domingo, 24 de octubre de 2010

Palinodia del rojo

La primera semana de noviembre aparecerá Palinodia del rojo, mi nuevo libro de poemas. El volumen reúne diecisiete trabajos escritos a lo largo de los últimos once años. No son, por supuesto, todos lo que escribí durante ese tiempo, pero sí la mayor parte de los que me parece que pueden publicarse. El formato de la edición, que es vertical pero de una considerable anchura (19 por 21 centímetros), fue diseñado por Lola García Zapico partiendo de la medida de los versos más largos, lo que me permite ver por vez primera mis poemas sin los cortes producidos por la estrechez de la caja tipográfica con que con frecuencia se hacen los libros de poesía en México.
En las páginas de Palinodia del rojo conviven un canario y un grupo de muchachas evasivas, un niño y una solterona, un hombre que ronca y un pug, el prócer de un país sudamericano y algunas aves, en particular de la familia de las palomas. Se mencionan, entre otras, las ciudades de Madrid, Lisboa o Iruña, hay una boda y una lluvia de estrellas y ocurren dos milagros, uno en un supermercado y el otro en una playa. Apenas cuatro de los textos que conforman el volumen fueron publicados anteriormente: el poema que da título al conjunto apareció hace unos meses en el suplemento cultural de la revista Este País (“Palinodia del rojo”, http://bit.ly/byLZq8), en el que tres años antes se había publicado uno más (“Milagro en el supermercado”, http://bit.ly/99948L); los otros dos salieron en la Revista de la Universidad (“Sala de espera”, http://bit.ly/aZqsM6), y en este blog (“Retrato de muchacha con pug”, http://bit.ly/dBkSIV). El que hoy publico como adelanto, “Paloma y no”, uno de los más largos del libro, ocupa el penúltimo lugar de la colección y de alguna forma le sirve de cierre.
Esta entrega de Siglo en la brisa está ilustrada con algunas pruebas de trabajo de la formación del libro: unas “galeras” con correcciones, la imagen de una paloma torcaza que saldrá, dependiendo de una prueba de imprenta, en el colofón o en la segunda solapa, y las dos maquetas de portada con las opciones con las que jugué al principio: en la primera de ellas, a dos tintas sobre un papel color arena, los gráficos son negros con la excepción de la palabra “rojo”, que aparece de su color. 
La segunda, la que al final elegí, es una impresión en serigrafía blanca sobre un papel reciclado de Pochteca, de un rojo que aparece enlistado en el catálogo de la empresa papelera con el precioso nombre de Spirit Red. Los tipos son Minion, para los interiores, y Futura para portada y portadilla.
Además de anunciar la salida del libro y publicar un adelanto, el motivo de este post es agradecer expresamente a Fernanda Sordo, editora de Aldus, por aceptar que Palinodia del rojo aparezca bajo su prestigioso sello, y por permitirme definir, editor yo mismo, las características del volumen sin poner ni el más mínimo reparo, en parte quizás porque el resultado guarda gran afinidad con los libros que ella publica, siempre apoyada en la inteligencia literaria y el buen hacer de Gerardo González.



Paloma y no

A la hora de la hora nunca estuvo
y más tarde no vuelve
todavía,
            que todavía en la calle y de seguro
será que hasta mañana no le digan
que hablé, que sí, que un tal Fernando, que hermano
de Maca.

Luego dice que ayer no le dijeron,
que sería su papá,
                                es muy probable, o Chío,
y mi recado, en fin, no se lo dieron,
incluso ni siquiera otro de Ignacio —crucial por ser
de chamba.

La semana anterior la misma voz dijo
que nones,
que si ya la buscaste en el Canal, en producción,
por lo mismo que allá a las cinco y pico, a veces a morir,
sólo Dios sabe.

“Mas llamará, eso sí, como ella suele. ¿Le digo
que llamaste?”.
                           Y eso duele: en el cielo
del suelo, Narciso asoma entonces —imagen sobre el charco
de uno mismo.

