabecera de un municipio que lleva el mismo nombre y en el que se asientan más de 170 poblados pequeños. En esta región crece, desde tiempos precolombinos, un maguey mezcalero de color menos verde que azul, que ha sido bautizado científicamente con el nombre de agave azul tequilana Weber del cual procede el tequila.
Esta planta se da en suelos arcillosos y en un clima semiseco, pues el exceso de agua le es dañino y acaba por pudrirla. De ahí que se siembre en las laderas de los cerros por donde el agua resbala sin que pueda estancarse y de que la orografía de la región parezca peinada de magueyes.
La planta tarda en madurar alrededor de diez años y no es sino hasta entonces cuando se practica “la jima”, que es la acción de deshojarla, sacrificándola, para obtener “la piña” o corazón de la planta del cual nacen las hojas y cuyo peso aproximado es de 30 kilos. Las piñas son tatemadas en horno y de ellas se extrae un mosto que es depositado en tinajas para su fermentación. Una vez fermentado pasa a los alambiques, donde se destila. Así se produce el tequila blanco, que es el de más alta graduación alcohólica. Pero hay otras variantes, que alargan el proceso: el tequila “joven abocado”, que es más suave; el “reposado”, que permanece un par de meses en grandes pipones, y el “añejo”, que se conserva en barricas de encino entre uno y tres años. 
Los buenos tequilas ostentan en su etiqueta la leyenda “100% agave” para diferenciarse de aquellos que utilizan en su producción otros azúcares hasta en un 49%, que es lo permitido por la ley. Recientemente, el tequila cuenta ya con denominación de origen, circunscrita a diversos municipios de cinco estados de la República, a saber: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Nayarit y Tamaulipas.

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Como el tabaco, el tequila se disfruta más de regreso que de ida. No se paladea debajo de la lengua, no se entretiene en la boca, sino que se ingiere de un solo golpe, hasta adentro, y es después, al exhalarse, cuando su espíritu se manifiesta. El tequila es una bebida que se fuma.
Suele acompañarse de tres diminutivos y sus correspondientes posesivos: su sangrita, su limoncito y su salecita. No voy a hablar de la sangrita, que es secundaria y, cuando tiene marca, puede ser tan calamitosa como las viudas que le prestan el nombre de sus difuntos maridos. Se dice que el limón y la sal, según consta en un poema de Efraín Huerta, han de colocarse en la hondonada que se forma, por la parte del dorso de la mano, entre el índice y el pulgar.  
Semejante ritual, bastante pegostioso por cierto, hoy día sólo lo practican quienes no toman tequila habitualmente pero giran instrucciones a los extranjeros que, para sentirse mexicanos en una noche de Garibaldi, optan por cambiar el margarita por un tequila de veras. Hay quienes dicen que el limón debe chuparse antes del trago, para preparar la garganta. Pienso lo contrario. El limón, ya espolvoreado de sal, viene a matizar esa exhalación, ese eructo suave y silencioso, apenas susurrado, que sucede a la ingestión decidida. Para mí, la mejor compañera del tequila, empero, es la cerveza. No hablo de mezclas, Dios me libre, sino de alternancias. La cerveza, con sus levaduras, su efervescencia, sus blanquísimas espumas, teje una red sutil en la que cae el tequila, que siempre da saltos mortales. Además, la cerveza quita la sed. Y la sed es cosa seria. Ay de aquel que sacie con tequila su sed. Recientemente se ha instaurado la práctica lamentable de combinar el tequila con refresco de toronja o de cola. Las mezclas de tequila me parecen abominables pero no se puede desconocer el prestigio del coctel llamado margarita, elaborado con tequila, jugo de limón y unas gotas de cointreau sobre hielo frappé y servido en una copa champañera escarchada de sal.
El tequila es un aperitivo y como tal se toma a mediodía, antes de comer, a menos de que la tarde, como dicen, esté tequilera. Es una bebida que debe contarse con rigor notarial. Nunca hay que tomarse más de tres tequilas (se entiende que dobles, en caballito grande) porque sus efectos son muy rápidos e intensos. El primero serena y tranquiliza; el segundo exalta; el tercero conduce a la frontera de la nostalgia. El cuarto rebasa esa frontera y puede provocar la depresión o recuperar los atributos del segundo, el de la exaltación, y provocar la disputa peleona.
La cruda del tequila es espantosa, como todas las crudas, pero ésta en particular genera una aversión a la bebida misma. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo, dice el refrán. Ni manera: si se rebasó la dosis, no hay más que volver al tequila, con la alcahuetería maravillosa de una cerveza: un clavo saca a otro clavo.
Últimamente, sobre todo en Guadalajara, suele servirse el tequila en copa coñaquera. Tal actitud seguramente responde al deseo de proporcionarle el prestigio del coñac. No está mal porque el tequila lo merece, pero a mí me gusta servido en caballito. Para que galope.

