viernes, 20 de mayo de 2016

Alberti, Machado y una rara edición de Rimbaud

Acudo a la que, sin duda ninguna, tiene que ser la fuente original. Sin embargo, ya desde la segunda frase me doy cuenta de que no lo es; Alberti lo dice expresamente: retoma la evocación de un libro suyo llamado Imagen primera de…, que no está en mi biblioteca. 
No importa: sigo copiando de La arboleda perdida la anécdota, que no recordaba de mi antigua lectura de las memorias de Alberti, del día que el joven poeta mostró a Antonio Machado, en un café del Madrid de hace cerca de un siglo, su recién adquirido valiosísimo tesoro: una rara edición francesa de poemas de Rimbaud.
Pero en cuanto acabo de copiar, me doy cuenta de que, justo a la mitad del episodio, falta algo importante. Y es que, para sus memorias, Alberti retomó el pasaje de su propio libro pero no creyó necesario copiarlo completo. En cambio, yo siento la necesidad de volverlo a leer tal y como lo leí la primera vez, hace sólo unos días. De esa forma, me veo obligado a volver al libro que estaba leyendo, el de Bernard Sesé.
Y sí, ahí está, resplandeciente y entera, aunque ligeramente cambiada, lo que me obliga a hacer una reconstrucción de cómo debe de haberla contado Alberti en aquel libro que falta entre mis libros, uno de los pocos suyos que no tengo (yo, que fui su apasionado lector…), y en el que contó las impresiones iniciales que le causaron algunos de sus contemporáneos, entre ellos Antonio Machado. Del libro del profesor francés, aunque, ya digo, no sin retocarla aquí y allá, copio la preciosa anécdota, para el gozo de los lectores de este blog.
Antes, una palabra: Machado fue un grandísimo fumador: las evocaciones que conozco insisten en ello: la ceniza acompañaba a su persona igual que si le cayera del cielo; le nimbaba la cabeza con un círculo no siempre perceptible para los demás; le caía de los hombros del saco; le manchaba las yemas de los dedos, ya amarillos. Al final, acababa atestando el rincón del café en el que pasaba las horas muertas. Me divierte que Alberti haya sido víctima de la afición al tabaco del gran Antonio, y sobre todo que lo haya sido de esta forma. Nótese, por cierto, el género de prosa del poeta de Marinero en tierra, el cual, poco antes de poner el libro de Rimbaud en manos del maestro, se sentía “infantilmente feliz aquella tarde sabiéndolo apretado bajo mi gabán para librarlo de la lluvia”.
Alberti, Machado y un ejemplar de Rimbaud
Por Rafael Alberti
La segunda vez que vi a Antonio Machado fue en el Café Español, un viejo café siglo XIX, que había frente a un costado del Teatro Real, de Madrid, cerca de la plaza de Oriente. Empañados espejos de aguas ennegrecidas recogían la sombra de estantiguas señoras enlutadas, solitarios caballeros de cuellos anticuados, pobres familias de la clase media, con ajadas niñas casaderas, tristes flores cerradas contra el rendido terciopelo de los sillones.
Un ciego, buen músico, según el sentir de los asiduos, tocaba el piano, mientras que una muchacha regordeta iba de mesa en mesa buscando el convite —un café con tostada, acompañado de algún que otro pellizco furtivo— de los ensimismados admiradores de su padre. Desde la calle, llovida y fría del otoño, adiviné, tras los visillos iluminados de las ventanas, la silueta de Machado, y entré a saludarle. Yo venía de una pequeña librería íntima, cuyo librero, gran amigo de los jóvenes escritores de entonces, acababa de conseguirme un raro ejemplar de los poemas de Rimbaud, sintiéndome infantilmente feliz aquella tarde sabiéndolo apretado bajo mi gabán para librarlo de la lluvia.
Machado me saludó muy cariñoso, ofreciéndome en seguida un asiento a su lado, mientras me presentaba a sus contertulios. Muy ufano, al quitarme el gabán, le descubrí mi precioso volumen, que él hojeó con un débil gruñido aprobatorio, dejándolo luego sobre la silla que a su izquierda sostenía en su respaldo los abrigos y las bufandas. De los presentados, sólo recuerdo hoy a uno: al viejo actor Ricardo Calvo, gran amigo del poeta. Aquella tarde, rara ausencia, no se encontraba allí su inseparable hermano Manuel. Los demás que le rodeaban eran unos extraños señores pasados de moda y como salidos de alguna rebotica de pueblo. Y así creo que era, pues la conversación, durante el rato que yo estuve, aleteó siempre, cansina, alrededor de cosas provincianas; preocupaciones y cosas bien lejanas y ajenas a aquellas tazas de café que tenían delante: el traslado de algún profesor de instituto, la enfermedad de no sé quién, la cosecha del año anterior, etcétera.
Al cabo de algún tiempo, observé que Machado fumaba y fumaba bajando, distraído, el cigarrillo hacia el lugar donde yo calculaba debía hallarse posado mi precioso libro. Con un espanto mal reprimido, quise mirar, primero, por encima del hombro de don Antonio y, luego, por debajo de la mesa, para cerciorarme de que la policía del más excepcional poeta de Francia no estaba sirviendo de cenicero a las colillas del gran poeta español. Pero no me atreví, por encontrarlo poco delicado y considerar, además, mis sospechas indignas y exageradas.
¡Ah, pero qué mal hice, qué mal hice! –iba reprochándome poco después bajo los farolones verdes y los altos monarcas visigodos de la plaza de Oriente. Mas desde aquella tarde pude mostrar –no sin cierta sonrisa melancólica–, a cuantas personas han venido pasando por mi casa, mi raro ejemplar de Rimbaud, aún más raro y valioso por las redondas quemaduras que los cigarrillos de Machado le abrieron en sus cubiertas color hoja de otoño.

