viernes, 15 de noviembre de 2019

Veinte años de Ora la pluma

En agosto se cumplieron veinte años de la aparición de mi libro Ora la pluma. Me asomo a mi archivo y no tardo en dar con un recorte de La Jornada donde se lee una pequeña reseña de la presentación (sección Cultura, sábado 14 de agosto de 1999, pág. 26). Había sido dos noches antes, jueves, en la Casa Lamm. Los presentadores fueron Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis y Gonzalo Celorio. 
El reportero del diario, Ángel Vargas, se concentra en lo que dijeron los dos primeros, muy señaladamente Monsiváis, y no dice ni media palabra sobre la participación del tercero. No lo lamento porque el único que escribió un texto para ser leído en la ocasión fue precisamente Gonzalo, quien luego incluso lo publicó (está en su libro De carrera de la edad, I, De ida, FCE, México, 2018, pág. 200), así que, con su texto desplegado delante y el recorte que acabo de recuperar, puedo hacer una reconstrucción bastante aproximada de las palabras de los tres. Como recuerdo bien el generoso texto de mi viejo maestro, esta vez me concentro en lo recogido por La Jornada.
La participación de Monsiváis es la más destacada por el redactor y los editores del diario: suyas son, para empezar, las palabras del encabezado de la nota: “Fernández, un desencantado que opta por la escritura”. La frase completa puede leerse hacia la mitad del texto: “Fernández, afirmó [Monsiváis], presenta un personaje todo hecho de apetencias y de distanciamiento de las apetencias: ‘No es un ente puntual ni tampoco un emblema de la derrota en la penuria sentimental. Es, en lo básico, un desencantado en la batalla existencial que se decide por la escritura’”. Antes, el gran cronista mexicano había dicho “que si de ningún modo todo lo vivido es poesía, sí cualquier episodio es susceptible de convertirse en un poema”.
Dijo también Monsiváis que “al trabajo de cámara detallista perceptible en las creaciones del joven poeta, se le añade el complemento de una larga vigilia erótica y el crepúsculo de las intensidades”. Luego afirmó que el autor del libro presentado aquella noche era un “lector indudable de Ezra Pound, TS Eliot y de los clásicos, de un López Velarde alejado del sentimiento de pecado”.
Yo creía recordar que Monsiváis había dicho esa noche algo así como que Ora la pluma era el primer libro de poemas de un narrador. La nota de La Jornada recoge sus palabras exactas: “Fernández entrega una serie de poemas que hacen vislumbrar otra serie de relatos, donde la nota de aconteceres y bellas damas con o sin piedad resulta el equivalente de capítulos de una novela construida con emociones poéticas”. Monsiváis comentó, por último, que el autor del libro “recorre los lugares rescatados de la memoria para mitificarlos por medio de la poesía”.
Los últimos dos párrafos de la nota del diario capitalino están dedicados a lo que dijo Eduardo Lizalde. Se consigna allí que el director de la Biblioteca de México afirmó que el autor presentado aquella noche “tiene el cuidado de madurar en medio del mar de lecturas e influencias al que todo escritor está sujeto, consiguiendo con ello un estilo personal y consistente”. 
El último párrafo de la reseña de La Jornada es una larga cita de Lizalde que no se entiende bien, quizás porque a la transcripción de sus palabras le falta el contexto en el cual las dijo, y que el reportero debió proporcionar. Pero no sólo eso: de esta cita viene el absurdo subtítulo de la nota (“No se detiene a respetar los versos, afirma Lizalde”), que ni siquiera comprendemos al leerlas como parte del siguiente párrafo: “Fernando ha consumado la faena de no parecerse ni a sus contemporáneos ni a sus maestros cercanos vivientes. Logra, como dice Monsiváis, un trabajo fino, con gran humor, en el que hay elementos narrativos, novedades poéticas, un oído singular; y sobre todo no se detiene para respetar lo que nos toca de los poetas: los versos, las líneas, las visiones, las viñetas y las miradas de los poetas en lengua española y en otras lenguas, y de los poetas mexicanos de la primera parte del siglo”. 

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Más sobre Ora la pluma en este blog:
Imagen de Ora la pluma, https://bit.ly/2Hc8vnZ
Una aclaración, trece años después, http://bit.ly/1mCUP58