Entre una cosa y otra pasaron cinco siglos.
Ya me animo otra vez:
                                       “¿Está Paloma?”,
y no, no estuvo, “Está en Toluca”
—y entre tanto desvío no me aclaro
si quiere o no me quiere (ha decidido) ni ver
en una década.

“Háblele ahora, a la hora de comer”, me dice
la empleada, una señora ignara y casi nada
descortés.

Pero a eso de las tres, ya carilarga,
me asegura:
“Averígüelo Vargas”, suficiente y burlona
a la pregunta de: “¿Y Paloma?”.

Y el análisis, ah, olvidaba el análisis —manojos
de ocasión, oh ramos
truncos—, ¿no cambió de los martes a las cuatro
en punto, al miércoles a la una, y luego a cada sábado
que quise y no se pudo?

¡Que a su clase de kendo! ¡Que a su judo!

En su casa no ahorraban en rarezas
con tal de proteger
sus evasivas, la retahíla de sus “para nadas”, o aquel jamás antes
usado “ni por pienso” —con el dramático acaecer de yo traer
las bolsas de mi saco llenas de ello.

¿Y qué decir de su manía de interrumpir
siempre la plática con circunloquios
de extraña procedencia, y así evadir cuando me ofrezco a pasar,
y si la invito a salir
y si le insisto?

“Un mirlo, ten cuidado, ¡no pases el chasís
por suyo arriba!” O aquel: “Qué linda la dombeya* aquella, mira,
¡cuán propia de Virreyes!”.

Muchacha menudica, me pregunto
si vale tu osamenta
cuanto pides;
                      te invito una tacita de café, o al cine,
a la función de media tarde,
o un vasito de esquites en el parque.

El sol, altísimo en los árboles,
da un nuevo lustre
al día
          —con ser luz se conoce que es la mía—;
es un brillar del sí que dices: “A las cuatro, si quieres
me llamas a las cuatro”.

¿Que si quiero? En la copa de un chopo
se trasluce
y anida, refulge con luz propia la esperanza
mía.

Y a la hora de la hora nunca estuvo. Hurtóse la torcaza,
huyóse, se hizo
de humo. Y acaso no sin lógica:
si se llama Paloma, ¿no es lo suyo
volar?


* Por encontrarse en fase de aclimatación a nuestra poesía, conviene aclarar que este árbol notable, conocido también como Rosa mexicana, es la Dombeya x cayeuxii hort. ex André. “Se considera un híbrido entre Dombeya mastersii y Dombeya wallichii, aunque erróneamente se cita bajo el último nombre. Ambas son especies nativas de Madagascar y el este tropical de África”. Martínez González y Chacalo Hilu, Los árboles de la Ciudad de México, UAM, México, 1994, pág. 175.

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Antes de Palinodia del rojo había publicado dos colecciones de poemas: en 1990, la plaquette El ciclismo y los clásicos, que apareció en Los Cuadernos de Malinalco, la colección que dirigían Luis Mario Schneider y Sofía Urrutia, dentro de la que ocupa el número 15; y en 1999, el libro Ora la pluma, en la editorial El Tucán de Virginia. 




La página web de Aldus es http://www.editorialaldus.com/

domingo, 17 de octubre de 2010

7 calas en la discografía jazzística de Claudio Isaac



Hace unos meses reseñé uno de los libros más conmovedores que he leído últimamente, Cenizas de mi padre (Juan Pablos Editor, 2009) del narrador, artista plástico y cineasta Claudio Isaac. 
Entre otras cosas, me llamó la atención el conocimiento musical de su autor, en particular en el terreno jazzístico, y ya entonces se me ocurrió pedirle algunas recomendaciones para mi propio consumo. Finalmente hace dos semanas, pensando en los lectores de este blog, le pedí que fijara en siete discos una mínima discografía básica del género. Esta entrega es el resultado. Nótese que al final de cada texto hay un enlace que conduce a cada uno de los tracks elegidos por Claudio, uno por disco, para que pueda escucharse antes o después de la lectura. Ya que su selección llega hasta los años sesenta, al final de su nota introductoria mi amigo anuncia la lista que cubriría sus preferencias hasta el día de hoy, y que pienso recordarle más adelante. Gracias a él por aceptar mi invitación a colaborar en Siglo en la brisa.


