viernes, 8 de marzo de 2019

Atardecer en el Patio de los Filósofos

En 2010, por generosa mediación de mi amigo Gonzalo Celorio, fui invitado a participar en el Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá de Henares. La invitación consistía en vivir un mes en el Colegio Mayor de San Ildefonso, el edificio histórico de la institución, y servirse de la biblioteca y demás instalaciones del campus universitario para trabajar en un proyecto literario en marcha. Yo me ocupaba entonces de la versión final de lo que acabó llamándose Oriundos, proyecto que concluí sólo unos meses más tarde, aquel mismo año. 
Oriundos (Cataria, 2018).
Por circunstancias que no vienen al caso, el libro, aunque fue terminado en 2010, no vio la luz sino apenas hace unas semanas, esto es ocho años después de la experiencia alcalaína.
No todo fue trabajo en nuestros proyectos literarios: los escritores en residencia (la dramaturga mexicana Brenda Escobedo, el novelista colombiano Andrés Felipe Solano, la periodista argentina Leila Guerriero y yo) participamos también en un par de mesas redondas presentadas y moderadas siempre por Celorio, una de ellas sobre música y literatura en el viejo edificio de Caracciolos de la Universidad misma, sede de la Facultad de Filosofía y Letras, y la otra sobre narrativa unos días más tarde en la Casa de América de Madrid, en el antiguo Palacio de Linares de la capital española. 
Por si fuera poco, ya que el Festival de la Palabra fue fundado con la intención de acompañar y animar la conversación literaria por los días mismos en que se hace entrega del Premio Cervantes, asistimos a la solemne ceremonia de aquel año, en el Paraninfo de la Universidad, cuando los Reyes de España se lo dieron a José Emilio Pacheco.
Fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso.
Hauser y Menet, 1891. Fuente: Wikipedia.
Nadie que sea mínimamente sensible puede dejar de advertir la belleza del portentoso conjunto arquitectónico del viejo Colegio Mayor de San Ildefonso, fundado por el Cardenal Cisneros en 1499, en cuya residencia tuvimos mis compañeros escritores y yo una habitación individual asignada para esas cuatro semanas. 
Planta de la "manzana cisneriana"
con los tres patios.
Imagen: José Luis de la Quintana.
Archivo Universitario.
Actualmente los tres hermosos patios que lo componen desarrollan una interesante secuencia espacial, debida a diversos intereses y momentos históricos. El segundo de ellos, el llamado Patio de los Filósofos, es desde luego menos grandioso que el primero, el Patio de Santo Tomás de Villanueva, y menos bello y misterioso que el último, el Patio Trilingüe, pero tiene lo suyo. Al parecer se llama Patio de los Filósofos o De Continuos porque ahí estaban las aulas de Filosofía y más tarde estuvieron los cuartos de los criados, por lo visto llamados de ese modo, “continuos”. 
El Patio de los Filósofos del Colegio Mayor de San Ildefonso
Foto: Wikipedia
Según leo, es el patio que más ha sufrido con el paso del tiempo, entre otras razones porque al principio, en los remotos años fundacionales, estuvo atravesado por un camino de servidumbre y fue restaurado luego en diversas ocasiones a lo largo de dos siglos.
Colegio Mayor de San Ildefonso. Vista aérea en la que pueden distinguirse,
uno tras otro, los tres patios. El segundo es el de los Filósofos.
Foto: Universidad de Alcalá de Henares
Sobre todo se comprenderá que considero que el Patio de los Filósofos tiene lo suyo cuando ofrezca el irresistible dato de que fue, al menos durante cuatro felices semanas, el patio de nuestra residencia, al que daban los cuartos mejor acomodados, el que nos recibía al volver de las cotidianas actividades en la ciudad natal de Cervantes y Manuel Azaña, la de los campanarios habitados por los grandes nidos de cigüeñas, la sede del Archivo General de la Administración. 
El Tío Aquilino. Archivo de FF.
Precisamente para consultar ese archivo había estado yo anteriormente una sola vez en la ciudad cervantina, a principios de siglo, cuando fui a solicitar el expediente de mi bisabuelo Aquilino Fernández Berridi, humilde labrador de las montañas de Cabrales que un día, de regreso de un viaje fugaz por América, decidió estudiar por correo para hacerse maestro de escuela y se convirtió en poeta autodidacta. El Tío Aquilino, como se le recuerda cariñosamente a más de medio siglo de su muerte en la comarca cabraliega, fue una figura determinante en la vida de los cuatro personajes principales de Oriundos.
Vista de páginas interiores de Oriundos 
con la tarjeta incluida en la edición (Cataria, 2018).
En el centro de la foto está el maestro del pueblo, el Tío Aquilino.
Pero el Patio de los Filósofos tiene algo más, algo que apenas tienen los otros: árboles. Y gracias a ellos, pájaros. En las mañanas, primero, y luego en las tardes, los pájaros llenaban con sus cantos el bellísimo paraje, y era un placer sentarse al fresco de sus árboles a escucharlos dialogar con deliciosa animación. En una ocasión bajé oportunamente al patio y me acomodé en una de las bancas para presenciar el espectáculo sonoro de las aves asistiendo, alborozadas y revueltas, a la caída de la tarde. Me cuidé de llevar conmigo una grabadora, lo cual me permite ahora, más de ocho años después, volver a escuchar con fidelidad una de aquellas sesiones de relajada audición en el mismo lugar donde se celebra la entrega anual del máximo reconocimiento de las letras españolas. La grabación que comparto con este post es del 27 de abril de 2010. Ignoro si son las mismas aves que escucharon, en ese mismo exacto sitio, algunos viejos y entrañables amigos, como Lope de Vega o Francisco de Quevedo, pero nada me impide pensar que eso es así.



