viernes, 10 de octubre de 2014

Tezcatlipoca (Códice Borgia, lámina 17)


Hace unas semanas, para ilustrar un par de entregas sobre el extranjero Tohuenyo, de quien la leyenda cuenta que enamoró a la hija del gran Huémac mostrándole el miembro viril (“El chile de Tobeyo”, en dos partes; los enlaces, abajo), me serví de una figura del dios Tezcatlipoca que aparece en el portentoso Códice Borgia. Intrigados, algunos lectores me preguntaron de dónde procedía y qué significaba la imagen. Entonces se me ocurrió trasladar las preguntas a mi amigo Eduardo Menache, quien está cursando el doctorado en filosofía con una tesis sobre el célebre documento precolombino. Él aceptó y me sugirió que hiciera lo mismo con nuestro amigo común, el novelista y fotógrafo Mario González Suárez. Acompañados de un grupo de exalumnos de la Escuela Mexicana de Escritores, ambos mantienen desde hace largos meses un diálogo interesantísimo y fructífiero sobre el códice. ¿Qué es, qué significa y hacia qué apunta la fastuosa imagen de Tezcatlipoca que aparece en la parte inferior de la lámina 17 del Borgia? He aquí dos interpretaciones complementarias.

Tezcatlipoca (Códice Borgia, lámina 17, parte baja)

Dios ataviado de dioses (o Una grieta en el ser)
Por Eduardo Menache

La imagen es una teofanía. (1) Tezcatlipoca, el “espejo que ahuma”, aparece en majestad. Dos espejos negros y humeantes lo identifican: uno en la sien; el otro tomando el lugar de su pie mutilado. Un tercer espejo, o quizá un ojo, pende de su cuello a modo de pectoral. La pintura de su rostro, en franjas transversales negras y amarillas, es la de un combatiente joven e invierte el diseño que ostenta el dios viejo del fuego. Su única sandalia es de obsidiana. La rodela, las flechas, el lanzadardos, la bandera sacrificial, el máxtlatl con dibujos de huesos, el arreglo de sus cabellos, su tocado de plumas de garza y de quetzal, lo erigen como uno de los señores de la guerra, de la conflagración.
Es, para nosotros, uno de los dioses más oscuros y enigmáticos del panteón nahua, a pesar del lugar cardinal que ocupó en la mitología del posclásico en el Altiplano Central. Los nombres con que se le implora en himnos, rezos y alabanzas, lejos de disipar la bruma que lo envuelve, la acentúan: es el inventor de sí mismo; es noche y viento;  es aquél por quien se vive; es el enemigo de ambos lados; es dador y arrebatador de fortuna; da la gloria y se burla de los hombres; es el señor de los hechiceros y los nigromantes; es, en fin, una condensación volátil, mercurial, de los opuestos, fuerza numinosa y ambigua que desdibuja los contornos de la existencia y los sumerge en la penumbra.
La densidad simbólica de esta lámina del códice se multiplica. Sobre el cuerpo de Tezcatlipoca, sobre su vestido y sus insignias, figuran constelados los veinte signos de la cuenta ritual: desde el lagarto primigenio, lleno de ojos y de bocas y de cuyo sacrificio nacerían el Cielo y la Tierra, hasta el glifo de flor, que brota duplicado de la boca del numen. En medio de estos extremos fluyen los demás tonaltin: viento, casa, lagartija, serpiente, muerte, venado, conejo, agua, perro, mono, yerba, caña, ocelote, águila, zopilote, movimiento, pedernal, lluvia. Cada uno de estos signos es, asimismo, un dios: un dios-tiempo; un dios-destino, un dios-día. Cada uno es un rostro efímero de Ometéotl, el proto-dios dual. La sucesión ordenada de los veinte signos en trecenas, entreverados con los cuatro rumbos del universo, hilvana el devenir y modela el espacio. Son las costuras de la existencia.
El enjambre de estas conjunciones es imponente: un dios ataviado de dioses.
La extraña e inquietante belleza de la imagen provoca casi de inmediato la pregunta: ¿qué significa todo esto? Sin embargo esta interrogante, lejos de acercarnos a su comprensión, puede clausurarnos la vía hacia su misterio.  El deseo de desentrañar un símbolo religioso vivo para reducirlo y apresarlo en un coágulo de significado, mata al símbolo, y con él nosotros mismos morimos un poco. El símbolo no brota para ser descifrado, sino para ser habitado y para ser vivido. Y también para poseer y para transmutar a quien lo contempla. El símbolo da sentido, lo instaura: abre umbrales y señala sendas que deben ser recorridas, así se ignore a dónde puedan conducir. El símbolo es revelación que transforma al errante en peregrino.
El símbolo habla desde adentro de cada uno de nosotros, desde el sedimento vivo de nuestra especie que cargamos en nuestros huesos, en las entrañas, en las vísceras, en la piel, en la sangre. Es la voz de los antepasados, y cada quien la oye, o la deja de oír, desde sus límites y sus posibilidades. Cambia a cada momento, porque en cada escucha te va transformando.
¿Qué veo (o siento, o escucho, o intuyo, no sé cuál es el verbo apropiado) hoy, esta tarde, al asomarme a la lámina 17? Que el cuerpo negro de Tezcatlipoca es una grieta en el Ser. Por ella se escurren y se precipitan los destinos y los tiempos hasta volver a los abismos de la Nada y disolverse en la oscuridad, en el silencio. En esa misma disolución late, en sincronía, el pulso que hace brotar del gran Vacío los eones, las eras, los días y los destinos en que la eternidad se va desgranando en el tiempo. Es el palpitar cósmico que fluye en y a través del cuerpo del dios, encrucijada de lo oculto y lo visible.   Él mismo es el espejo y la horadación en el espejo que es el Ser, bocanada humeante de la Nada.
Sé que al rato la imagen habrá cambiado. Yo habré cambiado. Todos habremos cambiado.

