viernes, 13 de julio de 2018

La infancia según Viceversa (abril de 1997)

Aunque no iba buscándolo a él, porque fui a ver la Biblioteca Vasconcelos y no a saludar a su director, una tarde de inicios de enero, al acabar de recorrer el inmenso edificio de Buenavista, cuando empezaba a dirigirme hacia el estacionamiento, me encontré cara a cara con Daniel Goldin. 
Foto: FF
Fue un golpe de suerte: como entonces me preparaba para escribir el texto sobre Alberto Kalach que entregué a Arquine en abril (la editorial especializada en arquitectura, que prepara actualmente un ambicioso libro sobre la obra de mi amigo arquitecto), agradecí mucho al director de la biblioteca Vasconcelos que me ayudara a completar la visita de reconocimiento y me mostrara algunos espacios cerrados actualmente a los visitantes.
Biblioteca Vasconcelos. Foto: TAX
Cuando estábamos en el invernadero, que algún día (cuando haya la voluntad y el presupuesto necesarios para hacerlo) será un espacio de conferencias y conciertos como no hay otro en la ciudad, Goldin me preguntó si conservaba algún ejemplar del número que Viceversa dedicó a la infancia para regalárselo a él.
Se trata de una entrega especial en la que una docena de notables escritores mexicanos rememoran los días de la niñez; una de las peculiaridades de aquel número es que los textos se publicaron acompañados de una fotografía, proporcionada por los escritores mismos, de cuando eran niños. La lista de colaboradores es muy atractiva: Rosa Beltrán, Gerardo Deniz, Juan García Ponce, David Huerta, Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Eusebio Ruvalcaba, Daniel Sada, Paco Ignacio Taibo II, Juan Villoro y Luis Zapata. Los textos son muy buenos, pero me parece que lo mejor del número es la colección de las imágenes de aquellos doce niños que acabaron convirtiéndose en escritores.
La entrega de Viceversa, que cuenta también con colaboraciones literarias de Bernardo Atxaga y Ángeles Mastretta y fotografías de Mariana Yampolsky, apareció en abril de 1997, con una hermosa imagen de portada del fotógrafo catalán Pep Ávila, diseñada por José Luis Silva. Me hace gracia pensar que la presentación editorial, que escribí yo mismo (“Infancia: la preciosa clave del ser”), esté ilustrada con un dibujo de María Kalach, hecho cuando la talentosa hija de mi amigo arquitecto tenía apenas 5 años.
Desde hace seis meses está sobre mi escritorio, a la vista de los ojos, el ejemplar que cualquier día le llevaré en persona a Daniel Goldin. De pronto, caigo en la cuenta de que, si ha estado allí, a mi lado, discretamente, durante todo este tiempo, quizás sea porque desea salir retratado en este blog. Cedo a su silenciosa petición y reproduzco algunas de las fotografías incluidas en esa entrega grata a la memoria no sólo para mí.
Rosa Beltrán
Gerardo Deniz
Juan (y Fernando) García Ponce
David Huerta
Carlos Monsiváis
Elena Poniatowska
Sergio Pitol, en brazos de su madre
Juan Villoro

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Más sobre Viceversa en este blog:
Mis diez portadas preferidas, http://bit.ly/VXMFDt
Un retrato de Rulfo en Viceversa, https://bit.ly/2lYMqOM
A veinte años de su fundación, http://bit.ly/1q7lIik
El número de Scherer, en línea, http://bit.ly/1TUsPvD
De Orwell a Trotski a Viceversahttp://bit.ly/SQ5p6V
Viceversa en la historia del diseño gráfico en México: primera parte, http://bitly.com/S5fFHU; segunda parte, http://bit.ly/XDodtG; tercera parte, http://bitly.com/Ze9KW8.


