viernes, 16 de septiembre de 2016

El Chile

Aparecía por el colegio todos los años hacia el mes de marzo, cuando el curso estaba tan avanzado que nadie podía ser dejado fuera de la Memoria impresa, y montaba su pequeño estudio fotográfico en un rincón del auditorio escolar. No era precisamente lo que se dice un hombre agradable: la frente empapada de sudor, sobre la que caía un mechón rebelde y graso; los ojos saltones y quizás un tanto alcohólicos; las carnes flojas y pálidas, asomadas desvergonzadamente por la camisa desabotonada hasta el abdomen… Por si fuera poco, su persona desprendía un insufrible tufillo ácido.
¿Cuántas veces me senté delante de su cámara? ¿Unas doce? No es imposible porque El Chile era ya el fotógrafo de los alumnos de las escuelas maristas en 1970, cuando entré a primero de primaria en el Colegio México de la colonia Roma, según leo en los créditos de la Memoria de ese curso, que dice, en la última página: “Fotografías individuales: Estudio Elpidio, Madero 8”.  
También puedo aventurar que formé parte de la última generación a la que él (o gente de su estudio) retrató, porque en la contraportada del anuario del curso 1981-1982, que fue el último de la preparatoria para mí, su crédito, “Foto Alumnado: Elpidio Hernández”, aparece seguido de las iniciales “DEP”.
Como sea, jamás escuché que nadie se refiriera a él con ninguna de las posibilidades que ofrecía su nombre: como Elpidio, quiero decir, o don Elpidio, o Señor Hernández. Nunca oí que nadie hablara de él si no era utilizando el escueto apelativo de El Chile. Y es que entre las cosas que todos los años desplegaba para armar su pequeño estudio portátil (un par de lámparas de considerable potencia, un banquito y un espejo, un peine y un recipiente con agua), el fotógrafo de los estudiantes de las escuelas maristas se acompañaba nada menos que de un chile de plástico, hueco, de unos veinte centímetros, que utilizaba con los más diversos propósitos, especialmente para distender la situación, relajar el gesto de los retratados y poner un cierto toque de humor al momento solemne de la toma fotográfica. Lo golpeaba contra una mesa o una silla, o contra su propia mano, o lo agitaba en el aire, para hacer reír o amenazar siempre con buen ánimo, aunque su aspecto polémico, revestido de la seriedad de aquellos cómicos que nunca se ríen, tiñera la circunstancia de un tono ciertamente inquietante.
Por supuesto, como ya se habrá imaginado el lector, aquel objeto le daba al Chile interminables ocasiones para lucir su infinito talento para todos los géneros de albures, práctica en la cual era un consumado maestro. Acaso había sustituido con ese juguete algún objeto más cándido de sus tiempos de retratista de niños, antes de ser contratado como fotógrafo oficial del Colegio y el Instituto México, qué sé yo, quizás un oso de peluche o un avión de plástico, y hubiera tenido que armarse de aquella manera para introducirse en la selva de los cientos de niños y adolescentes entre los que los cábulas, arropados por el anonimato de la tropa, se afilaban los colmillos para destazar a quien osara ponerse delante.