7 sugerencias discográficas (para iniciarse en el mejor jazz)                                   


por Claudio Isaac
Aquellos que hacen listas para seleccionar a los imprescindibles de tal o cual tema suelen tomarse demasiado en serio y olvidan que el antojo, la veleidad y el capricho llevan una parte sustanciosa en toda inclinación personal. Por lo mismo, haría falta asumir de entrada qué tan subjetivo y parcial es el criterio que uno pretende aplicar. Lo que yo buscaría, en tal caso, no es dictar una norma sino invitar a un juego de afinidades electivas.
Confieso que es bien posible que en cada vertiente musical lo que más hondamente me guste es aquello que rebasa lo prototípico del género: el Bach que me parece más trascendente e iluminado es aquel donde olvidamos que pertenece al barroco, y así en adelante: me inclino al jazz que prescinde del “walking bass” o del fraseo frenético de los metales, así como prefiero el rock que no es típicamente rock, es decir, aquel que puede renunciar a la guitarra eléctrica altisonante o el solo de batería.
En conclusión, no hay música que me parezca más elevada, ni —valga la tautología— más quintaesencialmente musical que aquella donde se disuelven geografía y época: una secuencia de acordes de William Byrd, del siglo XVI, que pudiera confundirse con música del pianista Bobo Stenson, en pleno siglo XX, o una cadencia de Toumani Diabate en el cora africano sonándonos al francés Debussy. Estas intersecciones remiten a una hermandad pitagórica del sonido armónico, ésa es la que me interesa. La lista a continuación abarca hasta los años sesenta. Las ramificaciones formidables del jazz a partir de entonces ameritan una segunda lista.

1. Quiet nights, Miles Davis (Columbia, 1962 y 1963)
No disputo la referencia generalizada que consigna el disco All blues de Miles Davis como la expresión más pulida del jazz. Sólo quisiera ofrecer una alternativa: Quiet nights, del mismo Miles, con arreglos orquestales de Gil Evans, basándose en material de diversos compositores pero de algún modo marcado por el signo musical de Antonio Carlos Jobim. Los arreglos de Gil Evans, poderosos, dramáticos y atrevidos, con la riqueza de un sonido que se permite tanto bajos continuos como disonancias ocasionales, tributos parafrásticos, texturas heterogéneas, capas de cuerda, metal, percusión y algunos escogidos solistas, todo envolviendo y haciéndole contrapunto a un Miles que, en contraste con el álgido clima sonoro que lo rodea, está más reposado y sereno que nunca. Aunque mi primera intención me llevara a elegir como más significativa la pista número 6, la dulce versión del Corcovado de Jobim, por su complejidad y robustez, el tema que señalaría como más representativo del disco es la número 2, “Once upon a summertime”, basado en un tema del inspirado Michel Legrand. Miles Davis fluctúa entre la entrega y el distanciamiento, y lo hace con maestría.
El tema puede escucharse en http://bit.ly/bVUt8b


2. Ballads, John Coltrane Quartet (Impulse, 1962)
Un disco que destaca la pureza lírica y capacidad melódica de Coltrane, un músico muchas veces recordado, más por la ruidosa época donde la heroína lo consumió y venció. La última pista del disco es “Nancy (with the laughing face)”, un tema que el público relaciona con Sinatra. Aquí Coltrane despliega los otros rasgos fundamentales que lo caracterizan: equilibra su interpretación entre un vigor viril de su instrumento tenor y una fragilidad melancólica, expresada con pulcritud dolorosa.
La pista puede escucharse en http://bit.ly/caY4EE


3. The Best of Chet Baker Sings, Chet Baker (Pacific Jazz, entre 1953 y 1956)
Una selección que deja claro ese don de Baker para desnudar la música de adornos e irse directo al corazón. A pesar de que el título se refiere a la faceta del cantante, está presente de principio a fin Chet Baker el trompetista, tan dulce y triste y arrobador como el otro. Quizás la pieza que mejor expresa el sino trágico de Baker es “I fall in love too easily”, el corte número 8 del disco.
La canción puede escucharse en http://bit.ly/aRslmG


