domingo, 25 de septiembre de 2011

Papeles en el tiempo

Como esta semana tuve que precisar la fecha en que vi por única vez al poeta Jaime Sabines, me eché un clavado en la caja en la que conservo las agendas de las últimas dos décadas. El viaje a través de las que deberían de aproximarse a la fecha que me interesaba, y luego (metidos ya en ello) de todas las demás, cuyas páginas invariablemente aparecen repletas de todo tipo de anotaciones, me ha deparado el hallazgo de los documentos que conforman este post
Primero pensé que la visita a Sabines había sido en algún momento de 1995, cuando me hice más o menos cercano de alguien más o menos cercano a él, por lo que revisé las agendas a partir de ese año y hasta 1997. Sin embargo uno de los dos amigos que estuvieron conmigo aquella mañana en la casa del poeta (el otro murió hace no mucho), me hizo ver que la visita forzosamente debió de ocurrir antes, por lo que retrocedí y consulté también la agenda de 1994. 
Al hojearlas —con prisa primero y después, en cuanto sentí que me acercaba a la fecha de mi búsqueda, con alguna parsimonia—, fueron saltando papeles de todos los tamaños y géneros, que se conservaron entre sus páginas, o pegadas a ellas con clips o cintas adhesivas: notas, tarjetas de presentación, recortes de revistas y periódicos, cartas, recibos, folletos… Véase, por ejemplo, la imagen arriba de estas líneas, tomada de la agenda de 1989: se trata de una tarjeta con el membrete de Artes de México en la que el poeta y editor Roberto Tejada me escribe los datos de Gonzalo Rojas en la ciudad de Berlín. Comparto con los lectores de este blog algunos de mis preferidos.



El billete de lotería con la imagen de Octavio Paz
Ya se me había olvidado que Paz estuvo en un billete de lotería: fue para el sorteo del martes 16 de febrero de 1993. El documento me estaba esperando en las páginas de la agenda de ese año. 
Fiel a su costumbre, el fúnebre discurso oficial de los mexicanos llama a nuestro poeta, en el pie de foto, “Sr. Octavio Paz Lozano”, igual que hace poco vimos al popular defensa del Cruz Azul de los años setenta y ochenta, Nacho Flores, asesinado de 27 tiros en la carretera a Cuernavaca, transformado con insistencia por la prensa en el irreconocible “Juan Ignacio Flores Ocaranza”, exactamente como nadie lo había llamado nunca. ¿Qué habrá dicho Paz cuando se vio en este billete, él que tanto se quejó de haber sido quemado en efigie en la vía pública?


La ficha de pago de mi plática prematrimonial
Dios sabe que si recupero este documento es con ternura y agradecimiento, como todo lo ligado a mi fracasado intento matrimonial de finales de 1995. Agradecimiento y ternura, quiero decir, por fracasado pero sobre todo por intento. Todo lo que hay que hacer para conseguir la bendición matrimonial eclesiástica (trámites, papeleos, etc.) quizás sea poco si ayuda a que se desvanezca en nosotros la quimérica pretensión de la comunión cotidiana de las almas. La plática, que no llegó a verificarse porque mi futura mujer y yo nos peleamos para siempre unas semanas antes de la boda, iba a tener como escenario una iglesia del sur de la ciudad que ya no recuerdo bien dónde quedó.


El plano del metro de quién sabe dónde
Ignoro (y decido no investigar) a qué moderna metrópolis del lejano oriente corresponde este hermoso plano de metro que cayó en mis manos quién sabe cómo y que guardé entre las páginas de una de las semanas de febrero de la agenda de 1995. 
Florencia, que lo ve un segundo sobre mi escritorio, dictamina de inmediato que se trata de Tokio. Hoy que todo se sabe y averigua, me gusta mantener en duda a qué lugares concretos, si bien acaso mayormente subterráneos, pertenecen esos signos entrelazados con algo que se parece a la neurosis y la necesidad.