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Obsérvese cómo, en la foto de grupo en que los hermanos Machado aparecen, entre otros, con el dictador Primo de Rivera y su hijo José Antonio, sólo fuman los dos poetas y dramaturgos sevillanos. Como es bien sabido, la famosísima foto de Machado es de Alfonso y fue tomada el 8 de mayo de 1934 en el café de las Salesas. El retrato de Alberti joven procede de la página en línea de la Fundación que lleva su nombre. El de Alberti viejo es de Albert Schommer; fue hecho en 1984 y lo copio de http://bit.ly/1YHoc6L

Más sobre Antonio Machado en este blog:
Machado recuerda a Pablo Iglesias, http://bit.ly/1RRIecM
Machado en el recuerdo de Moreno Villa: http://bit.ly/232fwLo
La rima según Machado, http://bit.ly/1U6LTWV  


viernes, 13 de mayo de 2016

Ni sombra de disturbio: siete reseñas críticas

Ahora que se aproximan las celebraciones por el centenario de La sangre devota, el primer libro de López Velarde, vuelvo a la lectura del poeta, esta vez con el propósito de prepararme para participar en un par de actividades públicas. La mañana del miércoles 25 de mayo daré una charla en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, y dos semanas más tarde, la noche del jueves 9 de junio, estaré en una mesa redonda en la Casa del Poeta, al lado de David Huerta y Antonio Deltoro. 
Hace poco más de un año se presentó, en el Museo Tamayo, Ni sombra de disturbio, mi libro de ensayos sobre el tema; este post reúne los enlaces que van a un puñado de textos críticos que acompañaron su publicación. Copio la referencia bibliográfica, el enlace que lleva a los lugares en donde pueden leerse completos y un pequeño fragmento respectivo.

Ernesto Lumbreras: “De sombras y disturbios”, suplemento Confabulario del diario El Universal, febrero de 2015
“Leí con placer, curiosidad y provecho los asedios velardianos reunidos en Ni sombra de disturbio de Fernando Fernández, quien lleva en el nombre una aliteración muy del gusto del poeta de Zozobra (1919). En los cinco ensayos que componen el volumen identifico un afán común: traer a la bibliografía sobre Ramón López Velarde nuevos asuntos y enfoques que enriquezcan, y en varios casos corrijan, la lectura de su obra y su contexto”.