4. Bill Evans: The complete Village Vanguard Recordings, Bill Evans  (Riverside, 1961)
Un álbum que despliega el momento dorado de un trío legendario de breve existencia, bajo las directrices del pianista más sutil y de mayor influencia en la historia del género. Recomiendo sin dudar la pista “Some other time”, la número 8 del primer disco, una pieza que anuncia esa línea cadenciosa que Evans desarrollaría por el resto de su carrera, en la que insospechadamente aporta al jazz su conocimiento cercano de los compositores llamados impresionistas, Ravel, Debussy, Satie. Aunada al desasosiego desdibujado de estos músicos del pasado, la vivacidad del jazz resulta un complemento fascinante.
El track puede escucharse en http://bit.ly/aZxVcZ


5. Mulligan meets Monk, Gerry Mulligan y Thelonious Monk (Riverside, 1957)
Una muestra de la generosidad propia del jazz: dos estilos personalísimos, el de Gerry Mulligan al saxofón barítono, y el Thelonious Monk al piano, abocándose a la empatía. Aunque el disco contiene temas originales conocidos tanto de Mulligan como de Monk, recomiendo la pista número 3, “Sweet and lovely”, una composición ya canónica que representa por tanto un terreno neutro donde cada uno de los tremendos músicos puede lanzarse al ejercicio de renunciar al estilo propio y entrelazarse con el otro.
El tema está en http://bit.ly/c7EtWc


6. Chris Connor sings lullabys for lovers, Chris Connor (Fresh Sound Records, 1953)
Un puñado de “standards” cantados con entrega y densidad, sin rastro de afectación, por una joven Connor, acompañada con arreglos de precisión exquisita. Lo que más me admira de las interpretaciones de Chris Connor es su economía expresiva, su esencialidad. Nada más emotivo que el camino sin rodeos hacia la sensibilidad del que escucha. Por eso elijo la pista número 1, “Goodbye”, un ejemplo de la eficacia del drama contenido.
La canción puede escucharse en http://bit.ly/brkkjw


7. Billie Holiday: The complete Verve Studio master takes, Billie Holiday (Verve, entre 1952 y 1959)
Este último debiera ser el primero de la lista. En lo personal lamento que las versiones más divulgadas de Billie sean las acompañadas de un “big band”, formato que a mi modo de ver la despoja de su intimidad cardinal. En cambio, para las sesiones de la disquera Verve la prodigiosa cantante fue acompañada por grupos muy pequeños pero nutridos de grandiosos ejecutantes, como Oscar Peterson, Benny Carter o Ben Webster. La Holiday en la cúspide de su expresión. En “Everything happens to me”, la pista número 15 del disco 2, Billie revela la médula de su propia vida en conflicto, pero lo más sorprendente y conmovedor es que del sustrato de contrición sobresale un rasgo distinto: la gracia. Con todo el pesar encima, ella desea ser grácil ante los demás.
La canción puede escucharse en http://bit.ly/ajqP3s

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El retrato de Claudio Isaac es de Iñaki Bonillas. 

Mi texto sobre su libro Cenizas de su padre, “Retrato de hombre con cenizas en el agua”, puede leerse también en este blog en http://bit.ly/9hzrkQ

Más de Claudio Isaac en Siglo en la brisa: “Sobre el origen de Piedra de sol: una confesión”, en http://bit.ly/9nx710

domingo, 10 de octubre de 2010

Árboles comunes de la ciudad de México (2/2)

La semana pasada publiqué la primera parte de un pequeña guía de reconocimiento de las diez principales especies de árboles presentes en la ciudad de México: el trueno, la jacaranda, el fresno, el hule y la palmera. Éstas son las cinco que completan la lista.