Los noticia del nacimiento de Nuestro Señor
Hacia finales de los años ochenta tuve un par de costumbres que luego deseché. La primera era la lectura del periódico Excélsior, que llegó a casa de mis abuelos desde que tengo memoria y hasta mediados de los años noventa. 
Octogenaria y todo, mi abuela, que se llamaba Fernanda como bien saben los lectores de Siglo en la brisa, fue una mujer con los pies siempre bien plantados en su época: un día le pidió a mi padre que la borrara de semejante remedo de periódico para suscribirse al Reforma, en su opinión más moderno y atractivo. La otra costumbre, desde luego que mucho más fugaz y menos fea, era recortar de cuando en cuando pedazos de periódico y pegarlos en las páginas de mis agendas, como en este ejemplo que copio de la correspondiente a 1989: un encabezado de la sección de sociales que anuncia, como si fuera una noticia de la víspera, el nacimiento de Jesucristo.


La cita de Norma Clay
Algunos domingos cruzo la ciudad para comer con mi querida amiga Norma Clay, en su bellísima casa en el corazón del viejo pueblo de Tlalpan —en la que viví algunos encuentros inolvidables en mi juventud—. 
La conversación, la cocina y los amigos frecuentemente músicos de esta sabia y entrañable filipina avecinada en México desde los años setenta, hacen de mi visita una suerte de ritual que me llena de alegría y serenidad. Una tarde de sobremesa, no recuerdo a cuento de qué, Norma me dijo de memoria estos hermosos versos en inglés del poeta persa Omar Jayam, que no pude sino copiar y conservar. Estaban en la agenda de 2010.


La ficha de Life is sweet
Esta ficha, arrancada de una publicación que no sé reconocer, y que estaba entre las páginas de la agenda de 1993, pertenece a la primera película que vi de Mike Leigh. La austeridad, la ironía a veces amarga y el sentido del humor del conocido cineasta británico hicieron que me volviera su inmediato admirador. 
Luego vi algunas otras películas suyas que me gustaron mucho, entre ellas Secrets and lies y Happy-Go-Lucky, pero mi preferida sigue siento ésta, quizás porque conserva el sabor del descubrimiento. Nunca he podido quitarme de la cabeza la imagen de la pelirroja anoréxica, hija del matrimonio disfuncional a que apunta irónicamente el título, que exige a su azorado amante, pero no de manera gozosa sino ofuscada y hasta sufriente, que le pase la lengua por los pequeños pechos embadurnados de chocolate.


La hoja rota con el logotipo de Viceversa
Como ésta y otras afines de la revista Milenio hay muchos ejemplos en las agendas que van entre 1990 y el año 2000. Escojo ésta, rota de arriba abajo y anotada por el reverso.


La tarjeta de La Taberna del Patrón
La imagen del bar español, de planta en círculo, con el perímetro subrayado en el techo con jamones colgando, está ligada a mi recuerdo de los primeros años de Viceversa, que tuvo sus primeras oficinas a unos pocos metros hacia Xola, en Insurgentes Sur número 600. Lástima que luego sus propietarios modificaran su apariencia para convertirlo en un restaurante sin ninguna personalidad. No he vuelto a comer unos chiles rellenos de mariscos ni unos pulpos a la gallega como los de ese lugar, cuya tarjeta estaba en la agenda de 1996, sin duda por la sazón que les daba la intensa vida de la revista. 
Creo que La Taberna del Patrón, que no es sino la versión informal del vecino Lar Gallego, pervive en la esquina de Romero de Terreros e Insurgentes. En la televisión de su local sin gente, en la noche fantasmal de la ciudad de México, mi amigo Fernando Rodríguez Guerra y yo seguimos la transmisión que dio cuenta de la muerte de Luis Donaldo Colosio, aquel escalofriante 23 de marzo de 1994.

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Más historias de objetos en este blog:
“Postales”, http://bit.ly/oQ5hVa
“Refrigerador”, http://bit.ly/irv0oK
“Cosas que se van”, http://bit.ly/hh6mG9
“Viaje alrededor de mi escritorio”, http://bit.ly/dWllU5