Un microcosmos donde actúan los poderes cósmicos
por Mario González Suárez

La lámina 17 del suntuoso Códice Borgia viene a cerrar un fragmento del largo tratado cosmogónico que al parecer contiene. Es Tezcatlipoca, conocido también como Titlacauan, “por quien vivimos”. Tan abigarrada figura reúne el poder de los veinte signos de los días, cuyas sustancias acaban de ser escanciadas en las imágenes precedentes por cuatro grupos de divinidades, las primeras en el ojo, la segundas en la piel, las terceras en el ombligo y las cuartas en la boca.
Los signos sobre el cuerpo de Tezcatlipoca no caen al azar, como nada en el códice. El cuerpo humano es el microcosmos donde actúan los poderes cósmicos, y es un motivo recurrente a lo largo del libro, pintado por un tlacuilo que había recibido una educación y accedido a un conocimiento.
Los contenidos psicológicos, elementales y dinámicos de cada uno de los veinte signos han sido articulados en un discurso que da cuenta de cómo ha sido creado el hombre. El misterio original, la materia informe, el aire hueco, lo caliente y lo que fluye hallan su absoluta justificación y sentido cuando se conjugan y se funden para hacer posible que esa tierra del piso pueda levantarse para convertirse en palabra, en Flor, en eso que sale de la boca de Tezcatlipoca.
El estudio del códice Borgia, y de la humanidad que lo prohijó, comienza con la observación de los veinte signos del calendario, que aparecen en una inviolable secuencia de tierra, viento, fuego y agua. La meditación acerca de qué simboliza cada uno, sus nombres, sus imágenes, su elemento y sobre todo de su disposición arrojará los contornos de un universo y su movimiento. Deben dejarse rodar los signos en la mente para que comiencen a hablar.
El filósofo náhuatl —dice León-Portilla—, cercado por una sociedad violenta, sensible a la fragilidad de su cuerpo, herido por la fugacidad de lo real, asombrado del mundo en que había venido a morir, encontró consuelo y sentido a su existencia en In Xóchitl in Cuícatl, en la poesía, la cuenta del tiempo, la observación del cielo. La flor y el canto se reconocieron como la manifestación más depurada y misteriosa de la divinidad dual en la tierra, como el más valioso bien humano capaz de expresar el origen de esto que vemos, la raíz de lo que nos da un rostro y un corazón. Para estar aquí el hombre debe tener un rostro y un corazón. Conocerse y sincronizarse con lo que fluye.

(1) “Teofanía” es, degún el diccionario de la Academia, una “manifestación de la divinidad de Dios”. La nota es mía. (FF)
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Más sobre el Códice Borgia en este blog:
Códice Borgia, Lámina 61 (en la imagen de la derecha), http://bit.ly/1ixJ1NM

Más sobre Mario González Suárez en Siglo en la brisa:
Su trabajo como fotógrafo, http://bit.ly/111Qa30
Sus cinco pasajes preferidos de Bernal Díaz del Castillo, http://bit.ly/1saM07y
Las fotos que reveló para mí, http://bit.ly/Y5nRw6

