Para otra ocasión quedarán mis comentarios sobre estos esplendorosos y
bellísimos versos, que se cuentan entre mis preferidos de la poesía en español.
Todo es asombroso en ellos: la vitalidad de la que siguen impregnados a más de cuatro siglos de haber sido escritos, la flexibilidad perfecta con
la que fueron aprovechadas sus características formales, la exquisita sonoridad con
que se suceden sus rimas y sus encabalgamientos, todo ello al servicio de la
gracia con que están expresadas las visiones y las sensaciones marinas.
La célebre
Carta para Arias Montano sobre la
contemplación de Dios y los requisitos della del capitán Francisco de
Aldana, fechada en 1577, está suficientemente reproducida y comentada por lo que no es
necesario hacer una exposición de sus peculiaridades y mucho menos copiarla completa.
Por eso me limitaré a reproducir los versos que prefiero: los sesenta y nueve
endecasílabos en los que el Divino Aldana —como fue llamado nada menos que por
Cervantes— pondera al gran humanista Benito Arias Montano las
virtudes de la vida a la orilla del mar. Como sea, me es imposible dejar de
señalar un par de detalles mínimos que selecciono un poco azarosamente, de la misma
manera en que podía haber escogido muchos otros: por un lado, la fortuna con la
que están utilizadas la aliteración y la paranomasia en este delicioso terceto en el que la sintaxis y el encabalgamiento reproducen la sensación del movimiento del pez:
donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,
y por el otro la soberbia imagen, una de mis preferidas del poema, en
que se describe un barco en el mar a la distancia y en la que cada palabra, sobre
todo los tres adjetivos del verso intermedio, el desplazamiento del sustantivo hasta
el verso final e incluso la puntuación misma del terceto, añaden belleza y
perfección a una delicada miniatura:
También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
Aunque no tengo la clásica de Rivers, poseo hasta tres ediciones
del poema y ninguna me satisface plenamente. La que primero llegó a mis manos, por
cierto hace más de un cuarto de siglo, es la de El Equilibrista, de 1987. Diseñada
por Gonzalo García Barcha, es una edición hermosa pero inútil: hermosa por lo
afortunado de su pequeño y proporcionado formato, el buen gusto utilizado en la
selección de los papeles de portada e interiores y hasta por la cómoda disposición de tres
tercetos por página; inútil no porque carezca de cualquier género de prólogo o
notas, lo que bien puede no importar tratándose de una edición perfectamente
justificada del texto limpio del poema (como hago yo ahora en Siglo en la brisa) sino porque está
copiado en molestísimas letras cursivas, lo que quita cualquier gusto a su
lectura.
Tengo también el poema en el volumen dedicado al Renacimiento de la antología
en dos tomos de Blecua editada por Castalia en 1984, en la que el texto está
copiado de manera corrida, con notas que comentan algunos versos sin que esté
justificada la razón de que sean ésos y no otros los que merezcan
aclaración.
Todavía tengo una tercera edición, que es la que prefiero y utilizo, la erudita de José Lara Garrido publicada por Cátedra en 1985, primero,
e impresa luego en México en 1990 por Rei. El defecto que tiene es que aclara
asuntos de verdadero calado (el contenido agustiniano del poema, por poner un
ejemplo) pero deja de lado otros más superficiales que con frecuencia son los
que el lector común prefiere resolver.
Como sea, es la edición a la que vuelvo
una y otra vez y la que uso ahora para cotejar las versos del poema que
reproduzco más abajo, y que por comodidad he copiado de internet. De ella es
que transcribo al final de los versos, aunque desnuda de referencias
bibliográficas, la nota que da cuenta de la afición de Arias Montano por los
caracoles y ayuda a entender algunos
versos del pasaje marítimo del gran poema español del siglo XVI.
Carta para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della [versos 364-432]
Por Francisco de Aldana
[…]
Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:
dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;
ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.
Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.
Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas, (1)
en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.
Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:
los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,
de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.
Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,
donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece
(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,
crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,
todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro).
el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.
¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;
los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!
También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;
los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Carón suelta sus remos.
Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,
la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,
y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:
dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;
ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.
Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.
Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas, (1)
en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.
Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:
los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,
de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.
Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,
donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece
(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,
crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,
todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro).
el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.
¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;
los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!
También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;
los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Carón suelta sus remos.
Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,
la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,
y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.
[…]
(1) “Aldana
no sólo parece conocer la extraordinaria afición de Arias Montano por
coleccionar conchas y caracoles marinos […] sino además las reflexiones que a propósito
de la armonía de sus órganos y su belleza se hacen en la Naturae historia [del propio Arias Montano] […] De ahí las
conexiones con el siguiente texto de Fr. José de Sigüenza, traducción de las
páginas dedicadas a animales marinos en la obra de Arias Montano:
‘Son un vivo
sujeto de la sabiduría y providencia divina que nos despierta a su alabanza la
consideración de sus ingenios. Son todos los de este género de un simplicísimo
cuerpo sin huesos, sin nervios, sin artejos o miembros, mas de tanto arte y
sagacidad dotados que saben hacer sus casas… donde esconden sus riquezas y
tesoros que exceden todo el primor y arte de todo cuanto la habilidad y
avaricia nuestra ha inventado y son mucho de culpar los filósofos griegos y
latinos y de otras naciones que no hayan convertido la atención a una cosa tan
rara y que tanta admiración entre todas las obras del autor de lo criado… Todos
los pescados de este género, que se llama en latín limax o chochlia, en
castellano no se sabe otro nombre que caracoles, que ni tienen huesos ni
nervios, alas ni pies ni otros instrumentos sino un cuerpo sencillo… Tienen muy
adaptados estos instrumentos para la perfección de su fábrica…
Aquí se ven
cosas tan extrañas, que es una perpetua idea y sujeto de las alabanzas divinas,
porque apenas han inventado cosas los hombres que no se vea aquí ejecutada con
mucho mayor primor… los matices y colores, tinturas con que van ordenando la
fábrica del edificio, el lustre, los resplandores y luces que van ingiriendo,
mezclando y perfeccionando, unos como de plata, otros de oro, de un rosicler y
sangre más fina que la de los camines y granas; pues las mezclas que hayan y
inventan para aventajarse del curso ordinario, las piedras y perlas finas que
van contrahaciendo y adulterando, juzgará por torpísimo el arte de los más
aventajados y sagaces ingenieros de los que han pretendido engañar a los
hombres, si les compara con los de estos pececicos’”. (De Poesías castellanas completas de Francisco de Aldana, edición de
José Lara Garrido, Rei México, 1990, página 455.)
__________________________
La epístola completa puede leerse en http://bit.ly/11XuaU8
Las imágenes que no son de mis libros (el retrato de Arias Montano y las fotos de conchas marinas) las he tomado de internet, principalmente de la Wikipedia.
Lee más poemas comentados sin salir de este blog:
De Lope de Vega, http://bit.ly/9ZpQ2U
De Macedonio Fernández, http://bit.ly/wZS9zU
De César Vallejo, http://bit.ly/yNbYFH
De Fonollosa, http://bit.ly/SNtIEE
De Wendell Berry, http://bit.ly/Qmlyjl
De Neruda, http://bit.ly/YLutPM
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