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Tomo la foto que abre este post de la página en línea de la Universidad de Alcalá de Henares; la que acompaña la imagen de la grabación es de Francisco García Hervías y la tomo prestrada de su cuenta en Flickr.

Aquí texto que leí en abril de 2010 en la Casa de América de Madrid, https://bit.ly/2H3cK79

Más pájaros en este blog:
El maestro de ética, https://bit.ly/2NMSLK8
Visita sabatina, https://bit.ly/2Hgchh2
Paloma y no, https://bit.ly/2HiiCZq
Un pájaro que canta como si dijera José María, https://bit.ly/2XABEQm

Un pájaro que canta como si dijera el nombre de mi hermano. Foto: FF.
Más sobre Oriundos en Siglo en la brisa:
La flamante edición, https://bit.ly/2ES60qb
Santos, 1923, https://bit.ly/2CGCxir
Antonio Poo, https://bit.ly/2zgKjzi

viernes, 1 de marzo de 2019

El maestro de ética (poema)

Daba clases de ética y lógica en la preparatoria, el Centro Universitario México (CUM). Su nombre, Roberto Alatorre, al que solía añadir su segundo apellido, Padilla, aparecía en la portada de un libro de esos temas que es posible que para aquellos tiempos ahora algo remotos fuera ya una antigualla incluso para alguien como él. 
Un día hizo en clase un comentario que me sumió en reflexiones nunca del todo resueltas, al grado de que más de cuatro décadas después, la mañana de un sábado de 2015, escribí de un tirón el poema que justifica este post. Es verdad que para entonces un feliz párrafo de Maeterlinck, del cual me ocuparé en una entrega futura de Siglo en la brisa, había dado un nuevo curso a mis meditaciones sobre el caso, con una perspectiva apenas literaria, si se quiere, pero estimulante y novedosa al menos para mí. “El maestro de ética” es uno de los cuatro textos largos que dan estructura a Oscuro escarabajo, mi nuevo libro de poemas, el cual circula desde principios de noviembre bajo el sello de Ediciones Monte Carmelo.

El maestro de ética

El maestro de ética
decía de los pájaros, de los humildes pájaros,
que hacían sus nidos desde siempre
perfectos pero idénticos, estúpidamente
idénticos.

De los pájaros, sí,
de los que al alba cantan
en tanto me despierto,
                                    que porque nace el día,
y los que por la tarde pían
sin más razón que porque cae el sol.

A mí me preocupaba aquel extraño género
de pensar, y desde entonces
ya veía a los pájaros,
        a los humildes pájaros,
a los que cantan día y noche,
con una rara mezcla de embeleso
y compasión.

