viernes, 19 de diciembre de 2014

¿Por qué Contra la fotografía de paisaje?


Mi amigo Sergio Vela se ríe de buena gana cuando le entrego un ejemplar de Contra la fotografía de paisaje. Él, que ha sido mi amigo íntimo durante los últimos treinta años, más de media vida rica en músicas y literaturas, me recuerda que hace larguísimo tiempo le advertí que algún día publicaría un libro con ese título. 
El concepto que sostenía mi discutible teoría afirmaba que la fotografía no fue inventada para retratar paisajes, que cambian a un ritmo al que en principio no es sensible el tempo fotográfico –si hay algo que pueda llamarse de esa manera–, sino para el retrato, donde ese arte, sensibilísimo para el registro de los cambios, se cumple con todas sus consecuencias. ¿Quién podría decir que el bosque, el más esplendoroso de los bosques, retrata mejor que el menos interesante de los rostros humanos?
He aquí el libro. Como contaba en este mismo espacio hace unas semanas, se trata de una reunión de trece ensayos literarios que van de Marcel Proust y Borges a Claudio Isaac y Pilar Montes de Oca, por destacar, de entre los autores que aparecen en sus páginas, a los más apartados entre sí en el tiempo, todo ello seguido de una entrevista a un entrañable maestro de la Facultad de Filosofía y Letras. La adaptación del concepto de mis años de estudiante se explica en la nota de presentación que copio abajo, precisamente la del volumen que aparece en una coedición entre Libros Magenta y la Dirección General de Publicaciones de Conaculta.

Contra la fotografía de paisaje
Presentación
por FF
El autor de los ensayos de este libro, ahora que los prepara para la imprenta y se asoma nuevamente a ellos, se da cuenta de que mucho más que de totalidades acabadas o de ideas expresadas de forma suficiente y autónoma, están compuestos de parcialidades y pormenores. Conforme avanza en su lectura –que aprovecha para retocarlos aquí o allá, cambiar una palabra por otra, suprimir una coma o eliminar un párrafo– se da cuenta de que su manera de leer la realidad se distingue por su interés en las características de ciertos ejemplares botánicos, por poner un ejemplo que seguramente va a gustarle, y no en el sitio que ocupan en las clasificaciones; en el individuo antes que en el género al que pertenece; en la naturaleza de una obra literaria más que en el lugar que ocupa en el paisaje de la literatura.
Y así, en vez de buscar la distancia para conseguir una visión de perspectiva –digamos que cargado de ideas heredadas y aparatos teóricos–, prefiere echarse camino abajo por una senda que cada vez es más angosta hasta que desaparece como senda, armado de lo que va con él, que viaja con el equipaje mínimo y las manos prácticamente vacías. ¿Y qué es lo que resulta de su inmersión en la espesura? No tanto la generalización como la peculiaridad específica; más el detalle que la idea de conjunto; muchísimo menos los poderosos árboles que se admiran desde el globo aerostático, que la hoja endeble mirada por el envés. En una palabra: aquello que no es una imagen panorámica. Así, quien firma este libro prefiere ofrecer los trazos que lo impresionan vivamente, las pinceladas que le dan emoción y las situaciones que lo llenan de perplejidad, y deja que sus lectores sean quienes se hagan la idea del horizonte que debería prevalecer.
Los ensayos que se reúnen por vez primera en este volumen son el resultado de la lectura de los libros que prefiere, los incidentes que cree que vale la pena retener, las evocaciones que rondan su cabeza y las lecciones que nunca ha olvidado: el espeso averío que puebla las páginas de una novela; el adjetivo que da vida; una anécdota que incita a la tentación de modificarla; la diéresis que marca un hiato; la anómala soledad de un ejemplar de una edición en dos tomos misteriosamente olvidado en una biblioteca incipiente; una frase cuajada de lunfardo; las peripecias de un documento trivial firmado por un viejo escritor que admira; una marina hecha de palabras, que llena el espacio del cuarto en que se lee con sus aromas, sus vibraciones y sus sonidos; la belleza del título de un libro; la belleza del nombre de una comarca a la que sólo conoceremos por sus frondas; la imagen de febrero como una casa en cuyo último piso hay dos cuartos derribados por el aire; el amor de las indias por el tianguis; el río de la memoria que ha arrastrado cuanto existe de firme en la ribera para depositarlo muchos kilómetros abajo, y su exacto contrario, la evocación de unos versos que no se pueden olvidar y que si han de recordarse no puede ser sino palabra por palabra, unos porque le abrieron la puerta a un fascinante mundo verbal:

