viernes, 12 de febrero de 2016

Miguel Delibes: su vida al aire libre


Tantas veces ha vivido el milagro, que creo en una especie de religión que me liga a determinados libros (repásese la etimología de la palabra “religión”). La última vez fue una tarde del pasado septiembre, en una calle de Oviedo; el día anterior había removido una pila de libros de Miguel Delibes en busca de unas memorias de su vida al aire libre leídas unos diez años atrás, de las que siempre guardé algo más que un grato recuerdo. 
De saber lo que iba a pasar al día siguiente, y aun más, de tener sospecha siquiera del desmesurado apetito por la literatura del gran narrador castellano que iba a desencadenarse en mí, hubiera comprado por lo menos aquel simpático ejemplar de Mis amigas las truchas, también suyo, que tuve delante por un euro y que desdeñé sin ningún respeto hacia los misterios de aquella bendita religión.
Lo más curioso del caso es que esta vez el hallazgo no se produjo en una librería de viejo sino en una de esas casas abiertas a la calle, de origen con frecuencia incierto, que hacen servicio a favor de todo género de desvalidos poniendo en venta cualquier cosa que se les ceda con el propósito de sacar algún dinero. Así, entre montones de ropa acomodada de cualquier manera, cámaras y relojes descompuestos hace medio siglo, planchas de hierro y fotografías y postales que a nadie le interesan, aquella casa ofrecía un puñado libros, como si fueran cualquier cosa menos libros. Ya sabe uno, experimentado visitante de negocios de cosas viejas, que es sumamente difícil que pueda saltar la liebre en un lugar así.
La cosa sucedió así: me dirigía avenida abajo cuando doblé una esquina y vi la casa; ya desde el arranque de la calle me fijé que en el alféizar de la ventana estaban colocados, de lomo, unas dos o tres decenas de libros. Nada más acercarme sentí, en este orden, un golpe en el estómago y una indescriptible felicidad. Fue, y por eso lo llamo de esta manera, un milagro; hacía menos de veinticuatro horas que había deseado intensamente ese libro. Había sentido físicamente su falta por primera vez en más de dos lustros y de pronto lo tenía entre las manos. Por si fuera poco, en la misma exacta edición en la que yo lo conocí. 
Lo releí en el avión, de regreso a México, y me gustó más aun de lo que me había gustado la primera vez. En Mi vida al aire libre Miguel Delibes da cuenta de sus recuerdos de toda aquella actividad que, a lo largo de su extensa vida, llevó a cabo fuera de las paredes de su casa. Así, en el volumen publicado por Ediciones Destino, en la colección Áncora y Delfín, el extraordinario escritor español cuenta sus memorias como futbolista, ciclista, motociclista, nadador, caminante, tenista y cazador. 
Durante años me ha acompañado el recuerdo de las páginas que dedica a las peculiaridades de tres perros, propiedad de sus hijos; no menos que eso, los divertidos y penetrantes capítulos que dedica a su pasión por el futbol. Quizás algún día copie, para los lectores de Siglo en la brisa, alguno de esos fragmentos; esta vez me decido por el que reproduzco a continuación, el que me ha hecho reír con más ganas esta vez. Se trata del pasaje en el que se refiere a la pasión de los españoles por los motores. La escena, el lenguaje, los personajes, todo en esta deliciosa miniatura de Miguel Delibes me parece conseguido y perfecto.