domingo, 18 de septiembre de 2011

Milagro en la playa

El sitio es la Playa del Palmar, en Ixtapa; el personaje, mi sobrino Emilio Bezaury Fernández; las autoridades a las que se hace referencia, Edmundo O’Gorman, autor de Destierro de sombras, y Fray Servando Teresa de Mier —aunque también podría haberse mencionado a Francisco de la Maza, cuyo ensayo El guadalupanismo mexicano fue el punto de partida de mis lecturas sobre el tema—. 
Es bien sabido, por cierto, que algunos de los principales libros sobre la aparición tienen títulos muy hermosos: La estrella del Norte de México aparecida al rayar el día de la luz evangélica en este Nuevo Mundo; Pensil americano, florido en el rigor del invierno; Felicidad de México en el principio y milagrosa origen del santuario de la Virgen María de Guadalupe… (Véase el trabajo de Elsa Cecilia Frost que está en http://bit.ly/rqac44).
“Milagro en la playa” fue el último texto que alcanzó a entrar en Palinodia del rojo, libro en el que ocupa la página 48. Es posible que en él se juegue algo parecido (de manera simbólica y con toda proporción guardada) a lo que según la Iglesia sucedió en el Tepeyac —que me gusta llamar por su nombre en náhuatl, que es más eufónico—: en una palabra, ¿hubo aparición? Para efectos prácticos, como si la hubiera habido.
Por desgracia no puedo determinar si la imagen que aparece en la fotografía que abre este post es la de nuestra modesta revelación: la pieza fue confundida con las de otra pulsera idéntica, en la que había otras dos vírgenes de Guadalupe, en la bolsa de plástico en las que fueron guardadas, así que a estas alturas ya no es posible decir cuál es cuál. Agradezco a mi hermana Maca (cf. “Paloma y no”, op. cit., pág. 52) por haberlas recogido y conservado; también, por enviarme la foto de Emilio, que se hizo él mismo en el lugar del suceso apenas unos días antes, lo que sabemos porque aún no ha perdido el segundo frontal. Sin más preámbulos, copio el poema. La nota que lo acompaña en Siglo en la brisa no es una particularidad de esta edición sino del texto mismo, tal como pudo leerse en Palinodia del rojo y poco después en la revista Conspiratio.



Milagro en la playa

Te exponía la absoluta imposibilidad
de su existencia histórica,
                                            tomando la segunda cerveza,
echados en tumbonas paralelas frente al mar de Ixtapa:
la lista inacabable de las evidencias
—cada una más irrefutable y lógica—
que prueban que no ocurrió el milagro en el cerro Tepeyácac
ni hubo tilma de rosas improbables
ni una Virgen morena dejó verse a los ojos de un indio
en esplendor de fuego.

Ya conseguía contagiarte
de mi incredulidad,
                                 o por mejor decir ya te mostrabas
crédula de lo que te decía, cuando en medio de gritos y saltos
propios de niños sueltos en vacación de playa
entró Emilio en escena:
en la mano traía un objeto mínimo
que acababa de hallar al fondo de la alberca
                                                                            y nos mostraba,
todo él exultante y escurrido, colorados los ojos del vivir en cloro,
y aquella su sonrisa angelical de los seis años
a la que ya faltaban
los dos dientes frontales.

Antes de entrar en ninguna consideración,
antes incluso de entender
lo que decía,
                     con los nombres de O’Gorman y Servando
todavía en el aire, en los dedos de Emilio
reconocí a golpe de vista la piadosa silueta
guadalupana,
                        vi el verde de oliva de su manto estrellado,
y aquella su hermosísima
inclinación hacia el costado derecho, con las manos unidas
en resignación amorosa, enmarcada en el instante
de un resplandor de fuego. *

Sentí que el mundo esférico
dejaba su girar
y un profundo silencio, al preguntarme
instantáneo por una explicación a aquella inconcebible coincidencia,
caía sobre las cosas que pensaba
y creía
 —y las mismas palabras
resonaban todas huecas, y las pruebas
                                                                    inútiles, y la lista interminable
de la evidencias, cada una más inoportuna
y vana…

Sólo Emilio seguía allí,
en la mano el objeto en que brillaba
el milagro en el instante de un resplandor de fuego,
todavía exultante y escurrido
del agua de la alberca,
                                        colorados los ojos del vivir en cloro,
y aquella su sonrisa a la que ya faltaban
los dos dientes frontales,
                                          sólo él indudable y verdadero,
convertido en el ángel
de aquella aparición.