Allí alquilaban ropas insólitas, fraques y futraques,
atuendos de odalisca suripanta, de margrave

y otros porque dan cuenta de una capacidad expresiva y un bagaje lingüístico portentosos:

Pero todo era gloria en la inmortal infancia:
la luz floreaba junto a los rosales
y daba extraños frutos que escaldaban la lengua
como los del rojo umbrátil ciruelo japonés,
que sólo producía cada seis meses dos frutillas amargas,
para probar a sus feraces y ubérrimos vecinos
que no era estéril, sino morigerado y elegante como un bonzo.

Luces y sombras, si se quiere, de un paisaje que es todo menos un paisaje, y que aun si lo fuera no podría ser fotografiado, o no de manera general y en una toma abierta, porque se perdería la esencia de lo que tiene que transmitir. Y es cuando piensa: este libro se justificaría si alguno de esos detalles, si una sola de las parcialidades que conforman su diatriba a favor de las cosas que admira, se quedara en la mente de los lectores como si fuera una pequeña totalidad.
________________________
Más sobre Contra la fotografía de paisaje en este blog:
Resumen de su contenido, ensayo a ensayo, http://bit.ly/1HzF8oV

El retrato que abre este post lo hice en el interior del Palacio de Bellas Artes, una hora antes del estreno de la ópera La mujer sin sombra de Richard Strauss, que Sergio montó en abril de 2012. El otro, en blanco y negro, tiene casi la edad de nuestra amistad y la hice con una Canon RM que era de mi padre. La foto en la que aparezco con mi amigo la tomó, el mismo día y con la misma cámara, mi hermano José María. La imagen del libro de Jenofonte la tomo prestada de la red, lo mismo la que ilustra esta nota, y en la que puede verse a Borges y su amiga Alicia Jurado. Uno de los textos de Contra la fotografía de paisaje recupera una famosa anécdota que ella contó sobre él.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Leñero comenta las mejores portadas de Proceso


En 1998 pedí a Vicente Leñero que comentara las mejores veinte portadas de la revista Proceso, que un grupo de amigos, entre quienes estaban Carlos Monsiváis y Rafael López Castro, habían escogido para Viceversa. Leñero aceptó, encantado. La idea era publicar su texto como parte de un número dedicado a hacer una “relectura” del famoso golpe a Excélsior del 8 de julio de 1976. La entrega apareció en septiembre de aquel año, 1998, con una portada en la que puede verse a Julio Scherer en primer término, en el momento mismo en que abandona el periódico.
Detrás de él vemos a Manuel Becerra Acosta, y detrás de ambos, al fondo, debajo de la “V” central de Viceversa, reconocemos el rostro inconfundible de Leñero. La imagen es de Aarón Sánchez.
Además de las notas sobre las portadas de Proceso, en aquel mismo número de Viceversa publicamos una crónica sobre la manera en que trabajaba el periodista Leñero, escrita por su colega Carlos Marín; un texto de Hugo Hiriart acerca de un retrato de Julio Scherer; un artículo de José Carreño Carlón a propósito del poder y los medios en México. Por último, cuatro comentaristas escribieron sobre el significado del histórico golpe, veintidós años después: Ciro Gómez Leyva, Julio Hernández, Roberto Zamarripa y Jorge Zepeda Patterson. El número se completaba con un portafolios de los fotógrafos de Proceso (Canseco, Salas, Castellanos, Miranda, Daniel, Cato, Flores y Ávila) que titulamos “Estar ahí y disparar a tiempo”.
Durante largos años, Leñero encabezó el grupo de diseñadores, fotógrafos y periodistas que hicieron semana tras semana la portada de la publicación política más importante de las últimas décadas en México. Este post recupera lo que él mismo escribió sobre diez de las veinte portadas que en aquella ocasión publicó Viceversa (número 64, septiembre de 1998). Esta breve muestra de su trabajo en sus propias palabras pretende ser un modesto homenaje al desaparecido periodista, hombre de teatro y narrador.