6. Colorín (Erytrhrina coralloides D.C.) 
Nativo de México, el colorín quizás sea uno de los árboles que más han desaparecido en la ciudad durante los últimos años. 
Su belleza se debe a un contraste de colores que va, dependiendo de la época del año, del amarillo de su tronco al verde nuevo de sus hojas y al colorado que anuncia su nombre científico (del griego erythrós, que significa rojo) y que lo mismo pinta las vainas, que los niños identifican con pequeñas espadas, que las semillas idénticas a frijoles con las que han jugado a la lotería desde siempre. Cada año inunda sin ningún pudor las calles de sus inacabables hojas muertas, de lo que le vienen todas las desgracias. Con el afán de ponerle límites, se han podado sus ramas y cancelado las extensiones de su tronco hasta volverlo enano, absurdo, ridículo. Aún así, mancos, rotos, hollados, llenan año con año las banquetas con sus pequeñas espadas trayendo de regreso el esplendor de la niñez perdida. 


7. Ficus (Ficus benjamina
Especie asiática, que se da de la India a las Filipinas, suele llenar las calles en las que aparece de un profuso follaje, para algunos exagerado, que impide el paso de cualquier rayo solar. 
Podemos reconocerlo por su tallo, que casi nunca es demasiado robusto y suele ramificarse desde la base, y sobre todo porque sus hojas, que son más bien pequeñas y siempre dan la impresión de ser muchas, presentan simultáneamente varios tonos de verde, del más claro al más oscuro. También, por esa fea moda de trenzar sus troncos cuando jóvenes, para que se fundan en uno solo. Si no alcanzan el porte de algunos fenomenales ejemplares, como en el estado de Morelos, tienden a cobrar considerable presencia sobre todo si se conjuran más de dos individuos ostentando el lustre brillante de sus copas. Puede vivir ochenta y hasta cien años.


8. Álamo (Populus alba Linn) 
Los álamos, también llamados “chopos” por la corrupción de la palabra latina populus, son una familia amplia y bien representada en la ciudad de México: los hay temblones, blancos, del Canadá… En cuanto veamos que las hojas de un árbol se mueven más de lo razonable —pero no con un movimiento parejo sino aislado, como si fuera cosa de cada una— es que estaremos contemplando un álamo temblón… Nos ayudará a reconocerlo el que algunas ramas, a pesar de la altura del árbol, desfallecen hasta casi tocar el suelo. 
Pero también está el llamativo álamo blanco, al que se refiere el nombre científico de esta ficha, y que ilustran las fotos, cuyo envés es de un tono subido de ese color, como si una mano anónima hubiera aprovechado nuestra distracción para encalar una a una todas sus hojas. En las calles de la ciudad suele verse algo desgarbado y difuso, sin perder por eso su atractivo.


9. Pirul (Schinus molle Linn) 
Por su procedencia es llamado pirú, pirul, o incluso “árbol del Perú”. Es frecuente encontrarlo en la zona volcánica de Ciudad Universitaria y el Pedregal. Se afirma que lo trajo el Virrey de Mendoza a mediados del siglo XVI, y hay quien dice que fueron los pájaros, en especial los “chinitos” (Bombicylla cedrorum), quienes se encargaron de propagarlo por el valle de México. 
Despide un olor perfumado debido a aceites esenciales y volátiles. Sus característicos frutos, que se dan en racimos colgantes y se parecen a la pimienta, justifican su nombre en inglés: Pepper tree. Todo de él se aprovecha: la resina, las hojas, la corteza, el fruto, las semillas… A la distancia parece que sus hojas, que largas y delgadas, se atomizan en un verde tenue, como de oliva. Acaso porque sus ramas son flexibles y colgantes, su contemplación inspira una levedad que contrasta con los pedregales en los que prospera y sobre los que proyecta su sombra que se antoja menos ligera que él.