Otras entregas sobre Eduardo Menache:
¿Quién es Menache?, http://bit.ly/1u71LMS
Ideas para tatuarse, http://bit.ly/1u71Wrv
Alejandría (1986-1989), http://bit.ly/1cPgFw9
Sábado de junio, http://bit.ly/1exBY4F

viernes, 3 de octubre de 2014

Imagen de Ora la pluma


El poeta Alejandro Vázquez, del que Ediciones Acapulco prepara la edición de un hermoso poema llamado Pedro Jimena, encontró quién sabe dónde un ejemplar de Ora la pluma y le tomó una fotografía para ponerla en línea. 
A juzgar por lo que se ve en la imagen, dan ganas de pensar que lo sacó de un basurero. Como lo he comentado con él a chacota, la fotografía tampoco hace justicia a mi talentoso amigo, que muestra un entorno por lo menos polémico –aunque bien es verdad que a tono con el estado del ejemplar que pone a cuadro. Pese a la imagen, y al estado de algunos ejemplares que extrañamente han aparecido a últimas fechas aquí y allá quince años exactos después de su publicación, el libro en sí mismo, el libro como un hecho de la realidad concreta, es muy hermoso. Por supuesto que no me refiero a otra cosa que no sea su estado físico, así que los poemas que aparecen en sus páginas nada tienen que ver con estas reflexiones. Hablo de la textura del papel y el azul de la tipografía de su portada, del registro de los golpes de los tipos móviles contra sus hojas blancas, incluso de su naturaleza intonsa, esa característica de la editorial de Víctor Manuel Mendiola. 
En una palabra: todo eso que la foto de mi amigo Alejandro Vázquez (que aparece retratado en la foto de arriba) es incapaz de comunicar. Este post no pretende sino mostrar unas imágenes del libro, por los días exactos en que se cumplen tres lustros de su aparición.




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En la polaroid de la derecha, mi amiga Victoria Clay-Mendoza se lleva a la frente un ejemplar de mi libro.

Más sobre Ora la pluma en este blog:
Una aclaración, trece años después, http://bit.ly/1mCUP58


viernes, 26 de septiembre de 2014

Álbum de Isolda


Mi padre, que cada vez se parece más a su tío Florentino, me recibe este martes de agosto con un buen número de fotografías de Isolda, la gata persa con la que conviví durante mis años de estudiante. Es una costumbre que se ha recrudecido en los últimos tiempos: hace unos meses fue un minúsculo billete de una peseta, en perfecto estado; la semana pasada, las acciones de una empresa petrolera expedidas a finales del siglo antepasado en México, que fueron propiedad de un abuelo suyo...
Tal como comprobé muchas veces durante los cinco años que viví en Asturias, era imposible ir a ver a mi viejo tío abuelo Florentino sin regresar con algún objeto o documento entre las manos, preferentemente antiguallas, casi siempre cosas que quizás sólo él y yo podíamos apreciar –pasaportes sin vigencia, cartas viejísimas, recortes de periódico…
La escena se repetía idéntica en su departamento de la calle Pablo Iglesias en Gijón (antes, Héroes del Simancas) o en la casa de su yerno en Cabrales: me llamaba aparte y me entregaba aquellos objetos no sin alguna ceremonia entre admonitoria y distraída, o enfrente de los demás, como que no quiere la cosa, como quitando importancia al asunto.
Había de todo: desde un salvoconducto para circular por el concejo cabraliego en los tiempos de la Guerra Civil o la gorra de alférez provisional con que peleó él mismo del lado nacional (en la foto de arriba), hasta los zapatos que había comprado hacía ya entonces tres décadas cumplidas en El Puerto de Liverpool de la ciudad de México, poco antes de volver definitivamente a España en 1982. De los zapatos me dijo que estaban nuevos; si acaso se los había puesto alguna vez, me dijo también. Eran como de artista flamenco: negros, brillantes, de punta. Más bien tirando a pequeños. Inusitados para su persona y sus hábitos. Nunca me quedaron y dudo que alguna vez le hayan quedado a Florentino.
Volviendo a las fotos que me entregó mi padre: ¿cómo es que las tiene en su poder? La respuesta me la da él mismo: algunas las tomé yo con mi cámara, otras él con la suya. Ahora que escojo y escaneo las más hermosas para enseñárselas a quienes leen Siglo en la brisa, me doy cuenta de que no me importa que la autoría quede sin aclararse: si tengo algo de buen gusto, para lo que sea, es indudable que se lo debo a él.

Álbum de Isolda
Por FFB y FF









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Los retratos de Florentino y mi padre son míos.