Las mejores portadas de Proceso
Por Vicente Leñero

Número 648. 3 de abril de 1989
En este tiempo habíamos terminado ya con las horribles portadas que yo diseñaba, con pésimo sentido estético: llenas de cuadritos de colores y de recuadros, con muy pocas fotos y muchísimas cabezas para atrapar el interés periodístico del lector. Lo importante eran los asuntos. Una vez dije ¡Basta!, después una severa autocrítica, y regresé a la foto única, con pocas cabezas y de asuntos importantes. Esta foto del Gabo me sigue pareciendo magnífica. Creo que el propio Gabo se la proporcionó a Julio [Scherer, director fundador de Proceso]. Es de un venezolano llamado Martín Quiroz. La tomó en 1988.
Número 648, 3 de abril de 1989. Salinas da línea. Foto: Martín Quiroz, Caracas, 1988.

Número 743. 28 de enero de 1991
Durante mucho tiempo ésta fue una de mis portadas preferidas. Por estética tal vez. 
Lo original, y eso lo discutimos un buen rato, fue incluir entre los ofrecimientos noticiosos la cabeza de Boogie en Proceso. Valió la pena. 
No fue Fontanarrosa quien decidió dedicar su cartón (esta vez de dos páginas) a la guerra del Golfo. Nosotros se lo solicitamos a Buenos Aires. Es decir: se lo solicitó Julio. Fontanarrosa no tenía tiempo, dijo, andaba muy ocupado, pero Julio le hizo una de sus habituales “manitas de puerco”. Y el argentino cumplió rápido.
Número 743, 28 de enero de 1991. La guerra. Foto: Agencia GAMMA.



Número 783. 4 de noviembre de 1991
No sé cómo Adriana Abarca, de Imagen Latina, consiguió ponerse detrás del presidente, en el balcón de Palacio, y plasmó esta imagen que se antoja histórica, por inconfundible, por chistosa, por agresiva finalmente. 
Agresiva la consideró Salinas y nos lo dijo a Julio y a mí en algún encuentro. No se vale, dijo Salinas. Fue Vicente, me señaló Julio sonriendo. La verdad es que nunca más pudo fotógrafo alguno, según nos contó Juan Miranda, ponerse detrás del presidente esquivando a su guardia presidencial.
Número 783, 4 de noviembre de 1991. Tercer informe, el futuro que Salinas quiere. Foto: Adriana Abarca/Imagenlatina.

Número 784. 11 de noviembre de 1991
En nuestra reunión de los jueves, en que diseñábamos la portada, la frase y su balazo, brotaron con sonido contundente. Una portada agresiva, como debía ser, como eran en los mejores momentos de Proceso
Gracias a Salinas, a sus desplantes políticos, a su empeño neoliberal (que entonces se denominaba absurda e hipócritamente “liberalismo social”), conseguíamos fácilmente portadas como ésta, mientras la mayoría de los medios doblaban su espalda servil a los trancazos del señor presidente. Marco Antonio Sánchez disolvió muy bien la parte superior de la célebre foto de Zapata. Creo que la frase de la cabeza acentúa la impresión de que el caudillo está a punto de las lágrimas.
Número 784, 11 de noviembre de 1991. La Revolución mexicana va para atrás. Tronó el campo. Foto: Agustín Víctor Casasola.



Número 882. 27 de septiembre de 1993
Del archivo de Novedades, Juan Miranda rescató está buena foto del Villano del 68. Aunque el material de este número era abundante, muy rico, nos conformamos con citar sólo el hallazgo. Esa ha sido siempre la obsesión de Proceso: los hallazgos.
Número 882, 27 de septiembre de 1993. El 68. Cartas del archivo de Díaz Ordaz. Foto: Archivo Novedades.


