domingo, 5 de mayo de 2013

Último encuentro con Vlady


La noche del 19 de octubre de 2000, en un hotel de Guanajuato, Guanajuato, vi por última vez a Vlady. Puedo decirlo con exactitud porque tengo delante el cuaderno que llevaba conmigo y en el que anoté todo lo que el gran pintor ruso-mexicano dijo durante aquella inolvidable ocasión. 
No es cualquier cuaderno: originalmente fue el domi que Rodrigo Toledo mandó a hacer en la imprenta Rebosán para que nos diéramos una idea exacta de la apariencia física que iba a tener el libro que estábamos haciendo por esos días, Visitas guiadas de Gerardo Deniz. En una de sus primeras páginas había consignado la fecha en que Rodrigo me lo regaló, poco antes de estrenarlo escribiendo unos versos sobre las abejas en un pueblo del norte de Veracruz. (Me hace gracia que también consigné que todavía olía intensamente al tabaco oscuro de mi amigo diseñador.)
Aunque lo abandoné antes de llegar a la mitad de sus páginas, el cuaderno recoge materiales que cubren un arco de tiempo que va de junio a noviembre del año 2000, entre los que destacan los retratos a pluma que hizo mi primo Jose de los amigos con los que celebré mis 36 años (Celorio, Kalach, Rodríguez Guerra, Sod, etc.), el esbozo de un poema sobre las araucarias, unas notas de lectura de Aire de las colinas —la edición de las cartas de Juan Rulfo a su mujer—, e incluso mi torpe interpretación a escala de un óleo de Turnbull que me acompaña desde 1992. 
Las últimas anotaciones tienen que ver con una crónica en la que estaba muy metido entonces, poco después de que me asociara con Sergio Autrey para hacer Viceversa en condiciones más propicias, por los días en que dedicaba a la revista las horas de la mañana y pasaba las tardes escribiendo y caí víctima de una suerte de fiebre narrativa que me hizo llenar páginas y páginas sobre cierta experiencia vivida durante ese pequeño annus horribilis que 1999 fue para mí. Cuando estaba redactándolo, sin embargo, advertí que a mi testimonio empezaban a salirle algunos brotes de ficción que amenazaban con convertirlo en otra cosa y decidí que valía la pena dejarlo reposar para volver algún día a él. Guardé todo lo que tenía que ver con esa narración, entre otras cosas el domi del libro de Deniz, en una bolsa de plástico que sellé con cinta canela y fui a aventar a lo más alto del armario, detrás de unas cajas viejas, como si estuviera mandándome una carta para recibirla en un futuro más o menos remoto. Por fin hace unas semanas tuve curiosidad de ver qué había en ella y decidí abrirla. Entre el material encontré el cuaderno, y en él las notas de mi último encuentro con Vlady.
Lo había conocido a finales de los ochenta, por la época en que unos amigos de la Facultad y yo editábamos la revista literaria Alejandría (http://bit.ly/Vo3Aom) y cada entrega era ilustrada por un dibujante distinto. 
Para el tercer número, mi amigo Víctor Salomón me puso en contacto con él. Por más que remuevo mis recuerdos no consigo acordarme del día que me prestó los dibujos; en cambio recuerdo con toda precisión la tarde que fui a devolvérselos: nada más ponerlos en sus manos, hice acopio del valor y le pregunté si podía conservar el que más me gustaba—en realidad se trataba de dos dibujos que estaban en una sola hoja de papel fabriano, uno de los cuales, el de la izquierda, había sido la afortunada portada de Alejandría—. Vlady le echó un vistazo de reconocimiento y subió las escaleras para preguntarle a su mujer, en un volumen suficiente como para que yo pudiera oírlo, si le parecía bien que me quedara con él. Isabel dijo que sí.
Catorce años después lo vi por última ocasión, cuando me asomé al restaurante del hotel donde ambos nos quedábamos en Guanajuato durante al Festival Cervantino del año 2000, para ver si cenaba algo, y lo vi sentado entre algunos amigos del mundo del teatro. Cuando lo saludé, me invitó a sentarme en el lugar vacío que había a su izquierda. A continuación copio del cuaderno recién exhumado lo que anoté aquella misma noche de hace trece años.