Muchos años después
me doy cuenta de que acaso eso decía,
el maestro de ética,
por ejemplificar la superioridad del hombre
sobre los pobres pájaros, superioridad, me temo,
en la que no creía:
                             era grave, hierático,
como de otro tiempo y edad;
                                              y no dudo que tuviera
alguna fe en el hombre, pero una fe sin práctica
ni verdad,
   una fe excesivamente dogmática;
porque los hombres no son mejores,
y quizás lo sabía el maestro de ética
–quien se pintaba el pelo con un negro subido,
jamás mudaba el gesto
como de pocos amigos, y con ninguno hablaba nunca,
ni siquiera con ningún
otro maestro.

A la escuela llegaba
en un Impala gris,
                            uno de aquellos automóviles
que se miden por la eslora
y la lámina,
iquiera﷽﷽ de temo que teno
erezo
gigante de otras bajo
                   y en alguna ocasión,
unos años después de salir de la preparatoria,
lo vi en la calle un día al volante
del mismo Impala idéntico,
                                           una lancha excesiva y aparatosa
(siquiera por contraste con el progreso
del parque vehicular);
                                  era él, qué duda cabe
de que era él, pero más pálido
–un tanto fantasmal
                                  y enjuto, los ojos ya arrasados
por el tiempo que pasa
y las manos en el volante, las manos de gigante
de otras épocas,
y el pelo ya sin pintar.

Y como siempre fui porfiado,
                                             alguna vez
en un recreo largo
fui a preguntarle, al maestro de ética, al corredor
del tercer piso de la escuela,
el de más arriba,
                          donde él se refugiaba
a la vista de todos durante aquel recreo
mirando siempre al patio,
qué cosa exactamente quería decir con aquel extraño
género de pensar.

Las manos en la baranda, mirando sin mirar
el patio pletórico
de muchachos confundidos y revueltos, sin perder
una sola molécula
de hieratismo o gravedad,
                                          me oía preguntarle
qué quería decir con aquello de los nidos de los humildes pájaros
estúpidos e idénticos.

Pero él nunca pasaba de ahí:
se ve que alguna cosa había en ello,
una cierta distancia de la cual
ya no podía regresar,
                                  y entonces insistía, el maestro
de ética, en la misma idea idéntica,
sin dar explicaciones ni ejemplos –de aquellos que valoran
los que estudian
y se dejan fácilmente
impresionar.

Y como yo guardara
silencio, él adoptaba a su vez
                                                una mudez más recia,
siempre en contraste con el pajarerío del patio,
aquellos muchachos confundidos y revueltos
en el recreo de abajo
sobre los que él reinaba,
                                       el maestro de ética,
con su presencia severa,
el arrendajo de su ceño suspendido en el tendido eléctrico
de su callar.

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Más sobre Oscuro escarabajo en este blog: 
Primer ejemplar, https://bit.ly/2SWcER8

Otros poemas en Siglo en la brisa:
Milagro en la playa, http://bit.ly/W7y222
Paloma y no, http://bit.ly/lKlTwP

Más sobre el Centro Universitario México (CUM):
Caricaturista (1979-1980), http://bit.ly/1SZf0c3
La Revolución y el fracaso educativo en México,http://bit.ly/hbMJUo
Borges y el prestigio del sistema decimal,http://bit.ly/1fdQ6RC
Colegas humanistas, http://bit.ly/1XAI4YH

viernes, 22 de febrero de 2019

Oriundos, el libro

Entre 2001 y 2006, viví en Oviedo, la capital de Asturias, ciudad del norte de España donde nació mi madre y se conocieron mis padres. A unos 120 kilómetros al oriente de esa ciudad está la montañosa comarca de Cabrales, de donde emigró mi familia paterna a partir de finales del siglo XIX. Al poco de llegar a tierras asturianas, aprovechando que vivían algunos ancianos del pueblo, empezando por dos tíos abuelos míos –primos entre sí, quienes habían pasado cada uno por su lado una larga temporada en México–, empecé a escribir un libro que relata la historia de esa emigración. Oriundos, como se llama el libro, es una crónica familiar relatada desde la perspectiva del nieto y el bisnieto de emigrantes asturianos en México que se reencuentra con el lugar de origen, los parajes, la historia y los matices de la singular manera de expresarse de los emigrantes entre los que nació. El libro, por cierto el primero de una nueva editorial llamada Cataria, empezará a circular a partir del mes próximo. Esta semana, en Siglo en la brisa, las primeras imágenes de la flamante edición.