La afición de los españoles por los motores
Por Miguel Delibes
Nunca he oído comentar la afición de los españoles por los motores. Se ha dicho del español que es taurino, envidioso, pícaro, ladrón, rijoso, vago, pintor, infinidad de cosas, pero lo que no se ha dicho nunca que yo sepa es que todo español lleva dentro un mecánico en ciernes. Armar y desarmar motores es una auténtica pasión nacional. Imaginen ustedes lo que sería mi ciudad, después de tres lustros a dieta, ante la aparición de la primera moto. Aquello fue algo así como la llegada de una mujer a una isla habitada solamente por hombres. Ver poner en marcha una motocicleta constituía ya un espectáculo. Intentarlo y advertir que fallaba era casi la garantía de un espectáculo prolongado. Ver extender la gamuza grasienta sobre la acera y llenarla de tuercas suponía que la distracción mañanera estaba asegurada. De ahí que durante esos años la gente desocupada caminara por las calles al acecho de las motos. Y tan pronto sorprendía una que se resistía a arrancar, se detenía y armaba corro, como hacía antaño cuando el macho que tiraba del carro del lechero resbalaba en el asfalto y se caía. Había espectáculo por delante. Y al español, tanto como armar y desarmar motores, le ha gustado siempre el espectáculo gratuito. Yo he tenido la fortuna de nacer en este país de mecánicos amateurs, pues mi disposición hacia la técnica ha sido nula. Por esta razón cada vez que daba un taconazo a la puesta en marcha de la Montesa y el motor no respondía, intuía que no me encontraría solo. En efecto, al segundo taconazo ya eran seis o siete los mirones que contemplaban solazados mi esfuerzo inútil. Al tercero, pasaban ya de una docena. Y, al cuarto, surgía del corro el diagnóstico espontáneo:
—Eso es cuestión del carburador.
Yo ponía cara de sabelotodo.
—Me temo que no. Ayer lo revisaron en el taller.
Propinaba una serie de pisotones fallidos sobre el pedal de la puesta en marcha, al cabo de los cuales el espontáneo confirmaba:
—Eso es cuestión del carburador.
Yo sonreía.
—Sospecho que es está usted equivocado.
—¿Permite?
Yo esperaba siempre este ¿permite? como agua de mayo. El espontáneo se despojaba de la americana, se aflojaba la corbata, ponía rodilla en tierra, extendía la sucia gamuza sobre la calzada y empezaba a amontonar en ella tornillos, arandelas, tuercas y pasadores, con auténtica fruición. Seguramente en su fuero interno daba gracias al cielo por este encuentro casual que le había permitido poner sus manos pecadoras sobre una moto recién estrenada. En derredor crecía el coro de curiosos, alguno de los cuales, verde de envidia, entablaba un pequeño coloquio con el espontáneo.
—Eso no hace falta que lo quite. Así se puede estar usted hasta mañana.
—Usted ¿qué sabe de esto?
— Más que usted.
El espontáneo hacía gala de sus derechos.
—Mire, pues haber venido antes.
El espontáneo sudaba, se tumbaba de costado, decúbito prono, metía el destornillador por los huecos más inverosímiles y, al final, tomaba con dos dedos una pieza pringosa y soplaba con toda su alma por el agujero del centro. Después de su resoplido, iniciaba el montaje, iba colocando pieza tras pieza, atornillándolas. Sus manos se ennegrecían como las de un carbonero, brillantes de grasa. Al cabo de media hora se incorporaba pesadamente, cogía la gamuza y se las limpiaba un poco. Algún mirón compasivo le ayudaba a ponerse la americana. Señalaba el vehículo como la comadrona al niño recién nacido, con amor profesional, con una sonrisa apenas esbozada.
—A ver. ¡Péguele ahora!
Yo me acercaba a la moto, agarraba los puños y propinaba el taconazo de rigor a la puesta en marcha. El petardeo y el humo del motor envolvían a la concurrencia. El espontáneo, todavía con la gamuza entre las manos, me miraba con un gesto de suficiencia.
—¿Qué? ¿Era el carburador o no era el carburador?
—Sí, señor. Estaba usted en lo cierto.


(Tomado de Mi vida al aire libre, Ediciones Destino, Ácora y Delfín, número 638, cuarta edición, Barcelona, febrero de 1990)

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El ejemplar de Mi vida al aire libre del que se habla en este post tiene una firma y una nota que dicen, si leo bien: "Junquera. Regalo de Sonsoles. 17-8-90".

El retrato a colores de Delibes lo tomo prestado de http://bit.ly/1lQKh5E


viernes, 5 de febrero de 2016

Sobre el Grupo Alatorre (Guión radiofónico)


[El pasado 11 de enero, el programa radiofónico A Pie de Página del Instituto Mexicano de la Radio ofreció una emisión especial en vivo sobre el disco Canciones Españolas del Renacimiento del Grupo Alatorre. Ofrezco a continuación el guión que leí al aire ese día. Quien desee escuchar el programa, con las canciones que pusimos al aire –y que en este guión aparecen indicadas en el lugar que ocuparon en esa ocasión–, ofrezco al calce de este post el enlace que lleva a él.]

