domingo, 20 de enero de 2013

Stendhal en palabras de Menéndez Pelayo


Me gusta también cuando se equivoca: ni siquiera entonces dejan de brillar las virtudes que hicieron de él uno de los máximos historiadores de la literatura española y sin ningún género de duda el más sabroso y entrañable de sus comentaristas. La erudición siempre útil, las ideas acendradas por la reflexión personal, la intención de equilibrio y la emotividad puestas en cada uno de sus juicios hacen que ciento veinte años después de haber sido expresadas por escrito mantengan el calor y el nervio de la vida, a veces más que las obras de las que se ocupó. 
A continuación comparto con los lectores de Siglo en la brisa el cuerpo principal de las discutibles y apasionadas opiniones de Marcelino Menéndez Pelayo sobre Stendhal —que entresaco del apartado “Las direcciones excéntricas” del capítulo dedicado al Romanticismo en Francia de su invaluable Historia de las ideas estéticas en España—. Después de leer lo que don Marcelino pensaba del autor de Le Rouge et le Noir (era “una curiosidad única, más curiosa que simpática ni admirable”; no tenía estilo “sino una manera impertinente y afectada”; había en su obra sobre todo “charlatanismo” y era “uno de los pensadores más radicalmente inmorales y ateos y una de las almas más secas que han existido”…), al leer todo esto siento que conozco más al gran polígrafo montañés, pero sobre todo, al ver lo que fue capaz de provocar en su propio siglo, me parece que conozco más a Stendhal. Por sobrepasar los límites de esta entrega, dejo fuera las reflexiones pelagianas sobre el Henri Beyle melómano y viajero pero quien se interese en ellas puede consultarlas en el enlace de dicha fundación, que copio más abajo.