La crueldad del alumnado se probó siempre en su capacidad para poner apodos, y de mis tiempos recuerdo algunos: el lunático profesor de taller de electricidad y artes plásticas que usaba zuecos y gorra, y se dejaba largos los bigotes ralos, y sucias las uñas largas, que había sido bautizado con el apelativo, por cierto no carente de misterio, de El Abedul; la maestra que daba, si no me equivoco, matemáticas, tan delgada y antipática que era universalmente conocida como la Huesenia; el marista en cuyo vestuario imperaba el verde, lo que lo hacía lucir inacabables tonos de ese color en sacos, corbatas y pantalones, y que era llamado, con perfecta naturalidad, El Aguacate.
Al final, la osadía de presentarse con un objeto tan repleto de aristas le terminó ganando al Chile uno de los apodos más justamente propinados. Como sea, los directivos de la congregación, que debían de estar al tanto, lo toleraron porque era un buen fotógrafo, puntual y cumplido… Y sobre todo quizás, me parece a mí, porque era una persona inofensiva.
Lo que no quiere decir que no me hubiera obligado yo mismo a comportarme ejemplarmente delante de su cámara, y la prueba es que nunca fue necesario que El Chile agitara aquel triste objeto delante de mis ojos. 
Pero muchas veces lo vi hacerlo, formado yo en la fila de quienes esperaban para colocarse delante de las lámparas, siguiendo siempre el orden alfabético de la lista del salón del clases. Blandía o tremolaba en el aire el chile de juguete para imponerse a los alumnos, para amenazarlos si no fijaban la mirada en el objetivo, torcían el rostro hacia el lado equivocado o bajaban excesivamente los ojos. 
Con pies ligeros, a pesar de su preocupante palidez, y de su claudicante flojedad física, y de aquel olorcillo nauseabundo, se acercaba al alumno en turno y mascullaba alguna cosa sobre el fleco (El Chile odiaba los flecos), reacomodaba las puntas de las solapas del saco y corregía algún brillo en la nariz o la frente.
Después, practicaba un ligerísimo contacto con las puntas de los dedos de las dos manos contra los costados de la cabeza del retratado, a la altura de las orejas, eso sí con delicadeza exquisita, para retocar la posición de la cara, acaso más como una manía que como una legítima necesidad de corrección de postura. 
Al final, aparentemente satisfecho, dando la espalda a la cámara para no perder de vista el rostro de quien quedaba paralizado unos segundos posando de aquella manera, se alejaba para accionar el disparador, siempre él mismo.
A nadie debe de sorprender que tenga todos los retratos que me hicieron en los doce años de mi vida como estudiante de escuelas maristas, no sólo porque en mi biblioteca está la serie casi completa de los Anuarios entre los años de 1970 y 1982 sino también porque la escuela entregaba a los alumnos un pequeño sobre con unas cuantas impresiones para uso doméstico. 
El propósito de este post es mostrar una selección de algunas de las mías. Pero sobre todo, esta entrega de Siglo en la brisa pretende servir de modestísimo homenaje al recuerdo de aquel fotógrafo que retrató, con paciencia y profesionalismo, y un toque de discutible folclor, a unas cuantas generaciones perecederas y multitudinarias.