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De un tiempo a esta parte, han proliferado las marcas de tequila y sus coleccionistas. Algunas marcas son muy afortunadas y acaso tengan más valor literario que etílico, como el Suave patria, que ostenta en su etiqueta tricolor, realzada en oros heráldicos, un águila porfiriana. Lástima de la omisión del artículo, aunque, aun sin él, puede beberse con “una épica sordina”. El Caballito cerrero, que, por ser del cerro, no usa Herradura —fábrica de la que procedió y de la cual acabó por independizarse. El Centinela imperial —que cuida el sueño del emperador. Pero yo sólo bebo Herradura blanco de 46°. 
Conozco el proceso de su elaboración, desde la siembra del hijuelo hasta el alambique. He tenido el privilegio, gracias a la generosidad de mis amigos Marieta y Javier Portilla, de jimar el agave en el rancho de San José del Refugio en Amatitán, de presenciar la horneada de las piñas, de ver su desgarramiento, de oler el mosto, que huele a cruda, y advertir su fermentación natural y de perderme en los serpentines de sus alambiques hasta que el tequila se rompe —qué verbo maravilloso— a los 46°.
Las propiedades del tequila son muchas y magníficas. El historiador José María Muriá, que ha dedicado buena parte de sus trabajos de investigación precisamente al tequila, cita en un pequeño y muy recomendable libro de divulgación a don Lázaro Pérez, quien destaca en su Estudio sobre el maguey llamado mezcal en el estado de Jalisco, publicado en 1887, las “virtudes de esta bebida que la experiencia tiene confirmadas”:

Despertar el natural apetito de los alimentos, en las personas que por alguna causa lo han perdido; favorecer las digestiones difíciles; tonificar las funciones gástricas; tener una acción real en aquellas enfermedades en que la atonía hace el principal papel y en las dispepsias que, a menudo son rebeldes a todos los agentes conocidos de la Terapéutica; [...] vigorizar las funciones de la economía debilitadas por la edad; calmar la sed ocasionada por la insolación, propiedad que aprovechan con el mejor éxito muchos caminantes, evitándose así, las enfermedades, a veces de terminación fatal, que sobrevienen cuando para satisfacer aquella imperiosa necesidad, usan del agua natural; atenuar notablemente los efectos que sobre la economía produce en ciertas ocasiones, una extraordinaria baja de temperatura del ambiente; calmar la ingrata sensación del hambre, por espacio de muchas horas, por ser un alimento de los llamados respiratorios; levantar las fuerzas agotadas por un trabajo excesivo; avivar la inteligencia, ahuyentar el fastidio y procurar ilusiones agradables.

***
El tequila ha sido más filmado que escrito. O por lo menos es más conocido por la época de oro del cine nacional que por sus alusiones literarias. Todo mundo tiene presentes las imágenes de Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, apurando el caballito hasta el final o si no, bebiéndolo a pico de botella para animar la confidencia, para amarrar el llanto ocasionado por la mujer perdida, para envalentonar el duelo.


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—¿Qué quieres tomar? —le pregunté a un amigo que llegó a casa un sábado al mediodía. Me respondió con un plural espléndido y peligroso, que anunciaba lluvias y tormentas:
—Tequilas —me dijo.

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Los libros de Gonzalo Celorio (México, 1948) están publicados por Tusquets Editores. Los más recientes son Cánones subversivos, una colección de ensayos sobre literatura hispanoamericana, y Tres lindas cubanas, una conmovedora novela que gira en torno a su madre y sus dos tías maternas, las cuales vivieron tres destinos divergentes marcados por la Revolución Cubana.