viernes, 24 de junio de 2016

Conversación en Burdeos

El mes pasado, por intermediación de mi amigo Alfredo Ruiz, fui invitado a participar en un encuentro cultural que todos los años se organiza en el corazón del mundo del vino francés. El Festival Philosophia, que es como se llama el encuentro, se llevó a cabo en distintas sedes de Saint-Emilion, Pomerol y Libourne. Mi turno llegó el sábado 28 de mayo, en la hermosa Sala des Dominicaines de la primera de esas localidades, en una mesa en la que también estuvieron los escritores franceses Léonora Miano, narradora y ensayista de origen camerunés, y Chenva Tieu, político y financiero de familia china nacido en Camboya (autor, por cierto, de un simpático Manuel de chinoiseries à l'usage de mes amis cartésiens.)

El tema de la mesa debía ligarse en cierto modo a la siguiente preocupación: ¿puede existir entre nosotros una filosofía que no sea exclusivamente occidental? En todo caso: ¿es posible que esa filosofía imperante en Occidente esté conectada a otras tradiciones de pensamiento? (1) La invitación, como se comprenderá, me pareció una estupenda oportunidad para contar algunas cosas del México antiguo y contemporáneo.
De esa forma, me referí a la pirámide de Cholula, una de las visiones de nuestro paisaje y nuestra historia que más me conmueven, y hablé de los códices prehispánicos y algo de lo que enseñan y ocultan. Al final, por parecerme especialmente interesante para el público francés, conté algo de la accidentada historia del Tonalámatl de Aubin, códice que en 1840 fue extraído con artimañas del país, y que, un siglo y medio más tarde, en 1982, fue robado de la Biblioteca Nacional de Francia por un ciudadano mexicano, quien lo solicitó para consultarlo y salió alegremente con él. 
El gobierno de México, cuya policía lo recuperó un par de meses más tarde, nada menos que en Cancún, se negó a devolverlo no obstante los acuerdos internacionales firmados por ambos países, creando con ello un importante conflicto internacional. El año pasado, por cierto, tuvimos ocasión de verlo en la exposición de códices que atesora la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, la cual lo daba, en la ficha museográfica que acompañaba su exposición, como propiedad de la biblioteca francesa.
A continuación, el texto que leí en aquella oportunidad.