Amigas y amigos lectores: a mediados de los años cincuentas del siglo pasado, los dos grandes filólogos mexicanos Antonio Alatorre y Margit Frenk fundaron un grupo de intérpretes de antigua música española, y grabaron un disco que durante largas décadas fue tan deseado (por quienes sabían de su existencia) como perfectamente inconseguible. El año pasado, para celebrar los 75 años de su fundación, el Colegio de México, institución académica y educativa en la aquellos dos ilustres filólogos se conocieron, digitalizó esas grabaciones e imprimió un disco con ellas, que obsequió como regalo de aniversario.

Margit Frenk, la única sobreviviente de aquel conjunto de cuatro primero y luego cinco aficionados a la música antigua que conformó el que acabó llamándose Grupo Alatorre, regaló a este programa un ejemplar de la nueva edición del disco, y nosotros hemos decidido dedicar una emisión de A Pie de Página para hablar de él y poner al aire algunas de aquellas deliciosas piezas musicales del siglo XVI interpretadas por al menos dos de los personajes más entrañables de las letras del siglo XX en México.

El disco del Grupo Alatorre, que se titula Canciones Españolas del Renacimiento, apareció a mediados de la década de 1950, con apenas 500 ejemplares. Nadie que sepa quiénes son Antonio Alatorre y Margit Frenk desconoce la existencia de aquella grabación, aunque poquísima gente la tenga en su poder o la haya siquiera escuchado.

Pero antes de decir nada más sobre el Grupo Alatorre y de su trabajo de rescate musical y literario, vamos a abrir este programa con una de las 27 canciones que conforman aquella grabación. Empezaremos escuchando este poema, que procede del Nuevo Corpus de la antigua lírica popular hispánica, editada en dos volúmenes, precisamente por Margit Frenk para la UNAM. Este breve y hermoso poema del siglo XVI dice, a la letra, “Estaba la peña / riberas del río; / nace la malva en ella / y el trébol florido”:
[Track 13] Alta estaba la peña, 1:16

La edición conmemorativa del Colegio de México del disco original de los años cincuentas del Grupo Alatorre reproduce en lo posible las características de la edición original, entre ellas la portada de Elvira Gascón. Como una novedad, esta nueva edición se acompaña de un texto precisamente de Margit Frenk, en la que ella, única sobreviviente del grupo, como decíamos antes, cuenta que, recién casada con Antonio Alatorre, ambos estudiosos de la poesía medieval y renacentista de la lengua española adoptaron la costumbre, ya que ambos tenían algo de músicos, de interpretar algunas de las canciones a dos voces del Cancionero de Upsala, documento del siglo XVI que el Colegio de México acababa de editar.

Al poco tiempo, Margit y Antonio hicieron un viaje de estudios a Europa, donde se dedicaron a conseguir todo lo que pudieron de antigua música polifónica vocal. Muy pronto se animaron, con los textos y las partituras delante, a intentar cantar esas piezas “ya más complejas y para más voces”, como explica la propia Margit. 
Ella misma cuenta que en una ocasión invitaron a cantar con ellos a un par de amigos, entre quienes estaba el poeta Tomás Segovia. Como esos amigos no llegaron a su casa ese día, y en cambio sí lo hicieron un hermano de Antonio y su esposa, los entusiastas originales del proyecto pidieron a sus inesperadas visitas que se unieran a ellos, y así fue como nació, sin proyectarlo siquiera, lo que un poco después sería el Grupo Alatorre. 
Es interesante decir que ninguno de los cuatro había hecho estudios formales de música; no sólo eso: entre ellos hicieron el cuarteto perfecto, ya que resultó que cada uno representaba la tesitura de voz correspondiente y complementaria, así que el grupo estaba conformado por una soprano, Margit Frenk; una mezzosoprano, su concuña Yolanda; un tenor, Antonio Alatorre, y un barítono, su hermano Enrique. A continuación escucharemos al Grupo Alatorre interpretar otra esta breve canción del siglo XVI, precisamente la que abre la grabación que ahora relanza el Colegio de México y cuyo estribillo dice “Las mis penas, madre, de amores son”.
[Track 1] Las mis penas, madre, 00:42