10. Liquidámbar (Liquibambar styraciflua Linn) 
Sólo por su nombre en español, que describe la sustancia color ámbar que produce su corteza exprimida, y que al parecer fue usado por vez primera en la Historia de las plantas medicinales (1565) del sevillano Nicolás Monardes, debería de aparecer en cualquier recuento de árboles notables. 
Los aztecas lo llamaban xochiocotzocuáhuitl, algo así como “árbol que produce resina aromática”, sustancia que usaban como tributo y en medicina o perfumería. Se reconoce por sus hojas, que se parecen a las del arce, y que se sobreponen de manera encantadora unas a otras como pequeños emblemas formando una copa particularmente bella. Árbol de mucho porte, su follaje cambia de color y va recorriendo una gama sucesiva que empieza en rojo, pasa al púrpura y llega al dorado antes de que las hojas caigan a partir del mes de noviembre. Esa vida apasionada de sus hojas le da un punto a su favor en la lucha por mi preferencia contra el perenne trueno a la ventana de mi estudio en la ciudad de México.

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Nota: Por desgracia, el momento del año es malo para tomar buenas fotos de colorines y álamos temblones, por lo que quedo a deber sus imágenes —que bien podrían justificar un nuevo post.

Este texto, podado aquí y allá, apareció en el número de septiembre de la revista Algarabía. Las fotos de este post y el anterior son mías y estuvieron a punto de causarme un problema. Pasé la tarde en Anzures buscando ejemplares fotogénicos para ilustrar la versión para Siglo en la brisa. Un par de horas después, cuando me encaminaba hacia mi domicilio, en Michelet casi esquina con Melchor Ocampo dos policías intentaron asaltarme: que me identificara; que no podía tomar fotos así como así; que los reclamos de los vecinos por la seguridad... Mi única defensa estaba en la cámara. Cuando se hartaron de ver fotos incomprensibles (“¡puros pinches árboles!”), me dejaron ir. Huyeron en un Stratus color vino.

domingo, 3 de octubre de 2010

Árboles comunes de la ciudad de México (1/2)

Hace unos meses, Pilar Montes de Oca, la directora de Algarabía, me preguntó quién podía hacer para su revista una pequeña guía de identificación de las especies de árboles más comunes en la ciudad de México. Le contesté que, si me daba tiempo, podía hacérsela yo mismo, y ella aceptó. 
Unas semanas más tarde le entregué este texto, que salió en el número del mes pasado. La versión en dos partes que posteo en Siglo en la brisa es un poco más extensa que la que apareció publicada ya que tuvimos que hacer algunos cortes a mi entrega original para que se ajustara a las necesidades de Algarabía.


Los históricos ahuehuetes del bosque de Chapultepec, los fresnos centenarios de Coyoacán, los eucaliptos de Río Churubusco, las palmeras de la Diagonal San Antonio, las jacarandas de Polanco o Las Lomas, los pirules de la zona volcánica del Pedregal, los gingkos del parque de la Bombilla, los tepozanes que anuncian la cercanía con la carretera a Cuernavaca, los ahuejotes de Xochimilco, las dombeyas originarias de Madagascar… 
El libro Los árboles de la ciudad de México de Lorena Martínez González y Alicia Chacalo Hilu, publicado en 1994 por la Universidad Autónoma Metropolitana, analiza 56 especies que habitan a lo largo y ancho del espacio urbano. Apabullante selva de concreto, la ciudad posee al mismo tiempo algunos lugares en donde los macizos verdes se han impuesto sin ninguna moderación. Feraces banquetas de algunos ejes viajes, copados de ficus, álamos temblones, yucas… Parques en los que no crece el pasto en la tierra siempre húmeda porque nunca la toca el sol. Ésta es una propuesta de diez especies significativas de la ciudad de México escrita por un aficionado en el que las impresiones personales se combinan con los datos que lee en los libros. Su finalidad: hacer reconocible un puñado de especies de plantas de gran tamaño para compartir el placer de su contemplación.


1. Trueno (Ligustrum lucidum)
Es el árbol clásico de banqueta defeña. De origen oriental, florece en las semanas de los chubascos más intensos, que dejan las calles llenas de su característico “polvo” amarillo. Es perenne, es decir que se mantiene con hojas todo el año, y monoico, palabra que significa que un mismo ejemplar presenta las características masculinas y femeninas. 
Aguanta el calor y el frío, el viento, la sequía… Quizás porque todo lo tolera, su fruto resulta tóxico y su tronco, que nunca alcanza mucho grosor, es particularmente tortuoso. Puede alcanzar los diez metros de altura y vivir hasta treinta y cinco años. Su gran presencia en la ciudad se debe a su utilidad para la alineación de las calles. Mientras en otros lugares es conocido con el nombre de aligustre, en México preferimos el galicismo “troeno” (troéne) que se deslizó con suavidad y lógica muy nuestras hasta el expresivo “trueno”.