Juicio sobre Stendhal
por Marcelino Menéndez Pelayo
De Stendhal puede decirse que ganó todas sus batallas después de muerto. Entre los que le conocieron y trataron más íntimamente (sin excluir al mismo Mérimée), ninguno llegó a adivinar y presagiar tan rara fortuna; ninguno, excepto Balzac, que saludó La Cartuja de Parma con un enérgico ditirambo. 
Mientras la mayor parte de las reputaciones del período literario de la Restauración palidecen o están ya eclipsadas, se lee hoy a Stendhal, pseudónimo de Enrique Beyle, como se leería a un contemporáneo; se le ha convertido en jefe de escuela: Taine le ha llamado “gran novelista y el primer psicólogo de nuestro siglo”, y los naturalistas le traen y le llevan como a precursor suyo, aunque lo cierto es que se les parece muy poco. En rigor, no se parece a nadie; se resiste a toda imitación; es un tipo literario, una curiosidad única, más curiosa que simpática ni admirable.
Pero extraordinariamente curiosa, bajo el aspecto psicológico sobre todo. Puede disputarse que Stendhal (1783-1842) sea en rigor artista, por más que fuese notabilísimo crítico de artes, caprichoso y arbitrario sin duda, pero sincero, convencido y lleno de pasión en sus gustos buenos o malos. Pero como productor de obras de arte (si se exceptúan sus narraciones cortas) no tiene estilo, sino una manera impertinente y afectada, una negligencia petulante que divierte en las primeras páginas y llega a impacientar después. Beyle estaba lleno de manías, siendo en él una de las más arraigadas la de no querer pasar por hombre de letras, sino por hombre de mundo que se divertía en escribir como quien fuma un cigarro (frase suya) sin caer en la puerilidad de tomar por lo serio lo que escribía. Tenía, además, sus peculiares teorías sobre el estilo; le quería sencillo, desnudo, casi ideológico. Es célebre aquella frase suya “antes de ponerme a escribir una novela, leo por algunos días en el Código civil para formarme el estilo”. 
Sin tomar al pie de la letra ésta y otras semejantes humoradas, contradichas muchas veces en la práctica por el mismo autor, es cosa clara que el ideal literario de Stendhal, derivado de su procedimiento psicológico, era el más contrario que puede imaginarse a la furia colorista de Balzac, de Flaubert y de Zola. Evidentemente, no son de la misma escuela. Nacido Stendhal en el siglo XVIII, y saturado hasta los tuétanos de la filosofía analítica de Condillac y de su lengua de los cálculos, aspiraba a hacer del lenguaje literario, no la visión más o menos brillante, más o menos fantasmagórica de la realidad, sino un sistema de notación, lo más exacta y precisa que le fuera dable, de los fenómenos de la sensación, a los cuales él reducía toda la vida del espíritu. Es evidente que el estilo de los naturalistas no ha nacido ni podido nacer de esta álgebra gramatical, sino que es la última exageración del sistema opuesto; es decir, de la retórica pintoresca de los románticos, tal como la profesaron, sobre todo, Teófilo Gautier y su escuela.
Cabe en el estilo que adoptó Beyle, cierto grado de belleza literaria, el cual consiste o debe consistir en aquella transparencia y lucidez que hace que no se interponga nube alguna entre el pensamiento y su expresión, sino que juntos lleguen a la comprensión del lector, desterrando totalmente de su ánimo la idea del estilo, y haciéndole descansar sin esfuerzo en la contemplación de las cosas mismas. 
Pero cabalmente, este género de belleza es el que menos veces logra Stendhal, culpa en parte de la complicación refinada de su pensamiento, mucho más sutil que el de los ideólogos antiguos; y en parte del desdichado prurito de afectación y singularidad que él llevaba a todas las cosas y que le hacía dar tormento a su propio espíritu, forzándole a increíbles contorsiones. Dotado, por naturaleza y por estudio, de sagacidad extraordinaria para sorprender los más ocultos repliegues de la conciencia moral, se inclinó con preferencia, y como por sabio dilettantismo, al estudio de los más monstruosos y excéntricos, al cultivo de todas las rarezas psicológicas, de los maquiavelismos oscuros, de las perversidades e infamias más preternaturales e inusitadas, de todos los casos raros de clínica mental. 
