jueves, 14 de enero de 2010

Mi poemas preferidos, 1


Éste es uno de mis poemas amorosos preferidos. No tiene nombre propio porque forma parte de una obra unitaria extensa (“Razón de amor”, 1936) publicada por Pedro Salinas —uno de los mejores poetas de la Generación del 27— el año que estalló la Guerra Civil española. Su tono, su aparente sencillez, su ritmo, todo contagiado de una suerte de sabia serenidad, me parecen muy logrados. El odio que sentí durante mis años universitarios a ese fenómeno castizo llamado leísmo, y que está presente en el verso "le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve", se me quitó el día que leí La Celestina.

¿Serás amor,
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales.
Es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.



Pedro Salinas en “Razón de amor”. La voz a ti debida. Razón de amor, Clásicos Castalia. Madrid, 1984, pág. 128.

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