En el texto que acompaña la edición del Colegio de México, de estas Canciones Españolas del Renacimiento del Grupo Alatorre, Margit Frenk cuenta cómo nació la idea de lanzar al público lo que hasta entonces no había sido sino un pasatiempo privado y familiar. 
Ella cuenta que, hacia 1955, acudieron a su casa a escucharlos dos invitados de lujo, Juan José Arreola y Octavio Paz, quienes por esos días, sigue contando Margit, “estaban organizando los dos primeros […] programas de Poesía en voz alta, en el teatro ‘El Caballito’ […] A Arreola se le ocurrió la idea de lanzarnos a las tablas disfrazados, como ‘Grupo Alatorre’, en la parte intermedia del primer programa. Ya se había sumado entonces, como quinta voz, el joven Jas Reuter”. En la siguiente pieza, llena de encanto polifónico, nos es relatada una simple escena: una niña y un muchacho, en este caso un doncel, se lavan la cara, el uno al otro, en una fuente de aguas claras.
[Track 17] En la fuente del rosel, 1:08

Amigas y amigos lectores, estamos dedicando este programa especial de A Pie de Página al disco Canciones Españolas del Renacimiento del grupo de intérpretes de antigua música polifónica española que fundaron en los años cincuentas los grandes filólogos mexicanos Margit Frenk y Antonio Alatorre.

Como pueden ustedes darse cuenta, por la canción que acabamos de escuchar, no hay música en ellas más que la que hacen las voces de los miembros del Grupo Alatorre. La polifonía, tal como la define el diccionario, es el “conjunto de sonidos simultáneos en el que cada uno, cada uno de esos sonidos, expresa su idea musical pero formando con los demás un todo armónico”. 
Es Antonio Alatorre, en el texto que apareció en la edición original del disco al que estamos dedicando este programa, quien nos hace ver que este Canciones españolas del renacimiento reúne obras mayormente anónimas, del tiempo que transcurre entre el reinado de los Reyes Católicos y el de Felipe II. 
Pese a tratarse de productos cortesanos, explica él, “ofrecen […] un sabor arcaico y popular, y se distinguen por su gracia, su candor, [y] su honda poesía”. Escuchemos este otro ejemplo, cuyo texto gallego portugués, explica Alatorre, tiene “una melodía suave y sentimental que contrasta con el tono más vivo y resuelto de las [canciones] castellanas”. Se titula “Meu naranjedo non ten fruta”.
[Track 10] Meu naranjedo non ten fruta, 0:59

En el texto que acompañó, a mediados de los años cincuentas, la edición original del disco Canciones españolas del Renacimiento, y que Margit Frenk ha revisado para su lanzamiento el año pasado, Antonio Alatorre se refiere a la diferencia que hay entre dos tipos básicos de polifonía (en este caso –por supuesto– polifonía vocal): una sencilla y la otra compleja. En el disco del Grupo Alatorre aparece, escribe él, desde “la homofonía sin complicaciones de la canción ‘Miño amor dexistes ¡ay!’, hasta la riqueza contrapuntística, melódica y rítmica de ‘Apuestan zagales dos’”. Entre esos dos ejemplos, sigue diciendo, “se extiende todo un periodo trascendental en la historia de la música polifónica”. Como Alatorre se refiere a dos ejemplos que están en el disco que estamos oyendo, vamos a escucharlas, una tras otra. Primero, la sencilla “Miño amor dexistes ¡ay!”:
[Track 4] Miño amor dexistes ¡ay!, 0:57

Ahora, por contraste, escucharemos unas de las piezas más complejas, en el sentido musical, de todas las que aparecen en la grabación de los años cincuentas del Grupo Alatorre. La canción se llama “Apuestan zagales dos” y se ocupa de la apuesta (precisamente) que hacen dos muchachos por ver quién es el Zagal, dicen ellos, “soberano”, es decir quién manda en la Creación. Por decirlo muy sencillamente: si es el “hombre humano” o si es Dios:
[Track 26] Apuestan zagales dos, 3:00