* ¡Fue como despertar a un sueño!
Nos reímos, primero,
                                     en explosión
de contrariedad genuina; demudados, después, ya lo contábamos
a quien quisiera oírlo,
                                      ¡incrédulos!


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Más sobre Palinodia del rojo (Aldus, México, 2010) en este blog:
Cómo se hizo y qué contiene, http://bit.ly/gK042J
Presentación pública, http://bit.ly/j00ELk
Lectura de “Paloma y no”, http://bit.ly/lKlTwP
Lectura de “Milagro en el supermercado”, http://bit.ly/99948L




domingo, 11 de septiembre de 2011

Lecturas inquietantes

Un sobresalto a mitad de camino entre la picardía y la curiosidad más auténtica sacudió a los alumnos de quinto de primaria del Instituto México al salir al primer recreo del año escolar, cuando corrió como un reguero de pólvora la noticia de que en las últimas páginas del libro de ciencias naturales se abordaba ¡por fin! el tema del sexo. Entiéndase la situación de aquellas almas benditas: por más que ya estuviéramos en 1974, en esa escuela no entraban más que hombres, con la consecuencia de que algunos nunca habían visto de cerca a una mujer (lo que por fortuna no era mi caso, que vivía rodeado de madre, hermanas, abuela, tías, primas…).
Con todo lo agradecible que resultara el espíritu científico con que el aparecía abordado el asunto, el libro de texto dejaba fuera lo más importante, que poco o nada tenía que ver con tejidos cavernosos o trompas de Falopio. Ni siquiera con penes o vaginas. Sabiendo todo aquello, como a fin de cuentas se acababa sabiendo, ¿qué había detrás? ¿Qué se podía esperar ante todo aquello tan inexplicable e inquietante? ¿Cómo debía de reaccionarse saludablemente, aun echándose de cabeza al fondo de ello, como de todas formas nos acabaría sucediendo? Un paso en esa dirección hubiera significado un verdadero adelanto pedagógico…
Mi primo, que iba en mi año pero estaba en un salón distinto al mío, me contó cuando nos encontramos en el recreo largo al final de aquella misma semana que uno de sus maestros, quizás al tanto de la inquietud que había en el aire y sin esperar a abril o mayo cuando se suponía que agotaríamos en progresión normal el temario, acababa de adelantarles algunas consideraciones generales, y añadió que si quería podía asomarme al pizarrón en el que quedó el dibujo del que se había servido para aclarar las cosas. Corrí a su salón, me hice sombra con las manos en la ventanita de la puerta, que estaba cerrada, y conseguí asomarme. El recuerdo de lo que vi me sigue ofendiendo casi cuarenta años más tarde:
A mediados de los años setenta, como seguramente había ocurrido en los sesenta y ocurriría en los noventa, y como me temo que más o menos sucede hoy mismo, por más que internet ofrezca la totalidad de las vistas del mundo, simultáneas y sucesivas, desde todos los ángulos posibles, igual que si fuera el aleph, uno tenía que buscar en la calle lo que se negaba en la casa y la escuela. Quizás no la primera vez que vi pornografía pero sí la primera que se me quedó grabada con nitidez fue en primero de secundaria, un día a la salida de clases, cuando estábamos subidos ya en el camión escolar estacionado todavía en el patio que daba a Acoxpa. 
Alguien sacó un bolígrafo un poco más ancho de lo normal, que a través de un agujero colocado en uno de sus extremos funcionaba secretamente también como una especie de caleidoscopio en cuyo interior podían verse algunas imágenes. Los cuates se la fueron pasando, con sucesión de exclamaciones, cada una más festiva y exultante. Llegó mi turno. De lo que vi recuerdo una sola imagen —¿o fue una sola imagen lo que vi?—: una chava desnuda, montada en un mamífero humano al que le daba la espalda y por lo tanto quedaba oculto. Como la foto era frontal, lo que se veía era el cuerpo de ella, con rostro en éxtasis y pechos erguidos y generosos, con el sexo de él hundido en su sexo. Por más que teorizara lo suficiente para mis doce o trece años, me sorprendió vivamente que las cosas pudieran arreglarse para suceder de esa manera.
