viernes, 17 de agosto de 2018

Últimas tardes con Federico Álvarez

A José Manuel Mateo
Lo digo sin falsa modestia: lo mejor de Contra la fotografía de paisaje, mi libro de 2014, no lo escribí yo, sino Federico Álvarez. Cuando proyectaba el índice de aquel volumen, armado a partir de materiales publicados a lo largo de los años anteriores, decidí incluir las notables respuestas que mi viejo maestro de Teoría Literaria dio por escrito al cuestionario que le propuse cuando aparecieron sus memorias de infancia y primera juventud. 
En aquellas respuestas, Federico se muestra como era en persona: un hombre luminoso y vital, de una extraordinaria inteligencia, que se expresaba con una envidiable transparencia. Pude constatar que conservó esas virtudes hasta el final de su vida porque me reencontré con él en un par de ocasiones un año antes de su lamentable fallecimiento, ocurrido ahora hace tres meses, el pasado 18 de mayo. ¡Dos ocasiones apenas! Muy pocas, es verdad, pero harto suficientes para disfrutar de nueva cuenta de su resplandeciente y evocadora conversación, de su generosidad y su buen talante, todo aquello que ayudó a encender el amor por la literatura en tantos estudiantes que, como yo, asistimos a sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras en las últimas décadas del siglo pasado.
Federico Álvarez. Foto de Javier Narváez.
Fue gracias a José Manuel Mateo, el fiel amigo de Federico que se mantuvo siempre a su lado, que volví a verlo, primero una tarde de sábado en su pequeño departamento de Copilco, por cierto en el mismo conjunto de edificios donde visité en repetidas ocasiones al arquitecto Carlos Mijares en sus últimos años, cuando Alberto Kalach y yo hicimos las entrevistas que cristalizaron en nuestro libro Croquis
Carlos Mijares y Alberto Kalach. Foto: FF
Ahí vivía Federico (o Fede, como le gustaba que lo llamaran), en un espacio más bien oscuro pero repleto de libros y recuerdos, y ahí nos recibió a Daniela y a mí aquella tarde de mayo de 2017 de la que volví tan entusiasmado por haber charlado de nuevo con mi querido maestro como ella conmovida con la personalidad de aquel anciano carismático y entrañable al que veía por primera vez.
Dos semanas más tarde volvimos a encontrarnos con él, en esta ocasión para comer en una marisquería de Miguel Ángel de Quevedo, donde Federico dio rienda suelta a su gusto por los camarones, y lo oímos nuevamente hablar del exilio español, al que pertenecía, de la Guerra Civil y de la España contemporánea, con el mismo aire ligero y corazón alegre que lo caracterizaban. 
Nunca, ni en aquellos momentos de felicidad compartida, dejé de tener presente aquello que dejó escrito en sus memorias, de que la extrema vejez, como la suya, en su caso agravada por un cáncer lento e inexorable que le llenaba de piedras el camino de casi todos los días, era como estar frente a un pelotón de fusilamiento, a la espera de la inminente descarga final. Si le fallaba la memoria a corto plazo y podía confundir los nombres de algunos conocidos y colegas de toda la vida, o de pronto se veía incapaz de recordar los lugares exactos donde ocurrieron las anécdotas a que hacía referencia, o de decir el título exacto de éste o aquel libro, la memoria que tenía que ver con los tiempos más apartados de su larga vida de noventa años se afinaba hasta el último detalle con absoluta precisión. Pero lo que hacía más sabrosa la plática era aquello con que invariablemente la salpimentaba, todas esas observaciones agudas y sonrientes que delataban un españolísimo gozo vital que era como una segunda naturaleza en él.
En su casa, además de otros temas, hablamos de libros. Entre los que estaban a la vista había un ejemplar de la edición de Anagrama de Habla, memoria, el maravilloso conjunto de evocaciones de infancia de Nabokov que yo acababa de leer precisamente por esos días, por cierto con el mismo entusiasmo que él experimentó al pasar por sus páginas, según contó aquella tarde –ejemplar que yo me cuidé de fotografiar, y en cuya última hoja Fede dejó anotados los pasajes que más le impresionaron.
