viernes, 6 de julio de 2018

Santos, 1923

Cierta conmoción causó entre algunos de mis hermanos y primos esta fotografía de Santos, el abuelo común, tomada poco antes de emigrar a México. El documento de donde la saco no es otro que su cartera de identidad como emigrante, expedida el 22 de octubre de 1923 por el español Consejo Superior de Emigración. Sólo quince días después, el 9 de noviembre, Santos Fernández Bueno cumplirá 17 años, los que va a tener tres semanas más tarde, el día que ponga los pies en Veracruz.
Santos, al final de su vida.
Foto: José L. Fernández Tolhurst
Conmueve, es cierto, ver convertido en poco más que un niño al impenetrable hombre maduro, al hermético adulto mayor, al silencioso y entrañable anciano del que tan cerca estuvimos hasta su muerte, ocurrida cuando iba camino a los 96 de su edad, el 11 de mayo de 2002. No mucho antes de eso, lo retrató mi primo José Luis Fernández Tolhurst en su departamento de Polanco, mirando significativamente al poniente.
El documento, además de una impresión de sus huellas digitales, incluye una descripción del joven Santos, quien mide un metro sesenta y dos centímetros, tiene una corpulencia regular, el pelo y los ojos castaños, y un color de piel que aparece descrito como “sano”. Su oficio es “jornalero”. Cuenta con el permiso expreso de su padre, el maestro del pueblo de Asiego de Cabrales, Aquilino Fernández Berridi, quien firma la autorización.
Una vez que veo con detenimiento el retrato de 1923, me doy cuenta de que mi joven abuelo lleva una señal de luto, un lazo colocado diagonalmente en la solapa izquierda. Mi querida amiga Marta Gómez Rodríguez, una inteligente y sensible cabraliega parcialmente emigrada a Holanda que de tarde en tarde me orienta en asuntos relacionados con el mundo de nuestros ancestros, me dice que ese género de luto quizás sea aquél que solía llamarse “de alivio”. Ya no es el que sigue a la pérdida sino uno menos riguroso, que permite a los deudos “vestir con colores más claros y tejidos menos opacos”.
Así que la muerte por la que Santos manifiesta su luto no debe de ser muy reciente. Luto, en todo caso, ¿por quién? No por su madre, desde luego, porque sé que mi abuelo se despidió de Serafina Bueno al partir a México, aunque luego ella murió tan pronto que nunca volvieron a encontrarse, así que el día que se tomó la fotografía seguramente estaba con él, o no muy lejos. ¿Será del tío suyo que volvió de México enfermo y murió en Asiego, del que me hablaron en el pueblo? ¿O de aquel otro tío (los dos eran hermanos de su madre) que resbaló por un precipicio de Cuera, un día de San Roque?
Guillermina y yo. Asiego de Cabrales, primeros años del siglo XXI.
Aquí es donde viene en mi ayuda Guillermina. La anciana prima hermana de mi abuela a la que traté hasta poco antes de su muerte, camino ella misma de los noventa años, en el pueblo de Asiego, donde también había nacido, me regaló, allá por los días en que la visitaba a principios de este siglo, una relación de todos los vecinos de Cabrales que murieron durante el siglo XX. La relación está organizada de manera cronológica, año por año y mes por mes, así que la consulta es sencilla.
Lo que no es tan sencillo es dar con la relación misma, que debe de estar en algún lugar de la pila más bien caótica de mi archivo de fotocopias, papeles de todos los géneros, folletos y fotografías –fruto de mis investigaciones sobre la emigración de asturianos a México, parte esencial de la base documental a partir de la cual escribí mi libro Oriundos, que verá la luz en otoño.
Metida la cabeza entre los documentos, doy por fin con la relación de los muertos del siglo XX en el concejo cabraliego. Nada me cuesta, entonces, acudir al año de 1923. Allí, en junio, en una línea en donde ya anduve alguna vez, cuando sabía mucho más que todo lo que volveré a saber sobre mi familia (al grado de que era capaz de poner en duda algunos datos), veo que aparece el nombre de Josefa Berridi Bueno, la abuela de Santos. 
Así que ése es el luto que traía Santos cuando se encaminaba al nuevo mundo, el luto que veo reflejado en un detalle de aquella vestimenta excepcional para el modesto jornalero que había sido hasta ese día, apenas un adolescente con los ojos puestos ya en América.

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Más sobre mi familia y Asturias en este blog:
Antonio Poo, https://bit.ly/2zgKjzi
Retratos asturianos, https://bit.ly/2KnktdZ
Autógrafos remotos, https://bit.ly/2KpuLgW
En la boda de Lola y Félix, https://bit.ly/2yIiLCK
Árbol genealógico, http://bit.ly/KOKiw8