No mucho después me aficioné a las literaturas alusivas. Faltaba más. Si en la casa de mis padres no había una biblioteca en forma, en ella podían hacerse con toda tranquilidad lecturas inquietantes. Por ejemplo Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis (Mortiz, 1967). Yo no tenía ni idea del estúpido episodio que provocó el Presidente en turno cuando lo publicó por vez primera el Fondo de Cultura Económica… A mi casa, por suerte, no llegaban ese tipo de noticias. Yo tenía ubicados los pasajes más inspiradores, aunque ahora el único que recuerde sea un coito intempestivo debajo de un puesto de mercado público. Pero había que andar muchas páginas para llegar a las interesantes y el viaje era triste y con frecuencia lleno de situaciones cabronas y violentas. Digamos que la Gran Familia mexicana, para utilizar una frase de la cínica Televisa, aparecía en aquellas páginas con todo el esplendor de su ofensiva ignorancia, adornada de incestos, violaciones, estupros… Y yo, aunque fuera buscando otra cosa, no dejaba de darme cuenta.
También en casa podía leerse El último tango en París de Robert Alley (Grijalbo, 1975), una versión novelada del guión de la película de Bertolucci que por cierto ya no sé dónde quedó, con aquella engañosa portada en colores difuminados que hacía más apetecibles, por lo menos a quienes estábamos en el secreto, la crudeza de algunos pasajes sexuales. Esa fue quizás la primera vez que leí con toda claridad cómo eran las cosas, y al menos en algún sentido hasta dónde podían llevarse. La edición tenía algunas páginas en papel couché con fotogramas de la película, y era delicioso admirar la desnudez de aquella mujer inquietante y bellísima que era María Schneider.
Un libro que tampoco sobrevivió en la biblioteca familiar se llamaba Los españoles y el sexto mandamiento de Joaquín Latorre (Ediciones 29, 1972). 
Entre otros “casos” que no recuerdo, contaba el de un chiflado que anhelaba convertirse en novelista y que todos los días decía en su casa que iba a una oficina cuando en realidad pasaba las horas sin hacer nada sentado en la banca de un parque público. Su vida giraba alrededor de la posibilidad de quedarse a solas en casa, en cuyo caso, con un alborozo que se le salía por todos los poros del cuerpo, corría a introducirse gozosamente una bola por el ano, lo que como se comprenderá me producía bastante desconcierto.
Para contrarrestar las malas compañías había en casa todavía un libro más, en apariencia serio: El mono desnudo de Desmond Morris (Plaza y Janés, 1971). Nunca se me olvidó aquel razonamiento, no sé si probado, de que algunos simios presentan en el rostro (nótese el conato de escalada científica que experimenta de pronto mi lenguaje) los mismos dibujos y colores que tienen en los genitales. O aquellas descripciones, no dudo que técnicas, del pene humano, el cual por cierto no penetraba nada sino que “se insertaba”. El problema es que el capítulo dedicado al sexo, en realidad el único que me interesaba, por lo menos al hombre de trece o catorce años en que yo me había convertido, no ofrecía explicaciones de interés. La falta de noticias confiables sobre el tema alcanzaba el colmo al leer las primeras palabras de ese capítulo: “Sexualmente, el mono desnudo se encuentra hoy en día en una situación confusa…”.
Nunca leí con gusto aquel libro y si al menos en parte luego me reconcilié con su autor fue porque un día encontré en una librería de viejo otra obra suya, ésa sí legible y útil, llamada Guía para comprender a los gatos (Emecé Mexicana, 1988). Mi ejemplar, de segunda mano, tiene una dedicatoria con pluma, que dice: “Para mi hijo César, con remota esperanza de que esta obra le ayude a educar a una tal Lola, evitándome cometer un día un penosísimo gaticidio. Luis. Dic-88.” Con el libro extraviado por el mundo, no quiero ni imaginarme el paradero de aquella malhadada Lola.
Pero mi caso, con toda aquella desorientación, era infinitamente preferible al de mi amigo Alfredo, hijo de un subsecretario de estado y una diputada, siempre priistas. En cuanto le hablé del libro fue a buscarlo a la biblioteca de su casa, en donde —gracias a su éxito generalizado— estaba. Pero su decepción fue grande cuando se dio cuenta de que una mano anónima, con toda previsión, había arrancado las páginas donde alguna vez estuvo el infame capítulo.