Los héroes de Stendhal, en sus novelas largas (Le Rouge et le Noir y La Chartreuse de Parme) , son personajes tan extrañamente concebidos, tan negros y misteriosos, dotados por el autor de maldad tan estrambótica y trascendental, que ni ellos ni el psicólogo que los analiza pueden hablar como todo el mundo. Digámoslo claro: hay en el arte de Stendhal mucho ingenio, pero todavía más charlatanismo. 
Charlatanismo de todas especies: hipocresía vuelta del revés, hipocresía de inmoralidad y de ateísmo (por más que fuera Stendhal, sin necesidad de violentarse, uno de los pensadores más radicalmente inmorales y ateos y una de las almas más secas que han existido), afectación de profundidad y de desdén aristocrático, afectación de incoherencia y falta de lógica, afectación de escribir mal; en suma, toda especie de afectaciones. La época era propicia a ellas, y después del satanismo elegante de Byron y del hastío inconsolable de Chateaubriand, Stendhal no quiso ser menos, e inventó para sí propio, aunque por de pronto con menos éxito, el tipo del materialista alma de cántaro con visos de Maquiavelo frustrado. Stendhal, que en su juventud había sido Comisario de guerra, o cosa tal, en los ejércitos imperiales, y que luego pasó su vida bastante obscuramente en los consulados de Italia, se creía diplomático formidable; hombre de excepcionales talentos para la guerra y para la acción política, si no se lo hubiesen estorbado las circunstancias, y sobre todo la caída de Napoleón, que era su ídolo, la única creencia y la única superstición de su vida. 
A sus personajes predilectos les infundió este mismo carácter y estas mismas quiméricas pretensiones, poniéndoles en la frente el sello de especial predestinación que llevan todos los héroes románticos. Ni Julián Sorel ni Mosca tienen nada de personajes naturalistas: es cierto que su actividad se consume en luchas microscópicas, en intrigas subalternas, en crímenes tan horribles como estrafalarios; pero todo el empeño del autor es presentarlos como seres superiores, que serían capaces de conmover el mundo, si no los encadenase la fatalidad de los tiempos a esa acción oscura y sin gloria. 
Es en el fondo, aunque presentada de diverso modo, la misma fatalidad que aqueja y persigue a los héroes de Byron, y responde en cierto modo a la singular conmoción que toda aquella juventud debió de sentir ante el espectáculo verdaderamente inaudito (y para los contemporáneos mismos, envuelto ya en los vapores de la leyenda y del mito) de la grandeza y de la catástrofe napoleónica. En ninguno fue tan honda esta impresión como en Stendhal: las mejores páginas de La Cartuja de Parma , las primeras, dan testimonio de ello.
[…]
Stendhal, en cuanto escritor brutal y cínico, se asemeja a los naturalistas por la predilección con que busca, estudia y representa toda fealdad moral; y también porque en filosofía profesa como ellos el mecanismo y el determinismo más groseros; porque excluye del alma humana todo afecto limpio y generoso. Esa será, sin duda, “la nota verdadera y nueva que Stendhal encontró en la novela”, según expresión de Zola. 
El cual no tiene razón en añadir que Stendhal haya sido el primero que ha visto al hombre “desnudo del oropel de la Retórica y fuera de las convenciones literarias y sociales”; porque Stendhal tiene su retórica propia, bastante fastidiosa y monótona por cierto, y no pueden darse personajes más convencionales, o, por mejor decir, más imposibles literaria y socialmente, que los suyos. El mismo Zola [arriba de estas líneas] confiesa que son “curiosidades cerebrales”, y no otra cosa. Por otra parte, Stendhal en sus novelas (no tanto en sus viajes) carece, no solamente de abundancia pintoresca, sino hasta de sentido de la realidad exterior. 
Y aunque no crea en Dios, ni en la espiritualidad del alma, ni en el deber moral, ni en otra cosa alguna, sino en el placer físico, procede en sus análisis, no como fisiólogo, sino como ideólogo; no como materialista de ahora, sino como materialista del siglo pasado, extraño a las ciencias experimentales, y, por el contrario, muy familiarizado con los procedimientos de las matemáticas y de lo que llamaban “gramática general”. La novela de Stendhal es, pues, un mundo aparte, tan lejano de la novela naturalista, como puede serlo el Adolfo de Benjamín Constant. Tampoco se encuentra en Stendhal el desprecio de la fábula complicada, que ha llegado a ser dogma entre los naturalistas. Sus novelas tienen mucha acción, y acción interesante; sobre todo La Cartuja de Parma es una novela de aventuras, un verdadero embrollo, lleno de lances inesperados y sorprendentes como los de un cuento de Bandello.