Número 926. 1 de agosto de 1994
A puro enmarcar y enmarcar en la Macintosh una foto de la cabeza entera de Marcos, tomada por Juan Miranda, Marco Antonio Sánchez y yo llegamos a este encuadre que primero nos pareció una ocurrencia y luego consideramos, pretenciosamente, un “agudo subrayado del significado del fenómeno Marcos”. 
Recordé aquel verso de Machado: “El ojo que te ve no es ojo / porque tú lo ves./ Es ojo porque te ve”. Julio andaba ese fin de semana de vacaciones, y por fax le envié la propuesta de portada. Me regresó un telefonazo: Maravillosa, Vicente, maravillosa. Pienso que conseguimos lo que Efrén Maldonado me sugería cada rato: a ver cuando sacan una portada que no necesite cabeza.
Número 926, 1 de agosto de 1994. Marcos. Foto: Juan Miranda.

Número 942. 21 de noviembre de 1994
Durante mucho tiempo se estuvo preparando el amplio reportaje sobre Raúl, y tardaba, tardaba en salir. Julio lo urgía porque estaba convencido de que si queríamos ser fieles a la oportunidad periodística, a la validez de la denuncia, al valor del oficio, este desvelamiento documentado debería publicarse antes de que el presidente Salinas concluyera su sexenio. 
A toro pasado, como suele hacerlo la prensa servil, las acusaciones resultaron antiperiodísticamente fáciles. La frase es la más genial de Julio durante todo el sexenio salinista: lo dice todo, lo sintetiza todo. Lo anticipó todo. El hermano incómodo es, desde entonces, el apelativo definitorio y definitivo de Raúl.
Número 942, 21 de noviembre de 1994. Raúl Salinas. El hermano incómodo. Foto: Francisco Daniel.

Número 960. 27 de marzo de 1995
Tres meses después de los errores de diciembre, el secretario sufría. No fue difícil señalar ¡Ésta! a una de las fotos de la tira de contactos que nos había mostrado, a Marco Antonio Sánchez y a mí, el fotógrafo Joaquín Cato. 
La metimos en la Macintosh y llamamos a Julio, a Rafael, a Marín, a Carlos Puig. Todos dijeron: Claro, es la portada. Y no podían dejar de sonreír. Es obvio: a la foto del ojo de Marcos, le sobran las letras.
Número 960, 27 de marzo de 1995. La debacle. Nadie puede pagar. Foto: Joaquín Cato.


Número 1024. 17 de junio de 1996
Esta foto es un remedo de otra anterior en la que también en blanco y negro, aunque ligeramente virada en un dúo tono azul, aparece un Salinas allá contrito, vencido. La cabeza dice: El declive [número 910, 9 de abril de 1994]. Corresponde a una foto tomada durante el sepelio de Colosio. 
Es una portada mucho mejor que ésta y francamente terrible. A Salinas le dolió muchísimo. Se sintió ofendido otra vez, como en la foto de espaldas. Nos lo dijo personalmente una noche, la única noche que visitó las oficinas de Proceso, antes de una cena que teníamos Julio y yo con él, en casa de Julio. Salinas entró en el departamento de diseño y echó un vistazo al muro tapizado con las portadas de los últimos dos años. Rápidamente localizó El declive. Giró para mirarnos. Esa portadas me dolió mucho, fue muy cruel, yo me sentía verdaderamente desolado, dijo. Eso es lo que muestra la portada, dijo Julio.
Número 1024, 17 de junio de 1996. El miedo a Salinas. Foto: Héctor García.


Número 1113. 1 de marzo de 1998
La foto, muy bien resuelta a mi juicio en la confección de la portada, es por sí misma la esencia del reportaje. Una foto que no necesita subrayados para proclamar la denuncia.
Número 1113, 1 de marzo de 1998. Acteal. Cómo fue la masacre. Foto: Marco A. Sánchez.