Conversación en Burdeos
Por FF
Para mí, una de las imágenes más poderosas del México moderno es la pirámide de Cholula. Más grande todavía que la famosa Pirámide del Sol de Teotihuacán, el grandioso edificio prehispánico ya era venerado desde algunos siglos antes de que los aztecas fundaran en 1325 la ciudad que sería el centro su imperio, en la actual capital de la república mexicana. 
La pirámide ocupaba el centro de la antigua ciudad sagrada de Cholula, frente a los dos volcanes que limitan por el oriente el valle de México. Aquella suerte de Vaticano de Mesoamérica alojaba las representaciones de los más importantes cultos de las diversas divinidades de la compleja religión de la época, por lo que había en la Cholula a la que llegaron los conquistadores europeos en el siglo XVI infinidad de pequeños adoratorios y pirámides. Como los españoles fueron construyendo sus templos encima de las anteriores edificaciones del culto que consideraban inspirado por el demonio, la actual ciudad de Cholula es famosa porque tiene más de 250 iglesias católicas, cada una de ellas encima de cada uno de los viejos adoratorios prehispánicos.
La visión de la gran pirámide, en el centro de la ciudad religiosa, es magnífica no sólo por sus dimensiones sino también porque está colocada frente al volcán Popocatépetl. La pirámide lleva tantos siglos allí que desde hace ya mucho tiempo fue sepultada por la vegetación y, en cierto modo, convertida en monte. Recuerdo que una vez, de visita en Cholula, le pregunté a una vendedora del mercado local que por cuáles calles debería de ir para llegar caminando a la pirámide. Aquella mujer se me quedó viendo como si le hablara en una lengua extraña: ¿a qué pirámide me refería? Ella no recordaba ninguna pirámide. Tuvimos que salir a la calle, desde donde le mostré a la distancia la gran masa de piedras comida por la vegetación. Entonces aquella mujer me dijo, con delicioso acento mexicano: “Ah, ¡el cerrito de los Remedios!”.
Pero lo que hace que la pirámide de Cholula sea una visión poderosa del México moderno no es nada de lo que he relatado hasta ahora, sino que, arriba del todo, en su cima, los arquitectos españoles edificaron una iglesia que consagraron a la Virgen de los Remedios, como la que está en Badajoz, en la provincia de Extremadura, tierra de los principales conquistadores, entre ellos Hernán Cortés. Lo que me llama la atención, lo que me conmueve de la estampa que hacen la gran pirámide y la pequeña iglesia, no es tanto el bellísimo contraste plástico que hay en el conjunto, sino su significado cultural. 
Me parece que en la imagen hay un poderoso emblema del México que nació en el siglo XVI, con el encuentro violento de dos culturas, la española de Carlos V y la mesoamericana de Moctezuma II. Mi país se parece a eso que vemos en el paisaje de Cholula: una gran masa recubierta de vegetación, que mantiene vivas sus raíces hondamente prehispánicas, como si no hubieran pasado cinco centurias desde la guerra de la Conquista, y que en su parte más visible, en lo alto del todo, tiene una pequeña iglesia católica.
Creo que debajo de lo que vemos en el México de hoy, esa cultura “moderna” que se esfuerza en mostrarse como democrática, y que tiene aspiraciones progresistas, y que pretende mantenerse laica, guarda en su seno una concepción (religiosa, política y social) que en buena medida se nos escapa. Es decir: lo que ven nuestros ojos, lo que oímos en la calle y lo que leemos en los periódicos tiene unas raíces que se mantienen en la sombra, guardando celosamente una manera de entender el mundo inalcanzable al menos para la manera en la que nos hemos planteado descifrarla.
Un amigo me contó que una vez le preguntaron al gran filósofo alemán  Heidegger que si le interesaba la filosofía española, que si había leído a Ortega y Gasset o a Unamuno, y si todo aquello tenía alguna importancia para él. El autor de El ser y el tiempo contestó que no tenía conocimientos del pensamiento español pero que le atraía poderosamente el de los pueblos americanos a los que España había sometido.
¿Qué tanto conocemos ese pasado que sigue latiendo poderosamente en el México moderno? Al igual que la pirámide de Cholula, que tiene pasadizos y túneles, la arqueología y la antropología mexicanas llevan largos años trabajando por aclarar un pasado que se nos escapa. Menos mal que nos quedan los yacimientos arqueológicos, los enterramientos, los monolitos. Por desgracia, los conquistadores y frailes del siglo XVI destruyeron la inmensa mayoría de los viejos libros mesoamericanos, esos códices, como los llamamos en español, que están pintados en largas tiras de papel amate o piel de venado, que pueden llegar a medir diez o quince metros y que se doblan en forma de biombo. 
El cronista Bernal Díaz de Castillo, que nunca había visto nada semejante, describió aquellos extraños objetos diciendo que estaban “cogidos en dobleces, como a manera de paños de Castilla”. Actualmente queda sólo un puñado de aquellos códices, sólo unos doce o quince genuinamente anteriores a la llegada de Cortés, así que es fácil imaginar lo que esos libros representan para nosotros y para todos los que estudian nuestra cultura.
