viernes, 11 de noviembre de 2016

Merodio

Tantos años hace que conozco a Merodio, que no soy capaz de decir cuándo lo vi por primera vez. En cambio puedo recordar con precisión el último día que estuve con él antes de la mañana de hoy, 18 de octubre de 2016, martes, cuando nos encontramos en un extremo de la Avenida Alfonso XII, a las puertas del Parque del Retiro de Madrid. En 2008 pasé unos días en Barcelona, donde entonces vivía Merodio, para estar presente en la gran Feria del Libro española como responsable de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta. 
Aurorretrato de computadora como funcionario de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta, 2008.
La última noche de mi viaje acudí a una reunión en casa de un conocido de ambos en la que estaba él, entre otros queridos amigos –como Diego Celorio–. Después de despedirnos de la concurrencia, salimos a la calle al mismo tiempo Merodio y yo; él desplegó una hermosa bicicleta portátil, si hay alguna que no sea portátil y hermosa, y allá fue, pedaleando alegremente por las calles nocturnas de la ciudad condal.
Bicicleta portátil plegable parecida a la que usó Merodio una noche de 2008 en Barcelona. Tomo la foto de la red.
Esta vez, Migue, como lo llamamos familiarmente algunos de sus amigos, me ha propuesto llevarme a conocer el Cementerio de la Almudena y hacer así, como ha dicho expresamente, “una paseata para Siglo en la brisa”. Yo he aceptado, encantado; sólo le he hecho una solicitud: que sea él, fotógrafo de larga experiencia, quien haga las imágenes que ilustren lo que yo escriba para publicar en este blog. Lo que aún ignoro es que el paseo durará más de cuatro horas, sin salir jamás del cementerio. Por esa razón, me doy cuenta de pronto, Migue lleva zapatos de montaña y carga a las espaldas una mochila con provisiones, principalmente agua y galletas.
Merodio y yo nacimos en 1964; si lo conozco desde hace tantos años que no puedo decir cuándo lo vi por vez primera, es quizás porque siempre estuvo allí. Su padre, llamado Miguel Ángel Merodio como él, era el gerente del Parque Asturias de la ciudad de México. 
Los Merodio, padre e hijo. Foto tomada de la página de Facebook de Marisa Cosío de Merodio, madre de mi amigo.
Aquel enorme centro deportivo y social que está al sur de la capital del país, que tiene albercas y campos de futbol y canchas de tenis y frontones, pero también un monumento al Rey Pelayo y un hórreo y una bolera, era algo así como una representación del lugar de origen de aquellos asturianos entre los que nos criamos Migue y yo. De esa forma, su padre era una suerte de alcalde en funciones de aquel pueblo de emigrantes, muchos de los cuales llevaban toda la vida en México.
Merodio padre, a la izquierda de la imagen, retratado en el Parque Asturias. En medio, Raymundo Otero. Foto tomada de la página de Facebook de Marisa Cosío de Merodio, madre de mi amigo.
Como su hijo, Merodio padre era un hombre lleno de talentos, enamorado de la poesía y la música, que lo mismo podía templar una guitarra que bailar una rumba y cuya muerte prematura fue particularmente sentida. 
Mi madre baila con Merodio padre en una romería del Centro Asturiano, alrededor de 1980. Al fondo de la foto, de perfil, mi padre.
Yo estuve al lado de Migue cuando, acompañado de su madre (y de la mía, por cierto, y de mis tres hermanos), depositó sus restos sobre las aguas del asturiano río Purón, una fría mañana de diciembre de 1991. Por un momento me da vértigo darme cuenta de que ha pasado media vida: mi amigo y yo, que entonces teníamos 27 años, andamos ahora en los 52.
Migue y su Marisa, su madre, en Asturias, el año que depositamos los restos de Merodio padre en un río de Llanes. La foto es mía.
El Cementerio de la Almudena, me explica Migue una vez que llegamos a nuestro destino, después de un corto viaje en metro, es el más grande de Europa. Según él, cinco millones de personas hay enterradas en él. Después de lo que hemos caminado, e incluso oteado desde una loma dentro del propio cementerio, no dudo de que sea así. Durante las siguientes horas iremos reconociendo algunas tumbas, principalmente de escritores y políticos, que Merodio tiene bien ubicadas. Mi amigo me dice que en La Almudena se nota como en pocos lugares la huella de la Guerra Civil. Un ejemplo que me hace ver él mismo es el contraste con que se recuerda a algunos de los personajes más relevantes del pensamiento republicano o socialista, modestamente enterrados, y el fasto con que se honra a los héroes de la nazi Legión Cóndor.
Máscara mortuoria de Pablo Iglesias, en el Cementerio Civil de Madrid. La foto es mía.
Empezamos por el Cementerio Civil, a cuyas puertas nos recibe el sepulcro de la Pasionaria; a su lado se alza un hito para los socialistas españoles: el monumento funerario de Pablo Iglesias. 
Este año estoy en España porque he venido a presentar la antología de Gerardo Deniz, editada por la filial española del Fondo de Cultura Económica y la Fundación Pablo Iglesias. 
Aurelio Martín Nájera, bibliotecario y archivero de la Fundación Pablo Iglesias, se dirige al público durante la presentación de Sobre las íes de Gerardo Deniz, el 20 de octubre pasado, en Madrid, en la sede del Fondo de Cultura Económica de esa ciudad. A la izquierda, Francisco Ruiz, gerente del FCE allá. Foto: Pablo Sanz/FCE España.
Algo de lo que ha llamado la atención en España es que Deniz, poeta sobre cuya obra he trabajado a lo largo de los últimos 25 años, fuera nietastro del célebre político. Merodio ha pensado que seguramente me resultará interesante ver la tumba del fundador del socialismo español, y bien puedo decir que ha sido así.
Con toda razón, a mi amigo le hace gracia que la tumba con que fue inaugurado el Cementerio Civil sea la de una suicida que se llamaba Maravilla Leal González, así que me conduce hasta ella.
Tumba de Maravillas Leal González, suicida. El primer enterramiento del Cementerio Civil de Madrid.
Después, porque está abierto, cosa rarísima según me dice Migue, echamos un vistazo al cementerio judío de Madrid. 
Vista del cementerio judío de Madrid.
Por último, nos pasamos al otro cementerio, al grande (al inmenso, al más grande de Europa). Por desgracia, Merodio, como me ha dicho una vez que estamos ya de paseo, no ha traído consigo su cámara fotográfica. Lástima, por tanto, que en esta ocasión haya que conformarse con las imágenes que hice yo. Pero me he quedado sin espacio, así que esas fotos las publicaré en el post de la próxima semana.
Miguel y yo al final de nuestro paseo por el Cementerio de la Almudena de Madrid.

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