El rescate y la revaloración de la poesía popular fue clave para la renovación de la poesía en lengua española en el siglo XX. 
Muchos son sus encantos, como demuestra nuevamente el disco del Grupo Alatorre, pero quizás sobresalga (de entre esos encantos) la gracia infinita que tienen con frecuencia las historias de que se ocupa y los recursos expresivos de que echa mano, salpicados de una imaginería fresca e ingenua. Escuchen ustedes esta deliciosa canción, que habla de un personaje llamado Rodrigo Martínez, quien pensando que sus ánsares, es decir sus gansos, eran vacas, les silbaba…
[Track 3] Rodrigo Martínez, 1:06

Amigas y amigos lectores, estamos dedicando este programa especial de A Pie de Página al disco Canciones Españolas del Renacimiento del grupo de intérpretes de antigua música polifónica española que fundaron en los años cincuentas los grandes filólogos Margit Frenk y Antonio Alatorre. El disco, que durante largos, largos años ha sido inconseguible, ya que fue producido una sola vez a mediados de la década de 1950, y se hicieron apenas 500 ejemplares, fue el regalo institucional que el año pasado hizo el Colegio de México para celebrar los 75 años de su fundación. Fue en el Colmex, como se conoce familiarmente a esa institución académica y educativa de primer nivel en México, donde se conocieron a finales de los años cuarentas los fundadores del Grupo Alatorre.

Pero regresemos al siglo XVI y escuchemos a continuación otro buen ejemplo del encanto que conservan las letras y la música con las que trabajó el Grupo Alatorre. El estribillo de la pieza que vamos a escuchar a continuación dice: “Cucú, cucú, cucú, guarda no lo seas tú”, y se ocupa del tema del adulterio, que en el folklore europeo suele relacionarse con el pájaro cucú, el cuco, que es un pájaro que suele colocar su huevo en el nido de otra especie para que el nuevo polluelo sea criado por la madre adoptiva, que en principio no se da cuenta de la usurpación. 
La letra dice: “Compadre, guarda del cuerno / en verano y en invierno, / que aunque te parezca tierno, / duro le hallarás tú…” Como verán ustedes, parte del encanto del poema radica en la rima que hace el sustantivo “cucú” con el pronombre “tú”:
[Track 5] Cucú, cucú, cucucú, 1:13

Pero si esta canción resulta graciosa y divertida, escuchemos a continuación esta otra, sin duda una de las más hermosas del disco del Grupo Alatorre (y les confieso que mi preferida). La letra es un poema que tiene una cadena de rimas verdaderamente lograda. Es lo que los conocedores llamarían un “romance”, esto es un poema compuesto por versos de ocho sílabas cada uno, que aparecen rimados cada dos líneas. 
En este caso, el romance, que es del célebre músico y poeta Juan Del Enzina, habla de un personaje noble, casi seguramente perdido de amor, que se interna en la montaña, quizás desesperado y buscando ya la muerte. Cada dos versos, aparece la misma rima, hecha con las vocales “u” y “a”; las palabras rimadas, ustedes las irán escuchando, son “escura” (que es la forma antigua de “oscura”), “tristura”, “ventura”, “frescura”, “espesura”, “vestidura” y “mesura”. Por cierto, la expresión “se cura”, que aparece en los versos “andando de sierra en sierra / de camino no se cura”, significa en este caso, “importar”, es decir el que al caballero (que va –como decíamos­– extraviado de amor, perdido por el monte) no le importa, no le da ningún cuidado el camino por el que va pasando. Créanme que muchos poetas contemporáneos se quedarían locos de contentos con lograr, siquiera alguna vez, una página de la sencillez, la gracia y la perfección de ésta. Aquí tienen esa bella pieza musical, en voz del Grupo Alatorre, en esta grabación de sus canciones renacentistas españolas de mediados de los años cincuentas:
[Track 7] Por unos puertos arriba, 1:21