Es interesante leer que los mismos que primero los destruyeron, luego se arrepintieron de haberlo hecho. Y es que si el objetivo del trabajo de los frailes era arrancar las viejas creencias religiosas para aclimatar cristianismo, al primer ataque de furor contra el demonio –que así fue como lo entendieron– siguió la necesidad de entender aquellas creencias para poderlas erradicar, o readaptar (en el mejor de los casos) a un nueva visión religiosa. Cuando se dieron cuenta de que ellos mismos habían destruido la enorme mayoría de las fuentes, empezaron a hacer una gran labor de reconstrucción del mundo antiguo. Es gracias al celo de un puñado de misioneros que ahora podemos saber tener una idea de cómo era el pensamiento mesoamericano, en particular cuáles eran las creencias y las costumbres de su complejísima religión. Aprendieron náhuatl, la lengua de los mexicas, y entrevistaron largamente a los más viejos, y mandaron a hacer ellos mismos algunos códices en los que hoy leemos de aquel orbe cultural que de otra manera estaría vedado para nosotros.
Todos los códices anteriores a la Conquista, prácticamente sin excepción, han tenido historias increíbles y de esa forma, aunque por caminos a veces muy extraños, alcanzaron a sobrevivir en un mundo que no los comprendía. Voy a contar un caso curioso, que tiene que ver con México y Francia. Como es sabido, larga es la lista de hispanistas franceses que han dedicado sus vidas al estudio del pasado mexicano. Uno de ellos fue Joseph Marius Alexis Aubin. En la tercera década del siglo XIX, cuando el país llevaba menos de diez años como nación independiente, estuvo en México con el propósito de continuar con sus estudios astronómicos. Como al parecer tuvo problemas para recibir sus instrumentos científicos, se asomó al fascinante mundo del pasado indígena y decidió cambiar el rumbo de sus intereses.
Extraordinariamente sensible a los objetos y documentos antiguos, creó una colección que, dos siglos más tarde, sigue siendo una referencia importante para los estudios mesoamericanos. 
De hecho, su colección reúne algunos documentos que formaron parte de anteriores colecciones, que fueron dispersadas en su momento, como la del italiano Lorenzo Boturini, que había pasado por México un siglo antes, cuando el territorio formaba parte todavía de la Corona Española, y había sido despojado de sus posesiones por el gobierno del Virreinato, procesado y expulsado del país.
En 1840, diez años después de su llegada, Aubin se fue de México y se llevó consigo su valiosa colección. Al parecer, para no tener problemas con la aduana del puerto de Veracruz, se las arregló para disimular la importante carga de documentos que llevaba consigo y consiguió burlar a las autoridades. En Francia, sus papeles fueron a parar a manos de Eugène Goupil, un franco-mexicano cuya vuida terminó depositando la serie de manuscritos en la Biblioteca Nacional de Francia, en donde esos papeles forman parte de la colección que actualmente algunos denominan como Aubin-Goupil, y que está en el site Richelieu.
Una de las piezas más importantes de la colección es el llamado Tonalámatl de Aubin, un documento aun más extraño y valioso entre los libros mexicanos por tratarse de un códice de contenido adivinatorio. Quizás fue propiedad de algún sacerdote que dirigía las vidas de sus coetáneos consultando aquellas casillas en las que aparecen las imágenes de los dioses acompañadas de las fechas del calendario, según un peculiar manera de contabilizar el año religioso de 260 días. 
Los códices mexicanos son mayormente pictográficos, aunque las pictografías posean algunos elementos ideográficos, como fechas y nombres de personajes y lugares. El Tonalámatl de Aubin es especialmente interesante porque, como otros de su género, encierra una parte importante de los misterios de la religión indígena.
Por el hecho de que la mayoría de los libros prehispánicos están fuera de las fronteras mexicanas, para los estudiosos de mi país es muy importante visitar las bibliotecas y los archivos europeos. Algunos de los códices están en Oxford, Viena, el Vaticano, Madrid, Dresde o París.
Con el Tonalámatl de Aubin, propiedad de la Biblioteca Nacional de Francia, sucedió un incidente triste. En 1982, un lunático mexicano lo solicitó para estudiarlo y acabó llevándoselo consigo. Al parecer lo disimuló en la ropa, devolvió vacía la caja donde se le resguardaba y se lo llevó a México. Más tarde afirmó que lo había hecho como parte de una iniciativa para recuperar los documentos más valiosos de la historia de México que están en Europa. Pero la verdad es que la policía lo encontró, dos meses después del robo, en el balneario de Cancún, en el caribe mexicano, francamente lejos de cualquier biblioteca en el que pudiera depositar el documento “recuperado”.