Resulta, pues, que Stendhal, por cualquier lado que se le mire, no es realista, en el moderno sentido de la palabra, sino romántico materialista, combinación rara, pero no única, puesto que se dio también en Merimée y en algún otro. Con Merimée tiene también el punto de contacto del exotismo literario (que en Stendhal se reduce a italianismo), la predilección por la pintura de acciones feroces y sanguinarias, de pasiones violentas y rápidas que estallan y matan en un punto mismo, sin que la impasibilidad del narrador se altere en lo más mínimo al contar los más grandes horrores. Tales son esas famosas novelas italianas de Beyle [...], que si estuviesen mejor escritas, si el autor hubiese poseído el arte del diálogo, la graduación de los efectos dramáticos y la perfección sobria y nerviosa de estilo que en Merimée admiramos, podrían competir sin desventaja con las más felices narraciones de este insuperable cuentista. Pero el arte incompleto y, por decirlo así, cojo, de Stendhal, hace que su perpetua ironía trascendental se vea más al descubierto, y resulte más desabrida y antipática.
En teoría, no fue Stendhal menos romántico que en la práctica. Tiene sobre otros muchos críticos de su escuela el mérito de la prioridad, puesto que desde 1814 estaba en la brecha; tiene además la ventaja de haber poseído conocimientos de la literatura extranjera, y especialmente de la italiana e inglesa, que eran todavía rarísimos en Francia. 
Y, por último, fue el primer crítico de esta nación que salvó los límites del horizonte literario propiamente dicho, y pudo tratar con igual competencia de música, de pintura y de poesía, lo cual le daba indudable superioridad de criterio estético. Estas ventajas estaban contrapesadas por su pobrísima filosofía, que le llevaba a negar todo carácter absoluto a la idea de belleza, y a erigir en única ley y norma de arte el relativismo de las sensaciones. Stendhal, pues, no pasa de ser un crítico empírico, pero generalmente de buen gusto y de mucho ingenio; aunque deslucido por el afán de presentar sus ideas en forma descosida, paradójica y extravagante, con lo cual, huyendo del escollo de la pedantería dogmática, viene a caer en otro género de pedantería escéptica y mundana, que le perjudica bastante.
[…]
Cuanto dice Stendhal sobre la naturaleza de la ilusión dramática, sobre la risa y lo cómico, sobre la influencia de los hábitos de conversación y de sociedad en la literatura francesa está muy bien pensado, y hoy mismo merece leerse. Pero lo más notable de Stendhal como crítico literario, es, sin duda, la idea de que todos los grandes escritores fueron románticos en su tiempo, y que sólo un siglo después de su muerte, cuando las gentes empiezan a copiarlos, en vez de abrir los ojos e imitar a la naturaleza, se convierten en clásicos. Si los románticos hubieran penetrado todo el alcance de estas palabras, quizá se hubiesen abstenido de sustituir una imitación a otra, y ni el drama pseudo-shakesperiano, ni la falsa Edad Media, ni el orientalismo convencional, ni el exotismo hubiesen existido. […] 
En una nota escrita en sus últimos tiempos, y añadida a su Historia de la Pintura, dice con visible despego que “los románticos ganaron su causa a fuerza de ser buena; que fueron instrumento ciego de una gran revolución que hizo pasar el arte desde la miniatura amanerada de una sola pasión a la pintura en grande de todas las pasiones; pero que fueron como el sable de Scanderbeg, hirieron y mataron, pero no tuvieron ojos para ver lo que mataban ni lo que había que poner en su lugar”. Sus obras están llenas de indicaciones despreciativas contra Chateaubriand […], contra Víctor Hugo y contra toda la pléyade romántica de 1830. En cuanto a sí propio se jactaba de que no sería comprendido ni estimado en su justo valor hasta 1890, y ya hemos visto que se equivocó en muy pocos años. Falta saber si el entusiasmo actual durará o llegará a reducirse a más justos límites. Me parece notar ya síntomas de cansancio. Pero aunque la secta de los stendhalianos desaparezca (y en ello ganarán mucho el arte y la moral), no es fácil que los libros de Stendhal vuelvan a caer en la categoría de rarezas: están preñados de ideas buenas y malas, y sólo el libro sin ideas es el que definitivamente muere.