Otro estupendo ejemplo de la música y las letras de estas canciones renacentistas españolas que fueron grabadas por el Grupo Alatorre del que formaron parte Margit Frenk y Antonio Alatorre, es esta otra canción, llena (una vez más) de ese encanto característico de las manifestaciones de la antigua poesía popular. En ella, una muchacha llamada Teresica es interpelada por alguien quien le dice que, si Teresica aceptara, él pasaría una noche con ella. 
Pero nosotros no sabemos que quien habla es su hermano y por lo tanto que el tema de la canción es el incesto. Y de eso sólo nos enteraremos al final de la primera parte de la canción, cuando escuchemos la respuesta que dé Teresica a su hermano. La canción, que está armada a partir del ensamble de dos pequeños poemas en los que aparece Teresa, fue compuesta, nos informa Antonio Alatorre, por Mateo Flecha el viejo, músico de la corte de Carlos V.
[Track 15] Teresica hermana, 2:11

Acercándonos ya al final de este programa, escucharemos una canción más. El estribillo, gracioso como de costumbre en estas manifestaciones de arte popular, nos hace ver que, de las dos hermanas a las que se refiere el poeta, él prefiere a la menor. 
La canción conserva esa “e” añadida al final de palabra y rima que hace que diga: “de las dos hermanas, dose, / válame la gala de la menore”. Esta expresión, “válame la gala de la menore”, como explica Margit Frenk en su nota a este mismo poema que aparece en su Lírica española de tipo popular, quiere decir “viva la gracia de la hermana menor”. Las palabras “pulida” y “lozana” significan “hermosa, agraciada”.
[Track 19] De las dos hermanas dose, 1:00

Amigas y amigos lectores, hemos dedicado este programa especial al disco Canciones Españolas del Renacimiento del grupo de intérpretes de antigua música polifónica vocal que fundaron en los años cincuentas los insignes filólogos mexicanos Margit Frenk y Antonio Alatorre. El disco, como ya les comentaba yo, fue inconseguible durante largas décadas (ya que se hizo una sola vez a mediados de los años cincuentas, en apenas 500 ejemplares). En meses pasados, fue relazando como regalo institucional por Colegio de México, que celebró así 75 años de su fundación.

Queremos agradecer a ustedes que nos hayan acompañado en el homenaje de este programa a esos dos irreemplazables investigadores literarios mexicanos, Margit Frenk, a quien por cierto entrevistamos la semana pasada (en este mismo espacio) a propósito de su nuevo libro sobre El Quijote, por un lado, y por el otro a quien fuera su compañero durante largos años, Antonio Alatorre, el gran filólogo fallecido hace poco más de un lustro, quienes fundaron e impulsaron en el México de la década de 1950 este Grupo Alatorre, especializado en música polifónica vocal del renacimiento español.

Cerramos esta emisión especial de A Pie de Página, con una última pieza, igual de conseguida y hermosa que todas las anteriores, en este caso, como una que escuchamos antes, en lengua gallego-portuguesa. Los dejamos con las delicadas notas de este género de lírica que llenó de encanto aquel siglo, el XVI, que es crucial para la historia de México. Antes, me despido de ustedes: como todas las semanas, hemos estado (de éste y del otro lado del micrófono), Enrique Gil en la producción, Natalia García en los controles técnicos, y su amigo, lector como ustedes, Fernando Fernández.
[Track 11] 0:57

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Para escuchar el programa haga click en: http://bit.ly/1NU7wlj

Tomo las fotografías del Grupo Alatorre que ilustran este post del cuaderno que acompaña la edición de Canciones españolas del renacimiento del Colegio de México (2015). 
Salvo el retrato contemporáneo de Margit Frenk, que hice yo mismo el 20 de noviembre pasado en su casa de Tlalpan, el resto de las imágenes proceden de la red. La foto es Elvira Gascón es de Luis Miguel Vargas contreras, según el pie de foto con que aparece en La Jornada (http://bit.ly/1RUEzLV), de donde lo tomo prestado. El retrato de Alatorre es de Toni Beatty. La foto de Arreola, sin crédito de autoría, aparece en http://bit.ly/1RMhcpD; la imagen del dibujo del ánsar pertenece al Diario de un acuarelista, http://bit.ly/1J7QhBP; la imagen del cuco es de http://bit.ly/1ZC4CO4.