Número 1121. 26 de abril de 1998
A lo largo de la historia de Proceso, unas tres o cuatro portadas dedicamos a Octavio Paz. 
Ésta, en ocasión de su muerte, es quizá la mejor, gracias a la magnífica foto de Juan Miranda muy bien trabajada en la Macintosh por Marco Antonio. La negrura dice más que la cabeza; una cabeza que en lo particular no me gusta, periodísticamente hablando. Pero ahora, de las portadas de Proceso, ya no tengo vela en ese entierro.
Número 1121, 26 de abril de 1998. Las guerras de Octavio Paz. Foto: Juan Miranda.

___________________________
El retrato de Leñero que abre este post es de Roberto Portillo. Apareció en el número 9 de Viceversa (febrero de 1994), acompañando una entrevista de Ricardo Cayuela Gally.
Las imágenes de las portadas de Proceso provienen de su Hemeroteca en línea, de donde las tomo prestadas.

Más sobre Proceso en este blog:
El número de Scherer (a la derecha de estas líneas), http://bit.ly/12AooNW
Juan Miranda retrata a Octavio Paz, http://bit.ly/1euDvXV

Más sobre Viceversa sin salir de Siglo en la brisa:
Mis diez portadas preferidas, http://bit.ly/VXMFDt
Viceversa en la historia del diseño gráfico en México:
Primera parte, http://bitly.com/S5fFHU;
Segunda parte, http://bit.ly/XDodtG;
Tercera parte, http://bitly.com/Ze9KW8.
De Orwell a Trotski a Viceversahttp://bit.ly/SQ5p6V
A veinte años de la fundación de la revista, http://bit.ly/1q7lIik



viernes, 5 de diciembre de 2014

Manuscrito velardiano


El número de diciembre de la revista Este País incluye un fragmento del ensayo “El enigmático caso de ‘El sueño de los guantes negros’”, uno de los cinco trabajos sobre diversos aspectos de la obra y la vida de Ramón López Velarde que forman parte del libro Ni sombra de disturbio.
Se trata específicamente de las páginas dedicadas a contar la visita que hice a la biblioteca de la Academia Mexicana de la Lengua, acompañado de una investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), con el propósito de analizar el único manuscrito en que se conservó el misterioso poema. Aquella vez fuimos recibidos por el bibliotecario Liborio Villagómez, con quien pasamos poco menos de un par de horas estudiando los papeles de López Velarde que custodia la Academia desde 1973.
Como el análisis que publica Este País se refiere a algunos detalles del manuscrito, me ha parecido oportuno armar este post para reproducirlo por ambas caras; así, quien se interese en el caso y proceda a leer el artículo, tendrá a la vista las imágenes que acompañen su lectura. (Reproduzco también el sobre en el que el famoso documento fue conservado durante muchos años.) El día, por cierto, que fui a la Academia a recoger el dictamen del INAH (la gestión del asunto fue hecha de manera institucional), quise dar las gracias al maestro Villagómez, quien volvió a recibirme con su amabilidad y su calidez características. Por eso no di crédito a mis ojos cuando, apenas unos días más tarde, me enteré de su prematuro y lamentable fallecimiento.
Aprovecho esta entrada de Siglo en la brisa para agradecer a mi amigo Gonzalo Celorio, secretario de la Academia, por abrirme las puertas de esa institución; también, por supuesto, a Malena Mijares y a Nacho Ortiz Monasterio, respectivamente directora de Este País y editor del suplemento de cultura de esa revista, por la ayuda prestada para difundir mi trabajo.





____________________
Los documentos que se reproducen en este post pertenecen a la Academia Mexicana de la Lengua. Ni sombra de disturbio es una coedición entre AUIEO Ediciones y la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Dos de las tres imágenes del libro que aparecen en este post son de Alicia Sandoval, editora de AUIEO. La tercera es mía.

Más sobre Ni sombra de disturbio en este blogImágenes del primer ejemplar, http://bit.ly/1tajBtu
Más sobre López Velarde sin salir de Siglo en la brisaEl amigo asturiano de Ramón, http://bit.ly/b1iBm5Fermín Revueltas ilustra El son del corazónhttp://bit.ly/1ggNc03