viernes, 9 de septiembre de 2016

La rima número IX

Primero me pareció, a juzgar por la fecha escrita en mi viejo ejemplar de las Rimas, que el episodio tenía que haber ocurrido en 1979, durante el último curso de la secundaria –o cuando mucho, el primero de la preparatoria–. Después, cuando recordé que la rima que me tocó memorizar fue la número IX, por ser el nueve mi número en la lista del salón de clase, se me ocurrió echar un ojo a las memorias escolares de esos años, que están entre mis libros. Al llegar a la del curso 1978-1979, me produjo una amplia sonrisa de satisfacción encontrar mi foto efectivamente ubicada en el noveno lugar, por detrás de Aguilar, Aguilar, Álvarez, Arteaga, Bolio, Calderón, Carrillo y Cuevas.
Así, gracias al memorioso documento, y al establecimiento irrefutable del año y el grupo, puedo fijar sin sombra de duda el nombre del personaje a quien acabé debiendo, por empedrados caminos, una relación de casi cuarenta años con la rima número IX de Gustavo Adolfo Bécquer. A aquel profesor Maya, uno de esos burócratas de la enseñanza de los que abundan en todas partes, harto bien capacitados para hacer pedazos el interés genuino por cualquier asunto o materia, le pareció buena idea que cada uno de nosotros se aprendiera una de las rimas que conforman el famoso libro, y no encontró mejor criterio para asignarlos que el orden alfabético de la lista de alumnos del Salón 31 del tercer año de secundaria del Colegio México de Acoxpa. (Conste que mi reparo a su método de enseñanza nada tiene que ver con el noble y provechoso ejercicio, al parecer perdido para siempre, de aprenderse las cosas de memoria.)
No recuerdo ni media palabra de lo que dijo sobre el libro en clase. ¿Intentaría explicar en qué consiste la genialidad de un poeta que tiene algunos de los versos más manoseados y cursis de toda la poesía en español? Lo dudo. Lo más probable es que dictara, de sus propias notas, un par fechas, las de nacimiento y la muerte del poeta sevillano, y mencionara unas cuantas veces de manera atropellada y confundida, la palabra “romanticismo”… Y nada más.
Por mi parte, no sé si habré sido capaz de ocultar mi alivio cuando vi el tamaño de mi rima, una de las breves del volumen; si había que encomendarle algo a la memoria, yo, que nunca la tuve sino imperfecta e insuficiente, agradecí que no me hubiera tocado alguna de las largas –que ya asoman entre las primeras de libro según su orden tradicional, el que establecieron los amigos de Bécquer después de su muerte.
Luché toda la tarde; a la tarde siguiente, reanudé la lucha; al final, después de tres o cuatro jornadas consecutivas, me declaré vencido y decidí encomendarme a la suerte. ¿Cómo podía ser de otra manera si ni siquiera entendía lo que decía el poema, empezando por la primera frase, que corría impune a lo largo de los dos primeros versos? ¿Cómo podía ser de otra manera si no era capaz de explicarme su artificiosa forma, para mí, que nada sabía, perfectamente caprichosa e injustificada? Sólo ahora, a casi cuarenta años del episodio, me siento capaz de apreciar en su justa dimensión el poema –y por cierto las 77 rimas, que he releído estas semanas por vez primera con verdadero placer–. ¿Mi opinión sobre la entonces inasible rima número IX? No exagero: una auténtica maravilla. ¿Las razones? Procedo a explicarme.
Copiemos primero el poema:

IX
Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube de occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.