Por supuesto, hubo un conflicto entre los gobiernos de México y de Francia, porque las autoridades mexicanas consideraron que, en 1840, el libro había sido sacado del país de manera ilegal; para Francia, que apeló para ello a los tratados internacionales firmados también por México, el asunto no podía ser descrito sino como un hurto. Al parecer, hoy en día el problema se ha solventado con la firma de un préstamo del gobierno francés al mexicano, pero el códice no ha salido de México.

Sea cualquiera que sea la posición personal que adoptemos frente a ese lamentable incidente, hay que agradecer a Aubin el que se empeñara en mantener unida su colección, aunque hubiera tenido que llevársela consigo; gracias a ello es que podemos ver actualmente, íntegro, uno de los más importantes documentos de la historia antigua de México, sobre cuyos enigmas, contradicciones y no pocas maravillas se levanta la cultura del país del que procedo.
En esos códices, en ese puñado de códices prehispánicos, llenos de color, de belleza y de misterio, que no leemos sino con enorme dificultad, en esos portentosos libros antiguos de los que sólo queda un puñado en el mundo, hay, me parece, algo que define la filosofía del pueblo mexicano, y en su relectura paciente y difícil es que avanzamos trabajosamente en la visión más profunda de nuestro ser.

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(1) “L'objectif est simple, celui d'ouvrir notre regard, alors que se multiplient les différentes histoires qui font le monde et se poser la question d'une philosophie que ne serait pas exclusivement occidentale, mais connectée aux autres traditions.”

Las imágenes que ilustran este post provienen de distintas fuentes de internet. Mi retrato es del Festival Philisophia y lo tomo de su página oficial.

La polémica entre Gastón García Cantú y Fernando del Paso que desató el robo del códice Aubin, http://bit.ly/28QsDcc

Más sobre mi viaje al sur de Francia en este blog:
Burdeos: imágenes de viaje, http://bit.ly/28Vh8Ug




viernes, 17 de junio de 2016

Quince razones para asomarse a De marras

1. De marras muestra una faceta poco conocida del trabajo del poeta Gerardo Deniz. Mucho menos que su poesía ha circulado su notable obra prosística, y este libro, editado por el Fondo de Cultura Económica, representa una inmejorable oportunidad para que eso ocurra.

2. De marras es un volumen de 860 páginas dividido en dos partes. La primera parte (628 páginas) contiene los siete libros que el propio poeta armó o supervisó en vida, desde Alebrijes (1992) hasta Red de agujeritos (2012); la segunda (220 páginas), la narrativa que no había sido recogida hasta ahora y que estaba dispersa en distintas publicaciones periódicas –y uno que otro libro: un par de trabajos en una antología del poema en prosa, algunos prólogos…

3. De marras abre con el primer libro narrativo que publicó Deniz: una colección de relatos, inconseguible desde hace muchos años, llamada Alebrijes. Ese libro, que fue editado una sola vez (en 1992, por Ediciones del Equilibrista), representa bien los intereses temáticos y algunas de las fórmulas narrativas recurrentes del poeta que entonces dio a conocerse también como narrador.

4. De marras incluye tres notables textos inéditos. El primero de ellos es una verdadera curiosidad: un trabajo escolar sobre los esquimales, escrito en los tiempos en que estaba inscrito en la secundaria del Colegio Luis Vives. El texto está fechado en 1948, cuando el futuro poeta tenía catorce años. El segundo inédito es un añadido a su largo ensayo sobre López Velarde (incluido también en De marras), redactado expresamente para su amigo Pablo Mora. El tercer trabajo inédito que incluye De marras es una larga evocación de las lecturas que emprendió Deniz en los primeros años de su matrimonio, a principios de la década de 1960; se titula, parafraseando a Juan Ramón Jiménez, “Bibliografía de un poeta recién casado”. Es un texto sumamente interesante porque narra los desencuentros finales del poeta con el mundo científico mexicano, que lo obligaron a entregarse definitivamente a su vocación literaria.

5. De marras incluye una muestra de los primeros trabajos que publicó Deniz antes de adoptar su seudónimo (todavía con su nombre original: Juan Almela), reseñas de ediciones del propio Fondo de Cultura Económica, institución para la que trabajó algunos años, en dos distintas etapas. La muestra que aparece en esta prosa reunida es una reflexión sobre Mitológicas de Lévi-Strauss, que él mismo acababa de traducir.

6. De marras incluye la serie “Mester de Maxmordonía” en la que Deniz desarrolla una descripción aguda e hilarante de los usos y costumbres de un género de personaje clásico en el mundo de las editoriales: el sabihondo y arrogante corrector de galeras. La serie, muy celebrada en el mundo de los lectores de Deniz, había aparecido solamente como columna periódica en la Revista de la Biblioteca de México que dirige Eduardo Lizalde por lo que era prácticamente inconseguible hasta el día de hoy.

7. De marras incluye algunas imágenes: (1) una fotografía “pornográfica” tomada en México en 1910 sobre la que Deniz escribió en el número 1 de Milenio, la revista antecesora de Viceversa; (2) un retrato del escritor de niño, tomada en los años ginebrinos y por eso anterior a su llegada a México, que comentó originalmente en el número dedicado a la infancia por la revista Viceversa (y que luego recogió en su libro Paños menores); (y 3) los retratos de dos niñas con las que tuvo amistad también en la época suiza y sobre las que escribió un texto evocativo que vio la luz en la revista Tierra Adentro.