2. Jacaranda (Jacaranda mimosaefolia)
Cuando florece, y llena de manchas indescriptibles y bellísimas algunos barrios privilegiados, se convierte sin discusión en el árbol más hermoso de la ciudad. La primera parte de su nombre científico proviene de la palabra guaraní yacarandá; la segunda sirvió a los europeos para relacionar sus hojas con las de la mimosa (Acacia dealbata), a la que les recordaba. 
Sus ramas, que ascienden de forma confiada pero zigzagueante sin temer nunca la altura, le aseguran un notable despliegue espacial. Se caracteriza por su follaje erguido, de un verde claro, que se renueva cada año, y por su tronco lleno de grietas que siempre es ancho y a veces adopta formas extraordinarias. Los que saben dicen que ayuda a controlar la contaminación porque absorbe gran cantidad del plomo que está en el ambiente.


3. Fresno (Fraxinus uhdei Wenzing Lingelsheim) 
Si hubiera que escoger un árbol que representara a todos los árboles, quizás no sería mala idea que fuera un fresno. Y es que independientemente de los valores que ha depositado en él la cultura occidental, es quizás la especie con más presencia en la ciudad de México, al grado de pensarse que está utilizada en exceso. 
Su nombre proviene de la palabra griega phraxo, que significa “cercado”, ya que fue usado para limitar espacios y marcar fronteras entre ellos. Sus hojas alargadas y en punta, que hacen un follaje regular, de porte clásico, lo hacen claramente reconocible. También, las características sámaras, unos frutos alados que se agrupan en vainas y que produce sólo “la hembra”. A veces no es necesario alzar la vista para saber que estamos debajo de un fresno porque la banqueta, a nuestros pies, está levantada. Crece rápida y vigorosamente y puede vivir hasta cien años.


4. Hule (Ficus elastica Roxb)
Son dos los tipos que pueden verse en las calles capitalinas de este árbol originario del Asia tropical, pero el más común es la variedad decora, lograda al parecer en un vivero belga (foto pequeña). 
Sus enormes hojas, brillantes y de un color verde oscuro, son coriáceas, lo que quiere decir que recuerdan la consistencia del cuero —para el observador primerizo, quizás al plástico…—. Su nombre específico, elastica, se refiere a que contiene un tipo de látex durante un tiempo usado para fabricar caucho. Suelen ser ejemplares estupendos, de sombra densa, que pueden vivir cincuenta años y alcanzar fantásticas proporciones. Una imagen típica de la ciudad de México: un inmenso hule al lado de una pequeña miscelánea. Tal como se deduce de su paquidérmico aspecto, son inmunes a la contaminación.


5. Palmera (Phoenix canariensis Chabaud)
La segunda parte de su nombre científico recuerda su origen, las islas Canarias. La línea que trazan en el camellón de algunas calles es uno de los más hermosos espectáculos aéreos que ofrece la ciudad de México. Algunos ejemplares subrayan el trazo diagonal de avenidas como Nuevo León, en la Condesa, o Diagonal San Antonio en Narvarte. 
Como ningún otro árbol, su estampa es su historia: y es que si nos fijamos bien carecen de corteza, que no es sino la base de las hojas que fueron perdiendo mientras crecían. Las hojas viejas, que no han sido podadas pero no acaban de desprenderse, son de un tono grisáceo y cuelgan como si fueran barbas. En diversos lugares fueron arrancadas salvajemente, como de la calle de Thiers, donde hacían un espectáculo digno de nunca olvidarse.

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Más sobre árboles y plantas en este blog:
Mi cuaderno botánico, http://bit.ly/acYY4W
El tejo de Bermiego, http://bit.ly/9NE36k