Como se ve, se trata de un poema conformado por ocho endecasílabos, en el que se enuncian cuatro frases (relativas al aire, al sol, al tronco y al árbol). Las rimas son consonantes y están organizadas ABABABCC. Si buscamos en cualquier manual o consultamos la primera página en línea que tenga información de esa naturaleza, sabremos que este género de estrofa se conoce como octava rima italiana y más frecuentemente como octava real (“de sus ocho endecasílabos, los seis primeros riman de manera alterna y los últimos dos son pareados”, dice Navarro Tomás). Las palabras que riman son, por un lado: “blandamente”, “occidente” y “ardiente” (A); por el otro, “riza”, “matiza” y “desliza” (B). Las últimas dos líneas son un pareado, es decir dos versos que riman entre sí: en este caso “peso” con “beso” (C).
Evidentemente, el tema de la rima número IX es el besar, el beso: en específico, la manera en la que la naturaleza entera besa y se besa. En el caso de nuestro poema: el aire, el sol, un tronco que arde, un árbol a la vera de un río, el río mismo. Como adelanté más arriba, el primer tropiezo y seguramente el mayor de todos los que enfrenté aquellas tres tardes de mis quince años, empezaba con la primera oración del poema: “Besa el aura que gime blandamente / las leves ondas que jugando riza”. Yo no fui capaz de desentrañar el significado de aquel galimatías. Lo leí varias veces; al final, quitándole importancia a un asunto que no me interesaba en realidad, renuncié a comprenderlo.
Hagamos una glosa del poema: el aire, que produce un cierto gemido, besa los ligeros movimientos de la superficie del agua, sobre los que al mismo tiempo va trazando algunos dibujos en forma de rizos; el sol besa a la nube en el poniente, iluminándola con un matiz del color de la púrpura y el oro; la llama de un tronco que se quema se desplaza para besar a otra llama; en fin, incluso el sauce, cuyo considerable follaje cae sobre el río a cuya vera está plantado, besa al río, al tiempo que es besado por el agua que pasa…
¿Por qué me parece que la rima IX es un pequeño portento? Por su traza, desde luego; por su economía y su precisión; por la belleza de algunas de sus imágenes (quizás sobre todo la de la llama que se desliza para besar a otra llama); por la magistral manera en que están aprovechadas las características de la octava real; sobre todo, por la inteligencia en que está resuelto el ritmo de las apariciones del verbo “besa”; por la manera, en fin, en la que está representado, ya desde la sintaxis (enrevesada para el adolescente que fui), el beso correspondido entre el sauce y el río.
Si el poema retrata cuatro maneras de beso que, a los ojos del hombre, ocurren en la naturaleza, el verbo “besar” en tercera persona se repite ese mismo número de veces. Pero la repetición no cansa; todo lo contrario: es parte fundamental del ritmo de la estrofa.
Aislemos esas apariciones. Insistamos, primero, en que el poema está compuesto por cuatro frases, cada una de las cuales ocupa dos versos. Si nos fijamos bien, la palabra “besa” abre la primera frase (es la primera palabra del poema); en la segunda frase, aparece ligeramente desplazada, todavía en el primer verso pero ocupando ya el lugar de la tercera palabra; la tercera frase, su aparición se retrasa al grado de aparecer colocada hasta el segundo de los versos en que se desarrolla. Por último, “besa” aparece el final del poema, en la última línea, y sólo para anticipar la palabra “beso” –idéntica a ella, sí, pero con una letra cambiada.
Digámoslo en otros términos: de entrada, se nos anuncia la palabra clave del poema; a partir de entonces, su aparición se va retrasando cada vez más para terminar rematando el poema con dos apariciones consecutivas, que satisfacen, por un lado, nuestro sentido del equilibrio, y por el otro, la necesidad que se ha creado en nosotros con su primera aparición y luego su retraso–. Aquí el poema, con las apariciones de la palabra “besa” subrayadas en negras:

Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
_________
el sol besa a la nube de occidente
y de púrpura y oro la matiza;
_________
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza
_________
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.

Parecería que todo el poema está armado para enunciar, con toda la intención, y con el deseo postergado, la palabra “beso”, que late (sin decirse) desde primer momento. Nótese que todas las apariciones del acto de besar han sido verbales (“besa” y “besar”) y sólo en la última ocasión aparece convertido en un sustantivo (“beso”), que late, sin decirse –en silencio, sin ser pronunciado–, en todo el poema. Al final, con su mención, quedamos complacidos.
Esa mención aparece precedida (y anunciada) por la palabra con la que va a rimar “peso”, con que termina el penúltimo verso de la rima. Es un perfecto aprovechamiento del característico pareado de los últimos dos versos: la rima “peso” / “beso” nos proporciona una sensación de redondez. Esa sensación se hace más completa cuando advertimos que el poema es redondo también porque empieza y acaba en el agua. Y no sólo eso: por el sauce se mira en ella: hay un sauce que mira a otro sauce, que aparece retratado en el agua.
En las últimas semanas, mis amigos me han oído decir el poema de memoria como una forma de hacerle justicia a Bécquer, pero sobre todo como una forma de reconciliarme con el adolescente que intentó aprendérsela durante tres tardes o cuatro consecutivas de 1979 sin conseguirlo jamás.

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Más sobre besos en Siglo en la brisa:
Catulo y el origen de la palabra “beso”, http://bit.ly/OTy5Ry


Mis poemas preferidos en este blog:
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viernes, 2 de septiembre de 2016

Ocho estampas de agosto (en tanto huye)