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La mayoría de las imágenes que ilustran este texto fueron tomadas de la red.

Aunque tengo la edición de la colección Boreal de la editorial argentina Glem, comprada por mi padre en La Lagunilla, por razones de rapidez y facilidad he preferido copiar el texto de la página de la Fundación Ignacio Larramendi, en la que están las obras completas de Menéndez Pelayo. El juicio sobre Henri Beyle está en http://bit.ly/UXNfkO

Más sobre Stendhal en este blog:
Evocación de Gerardo, http://bit.ly/XnwFem
Danza de Clori, http://bit.ly/T1pBIV

Más sobre Menéndez Pelayo en este blog:
De viaje con María Rosa Lida de Malkiel, http://bit.ly/Uynw4I
Fin de año en Donceles, http://bit.ly/Yfs2cy
Manojo de refranes celestinescos, http://bit.ly/13QdekL
Ocios de 1946, http://bit.ly/JImW1Q

domingo, 13 de enero de 2013

Siete imágenes del Códice Laud


Los facsimilares nos dan la ilusión de enriquecer nuestras bibliotecas con objetos únicos igual que si fuéramos grandes coleccionistas del Renacimiento, de los que según Highet el primero fue Petrarca. 
Entre mis adquisiciones más recientes destaca un antiguo documento mexicano que debo al buen gusto de una joven florentina: el Códice Laud. Es uno de los poquísimos códices prehispánicos que han llegado a nosotros: una tira de casi cuatro metros de largo y dieciséis centímetros de ancho pintada por los dos lados que se dobla en forma de biombo cuyo original se conserva en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford. El documento lleva el nombre de su dueño en el siglo XVII, William Laud, arzobispo de Canterbury, un hombre poderoso y controvertido que alcanzó la cumbre de la iglesia anglicana y fue decapitado en enero de 1645. 
Muchas veces se ha referido cómo el códice acabó desvinculándose de su origen al grado de que fue conservado en un estuche de cuero que llevaba una etiqueta que decía Liber Hieroglyphicorum Aegyptorum MS, es decir Libro manuscrito de jeroglíficos egipcios.
El Laud pertenece al grupo que Eduard Seler llamó Borgia —por el célebre documento de ese nombre—, compuesto por aquellos códices elaborados antes de la llegada de los españoles que están hechos en piel de venado y cuyos complejos simbolismos se relacionan con el tonalpohualli, el famoso ciclo de 260 días, por lo que eran usados con fines adivinatorios1. La edición que ha llegado a mis manos pertenece a la serie Códices Mexicanos cuyos responsables son la Akademische Druck-und Verlagsanstalt y el Fondo de Cultura Económica. Es de 1994 y está conformada por el facsimilar mismo, impreso en Austria, y un estudio explicativo de más de trescientas páginas cuyo título, La pintura de la muerte y de los destinos, da una idea del contenido del códice.
Estoy muy al tanto del desdén con el que los conocedores se refieren a esas ediciones hechas por una comisión técnica internacional. León-Portilla, por ejemplo, dice que algunos de los facsimilares no están muy conseguidos, como el Borgia mismo o el Vaticano A, y que las interpretaciones que los acompañan son con frecuencia discutibles: “Pretenden [...] los autores que están revelando el sentido oculto o esotérico que consideran propios de estos códices” (Códices, Aguilar, México, 2003, pág. 218).
Como sea, desde que tengo la edición conmigo casi no ha pasado un día sin que me dé un paseo por sus fascinantes láminas. Confío en que quienes se interesen en él acudan a la información que hay disponible a través de diversos medios. Yo me conformo con decir que si bien se ignora el lugar de su origen, si nadie tiene idea precisa de qué significa y no se sabe exactamente cómo llegó a Europa, hay algo en el Códice Laud que está más allá de cualquier conjetura: su extraordinaria belleza. He escogido algunos detalles de los que más me gustan para compartirlos con quienes siguen Siglo en la brisa. Su perfección, su claridad y su fuerza estética hacen que no deba añadir nada más.








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1 “Eran instrumentos de adivino, que le permitían conocer la influencia de determinado día o de otro espacio de tiempo con respecto a determinada acción proyectada”. Eduard Seler, citado por Nelly Gutiérrez Solana en Códices de México, Panorama, tercera reimpresión, México, 1999, pág. 27.



Más sobre arte en este blog:
Sobre Baco y Ariadna de Tiziano, http://bit.ly/V3HU0F
Carlos Mijares en Michoacán, http://bit.ly/P3xWqu
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/V3ICep