Si nos recomendó la lectura, entre otros libros, de Los muchachos de la vía Pal de Ferenc Molnar, que por razones que ahora no consigo recordar él tenía en edición italiana, yo le pregunté por Miguel Prieto, de quien vi en uno de sus libreros una bella edición española, el catálogo de su exposición en España y México, un gran libro sobre la vida y la obra de aquel artista plástico y diseñador gráfico al que Fede trató y con quien puso en contacto a Vicente Rojo en los años de la mocedad de ambos amigos. Como se dio cuenta de que tenía dos ejemplares, creo recordar que uno impreso en México y el otro en España, me regaló uno de los dos.
Pero lo que más gracia me hizo fue algo poco menos que mágico y misterioso que repentinamente me devolvió a los primeros tiempos de la juventud, cuando lo conocí en persona en las circunstancias que están relatadas en mi libro. 
De pronto, José Manuel Mateo me hizo notar que sobre la repisa de uno de los libreros, encima de otras publicaciones, había unos ejemplares de Alejandría, la revista que fundé con unos amigos de la Facultad a mediados de los años ochentas. Los ejemplares estaban allí, arriba del todo, cerca de la puerta, al lado de las llaves del coche y del periódico de la mañana, como si yo se los hubiera entregado unas horas antes en uno de los pasillos de la Facultad al final de una de sus clases, sin importar que de ello hubieran pasado tres largas décadas.
Como le pregunté por la edición que prologó del libro de Max Aub, su suegro, sobre Luis Buñuel, me contó que le había prestado su único ejemplar a Miguel Ángel Flores, quien nunca se lo había devuelto, lo cual, me dijo, le dolía particularmente. Yo me ofrecí a conseguirle el teléfono de Flores, cosa que hice a día siguiente de nuestro segundo encuentro solicitando el dato en la revista Proceso, de la que aquel escritor y periodista era colaborador. 
Unas semanas más tarde le llamé a Federico para ver si había conseguido recuperar el libro, pero él ya no se acordaba de mi ofrecimiento de ayudarlo ni mucho menos de que le hubiera dado ningún teléfono de nadie. Como sacaba yo el tema, aprovechó entonces para volver a contarme el predicamento y a exponerme de paso el dolor de haber prestado irresponsablemente su único ejemplar de aquel libro tan valioso para él. No mucho después de nuestra conversación telefónica, leí en la prensa la noticia de la muerte de Miguel Ángel Flores, ocurrida el 18 de enero de 2018, cinco meses exactos antes que Federico.
Si no pude ayudarle a recuperar ese libro, me queda la satisfacción de haber formado parte de la afortunada y algo providencial cadena que permitió que la biblioteca de Federico, quien estaba muy preocupado por el destino de sus libros, haya quedado en posesión de la Universidad, después del acuerdo que el antiguo maestro de la Facultad de Filosofía y Letras firmó con el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, gracias a la voluntad y los buenos oficios de Mario Ruz, su actual director, y Fernando Rodríguez Guerra, su secretario académico. 
Por cierto, como se lo dije en su momento a Federico, en mi biblioteca, por causas que ahora no vienen al caso, hay dos ejemplares de las Conversaciones con Luis Buñuel de Max Aub, que es como se llama ese libro, por lo que me he prometido donar uno de ellos a la suya, ahora en Ciudad Universitaria, como una manera, simbólica y tardía si se quiere, de reparar aquella pérdida que tanto le dolió.
Veo las fotos que tomamos Daniela y yo durante las dos últimas tardes con Federico y me permito escoger un par de ellas para cerrar este post. Ambas imágenes fueron hechas en su departamento, que él me permitió recorrer y fotografiar en libertad. Son reproducciones fotográficas de fotos que estaban en lugares estratégicos de sus muchos libreros, apoyadas en los lomos de los libros. 
La primera es un retrato de él mismo: Fede aparece en ella en la flor de la vida: de barba, maduro y estupendo; se apoya en el letrero que está a la entrada de Lezama, aquel pueblo alavés de unas apenas cuantas decenas de habitantes, llamado como un admirado poeta cubano, delante de un Seat 127 con placas de Madrid. 
La otra es un retrato de la bellísima Elena Aub, su exmujer, a la que me parece que nunca dejó de amar, y de cuya dolorosa separación tal vez jamás se recuperó.
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Las últimas tardes con Federico Álvarez fueron el 27 de mayo y el 15 de junio de 2017. Las fotos del segundo de esos encuentros las hizo Daniela Carranza en el pasillo de conduce al restaurante Pardiños de Miguel Ángel de Quevedo, en Coyoacán; fue la última vez que estuvimos con él.