viernes, 6 de julio de 2018

Santos, 1923

Cierta conmoción causó entre algunos de mis hermanos y primos esta fotografía de Santos, el abuelo común, tomada poco antes de emigrar a México. El documento de donde la saco no es otro que su cartera de identidad como emigrante, expedida el 22 de octubre de 1923 por el español Consejo Superior de Emigración. Sólo quince días después, el 9 de noviembre, Santos Fernández Bueno cumplirá 17 años, los que va a tener tres semanas más tarde, el día que ponga los pies en Veracruz.
Santos, al final de su vida.
Foto: José L. Fernández Tolhurst
Conmueve, es cierto, ver convertido en poco más que un niño al impenetrable hombre maduro, al hermético adulto mayor, al silencioso y entrañable anciano del que tan cerca estuvimos hasta su muerte, ocurrida cuando iba camino a los 96 de su edad, el 11 de mayo de 2002. No mucho antes de eso, lo retrató mi primo José Luis Fernández Tolhurst en su departamento de Polanco, mirando significativamente al poniente.
El documento, además de una impresión de sus huellas digitales, incluye una descripción del joven Santos, quien mide un metro sesenta y dos centímetros, tiene una corpulencia regular, el pelo y los ojos castaños, y un color de piel que aparece descrito como “sano”. Su oficio es “jornalero”. Cuenta con el permiso expreso de su padre, el maestro del pueblo de Asiego de Cabrales, Aquilino Fernández Berridi, quien firma la autorización.
Una vez que veo con detenimiento el retrato de 1923, me doy cuenta de que mi joven abuelo lleva una señal de luto, un lazo colocado diagonalmente en la solapa izquierda. Mi querida amiga Marta Gómez Rodríguez, una inteligente y sensible cabraliega parcialmente emigrada a Holanda que de tarde en tarde me orienta en asuntos relacionados con el mundo de nuestros ancestros, me dice que ese género de luto quizás sea aquél que solía llamarse “de alivio”. Ya no es el que sigue a la pérdida sino uno menos riguroso, que permite a los deudos “vestir con colores más claros y tejidos menos opacos”.
Así que la muerte por la que Santos manifiesta su luto no debe de ser muy reciente. Luto, en todo caso, ¿por quién? No por su madre, desde luego, porque sé que mi abuelo se despidió de Serafina Bueno al partir a México, aunque luego ella murió tan pronto que nunca volvieron a encontrarse, así que el día que se tomó la fotografía seguramente estaba con él, o no muy lejos. ¿Será del tío suyo que volvió de México enfermo y murió en Asiego, del que me hablaron en el pueblo? ¿O de aquel otro tío (los dos eran hermanos de su madre) que resbaló por un precipicio de Cuera, un día de San Roque?
Guillermina y yo. Asiego de Cabrales, primeros años del siglo XXI.
Aquí es donde viene en mi ayuda Guillermina. La anciana prima hermana de mi abuela a la que traté hasta poco antes de su muerte, camino ella misma de los noventa años, en el pueblo de Asiego, donde también había nacido, me regaló, allá por los días en que la visitaba a principios de este siglo, una relación de todos los vecinos de Cabrales que murieron durante el siglo XX. La relación está organizada de manera cronológica, año por año y mes por mes, así que la consulta es sencilla.
Lo que no es tan sencillo es dar con la relación misma, que debe de estar en algún lugar de la pila más bien caótica de mi archivo de fotocopias, papeles de todos los géneros, folletos y fotografías –fruto de mis investigaciones sobre la emigración de asturianos a México, parte esencial de la base documental a partir de la cual escribí mi libro Oriundos, que verá la luz en otoño.
Metida la cabeza entre los documentos, doy por fin con la relación de los muertos del siglo XX en el concejo cabraliego. Nada me cuesta, entonces, acudir al año de 1923. Allí, en junio, en una línea en donde ya anduve alguna vez, cuando sabía mucho más que todo lo que volveré a saber sobre mi familia (al grado de que era capaz de poner en duda algunos datos), veo que aparece el nombre de Josefa Berridi Bueno, la abuela de Santos. 
Así que ése es el luto que traía Santos cuando se encaminaba al nuevo mundo, el luto que veo reflejado en un detalle de aquella vestimenta excepcional para el modesto jornalero que había sido hasta ese día, apenas un adolescente con los ojos puestos ya en América.

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Más sobre mi familia y Asturias en este blog:
Antonio Poo, https://bit.ly/2zgKjzi
Retratos asturianos, https://bit.ly/2KnktdZ
Autógrafos remotos, https://bit.ly/2KpuLgW
En la boda de Lola y Félix, https://bit.ly/2yIiLCK
Árbol genealógico, http://bit.ly/KOKiw8