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Más sobre libros y lectura en este blog:
Un paseo por Donceles, http://bit.ly/dkkFRR
Lecturas setenteras, http://bit.ly/nXOb4c
Lecturas españolas, http://bit.ly/eNXK9W
Brevísima ornitología de El barón rampante, http://bit.ly/odxfD0

domingo, 4 de septiembre de 2011

"El Yoni"


El recuerdo del descubrimiento, en la ciudad de Madrid, de un restaurante llamado “El Yoni” hace que un querido amigo, que me pide permanecer en el anonimato, escriba una breve pero sugerente reflexión lingüística y erótica más de veinte años después de su única visita a la capital española. Este post está ilustrado con el pedazo de un estuche promocional de cerillos que me ha entregado él mismo y que no es sino la prueba documental de que lo que evoca es verdad. Una aclaración: la palabra “sabidurario”, que es como él suele referirse a la computadora, implica las infinitas búsquedas que pueden hacerse con ella en la red. Lo demás se concluye por el contexto.

El Yoni
Es evidente que se trata de “El Johnny”, filtrado a través de una sesera peninsular, pero resulta que “yoni” es un vocablo sánscrito universalmente conocido cuyo significado es tan hondo y sabroso como para inducir a una larga visita al sabidurario.
Ahora bien, sanscritistas tan avezados como Octavio Paz se adhieren a la universal costumbre de manipular el yoni como si se tratara de un sustantivo masculino. Y no. Sustantivo lo es, inclusive sustancioso, pero no tiene nada de masculino, a no ser el halo que perpetuamente lo circunda, hecho de anhelos, ardores, afanes, nostalgias y enigmas insolubles, aunado todo ello a un fino aroma, exquisitamente variable, aunque, a la vez, capaz de oscilar entre lo repulsivo y lo enloquecedor.
En resumidas cuentas, mi sánscrito rudimentario me hace sospechar que yoni es tan femenino como su significado, y que así está muy bien.
Pero las cosas no paran aquí.
Los de “El Yoni” presentan ante el concurso mundial unos “guisos de Concha” (nunca más legítima la mayúscula).
Esto es hacer trampa.
A los ojos sudamericanos, a los que debemos aspirar todos siempre, un guiso de concha será juzgado insuperable, tanto en Sudamérica como en Samarcanda, pasando por el desierto de Gibson como en las Islas Feroe, y pasando por México, puedo asegurarlo. Hacer intervenir los guisos de Concha en una competencia la hace automáticamente desleal.
(“Guisos” está en plural, como debe, pues hay, como es sabido, incontables sazones, abiertas a las preferencias).
Quien no aprecia ningún guiso de Concha será un herbívoro desdeñable.

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Otro texto anónimo en este blog, http://bit.ly/f7YVZ1

domingo, 28 de agosto de 2011

Informe sobre la estupidez


Sistemáticamente, a la luz del día y frente a los ojos de todos, el Gobierno de la Ciudad de México practica la agresión ambiental. Sin embargo, lo peor no es la destrucción del entorno llevada a cabo por el propio gobierno sino la ignorancia de los ciudadanos que la toleran y hasta solicitan porque con frecuencia no ven en los árboles sino enemigos a los que hay que mantener a raya o eliminar. Hace poco menos de tres meses me tocó presenciar una de esas agresiones a la puerta de mi casa. Entonces me pareció que la ignorancia aliada con la ignorancia actuando con impunidad en contra de los intereses comunes ya no es ignorancia sino estupidez. El pequeño informe que sigue fue escrito mes y medio más tarde, a mediados de julio, para ser publicado en el libro que sobre temas ecológicos preparaba un amigo ilustrador. Mi colaboración no llegó a concretarse, así que lo ofrezco como una primicia a los lectores de este blog.