Más sobre Florentino en este blog:
Florentino, a cuadro, http://bit.ly/1bKZrwr
Árbol genealógico, http://bit.ly/KOKiw8 
Autógrafos remotos, http://bit.ly/PvKjd9
Retratos asturianos, http://bit.ly/1l76xRa
Ocios de 1946, http://bit.ly/1gQcF2R
En la boda de Lola y Félix, http://bit.ly/1hwQqwn

Más gatos en Siglo en la brisa:
Textos felinos, http://bit.ly/rJPY3s
El gato de Octavio Paz, http://bit.ly/9BeKvm
Trasfondo de época, http://bit.ly/1qNLLbP
Un año de Yamita Monogatari, http://bit.ly/PMM7Vy

viernes, 19 de septiembre de 2014

La muñeca rusa


Con sorpresa, sobre todo porque Palinodia del rojo se publicó hace ya casi cuatro años, descubrí en días recientes una nueva nota sobre mi último libro de poemas (el link, al calce). Firmada por Alfonso Domínguez, miembro de la mesa de reseñistas del Periódico de Poesía que edita la Universidad Nacional Autónoma de México, la pequeña reseña cita un par de poemas en los que nadie había reparado hasta ahora. Uno de ellos, llamado “La muñeca rusa”, está escrito en seis estrofas de versos octosilábicos, rimados de manera asonante en los pares. La idea de este post es publicar el poema completo, que nunca ha aparecido en otro lugar que no sea el libro de tapas rojas publicado por Aldus a finales de 2010. Escribí “La muñeca rusa” mientras vivía en Oviedo; por eso está lleno de referencias a aquel rincón del norte de España: la Calle Mon y el monumento al padre Feijoo, la Fuente de las Ranas del Campo San Francisco, los vallaurones. Lo reproduzco aquí para que lo conozcan quienes se asoman a esta página. 

La muñeca rusa
Por FF
Si nos vemos cualquier tarde,
fruto el azar en sazón,
si en el casco viejo a prisa
donde se abisma Feijoo,
si en la Calle Mon despacio
o el autobús de Gijón,
¡si nos vemos no me digas
ni con los ojos que no!

Mira, niña, que no eres
quien desprecia mi afición:
no es sino cambio este mundo,
y en ello no hay variación,
y ocasión para mudanza
sin que importe la ocasión,
¡en que es fortuito quién eres
y es azaroso quién yo!

Y es que en otras circunstancias
y en otra disposición,
bajo el pasar de esas nubes
y al tictac de este reloj,
que es lo propio de unas y otro
cambiar sin más la opinión,
¡tú serías mi enamorada
y acaso yo tanto no!

Y una fecha de verano,
en cuanto decline el sol,
en el Campo San Francisco
se nos vería a los dos,
y a la huidiza luz del cielo,
ámbar de luna o farol,
¡bajo un castaño de Indias
o una secuoya o un boj!

En la Fuente de las Ranas,
al agua oído avizor,
y no por las ranas mismas
mas por sacarles lección,
que su fluir solicites
porque argumentes mejor,
¡me pedirías, lloricosa,
que no te dejara hoy!

Algo el paso apretaremos
no nos pille un vallaurón,*
Diana torne avieso el parque
u otra cosa quiera Orión;
te diré, aunque no me escuches,
que de esta forma no es peor,
y una niña eres apenas
y que ya sabrás de amor,
¡sin que logre algún consuelo
mi discurrir tornasol!                                        

Vallaurones es el nombre que a partir de la década de 1950 dieron los vecinos de Oviedo, la capital del Principado de Asturias, a los miembros del Cuerpo de Guardias del Campo de San Francisco en alusión al concejal delegado de parques y jardines, apellidado Vallaure, que lo creó. Vestían de una forma más bien ridícula, al parecer copiada a la Policía Montada del Canadá, y entre otras cosas tenían a su cargo velar por la moralidad de lo que ocurría en el parque.

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La reseña más reciente de Palinodia del rojo, firmada por Alfonso Domínguez, puede leerse en http://t.co/kMgLIjJYAI

La imagen de las matrioshkas procede de la red. Las fotos del letrero que está colocado en un extremo del Campo de San Francisco de Oviedo, y en que se explica a los vecinos de la capital asturiana quiénes fueron los vallaurones, de lo que se reproduce una vieja imagen, las tomé yo mismo el 30 de septiembre de 2004.

Más sobre Palinodia del rojo en este blog:
La edición, http://bit.ly/1bLNQ65
Presentación, http://bit.ly/HAijY6
Lectura del poema “Paloma y no”, http://bit.ly/lKlTwP
“Milagro en la playa”, http://bit.ly/W7y222
A tres años de su publicación, http://bit.ly/1pYw2Mo