viernes, 8 de noviembre de 2019

La Diana echa a andar

Sin saludo de por medio, con excesiva seriedad, mi amiga la poeta María de Guerra, después de leer en Oscuro escarabajo mi poema “Cazadora”, me escribe por Whatsapp: “No me gustó ver mi imagen de La Diana andariega en un poema tuyo”. Como me toma desprevenido, pero tampoco quiero dejar de responderle, le contesto que no recuerdo “la imagen suya de la Diana andariega”. Ella revira, de inmediato: “Tú mismo la publicaste en Tierra Adentro”. 
La poeta María de Guerra, autora de Fervores. Foto: FF
No le contesto que no: como me digo a mí mismo con relativa frecuencia citando las escarmentadas palabras de Sancho Panza, “todo puede ser”. Le escribo, en cambio: “Pues la había olvidado”. No tengo todos los ejemplares de esa revista de la época en que fui responsable del Programa Cultural Tierra Adentro, así que no puedo verificar inmediatamente a qué poema se refiere mi amiga. 
Recuerdo, eso sí, que incluimos un poema de su autoría en aquella publicación dedicada a divulgar la obra de los escritores más jóvenes, preferentemente quienes vivían fuera de la Ciudad de México y por esa razón tenían más dificultades para dar a conocer su trabajo. Aquella no era, desde luego, una postura rígida, así que en sus páginas podía caber el trabajo de talentosos chilangos, como ocurrió con María.
Un sábado de ocio, dos semanas más tarde, me acuerdo del asunto y corro a ver si el poema está en un libro suyo que tengo en mi biblioteca: Fervores (colección Práctica mortal, Conaculta, 2011). No me cuesta dar con él: ahí está la imagen del sol rebotando en el trasero de la Diana que me hizo gracia cuando lo leí por vez primera; también, la simpática y hermosa posibilidad de que eche a caminar hacia Chapultepec, que también está en mi poema. Con el texto delante, me acuerdo con claridad del asunto, empezando por el hecho de que el poema me gustó tanto como me gusta ahora, más de diez años después. Se titula “Derrama solar (Vísperas)” y está en la página 41 de ese libro. Júzguenlo los lectores:
Un aullido de lava, el Sol, sobre Reforma,
¿bendice a mi patria?
Cobre pulido.
Ámbar, avispa.
Tibieza que refulge como una orden de adoración.
Sobre las nalgas de La Diana: la luz de las seis.
Un cielo de melón hipnótico no me deja desviar la mirada.
Si ese bronce que simula carne fuera mármol,
podría suceder que ella echara a andar
rumbo al Bosque de Chapultepec.

Si es verdad que la poesía se hace con palabras y no con ideas (¿fue Mallarmé quien se lo dijo, famosamente, a Degas?), y si exceptuamos la posibilidad de que en ambos eche a caminar la Diana, estoy convencido de que nada tienen que ver el poema de María y el mío, que paso a copiar a continuación para que puedan hacerse de un juicio al respecto quienes me han seguido hasta aquí: se llama, lo decía más arriba, “Cazadora”, y está en la página 12 de mi libro Oscuro escarabajo (Monte Carmelo, 2018), con todo y su dedicatoria a mi amigo Alberto Kalach:
¿A poco, Diana,
                       no has pensado
alguna vez abandonar un rato
la postura, relajar la torsión
y deponer el arco?

¿A poco no te gustaría
en alguna ocasión
renunciar a apuntar al septentrión
helado,
            y olvidarte, siquiera unos segundos,
de aquel vivir atada
a otear el cielo plúmbeo
de la ciudad?

¿A poco, dime, no sería
una gran idea,
                       una tarde, aunque fuera,
aflojar la tensión de tus muslos de bronce,
bajar del pedestal
y echarte a andar,
                           a solas o seguida
de tus galgos, hasta el vecino bosque
de Chapultepec?

¿A poco, dime,
                       a poco no te encantaría
aspirar la amplitud
de los espacios verdes, y venir a perderte,
liberada y feliz,
                       si no bajo el sagrado
muérdago o el fresno mágico,
entre los tepozanes
y los ahuehuetes?