Debí escribir el artículo a principios de junio, poco antes de la llegada de la temporada de lluvias, cuando los truenos estaban en su apogeo y la explosión incontenible de sus inflorescencias amarilleaba sus copas a lo largo y ancho de las calles de la ciudad. 
A pesar de las violentas precipitaciones que luego vinieron, su estampa, casi dos meses más tarde, a finales de julio cuando redacto este informe, se mantiene muy parecida: individuos frondosos y verdinegros, recubiertos de un amarillo que se asemeja al trigo. Mi idea no era otra que comentar la ficha que aparece en la guía de árboles de la ciudad de México de la botánica Lorena Martínez y el fotógrafo Pedro Tenorio, editada por la Fundación Xochitla, y ofrecerla a quien deseara conocer mejor la especie de mayor presencia en las banquetas defeñas, con unas fotos que yo mismo tomé a uno de los ejemplares con los que convivo todos los días. 
Insistir, por ejemplo, en cosas como su origen oriental o su hermoso nombre científico, Ligustrum lucidum —que hace que en otras latitudes sea llamado “aligustre”—, describir algunas de sus virtudes y quizás hasta aclarar las causas por las que parece que florea dos veces al año. Sin embargo, cuando me disponía a escribirlo, se presentaron unos empleados de la Delegación, uno de los cuales se subió por una escalera telescópica a una de las ramas más altas de uno de los que asoman a la ventana de mi estudio, y en cuestión de segundos, con dos o tres cortes de sierra eléctrica, cercenó la mitad de su copa delante de mis propios ojos incrédulos.
No había razón para proceder de esa manera: los dos truenos, sanos como su vecino liquidámbar, están colocados a suficiente distancia de la fachada del edificio y de este lado de la calle hace tiempo que no hay cables aéreos. Tampoco podría decirse que necesitaran ninguna poda. La única explicación que consigo darle al asunto es la estupidez de la que estamos rodeados, la estupidez que proviene la ignorancia entre la que nos movemos cotidianamente, la simple y llana estupidez. Otra que se me ocurre ahora es que quizás los gobernantes de uno de los territorios más corruptos del gobierno en funciones, insatisfechos con hacernos la vida imposible en la vía pública (esa febril actividad que consiste en mover de lugar los problemas, sin solucionarlos casi nunca, en tanto se crean infinitamente otros…), con el loable propósito de mejorar los servicios que nos brindan, han resuelto enviarnos emisarios de la estupidez a domicilio. El incidente, como se comprenderá, me quitó cualquier inspiración y decidí aplazar el artículo para otro momento.
La tropa delegacional venía encabezada por un hombre de unos sesenta y tantos años, que sólo por eso debería mostrarse más respetuoso con el entorno, y que a juzgar por la tablilla y el bolígrafo que llevaba consigo se dedicaba a recabar firmas de autorización. Era un sujeto que lo mismo podía estar instalando cables eléctricos que asomando la cabeza por un agujero de la Compañía de Luz: tocado como un beisbolista, metido en una camiseta publicitaria cualquiera, parcialmente oculto tras un tupido bigote blanco, me pareció la prueba de que no se necesita ser nadie ni saber nada de nada ni tener ninguna cualidad relevante para representar a quienes nos gobiernan. 
Pero este informe no se entendería si no me refiero al individuo que permitió que las cosas sucedieran como acabaron sucediendo, porque aunque la autoridad encarne seres improvisados se necesitan ciudadanos que sirvan de eslabones para divulgar con eficacia la misión de estulticia. Era una versión empobrecida del otro: una calvicie desangelada, unos bigotes escasos y cerdosos y un vientre abultado que destacaba en una camiseta roja que le quedaba chica. Estaba en el quicio de la puerta vecina observando la escena con un aire de satisfacción que primero no advertí y que sólo se me hizo evidente cuando me acerqué para confirmar, según creía yo, que compartía mi indignación por el espantoso destrozo. 
Sonriendo bajo aquel bigotito que de pronto me pareció repulsivo, me hizo saber, pero sin decírmelo con claridad, con ese lenguaje hecho mayormente de silencios al que se confía la comunicación en este país, que él había autorizado aquella desgracia y eso a pesar de que el árbol ni siquiera está delante de su puerta sino de la del edificio vecino, en el que vivo yo, y todavía dijo, pero ahora en forma de palabras bien definidas y audibles, una frase que no puedo recordar sin indignarme: “¡Es que hay muchos bichos!”. La época del año, inmediatamente anterior a la llegada de las lluvias, la calle con árboles, la cercanía con el bosque de Chapultepec, todo hace que por estos rumbos acaso haya algunos insectos más que en otros momentos y sitios de la ciudad. ¿Cómo explicarle que uno de los remedios es confiar la tarea de regular su presencia a quienes se han dedicado a esa chamba desde el Génesis, los pájaros, a los que de un par de cortes estúpidos acababan de despojar de oficina, parte de su manutención y quizás hasta vivienda?