Juan Villoro: “La hora actual”, diario Reforma, 1 de mayo de 2015
Ni sombra de disturbio es un jardín donde brotan pequeñas y significativas novedades. Fernández es un lector cuidadoso, pero carece de pedantería. No se adentra en las numerosas ediciones para practicar un safari de erratas. Lee por placer; comunica su gozo y su perplejidad ante las luces y las sombras velardianas, pero en el camino encuentra piedras que no deberían estar ahí. Si algo queda claro en su aventura es que estamos muy lejos de tener una edición definitiva del poeta del que creíamos saberlo todo”.

Luis Miguel Aguilar: “Velarderías”, Nexos en línea, 18 de mayo de 2015
“Pienso en cuál puede ser un buen elogio para el libro de Fernando Fernández. Siento que mi entusiasmo fue cercano o contiguo a la promisión de algo emocionante, a la víspera de ejercer un anhelo, a ‘la plétora de vida’ como la llamó el poeta. O sea que me dije, después de este libro: Ahora sí voy a leer a López Velarde”.

David Huerta: “El cristal sabio y la plegaria fiel”, Revista de la Universidad, junio de 2015
“De un solo golpe, con un libro hecho sin fanfarrias, fuera del Sistema Nacional de Investigadores y al margen de los institutos literarios y filológicos universitarios; con una enérgica voluntad de estilo y un deseo de pensar seriamente en la poesía; con un apego absoluto a los poemas, Fernando Fernández ha conseguido escribir un libro de altos vuelos, y lo ha hecho sin soberbia ni sabihondeces”.

Juan Domingo Argüelles: “Fernando Fernández y los enigmas poéticos de López Velarde”, revista Este País, agosto de 2015
“Con dedicación y precisión de cirujano, Fernando Fernández va examinando poemas y versos, ideas e influencias, equidistancias y confluencias, auxiliado por los estudios y testimonios de otros adictos de la poesía de López Velarde con cuyas opiniones unas veces está de acuerdo y otras no. El estudio de los primeros poemas de López Velarde arroja mucha luz sobre lo que será su obra madura, y en este punto el autor de Ni sombra de disturbio es particularmente incisivo en sus ejemplos y paralelismos”.

José Homero: “Ora el ensayo”, revista Letras libres, agosto de 2015
Ni sombra de disturbio […] revela más valía que los estudios de analistas académicos cómodos con sus supuestos y puestos: encuentra errores y desface entuertos. Por su frescura, por su cuidado y, en fin, por su discreción, le auguro una categoría de clásico de los estudios velardianos”.

Alejandro Silva Solís: “Ni sombra de disturbio, de FF”, revista Crítica, octubre de 2015
"Antes de entrar en mate­ria, debo men­cionar que no soy experto en Ramón López Velarde; y añadir que eso no me impidió dis­fru­tar la lec­tura de Ni som­bra de dis­tur­bio, como había pen­sado cuando vi el vol­u­men en la libr­ería del Pala­cio de Bel­las Artes. De inmedi­ato me llamó la aten­ción porque los libros de la edi­to­r­ial Auieo, y de la colec­ción Auto­ria, a la que pertenece el de FF, me gus­tan por su dis­eño y cuidado edi­to­ri­ales; pero decidí no com­prarlo porque se ded­i­caba a estu­diar la obra de López Velarde, poeta cuya obra se me ha rev­e­lado escur­ridiza, como un pez que se escab­ulle de la mano. Así que man­tuve ese pre­juicio hasta que obtuve Ni som­bra de dis­tur­bio para escribir esta reseña. Entonces me di cuenta de que había estado equiv­o­cado, ya que FF se esfuerza porque el lec­tor no espe­cial­izado se interese y com­prenda lo que escribe”.

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La foto de la presentación de mi libro es de mi hermano José María; en la mesa, en el orden de costumbre, aparecen el editor del libro, Marco Perilli; David Huerta; quien esto escribe; Luis Miguel Aguilar y Juan Villoro. Los retratos de los autores de la notas críticas provienen de la red.

Más sobre Ni sombra de disturbio en este blog:
Fotos de la edición, http://bit.ly/1u1HBnC
Una errata pertinaz, http://bit.ly/1R3E42m
La presentación en el Museo Tamayo, http://bit.ly/1SvPw5I