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Más sobre mi paso por las escuelas maristas en este blog:
Colegas humanistas, http://bit.ly/1XAI4YH
Caricaturista (1979-1980), http://bit.ly/1SZf0c3
La Revolución y el fracaso educativo en México, http://bit.ly/hbMJUo
Borges y el prestigio del sistema decimal, http://bit.ly/1fdQ6RC

Otros chiles en este blog:
El chile de Tobeyo, primera parte, http://bit.ly/2cqwUrw
El chile de Tobeyo, segunda parte, http://bit.ly/2cj5np2



viernes, 9 de septiembre de 2016

La rima número IX

Primero me pareció, a juzgar por la fecha escrita en mi viejo ejemplar de las Rimas, que el episodio tenía que haber ocurrido en 1979, durante el último curso de la secundaria –o cuando mucho, el primero de la preparatoria–. Después, cuando recordé que la rima que me tocó memorizar fue la número IX, por ser el nueve mi número en la lista del salón de clase, se me ocurrió echar un ojo a las memorias escolares de esos años, que están entre mis libros. Al llegar a la del curso 1978-1979, me produjo una amplia sonrisa de satisfacción encontrar mi foto efectivamente ubicada en el noveno lugar, por detrás de Aguilar, Aguilar, Álvarez, Arteaga, Bolio, Calderón, Carrillo y Cuevas.
Así, gracias al memorioso documento, y al establecimiento irrefutable del año y el grupo, puedo fijar sin sombra de duda el nombre del personaje a quien acabé debiendo, por empedrados caminos, una relación de casi cuarenta años con la rima número IX de Gustavo Adolfo Bécquer. A aquel profesor Maya, uno de esos burócratas de la enseñanza de los que abundan en todas partes, harto bien capacitados para hacer pedazos el interés genuino por cualquier asunto o materia, le pareció buena idea que cada uno de nosotros se aprendiera una de las rimas que conforman el famoso libro, y no encontró mejor criterio para asignarlos que el orden alfabético de la lista de alumnos del Salón 31 del tercer año de secundaria del Colegio México de Acoxpa. (Conste que mi reparo a su método de enseñanza nada tiene que ver con el noble y provechoso ejercicio, al parecer perdido para siempre, de aprenderse las cosas de memoria.)
No recuerdo ni media palabra de lo que dijo sobre el libro en clase. ¿Intentaría explicar en qué consiste la genialidad de un poeta que tiene algunos de los versos más manoseados y cursis de toda la poesía en español? Lo dudo. Lo más probable es que dictara, de sus propias notas, un par fechas, las de nacimiento y la muerte del poeta sevillano, y mencionara unas cuantas veces de manera atropellada y confundida, la palabra “romanticismo”… Y nada más.
Por mi parte, no sé si habré sido capaz de ocultar mi alivio cuando vi el tamaño de mi rima, una de las breves del volumen; si había que encomendarle algo a la memoria, yo, que nunca la tuve sino imperfecta e insuficiente, agradecí que no me hubiera tocado alguna de las largas –que ya asoman entre las primeras de libro según su orden tradicional, el que establecieron los amigos de Bécquer después de su muerte.
Luché toda la tarde; a la tarde siguiente, reanudé la lucha; al final, después de tres o cuatro jornadas consecutivas, me declaré vencido y decidí encomendarme a la suerte. ¿Cómo podía ser de otra manera si ni siquiera entendía lo que decía el poema, empezando por la primera frase, que corría impune a lo largo de los dos primeros versos? ¿Cómo podía ser de otra manera si no era capaz de explicarme su artificiosa forma, para mí, que nada sabía, perfectamente caprichosa e injustificada? Sólo ahora, a casi cuarenta años del episodio, me siento capaz de apreciar en su justa dimensión el poema –y por cierto las 77 rimas, que he releído estas semanas por vez primera con verdadero placer–. ¿Mi opinión sobre la entonces inasible rima número IX? No exagero: una auténtica maravilla. ¿Las razones? Procedo a explicarme.
Copiemos primero el poema:

IX
Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube de occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.