domingo, 6 de enero de 2013

Fin de año en Donceles

Pasé las últimas dos tardes de 2012 en Donceles. Si bien mi intención no era tomar nota de los cambios ocurridos en la calle de las librerías de viejo durante los últimos casi tres años, desde que hice el levantamiento que publiqué en este espacio (http://bit.ly/TdyTBm), el tiempo que estuve en ellas me permite ofrecer algunos comentarios útiles para quienes estén interesados en renovar sus propias pesquisas. 
El propósito de este artículo es compartir mis nuevas impresiones sobre la calle y de paso mostrar algunos de mis hallazgos recientes. Tal como he escrito en otras ocasiones, me parece que lo mejor es acudir sin mayores expectativas pero siempre es buena idea llevar alguna noción de búsqueda. Esta vez me interesaba encontrar bibliografía relacionada con la literatura castellana medieval, para acompañar mis lecturas sobre Juan de Mena. 
Por ejemplo, alguna edición de los sonetos de su contemporáneo, el Marqués de Santillana; si es cierto que, como todo el mundo sabe, el gran Íñigo López de Mendoza no dio con el secreto de la acentuación del endecasílabo, que estaba reservado para Boscán y sobre todo para Garcilaso, aquellos poemas fechos al itálico modo fueron los primeros y por lo menos durante medio siglo los únicos en nuestra lengua (1). Me temo que los editores suelen desdeñarlos sin darse cuenta de que en sus imperfecciones están sus encantos —y eso por decir lo menos.
Esquema de la calle de Donceles según el levantamiento que hice el 23 de marzo de 2010
Suelo hacer el recorrido de Donceles de oriente a poniente, empezando desde el fondo de la calle (o lo que es el fondo para mí, que voy del lado opuesto de la ciudad). Nada más llegar, me encamino hasta la esquina con República de Argentina y hago el paseo digamos de regreso, rumbo al Eje Central, tal como corre la numeración (que es, por cierto, al revés del sentido de los coches). 
En mis visitas más recientes he optado por no llegar siquiera a Argentina y he empezado desde una cuadra antes, es decir desde antes de cruzar República de Brasil, muy específicamente en Bibliofilia, la última de una serie de tres librerías que están a la mitad de la cuadra del lado izquierdo según se llega. Por supuesto que nada como el establecimiento iluminado, de buen tamaño y en silencio, pero las cosas no siempre son así: de cuando en cuando estamos metidos en plena búsqueda, a veces con poca luz, y debemos tolerar la música de un radio sintonizado en una estación comercial, o las infinitas tiradas de anuncios, cada uno más estólido y ofensivo que el otro, e incluso las conversaciones entre los encargados que no hacen sino ponernos los pelos de punta. 
También a veces escuchamos las peticiones, que oscilan entre lo ridículo y lo conmovedor, de los clientes a los que nadie ha advertido que la función principal de esas librerías es la búsqueda sin objetivo preestablecido. Esta vez, acabado de desembarcar la primera de mis dos tardes en Donceles, oí que alguien preguntaba por no sé qué libro de ¡Gutiérrez Barrios! Más tarde, presencié cómo un padre de facha filosofal y barbita sin bigote que conducía de la mano a una niñita de aspecto medroso, preguntaba por un libro sobre Dios de Ikram Antaki (arduo nombre si no se está en el secreto y que él pronunciaba de manera irreprochable).
Desde que la frecuento, Bibliofilia, a la que en otra ocasión señalé como mi predilecta de la ruta, no estuvo a la altura de mis expectativas y por vez primera salí de ella con las manos vacías. 
Tuve en cambio una grata sorpresa en El Mercader de Libros, que está en la banqueta contraria, unos metros hacia el poniente y en la misma cuadra —es decir, entre República de Brasil y Palma Norte—. No me refiero al indiscriminado galpón de la planta inferior sino una suerte de mezzanine a la que se accede por una escalera que está al fondo del local, y que tiene personalidad y nombre propios: El Tapanco. Se trata de un espacio rectangular, un pasillo casi, dividido en dos partes: del lado derecho, que es el que da al espacio abierto de la librería de abajo, están los volúmenes acomodados en diversos libreros; del otro lado hay un ventanal de piso a techo y a todo lo largo, que divide el espacio de exhibición propiamente hablando de una bodega de libros, inaccesible al público. 