Si la poesía es el resultado de lo que hacemos con las palabras, el modo en que las utilizamos para crear ritmos, sensaciones, atmósferas, el poema de María y el mío no pueden ser más distintos. Pero dejemos a un lado el hecho, capital para la literatura, del uso que se hace de las palabras en ambos textos. 
En el pensamiento de María de Guerra hay una postura crítica respecto a la realidad circundante, y su poema, me parece a mí, parte de ese lugar. “Derrama solar (Vísperas)” comienza con una reflexión que tiene que ver con la naturaleza de la “patria”: el sol, el potente sol derramado sobre Reforma, se pregunta la poeta, ¿es capaz de bendecir a la patria? Con inteligencia, María se ahorra las respuestas y menciona, en cambio, en dos breves versos, algo que podríamos relacionar con la sensación de su “derrama” sobre la ciudad: “cobre pulido. / Ámbar, avispa”. Aunque en cierta medida se me escapa el significado del siguiente verso, sospecho que en él está la clave del poema. ¿Se confunden y acaso identifican en él los poderes que están en juego? ¿Se transforma la patria en una suerte de religión civil en la que participa el culto a la diosa urbana?:
Tibieza que refulge como una orden de adoración.
No importa: todo conduce al final del poema, que se desarrolla a lo largo de cinco versos: la posibilidad de que, si la Diana fuera de mármol y no del bronce que simula la carne, como dice literalmente el poema, bien podría suceder que echara a andar camino al vecino bosque.
Diana de Versalles, siglo II. Galería de las Cariárides.
Museo del Louvre. Foto: Wikipedia
En mi poema “Cazadora”, como hemos visto, la Diana podría despertar en carne porque se le ha cuestionado si no está cansada de la postura que adoptó desde el primer día, cuando fue moldeada, hace ya largas décadas, dirigiendo el arco y la flecha hacia el norte. Al abandonar el bronce, al perder la tensión de sus muslos, al convocar a sus perros a seguirla, la imagino internándose en un mundo de fantasías y botánicas que nada tienen que ver con los de la Diana latina original, aquel mundo en el que hay robles y muérdagos en lugar de los tepozanes y los ahuehuetes del bosque de Chapultepec.
Nada tienen que ver uno y otro poema, ni en el lenguaje, ni en el ritmo, ni en las intenciones, salvo por el hecho en potencia, manifiesto en ambas, de que la diosa eche a caminar hacia el bosque. ¿Tomé la idea del poema de María? Si fue así, no lo hice conscientemente. Admito que fue en su poema donde leí esa posibilidad; no menos que eso, admito que la idea pudo grabárseme en la mente cuando leí y publiqué con entusiasmo el poema hace más de una década. En cuanto me puse a escribir “Cazadora” la imagen pudo brotar del lugar en donde estaba adormecida. Pero me cuesta trabajo aceptar que la imagen sea de María, como ella me reclama con excesiva seriedad, acaso como una primera reacción momentánea. ¿De quién son las ideas? Hay una arrogancia, hija de romanticismo, en el hecho de pensar que las ideas de los poemas pueden ser de unos o de otros. ¿Qué dirían de esa pretensión los poetas de las épocas mejores, por los cuales María, que en su libro revive a la Celalba gongorina, siente la misma admiración que siento yo?
Góngora, retratado por Velázquez (1622). Lienzo de Boston.
En mi libro Ora la pluma (El Tucán de Virginia, 1999), el cual por cierto cumplió veinte años en agosto, incluí un poema en que cobra vida la estatua del General Anaya que está delante de la iglesia de San Diego Churubusco. 
El poema se remonta a los tiempos en que fui parte de la mesa directiva de cierto organismo privado y en consecuencia debí pasar horas eternas en aquellas soporíferas reuniones de trabajo que algunos colegas disfrutaban, pero para las cuales yo no tenía ningún talento, fuera de una inmensa paciencia que ahora he perdido. A veces llegaba antes de la cita y me daba un paseo por el rumbo, casi siempre hasta el pequeño jardín que está delante del templo de San Diego. 
En aquel lugar, congelado en un gesto de actitud valerosa, se alzaba en bronce el heroico defensor de Churubusco. Entraba yo en una suerte de soliloquio meditativo, pero me interrumpía el héroe, quien no dejaba de musitar, indiferente al paso del tiempo, su legendaria frase.
En el libro de título en cierto modo borgiano (pero también, por qué no, velardiano) de la poeta María de Guerra, están el lenguaje y los temas que le son propios a esta talentosa poeta que quizás no ha tenido la atención que merece: su fina imaginación, su afición sensual a la lengua, a la comida y los colores fuertes (véase, en ese mismo libro, un bello poema sobre el Dr. Atl), su amor a la cultura española… Cerca del final de Fervores aparece su poema sobre la Diana cazadora que echa a andar hacia el bosque, en el que quizás me inspiré. Si fue así, no me extraña que haya permanecido, del modo que haya sido, en mi memoria: más de una década después de leerlo por vez primera, la forma de desarrollar la estampa final sigue pareciéndome realmente conseguida:
Sobre las nalgas de La Diana: la luz de las seis.
Un cielo de melón hipnótico no me deja desviar la mirada.
Si ese bronce que simula carne fuera mármol,
podría suceder que ella echara a andar
rumbo al Bosque de Chapultepec.

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El poema “Cazadora”, de Oscuro escarabajohttps://bit.ly/2N7Hu5v

Más sobre María de Guerra (o María Álvarez) en Siglo en la brisa:
Madero al teléfono, https://bit.ly/2KUPMhP
Madrina: fotos recientes, https://bit.ly/30gBPRQ

Más sobre Oscuro escarabajo en este blog:
Primer ejemplar, https://bit.ly/2SWcER8
La edición, https://bit.ly/2EKrpCL
La presentación, 
https://bit.ly/2IR0NlU
Un poema seguido de una entrevista,https://bit.ly/2V2lttd
El maestro de ética, https://bit.ly/2NMSLK8
Leandra, https://bit.ly/2Qmt6cd