8. De marras incluye el largo relato IMDINB (siglas de un Instituto Mexicano de Desarrollo Integral de la Niña Bien), que anteriormente sólo se conseguía en la lujosa edición de Taller Ditoria/FCE. De toda la obra de Deniz, ese texto es uno de los más interesantes y al mismo tiempo uno de los menos explorados por críticos y lectores.

9. De marras incluye los trabajos en los que Deniz puso en duda la naturaleza del helenismo de Alfonso Reyes: “El griego de Reyes”, “Septante doomsdays de don Alfonso”, etc. También, el prólogo que escribió a la antología que hizo él mismo de la poesía reyesiana, a petición de Octavio Paz, quien la publicó en su propia editorial, Vuelta, en 1993.

10. De marras incluye cinco textos de Deniz sobre su admirado amigo Pedro F. Miret (en sus palabras: su narrador preferido de toda la literatura mexicana): tres artículos (una evocación personal y las presentaciones a un cuento y a unos dibujos) y los prólogos a los libros miretianos Esta noche… vienen rojos y azules (Conaculta, 1997) y La zapatería del terror (Conaculta, 2010).

11. De marras incluye los textos hipercríticos que Deniz escribió sobre José Emilio Pacheco y que publicó en las revistas Milenio y Viceversa y en El Semanario cultural de Novedades, y que luego recogió en su libro Anticuerpos (Ediciones Sin Nombre / Juan Pablos Editor, 1998). Esos textos nunca fueron contestados, ya no digamos por el propio Pacheco sino por ningún crítico, comentarista o historiador literario mexicano.

12. De marras incluye textos sobre López Velarde, Julio Torri y Alí Chumacero. Además del texto inédito mencionado más arriba, Deniz se ocupó en dos ocasiones más de la obra del poeta zacatecano: primero con una serie de observaciones que llamó “curiosidades”; luego, con una disertación sobre el origen de la frase velardiana “el ala de mosca”, que trajo de cabeza al mundillo literario mexicano por lo menos durante unas semanas. Sobre Torri, Deniz dejó escritas algunas divertidas estampas. A Chumacero, uno de los pocos poetas a los que quiso y respetó, lo trató largamente, como compañeros que fueron en el Fondo de Cultura Económica, y su evocación da cuenta de ello.

13. De marras recoge el texto que leyó Deniz la noche que le fue concedido el Premio Xavier Villaurrutia, en 1991, bajo el título con que apareció publicado poco después en la revista Milenio, “Asaz desagradables palabras al final de la ceremonia”. El título fue tomado literalmente del artículo en el que la (ofuscada) periodista Margarita Michelena, que estuvo presente en la premiación, se refirió al discurso del poeta.

14. De marras incluye los dos hermosos poemas en prosa que Luis Ignacio Helguera incluyó en su Antología del poema en prosa en México (FCE, 1993) y que no se conseguían hasta ahora si no era en ese libro, agotado desde hace años.

15. De marras reúne otros trabajos importantes para conocer el mundo de Deniz: desde la detenida enumeración de sus gustos musicales hasta su ensayoFunesta influencia de los refugiados españoles sobre las editoriales de México”. También, la ponencia que el poeta leyó en varias universidades del norte de España, en 1992, en el único viaje que hizo a su tierra natal en los más de 70 años que vivió lejos de ella.

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Las fotos que ilustran este post provienen de diversas fuentes de la red. El retrato de Alí Chumacero es de Laura Cohen. El de Pedro F. Miret pertenece al archivo de su hija, Maia Miret. A la izquierda, Juan Almela (Gerardo Deniz) en Chapultepec, a principios de los años noventas; la foto está en mi archivo.

Más sobre Gerardo Deniz en este blog:
De marras, primeras imágenes, http://bit.ly/1tsZo8J
Sobre las íes, edición española, http://bit.ly/1NJIQms
Cómo nació el seudónimo, http://bit.ly/1RTMiXd  
Deniz en Buenos Aires, http://bit.ly/1N37oAb
En sus 80 años, http://bit.ly/1sDZm8f
Su vida con el Fondo, http://bit.ly/1TNgNSM
Noticias “recientes”, http://bit.ly/V95VkF
Sobre Red de agujeritoshttp://bit.ly/12RrW9H
Cuadernos y dibujos infantiles, http://bit.ly/9dkSDa