El Tapanco muestra sus ediciones más atractivas a través de esos ventanales, colocadas contra el vidrio, por el lado de adentro y a diversas alturas, no sin alguna gracia: hay sobre todo libros sobre México, su arte y su historia; también, extrañamente, algunos sobre vestimenta militar, por ejemplo la del elegante ejército italiano. Allí hice el hallazgo más interesante de mis dos visitas: el famoso ensayo de Miguel Asín Palacios sobre Dante (La escatología musulmana en la Divina Comedia, en la cuarta edición de Hiperión), que había oído mencionar en diversas ocasiones pero que nunca había tenido delante. 
En palabras de Gómez Robledo, la conclusión de aquel trabajo —un inmenso acontecimiento para los estudios dantescos del siglo XX— es que “la arquitectura de la Divina Comedia era en gran parte la obra de un arquitecto musulmán” (Dante Alighieri, tomo II, UNAM, 1973, pág. 55).
Si no tenía propósitos definidos, y los sonetos del Marqués de Santillana no eran más que una referencia de arranque —al grado de que, metido ya en las secciones de ensayo, me olvidé completamente de ellos—, el paseo me sirvió para comprar un par de breviarios que me interesaba tener, como La literatura española de Julio Torri, un apretado mosaico de historia literaria lleno de simpáticas observaciones del entrañable miniaturista mexicano. Si uno como estudiante de letras por simples razones cronológicas se perdió las clases que daba Torri en Mascarones, este volumen, que no falta en ninguna de las librerías de la calle —con muestras de las varias ediciones en las que se ha publicado a lo largo de los años—, ofrece una espléndida oportunidad de conocer sus opiniones sobre la literatura peninsular.
Como sabe todo el que se ha paseado por las estanterías de ensayo de Donceles, uno suele encontrar muchos títulos de esas dos inmensas cimas de la historiografía literaria y la lingüística españolas que son Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal. Si ya no se ven como hasta hace no mucho tantos ejemplares sueltos de los Orígenes de la novela de don Marcelino, sus obras, invariablemente al lado de las de Menéndez Pidal, en las viejas ediciones de Austral casi siempre argentinas, aparecen regadas aquí y allá en todas las librerías. 
Sólo en El Tomo Suelto, en la acera norte de Donceles entre República de Chile y Allende, vi, como haciendo honor a su nombre, una serie de ejemplares sueltos de aquel ambicioso estudio —del que forma parte su trabajo sobre La Celestina— que quizás podrían formar una colección completa. En esa librería, por cierto, está quizás el librero más grande de poesía de toda la calle —tanto que hasta hay un ejemplar, que descubrí con una sonrisa, de mi Palinodia del rojo.
Siempre he comprado con gusto los libros de los dos Menéndez y esta vez no fue la excepción: un pequeño volumen con algunos ensayos de Menéndez Pidal sobre la lengua vasca. Bien sé que el primero de esos textos, una “Introducción a la lingüística vasca” que don Ramón leyó en conferencia en 1921 en la Sociedad de Estudios Vascos de Bilbao, debe de estar superado, o al menos muy complementado, lleno de pequeños y grandes matices. Si lo compré y luego lo leí con el placer a que me tienen acostumbrado mis lecturas de su obra, es porque el sereno espíritu científico y la meridiana claridad expositiva y la salud toda de su estilo son insuperables. También, porque en la base misma de los estudios modernos del euskera debe de estar él, sin ninguna duda, como en la base de tantas otras cosas. Eso pensé cuando decidí comprarlo y eso mismo encontré escrito en alguien de estima y autoridad apenas una hora más tarde y sin salir siquiera de Donceles.
Para contarlo debo referirme a la segunda de las sorpresas que me deparó en esta ocasión la calle de las librerías de viejo, todavía antes de hacer un pequeño descubrimiento chusco ocurrido al final del paseo y del que daré noticias más abajo. Me refiero a la librería La Casona de Aura, la penúltima antes de llegar al Eje Central (y la que tiene el número 2 en mi levantamiento de marzo de 2010). 
