viernes, 25 de noviembre de 2016

Deniz en el número 0 de Milenio

Como saben quienes tienen que saberlo, la revista Milenio, que nada tiene que ver con el periódico de ese nombre, fue la antecesora de Viceversa. En noviembre de 1990 apareció el número 0 (sí: número 0... antes acostumbrábamos ese tipo de excentricidades). 
Juan Almela en el Zócalo en 1991.
Foto: Conchita Perales
Para esa entrega inicial, en la que ya se incluía su hermosa Breve introducción al estudio de mi Verne, Gerardo Deniz aceptó el reto de escribir una pequeña nota sobre una fotografía del libro 100 Years of Erotica de Paul Aratow, del que Eduardo Vázquez Martín tenía un ejemplar. A Almela le hizo gracia que entre las fotos que conforman ese libro, hechas en diversos lugares del mundo, apareciera una imagen tomada, según especificaba el pie de foto, en México, nada menos que en el emblemático año de 1910.
El año pasado, cuando preparábamos la edición de su prosa reunida, De marras (FCE, 2015), nos vimos en la necesidad de conseguir el libro para reproducir apropiadamente la imagen. Mi amiga Roxana Dávila, que se enteró del predicamento, me escribió para decirme que tenía un ejemplar. Ella entonces me lo mandó y de él tomamos la foto. (Por eso su nombre aparece en la lista de agradecimientos del volumen deniciano.)
Copio a continuación la nota de Deniz, siquiera por darnos el gusto de ver de nuevo, bien escaneada, esa fotografía que tanta gracia le hizo a nuestro querido maestro y amigo. También, por supuesto, como una nueva invitación a echarle un ojo a De marras.


México 1910

Por Gerardo Deniz
¿Será posible precisar mejor la fecha? Pienso que sí. Esa mirada de la dichosa dama revela claramente que, breve tiempo antes, la ejercitó. Poca duda cabe acerca de las circunstancias: cuando inauguró Don Porfirio la Columna de la Independencia, el 16 de septiembre. Tiene aún muy presente el éxtasis, más o menos análogo, experimentado al contemplar, en lo alto, la flamante estatua dorada. Probablemente, pues, no ha llegado octubre todavía. Adviértase cómo hay maneras y maneras de hacer las cosas. Es bien sabido –hay hasta constancia iconográfica– que Beethoven miraba sin cesar hacia arriba (nach oben). Pues bien, aunque esta dama está haciendo lo mismo, no por eso manifiesta ningún otro parecido con el gran compositor. Antes al contrario.
La puesta en escena “satisface por completo al espíritu”, como escribió el príncipe De Broglie a propósito de la teoría de Einstein. Las hojas y flores crear un ambiente nupcial, semiselvático y una pizca funéreo. Desde los retratos, los antecesores –¿de él?, ¿de ella?–, presiden el desempeño de la nueva guardia, no sin aprensión. Pero en un cuarto tan acogedor y recoleto tiene todo que marchar bien.
1910. Diez años del siglo. 1990. Diez para que se acabe el mundo, en buena hora, a los pocos días de agotado el número 59 de Milenio. Basta con examinar serenamente la foto para cerciorarnos de que, al menos en prácticas irrenunciables, no lo hacemos peor que nuestros antepasados. Incluso tal vez apliquemos los dedos, hoy por hoy, con mayor especificidad que este caballero –aunque estoy dispuesto a suponer que anda todavía en preliminares antes de pulsar, con doble exactitud, el unísono estremecedor.
Al sentirlo ella, por fuerza exclamará, tal vez exija cosquillas en el escapulario también. ¡Que no haya podido Juan de Dios Peza recoger esa voz…! (¿Y Lenin? En París, creo.)

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