Cuando el otro advirtió mi enojo, por un momento dejó la prédica que hacía unas casas más adelante y volvió sobre sus pasos para explicarme con un nauseabundo paternalismo el procedimiento y las bondades de la “poda” —se atrevió a utilizar esa palabra aun cuando la mitad del árbol estaba a nuestros pies convertido en una escandalosa montaña de basura—. Fue entonces cuando sentí ese acceso violento producido por la impotencia y la frustración que en México caracteriza nuestras relaciones con los gobiernos y con las grandes empresas y no pocas veces con quienes compartimos la banqueta, un hervor en la sangre que debía notárseme por un humillo que sin duda debí desprender por la coronilla y los oídos, un deseo de estrangular a ese par de sonrientes y satisfechos salvajes que se habían aliado para tomar una decisión por el resto de nosotros con las sierras estúpidas y los escasos rudimentos de su ignorancia soberbia.
Todo el que se dedique a trabajar con árboles y con más razón si cobra por ello a nombre de una administración pública, por más que sea la corrupta y decadente que padecemos, debe de saber que el trueno es un árbol noble que tolera las podas, incluso las severas, pero no las mutilaciones que los transforman en enanos y monstruos lastimeros, con manquedades o apéndices ridículos, como de cuando en cuando los vemos en las calles. Si se trata de ejemplares maduros, como en este caso, la poda sólo debe practicarse para mantener la forma de su copa y quitar las hojas muertas y preferiblemente nunca en la época de la floración. Las agresiones como la que acababa de producirse sólo debilitan a los árboles, que entonces quedan a merced de las plagas y las enfermedades y acortan su ciclo vital, lo que acaba revirtiéndose contra nosotros mismos. Los árboles mejoran la experiencia de las ciudades y no sólo por su apariencia: purifican el aire que respiramos, nos protegen del ruido, del polvo y de las variaciones de la temperatura y de paso ocultan para nosotros la arquitectura que con frecuencia afea y hasta envilece el lugar en el que trabajamos o vivimos. 
Aunque a riesgo de dejarme mal parado en este informe, debo confesar que fui incapaz de decir nada de eso, lo que a esas alturas y delante de aquellos individuos me pareció que hubiera sido ridículo, y no hice más que asistir con toda mi indignación a cuestas pero en silencio a la salva de justificaciones de lo injustificable, en tanto observaba cómo un par de mujeres vestidas de basureras que acompañaban a la tropilla desaparecían con esa prisa culposa de quien esconde las huellas del crimen apenas cometido la mitad del árbol regada por la calle y en menos de cinco minutos no dejaron ni rastro de él.
Casi dos meses después sigo siendo incapaz de mirar a través de la ventana sin sentir un odio que en algunos momentos de debilidad estoy tentado a salir a desahogar con el primer representante del desgobierno y el caos en los que estamos hundidos que asome por la calle: el cuidador que obstaculiza el tránsito con coches estacionados en doble fila sin que nadie le diga nada, y menos que nadie el par de policías que patrullan la calle; el taquero enano que saca los guisados de la cajuela de su viejo Ford mal estacionado al doblar la esquina; el vendedor de tamales calientitos deliciosos oaxaqueños que todas las tardes pasa aterrorizándonos con su siniestra grabación, a mí y a los perros de la calle, cuyos ululares serían todavía más despavoridos si alguna vez hubieran tenido la desventura de probarlos.
Pero sobre todo no he logrado olvidar el estruendo hueco que produjo la mitad de la copa del trueno al golpear contra el pavimento, como de materia hecha para reflotar en el aire, balanceándose con delicia en la gravedad, en el momento en que azotó su estupendo ramaje todavía vivo de troncos secundarios, hojas y semillas. No me basta el consuelo relativo de escribir este informe acaso para nadie sobre la estupidez de la que estamos rodeados.

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