Como seguramente recordará el lector, es en la vieja calle de Donceles, aunque en un número imposible, en donde ocurre el relato Aura de Carlos Fuentes. Al igual que en la casa en donde el personaje Felipe Montero es contratado para ordenar y concluir una memorias escritas en francés, también en La Casona de Aura hay que andar con cuidado, si bien por motivos muy diferentes. Y es que la librería es un espacio abierto, generoso e iluminado que se distingue porque tiene un estrecho pasillo superior, también en la forma de mezzanine, que recorre el perímetro de las paredes de los lados y el fondo. Cuando se circula por ese pasillo es necesario andar con cuidado porque las trabes del techo bajan aquí y allá peligrosamente sobre la cabeza de quien camina, con frecuencia distraído, con los ojos posados en los lomos de los libros.
Uno de los ejemplares que compré en La Casona de Aura es una antología de lírica “de tipo tradicional” de Gredos, de Dámaso Alonso y José Manuel Blecua (reimpresión de la segunda edición, 1969). Véase cómo procede Blecua en una de las introducciones del libro —la otra es de Dámaso Alonso—: copia primero un epígrafe de Nebrija, que dice a la letra: “Yo fui el primero que abrió tienda de la lengua latina en España, y todo lo que en ella se sabe de latín se ha de referir a mí”, para arrancar su texto introductorio afirmando: “Don Ramón Menéndez Pidal, el gran maestro de los romanistas, puede muy bien hacer suya esa célebre frase de Nebrija y afirmar, con el mismo orgullo, que todo lo que se sabe de nuestra lírica primitiva —y de otras muchas cosas— se ha de referir a él”.
Sólo di con un libro que podría paliar, ya que no satisfacer, el interés original de mis pesquisas (y que, recuérdese, era la literatura castellana medieval): Lectura y ficción en el Siglo de Oro. Las razones de la picaresca (Editorial Crítica, 1992) del hispanista B. W. Ife, profesor de la Universidad de Londres que ha escrito sobre Quevedo y Scarlatti. 
No es lo que estaba buscando, y ni siquiera se refiere a la época de mis actuales curiosidades, pero sus ensayos sobre el Lazarillo, el Guzmán de Alfarache y el Buscón prometen, y yo me prometo que pronto les llegará su momento. ¿Quién puede no estar de acuerdo con el aforismo de José Gaos que le he oído en repetidas ocasiones a Almela?: “Toda biblioteca es, en mayor o menor medida, una colección de proyectos de lectura”. (La frase está, según Juan, en un folleto extrañamente llamado 10% que el Fondo publicó allá por 1958). El librito del profesor Ife representa un interesante nuevo proyecto de lectura.
El paseo tuvo un final un tanto anticlimático: y es que la última librería de la ruta, que tiene el nombre de Marconi por estar en el punto de Donceles en donde va a morir la calle perpendicular llamada de esa manera, se ha convertido en un local de fritangas. Situada a media cuadra del Eje Central, la librería es vecina, pared con pared, de La Casona de Aura. 
Esquema de Donceles hecho en marzo de 2010, con los señalamientos de mi paseo de diciembre de 2012
Al salir de esta librería quise entrar en la siguiente pero me lo impidió un puesto de comida colocado a lo ancho de la entrada, sobre el que una mujer no precisamente de pocas carnes echaba unas masas de maíz con frijoles en un pozo de aceite hirviendo. Le pregunté por la librería que hasta hace no mucho hubo allí, y de la que se conservaban algunos libreros al fondo, tal como vi a través de la humareda que salía de su freidero. Si no entendí mal lo que me contestó, Marconi es una suerte de bodega de algunos de los puestos del tianguis de libros que hay al final de esa calle, más allá de Tacuba, en el costado derecho del Palacio de Minería. Sin dejar de manosear las grasas y los frijoles, me invitó amablemente a pasar. Todo lo amablemente que pude, le contesté que ya volvería en otra ocasión.

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(1) Menéndez Pelayo en Poetas de la Corte de Don Juan II, Espasa-Calpe, colección Austral, número 350. Segunda edición, Argentina, 1946, pág. 134.

Las fotos de Donceles que acompañan esta entrega son de marzo de 2010.

La foto en la que aparece Menéndez Pidal, que tomo de la Wikipedia, lo muestra en el momento de su llegada al set de filmación de la película de Anthony Mann sobre el Cid, que se hizo en 1961 con Charlton Heston (que está a la derecha de la imagen) y Sophia Loren en los papeles principales.


Más sobre Donceles en este blog:
Paseo por sus librerías, primera parte, http://bit.ly/TdyTBm
Paseo por sus librerías, segunda parte (en este enlace está el esquema del levantamiento de marzo de 2010, con la lista de las librerías que corresponden con sus números), http://bit.ly/YzwRwJ
Hallazgos recientes, http://bit.ly/YzwEd1
De viaje con María Rosa Lida de Malkiel, http://bit.ly/Uynw4I