viernes, 29 de junio de 2018

Antonio Poo

Como un tropel incontenible, en menos de nueve años vinimos al mundo los primeros ocho nietos de Santos y Fernanda; mi turno llegó el 12 de junio de 1964, miércoles, a las siete de la tarde. Desde unas horas antes, antes incluso de que mi madre fuera conducida a la sala de partos, a la puerta de su habitación, en un espacio cuadrilongo más bien pequeño que solía estar atestado de flores, ya estaba Antonio Poo. Mi madre lo sabía por el olor a ajo.
Aquel asturiano de mirada achinada y azulosa y bigotito delineado a la perfección, invariablemente vestido de saco y de corbata, vivía en el asilo del Sanatorio y nunca se perdía ningún acontecimiento de nuestra familia que tuviera como escenario aquel lugar que él, nunca sin alguna amargura y siempre con toda razón, consideraba su propia casa. Había llegado a México muy joven, pero pronto unas dolencias reumáticas lo postraron imposibilitándolo para cualquier esfuerzo físico; como su estado era más que precario, no tuvo más remedio que buscar el amparo de la Beneficencia. Antonio Poo vivía en el asilo desde hacía tanto tiempo que ya no se tenía memoria del día de su llegada y era parte del Sanatorio igual que el ladrillo de sus paredes, sus fresnos centenarios y sus gatos.
Su hermana, que era como él de la Malatería, un pequeño pueblo de Llanes camino de Cabrales, había conocido a la madre de Fernanda en el barco que las trajo a ambas a México. Como tenían la misma edad, como las dos eran asturianas y se parecían sus historias, se hicieron íntimas desde la primera conversación. 

Aquel dato, tan valioso lejos de la tierrina, había convencido a Antonio de que esos cabraliegos que un año sí y otro también pasaban unos días en un ala del edificio de Maternidad eran su familia más cercana, y era incapaz de vivir sus celebraciones como si no fueran suyas. Cada brote de un nuevo retoño de aquellos asturianos representaba una oportunidad de interrumpir por unos días sus apretadas soledades y obtener de paso un poco del afecto del que siempre andaba ayuno. 
Y ya que no podía adquirir unas simples flores o unos caramelos rellenos o un juguetito bobo, se apostaba de día y de noche en la salita de espera de la habitación de la recién parida, entre los ramos de las rosas y los claveles, los arreglos de las gardenias y las lilas y las aves del paraíso que llegaban de todas las procedencias, y no había poder que lo apartara ni siquiera por un instante de ese lugar.
La verdad es que hubiera sido tolerable porque era más silencioso que una noche sin estrellas y su estampa allí tan quieto entre las efusiones cromáticas de las inflorescencias, con esos ojos rasgados como de gato, profundos y serenos de tan azules, y aquel bigotito en el que aplicaba todos sus cuidados, no podía resultar sino conmovedora, pero se daba la circunstancia de que alguien, no se sabía quién, nadie dentro del asilo, donde estaba prohibida cualquier medicación alternativa, lo había convencido de las virtudes terapéuticas del ajo para la cura de todos los padecimientos, empezando por los reumáticos, que eran los suyos, y el bueno de Antonio lo ingería de todas las maneras en las tres comidas del día con el resultado de que rezumaba ajo por todas partes, le afloraba por la totalidad de los poros de su cuerpo y le asomaba por los ojos a fuerza de llorarlo con las lágrimas. 
Por si fuera poco, se echaba a los bolsillos de la chaqueta una cabeza de ajos repartida con bastante idea de las proporciones, por lo que siempre lo acompañaba un efluvio que no era precisamente de ámbar y que sólo él, oh triste destino, era el único en no percibir.
Eso sí: experto siquiera por simple observación de los usos y costumbres de aquella vida hospitalaria, era el primero en atestiguar lo que pasaba en la habitación en la que hacía las veces de custodio acomodado en la salita contigua, de velador desvelado, de atalaya entre aquella tupida floresta, y siempre conseguía ser uno de los primeros en tener entre sus brazos al recién nacido, con frecuencia antes que los familiares más cercanos, y en opinar sobre aquellos pelos ralos o aquella pelambrera atípica, y era él quien sonreía más que ninguno, con genuina emoción, abriendo mucho los ojos de cobalto rasgado cuando la criatura abría por un instante, grisáceos y hasta inciertos, los suyos, acaso por segunda o tercera vez en esta vida.
Llegado el día del bautizo desaparecía un par de horas y corría a acicalarse, cruzaba como un gato furtivo los jardines del Sanatorio y volvía al asilo por vez primera con luz de día en toda la semana, se encerraba en el baño donde se daba a la tarea de delinear aquel bigotito que lucía algo desdibujado, y sin cambiarse de ropa, echándose una gragea de ajo a la lengua y confirmando que los dientes de lo mismo estuvieran en su sitio, salía corriendo a Maternidad y llegaba a tiempo para colocarse entre la parentela apelotonada en la capillita, se abría paso hasta hacerse hueco a un par de metros de la pila bautismal, en el lugar reservado para los de casa, al lado de Santos y Fernanda, todavía por delante de Quilo el Viejo y Florentino, muy pequeñito y muy serio y de chaqueta y bigotito, metido en aquel olor que era insufrible pero que todos le perdonaban por tratarse de él, de su ímproba soledad y su bondad a toda prueba, asistiendo a aquellos juramentos de renuncia al demonio que se hacían en nuestro nombre, y a los cuales, después de todo, no les venía mal una buena descarga de olor a ajos.
(Este texto forma parte de mi libro Oriundos, de próxima aparición.)
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Más sobre Asturias en este blog:
Alfonso Camín en el Campo San Francisco, http://bit.ly/IRN4qV
La calle Paraíso de Oviedo, http://bit.ly/rRi3Cu
El texu de Bermiego, http://bit.ly/Uzvdol
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Retratos asturianos, https://bit.ly/2KnktdZ
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