Último encuentro con Vlady


19 de OCTUBRE, noche
                           Guanajuato
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“El encuentro con Vlady
14 años, quizás, después de verlo (de hablar con él), lo veo en el comedor del Parador de San Javier en una mesa con Tolita Figueroa (encantadora), Alejandro Luna (distante, muy él), Víctor Zapatero y otros amigos.
Vlady está fenomenal. Por cumplir los 80, o ya de 80.
Echado para adelante, da la impresión de estar sentado sobre el borde de la silla. Sencillo, escucha con humildad lo que le cuentan Tolita y Alejandro sobre Rusia, sobre Siberia.
Lo tengo de perfil, a mi derecha. De repente, oyéndolo hablar, algún giro suyo expresivo, un gesto, unas palabras, un ademán acaso, me recuerdan a [Leonardo] da Jandra.
Es hasta la habitación [más tarde] que caigo en la cuenta: Da Jandra estuvo muy cerca de él hace siglos. ¿Recuerdas su retrato en las cuartas de forros de Entrecruzamientos?
No cena, no bebe nada. Cuando llega mi plato —un club sándwich que no pedí, yo había pedido un sándwich de jamón—, Vlady me pide tomar una varita de tocino. Yo le digo agarre el montoncito de tocino, aquí yo tengo otro. Y no, no quiere, sólo dice que para él eso es un ¿caramelo?
Habla de pintura, de Diego [Rivera] y de Orozco, de Benjamín Domínguez y al final —de camino al cuarto 508, yo estoy en el 507— de [Roberto] Rébora [por quien le pregunto porque hace poco, apenas en noviembre, Viceversa publicó una entrevista con él]. De Diego dice que no era inteligente, pero que lo único del siglo [en México] es el muralismo y sin Diego no habría nada. De Frida, que hacía cosas buenas de muchacha pero que luego, cuando se creyó Frida, no hizo nada.
No le interesa el arte moderno.
Habla bien, muy bien, de un pintor para “señoras de Las Lomas” a quien no conoce, de quien vio obra en Bellas Artes, un tal Benjamín Domínguez, de quien dice que pinta cosas de Vermeer. El matrimonio no sé qué (¿Albertini?, dice Tolita). Dice que este B[enjamín] D[omínguez] pinta siempre tal lámpara y que a él siempre le da la impresión de que empieza por la lámpara.
De Rébora se expresa muy críticamente. Dice que tiene voluntad de forma, pero que no maneja bien su “consciente”. Es bueno dibujando, es bueno pintando. 
Pero no maneja su “consciente” correctamente. Ça vait dire [sic]: No se deja ir lo suficiente, quiere controlar. Esos planos, esos colores que mete no le gustan. Debería de ser un gran retrato, y ya. Dice que lo frecuenta sobre todo cuando está (Roberto) en crisis.
[A lápiz, quizás unos días despues:] Adenda: que Diego era frívolo.

Vlady aprovechó que yo me despedía para retirarse a descansar. Fuimos conversando por el pasillo al lado de la alberca siempre gélida y luego por el elevador hasta el tercer piso. Nuestros cuartos, efectivamente, eran vecinos. Le estreché la mano a la puerta del suyo y le dije adiós. Leo que murió cinco años después, cuando yo llevaba tres o cuatro en España.

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Las imágenes de Vlady (San Petersburgo, Rusia, 1920 – Cuernavaca, 2005) que ilustran este post son de su página oficial en la red, vlady.org, de donde las tomo prestadas. En la foto que abre esta entrega aparece pintando a Nietszche, cosa que hizo por petición de Jean-Guy Rens (autor de la biografía Vlady, de la révolution à la rennaisance), entre 1999 y 2000, es decir por los días en lo que vi por última vez. El cuadro, según se lee en la página citada, nunca fue terminado.

Vlady, “pintor de la revolución social”, fundanin.org/albertani4.htm

El talentoso dibujante, pintor y editor mexicano Roberto Rébora (Guadalajara, 1963) es uno de los tres ganadores de la más reciente bienal Rufino Tamayo. Su obra puede verse en rrebora.com; sus libros, en la página de su editorial, Taller Ditoria, tallerditoria.com.mx

Benjamín Domínguez, según Conaculta, http://bit.ly/ZWBqCn

La foto en la que aparezco en el momento de abrir la carta enviada a un futuro más o menos remoto, es de Florencia Molfino.

Más sobre pintura en ese blog:
El azul pintado más hermoso del mundo, http://bit.ly/ZAnJYL
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/V3ICep
Siete imágenes del Códice Laud, http://bit.ly/13dmUao

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