José Manuel Mateo editó, bajo su propio sello, un hermoso libro de ensayos de Federico Álvarez: Vaciar una montaña. 134 glosas. Ediciones Obranegra, México, 2009.

El libro de Max Aub sobre Luis Buñuel se llama Conversaciones con Luis Buñuel, seguidas de 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores del cineasta aragonés. Aguilar, Madrid, 1985. Prólogo de Federico Álvarez.

Más sobre Federico Álvarez en este blog:
Sobre Contra la fotografía de paisajehttps://bit.ly/2MsVWVX
Entrevista con Federico Álvarez (fragmento), https://bit.ly/2M5THMo

viernes, 10 de agosto de 2018

Alí Chumacero: dibujos felizmente obscenos

Ya he contado que tuve la suerte de conocer a Alí Chumacero como tutor del Centro Mexicano de Escritores, cuando fui becario de aquella institución en el periodo 1988-1989 (el link, al calce). La primera vez que escribí sobre ello, hace ahora cerca de ocho años, aproveché para publicar un curioso documento: la fotocopia de un texto mío que estuvo en sus manos durante una de las sesiones de trabajo, sobre la cual el gran poeta y editor hizo tachaduras y correcciones.
Levantada la sesión, aquella vez, cuando nos despedíamos, me cuidé de volver sobre mis pasos y recoger de la mesa de trabajo la fotocopia anotada, con la intención, desde luego, de conservarla, pero sobre todo con el propósito de intentar aprovechar hasta el último detalle de cuanto había señalado en ella uno de los lectores más sagaces y experimentados de la literatura mexicana del siglo XX. 
Alí, me di cuenta entonces, no sólo había tachado y corregido lo que le parecía torpe y erróneo sino que había dibujado en los márgenes de las hojas unas simpáticas figurillas, entre ellas tres perfiles, dos de ellos enfrentados, diversos estudios de bocas y narices, y un ratón con una guitarra pulsada con aire divertido y satisfecho. 
Ahora que se han conmemorado cien años del nacimiento del autor de Páramo de sueños e Imágenes desterradas he vuelto los ojos a aquellos dibujos y los he encontrado igual de simpáticos, pero más interesantes, y también, por qué no decirlo, felizmente obscenos. Antes de verlos a detalle, diré todavía algo sobre el poema. Como fueron muchos y atinados los reparos del tutor del Centro Mexicano de Escritores, “Envío”, como se llamaba el texto entonces, quedó fuera de la plaquette que armé al poco de acabar el periodo de la beca, El ciclismo y los clásicos (Los Cuadernos de Malinalco, 1990). 
Más de veinte años después, cuando el editor Miguel Ángel de la Calleja hizo la segunda edición de aquella serie de poemas, me pareció que el texto no era peor que los que sí habían sido incluidos así que procedí a restituirlo al lugar adonde cronológicamente pertenece (Parentalia, 2012, pág. 7). 
No fue en vano, desde luego, cuanto reprobó Chumacero a finales de la década de 1980 por lo que versión final del poema tiene algunos cambios tomados de su consejo. Por mi parte, hice otros, empezando por el título: no fue ya “Envío”, sino, en la línea imperante en el resto de los poemas, “Exhorta a una hermosa conocida suya a dejar la doncellez”.
Chumacero se presentaba en las reuniones de la pequeña casa del Centro Mexicano de Escritores invariablemente reidor y dicharachero, como se dice que fue siempre. Yo tengo los mejores recuerdos de su afabilidad y bonhomía. Simpático y flexible, lo cual era más evidente porque el otro tutor, Carlos Montemayor, era exactamente lo contrario, el poeta, que por entonces arribaba a los setenta años, tenía ya el pelo totalmente blanco y todavía usaba esas características gafas de pasta negra, rectangulares, de gran tamaño, que hacían más interesante el corte triangular de su rostro moreno.