Como se ve, se trata de un poema conformado por ocho endecasílabos, en el que se enuncian cuatro frases (relativas al aire, al sol, al tronco y al árbol). Las rimas son consonantes y están organizadas ABABABCC. Si buscamos en cualquier manual o consultamos la primera página en línea que tenga información de esa naturaleza, sabremos que este género de estrofa se conoce como octava rima italiana y más frecuentemente como octava real (“de sus ocho endecasílabos, los seis primeros riman de manera alterna y los últimos dos son pareados”, dice Navarro Tomás). Las palabras que riman son, por un lado: “blandamente”, “occidente” y “ardiente” (A); por el otro, “riza”, “matiza” y “desliza” (B). Las últimas dos líneas son un pareado, es decir dos versos que riman entre sí: en este caso “peso” con “beso” (C).
Evidentemente, el tema de la rima número IX es el besar, el beso: en específico, la manera en la que la naturaleza entera besa y se besa. En el caso de nuestro poema: el aire, el sol, un tronco que arde, un árbol a la vera de un río, el río mismo. Como adelanté más arriba, el primer tropiezo y seguramente el mayor de todos los que enfrenté aquellas tres tardes de mis quince años, empezaba con la primera oración del poema: “Besa el aura que gime blandamente / las leves ondas que jugando riza”. Yo no fui capaz de desentrañar el significado de aquel galimatías. Lo leí varias veces; al final, quitándole importancia a un asunto que no me interesaba en realidad, renuncié a comprenderlo.
Hagamos una glosa del poema: el aire, que produce un cierto gemido, besa los ligeros movimientos de la superficie del agua, sobre los que al mismo tiempo va trazando algunos dibujos en forma de rizos; el sol besa a la nube en el poniente, iluminándola con un matiz del color de la púrpura y el oro; la llama de un tronco que se quema se desplaza para besar a otra llama; en fin, incluso el sauce, cuyo considerable follaje cae sobre el río a cuya vera está plantado, besa al río, al tiempo que es besado por el agua que pasa…
¿Por qué me parece que la rima IX es un pequeño portento? Por su traza, desde luego; por su economía y su precisión; por la belleza de algunas de sus imágenes (quizás sobre todo la de la llama que se desliza para besar a otra llama); por la magistral manera en que están aprovechadas las características de la octava real; sobre todo, por la inteligencia en que está resuelto el ritmo de las apariciones del verbo “besa”; por la manera, en fin, en la que está representado, ya desde la sintaxis (enrevesada para el adolescente que fui), el beso correspondido entre el sauce y el río.
Si el poema retrata cuatro maneras de beso que, a los ojos del hombre, ocurren en la naturaleza, el verbo “besar” en tercera persona se repite ese mismo número de veces. Pero la repetición no cansa; todo lo contrario: es parte fundamental del ritmo de la estrofa.
Aislemos esas apariciones. Insistamos, primero, en que el poema está compuesto por cuatro frases, cada una de las cuales ocupa dos versos. Si nos fijamos bien, la palabra “besa” abre la primera frase (es la primera palabra del poema); en la segunda frase, aparece ligeramente desplazada, todavía en el primer verso pero ocupando ya el lugar de la tercera palabra; la tercera frase, su aparición se retrasa al grado de aparecer colocada hasta el segundo de los versos en que se desarrolla. Por último, “besa” aparece el final del poema, en la última línea, y sólo para anticipar la palabra “beso” –idéntica a ella, sí, pero con una letra cambiada.
Digámoslo en otros términos: de entrada, se nos anuncia la palabra clave del poema; a partir de entonces, su aparición se va retrasando cada vez más para terminar rematando el poema con dos apariciones consecutivas, que satisfacen, por un lado, nuestro sentido del equilibrio, y por el otro, la necesidad que se ha creado en nosotros con su primera aparición y luego su retraso–. Aquí el poema, con las apariciones de la palabra “besa” subrayadas en negras:

Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
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el sol besa a la nube de occidente
y de púrpura y oro la matiza;
_________
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza
_________
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.

Parecería que todo el poema está armado para enunciar, con toda la intención, y con el deseo postergado, la palabra “beso”, que late (sin decirse) desde primer momento. Nótese que todas las apariciones del acto de besar han sido verbales (“besa” y “besar”) y sólo en la última ocasión aparece convertido en un sustantivo (“beso”), que late, sin decirse –en silencio, sin ser pronunciado–, en todo el poema. Al final, con su mención, quedamos complacidos.
Esa mención aparece precedida (y anunciada) por la palabra con la que va a rimar “peso”, con que termina el penúltimo verso de la rima. Es un perfecto aprovechamiento del característico pareado de los últimos dos versos: la rima “peso” / “beso” nos proporciona una sensación de redondez. Esa sensación se hace más completa cuando advertimos que el poema es redondo también porque empieza y acaba en el agua. Y no sólo eso: por el sauce se mira en ella: hay un sauce que mira a otro sauce, que aparece retratado en el agua.
En las últimas semanas, mis amigos me han oído decir el poema de memoria como una forma de hacerle justicia a Bécquer, pero sobre todo como una forma de reconciliarme con el adolescente que intentó aprendérsela durante tres tardes o cuatro consecutivas de 1979 sin conseguirlo jamás.

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Más sobre besos en Siglo en la brisa:
Catulo y el origen de la palabra “beso”, http://bit.ly/OTy5Ry


Mis poemas preferidos en este blog:
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