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Más sobre Oriundos en este blog:
Santos, 1923, https://bit.ly/2CGCxir
Antonio Poo, https://bit.ly/2zgKjzi
Felipe el de Servanda. Ver "Retratos asturianos". Foto: FF
Más sobre Asturias en Siglo en la brisa:
Árbol genealógico, http://bit.ly/KOKiw8
En la boda de Lola y Félix, https://bit.ly/2yIiLCK
Retratos asturianos, https://bit.ly/2KnktdZ
Autógrafos remotos, https://bit.ly/2KpuLgW


jueves, 14 de febrero de 2019

Oscuro escarabajo (presentación)

El pasado sábado 26 de enero se presentó Oscuro escarabajo (Monte Carmelo, 2018). Fue en el patio cubierto de la galería de Ramón López Quiroga, en el corazón de Polanco, entre las piezas de la exposición que celebraba los 90 años de Manuel Felguérez. Participaron mis amigos el poeta David Huerta y el poeta y editor Francisco Chico Magaña, quienes se mostraron tan generosos con mi persona como lo fueron para con mi nuevo libro de poemas.
Francisco Chico Magaña. Foto: José María Fernández Figueroa
Chico Magaña evocó la ocasión en que nos conocimos, hace más de una década, cuando visité Villahermosa por vez primera como director del Programa Nacional de Tierra Adentro, y contó que ya entonces me había pedido un libro para Monte Carmelo, su cuidada y hermosa editorial, cuyo estimulante catálogo es su mejor biografía como hombre de libros. 
Chico Magaña: notas de presentación de Oscuro escarabajo.
Foto de él mismo
Por su lado, David Huerta se refirió al tiempo que llevamos conociéndonos y tratándonos, desde los primeros años noventas, cuando tuvo la enorme gentileza de proponer mi nombre como candidato a teaching assistant del Departamento de Lenguas Modernas y Lingüística de la Universidad de Bucknell, de la cual él había sido poet in residence, gracias a lo cual pasé los dos semestres del curso 1991-1992 en el campus de aquella universidad del centro de Pensilvania. 
David Huerta. Foto: José María Fernández Figueroa
Si Chico habló de nuestro anfitrión, Ramón López Quiroga, un hombre fino y de perfecto gusto artístico, y agradeció el que nos permitiera presentar el libro en su galería, David, por su parte, señaló nuestra común devoción por la persona y la obra de Juan Almela y pasó luego a ubicar el tema de las nubes, que tienen la encomienda de articular la estructura de Oscuro escarabajo, en Baudelaire, quien famosamente dedicó la primera página de sus célebres poemas en prosa a ellas, y después en estos preciosos y delicados versos de Gorostiza, 
          Por un aire de espejos inminentes,
          ¡oh impalpables derrotas del delirio!
          cruza entonces a velas desgarradas
          la airosa teoría de una nube,
cuyos cúmulos rotos, pero aun así blanquísimos, vimos por un segundo de contenido silencio cruzar frente a los ojos por el albo patio de aquel sábado de sol unánime y sin una mancha de la Galería López Quiroga. Por último, David Huerta leyó el poema que da título al libro.
Foto: José María Fernández Figueroa
Imposible traer a la pantalla cuanto se dijo en la ocasión, más allá de insistir en el agradecimiento que manifestamos a Ramón López Quiroga, desde luego, y el que hice yo expresamente a Chico Magaña, uno de los mejores editores de poesía que hay en el país, y a David Huerta, el poeta que yo más quiero y admiro. Me conformo en esta ocasión con postear los videos hechos por Verónica Chicurel y José María Fernández del momento final de la presentación, cuando leí cinco poemas del libro. A ella y a él les doy las gracias por dejar testimonio de un día importante para mí.
Foto: José María Fernández Figueroa

"Analectas"

"Cazadora"

"Difícil"

"Señor don san José"

"La buena memoria"


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Las imágenes que componen este post fueron hechas el sábado 26 de enero de 2019, en la Galería López Quiroga de la Ciudad de México. Mientras la primera foto y los dos primeros videos son de Verónica Chicurel, las fotografías (excepto la de Chico Magaña) y el tercero, cuarto y quinto videos, son de mi hermano José María Fernández Figueroa.

Más sobre mi nuevo libro en este blog: 
“Oscuro escarabajo” el poema, seguido de
una entrevista, https://bit.ly/2V2lttd
Primer ejemplar, https://bit.ly/2SWcER8