Becarios del periodo 1988-1989 del Centro Mexicano de Escritores.
A la izquierda, arriba, el poeta Jorge Fernández Granados.
Siempre de traje y de corbata, Alí acomodaba su enorme humanidad a una de las cabeceras de la mesa del comedor de la casita que ocupaba el Centro en la colonia Villa de Cortés, y asistía, monolítico y estupendo y en perfecto silencio a aquellas interminables y soporíferas lecturas de sus jóvenes aprendices. De cuando en cuando, se las arreglaba para echar una siesta, todo lo discreta que se quiera y sin perder nunca un solo milímetro de contención y derechura. Eso sí, cuando le tocaba opinar, lo hacía con voz viril, de frente, al detalle y sin perder nunca de vista cuanto le parecía relevante. 
Como verá quien se asome a las fotocopias de mi poema, Alí anotaba problemas de ritmo y sintaxis, hacía ver el abuso de ciertas palabras, recomendaba renunciar a peripecias formales injustificadas, sugería evitar las rimas que le parecían involuntarias y aconsejaba acudir a los metros italianos cuando los becarios nos acercábamos a ellos, a veces sin darnos cuenta. Para las discusiones de filosofía creativa, la pertinencia o no de temas y maneras de abordarlos y otras florituras literarias, para eso estaba allí, debidamente rígido y solemne, Carlos Montemayor. En realidad, estoy convencido de que todo el numerito le producía a Alí una perfecta pereza, y ya entonces yo me daba cuenta de que no le faltaba razón.
Otra cosa es lo que se diría para sus adentros. Ahora que veo de nuevo la fotocopia del poema que estuvo en sus manos se me ocurre una lectura de los dibujos que dejó plasmados en ella. Imagino a Alí meditando sobre lo que decía mi “Envío”, calificando de inútiles los rodeos en los cuales se complacía mi poema, y acaso diciéndose, como me parece que permiten suponer los trazos que hizo distraídamente sobre los márgenes de la hoja, que con los problemas amorosos como los que planteaba la elusiva Fabiana había que dejar de lado los escarceos perifrásticos e intentar una suasoria más directa y carnal. 
Díganlo, si no, la nariz de uno de los dos personajes de la derecha, la cual se prolonga hasta convertirse en un falo, disimulado a continuación con unas antenas que le dan un aspecto de oruga, y el evidente sexo femenino que aparece debajo de ella, trazado con conocimiento de la materia e indudable pericia. 
A la izquierda, como si fuera el espíritu chocarrero siempre e incluso burlesco de Chumacero, un simpático roedor celebra la feliz ocurrencia con notas divertidas y entusiastas.
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Centro Mexicano de Escritores, 1989.

Los retratos de Alí Chumacero proceden de la red, donde se ofrecen si crédito de autoría. El que abre este post proviene de https://bit.ly/2AQecYh; la foto en la que también aparecen Octavio Paz y Marie-Jo Tramini, de https://bit.ly/2LXNFgx.

“Becario”, https://bit.ly/2uic9Wp

Más poemas en este blog:
Tres poemas de El ciclismo y los clásicoshttp://bit.ly/Ucscgb
Contra los barbados de este tiempo, https://bit.ly/2M2gmID
Un poema de 1991, https://bit.ly/2vKy1tV