De manera repentina, sin darme cuenta cómo, llegó agosto; a continuación, sin un instante para meditarlo, septiembre. Algo parecido me sucedió con enero y junio; no así, por cierto, con el áspero febrero de este año. Los días pasan volando y cada vez más aprisa… A veces también, por supuesto, con un filón de angustia. Recientemente, en una comida en su casa, le pregunté a Fernando Vallejo si tenía alguna teoría sobre las razones por las que nos parece que, conforme nos vamos haciendo viejos, el tiempo pasa con más velocidad. El novelista colombiano contestó que era cuestión ardua pero que él pensaba que se debía a que, cuando somos pequeños, no hemos vivido sino un tiempo breve y todo el que transcurre es siempre una parte importante de aquel de nuestra vida que ya es pasado: un año, en un niño de cuatro, es una cuarta parte del total de su existencia, es mucho. Para un hombre de cincuenta como yo, o de setenta como él, ¿qué es un año sino un respiro apenas, una exhalación?
¿Y qué hacer ante la fuga de la edad, como dirían los clásicos? (¡qué imagen más gráfica!: que el tiempo se fugue, huya…) Creo que la mejor respuesta la he leído en Séneca. He creído leerla, digo, porque cuando volví a sus palabras con el propósito de repasarlas, me ocurrió lo que en otras ocasiones con otros autores y libros: que en ellas no está lo que yo había creído ver. En mi libro Contra la fotografía de paisaje conté el proceso de desaparición de mi memoria de un aspecto determinante de El barón rampante, la novela de Calvino, así que, al menos en el aspecto memorioso, de mí ya sé que sólo puede esperarse lo peor.
A pesar de eso, el desencuentro con Séneca ha sido de lo más provechoso porque me ha permitido aclarar alguna cosa, aunque aún hoy esté lejos de poner en práctica las conclusiones que vinieron con esa (llamémosla) parcial claridad. Pronto publicaré un post al respecto.
De momento, me he detenido, siquiera un instante fugacísimo, en el tramo final de agosto. Mi propósito: echar un vistazo a mi alrededor. Fue el sábado pasado: me forcé a hacer un alto en la descontrolada carrera hacia el domingo, y hacia septiembre de este año, y hacia 2017, y me dediqué a retratar algunos detalles que me rodean. 
Aquí el resultado. Se trata de ocho estaciones de paso, si puedo describirlas así. Ocho rincones o detalles que funcionan como referentes, como señales en el camino, en tanto paso entre ellas. Paso yo, pasan mis días repletos de actividades, pasan mis horas y mis días. Como estos rincones y detalles hablan de quien soy, incluso de una manera natural y elocuente, supongo que puedo decir que ellos, a su vez, me retratan a mí en el instante en que me detengo a contemplarlos. Los ocho tienen algo solar, de resplandor solar quiero decir: porque me dan su luz, en apariencia detenida, pero también, sin tanta prisa como lo hago yo, igual que el sol, corren apresuradas hacia un desconocido lugar.


Vista parcial de las letras P-O de mi librero. A la izquierda, un ejercicio caligráfico del Señor Pensil con un fragmento de un heterónimo de Pessoa; a la derecha, el cofre con los restos de Yamita, a la espera de mejor paradero.

Librero donde está Borges; a la derecha, un volcán en ebullición de Ernesto Alcántara.

Piedras y concha de diversas procedencias; retrato de Santos, pocos años después de establecerse en México. Los venados, por supuesto, son huicholes y se los compré a un artesano que apareció en la película Flores en el desierto de José Santos.

Portallaves promocional de ALSA, regalo de José María. Compré el llavero de colores en Cuetzalan, a donde viajé recientemente con mi amigo, el editor y maestro universitario Miguel Ángel de la Calleja.

El volumen que está entre el estudio sobre Vermeer y la edición de los sonetos de Shakespeare traducidos por Marrufo es La mano del teñidor, la preciosa colección de ensayos sobre poesía y música de Auden en la edición de Adriana Hidalgo, que leí y releí el año pasado.

Retrato del natural, 1968.

La postal vino de los Museos de Harvard, en donde estuve recientemente con mi amigo Xavi siguiendo las indicaciones de la historiadora de la ciencia Miruna Achim. Uno de los libros que pueden reconocerse es Sobre la brevedad de la vida de Séneca, al que me referí más arriba; el otro es Medieval Cats, préstamo de mi amiga rumana.

A la izquierda, con Juan Almela en el Zócalo, en una foto de 1991; a la derecha, el retrato más célebre de Stendhal, de Olof Johan Södermark (1840) en un póster que me regaló Sergio Vela hace largos años.

Madrina, un tanto escéptica de mis esfuerzos por retratar la fugacidad.
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Más historias de objetos en Siglo en la brisa:
Refrigerador, http://bit.ly/1VCtlzl
Cosas que se van, http://bit.ly/hh6mG9
Viaje alrededor de mi escritorio, http://bit.ly/dWllU5
Las notas de Malena, http://bit.ly/2bz47Al

Más sobre Contra la fotografía de paisaje en este blog:
El contenido del libro, http://bit.ly/1C4lc9C
¿Por qué se llama de esa manera?, http://bit.ly/1xS2jpo
El señor y la señora Andrews de Thomas Gainsborough, http://bit.ly/1y36XEd