lunes, 22 de febrero de 2010

Macedonio viene a cuento

Macedonio viene a cuento porque no voy a dar el anunciado curso sobre López Velarde. Y es que la mañana del lunes pasado, día programado para la primera sesión, me comunicaron que se habían inscrito ¡tres alumnos! Conforme a sus razonables procedimientos, la Universidad del Claustro de Sor Juana ha decidido que no se imparta. Me explico el desinterés de la comunidad estudiantil menos por la vigencia de la poesía del jerezano que por desconfianza en tan discutible expositor. ¿Falló mi propuesta de hacer más un curso que un taller de escritura con la vida y la obra de López Velarde? ¿O será de plano que en la “tiranía” de la narrativa que padecemos, que acapara la atención de gran parte de los lectores, la poesía tiene pocas posibilidades?
Varias veces Borges contó que cuando se estaba en presencia de Macedonio Fernández, el poeta argentino nacido en 1874, se decían cosas como si fueran… del propio Macedonio. Al parecer era un tipo peculiar y su obra no lo es menos. Aun así, el propio Georgie pensaba que lo mejor de aquel hombre eran sus anécdotas, al grado de que habló por ahí —no sé si el proyecto llegó a concretarse— de hacer un libro con ellas. Por lo visto, cuando estaba uno con él se tenían razonamientos y ocurrencias sugeridas por su presencia, en su exacto tono de humor. (Hace tiempo percibí que algo semejante me pasa con Eduardo Casar, a quien acabo de entrevistar vía meil para Siglo en la brisa a propósito de su nuevo libro). En una ocasión, con Macedonio delante, alguien dijo que habían acudido a una conferencia que estaba tan vacía que si alguien más hubiera faltado ¡no habría cabido! Exactamente lo que me acaba de suceder.
Lo afortunado del asunto es que me permite copiar un poema suyo que me gusta, lo que hago de la antología de José Olivio Jiménez publicada por Alianza Editorial (quinta edición, 1979). Se llama “Creía yo” y apareció en Poemas, en el año 1953. Me parece un buen ejemplo de la combinación, que tanto me interesa, entre recursos modernos y barrocos: una suerte de conceptismo liberado de los rigores formales del Siglo de Oro. El trabamiento rimado de la parte central del poema, que alguien puede considerar torpe, funciona como preparatorio de la última línea: nos entretiene unos segundos sólo para lanzarnos al logrado verso final. Nótese que éste no es concesivo: el segundo hemistiquio (“Amor a Muerte”) es más corto que el primero, lo que le da una cierta sequedad que casa bien con el género de razonamiento expuesto en el poema.

No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a vida; Amor a Muerte.


(Mis poemas preferidos, 5)

La foto de Macedonio la tomé de: http://todoloquepasaconviene.blogspot.com/2008_08_01_archive.html

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