domingo, 4 de marzo de 2012

Alfonso Camín en el Campo San Francisco

Puede que no haya sido un gran poeta, pero Alfonso Camín fue muchas otras cosas más. Y aun como poeta, los especialistas siguen debiéndonos una antología satisfactoria de su obra, una selección que sin ser necesariamente voluminosa ofrezca los mejores trabajos de un hombre que dedicó su vida al oficio de la poesía. Para los que nos hemos asomado a la historia de la emigración española a América, Camín es un personaje esencial: por su propia aventura, desde luego, contada en sus espléndidas y de cuando en cuando conmovedoras memorias, pero también por las revistas que dirigió y algunos de los títulos de su ingente bibliografía. 
Soy un entusiasta lector de Entre manzanos, el primer volumen de su serie autobiográfica, que es el libro más hermoso que conozco sobre la infancia en tierras asturianas. El segundo, Entre palmeras, dedicado al capítulo cubano de su vida, espera sin aspavientos a que me decida a abordarlo con el tiempo y la dedicación que se merece —desde la memorable tarde en que di con sus setecientas páginas en la librería menos pensada de Donceles—. Como ya he contado en otras ocasiones, en la biblioteca del Fontán de Oviedo me demoré tardes enteras entre los papeles que iban a conformar el tercer volumen de la serie, el dedicado a México, que se iba a llamar Entre nopales y que por desgracia quedó sin armar.
Hace un par de años aventuré la teoría de que, en tiempos de inflamación de todo lo asturiano, alguien como nuestro poeta… Pero para no repetirme copio un párrafo del ensayo que dediqué a la relación entre él y López Velarde: “Nadie como Camín vivió y dejó documentado el drama de la emigración, acaso el fenómeno social más importante de la historia moderna de Asturias. Si los emigrantes españoles a América se decidieran a contar su historia, la vida, los libros y particularmente la revista de Camín (Norte, de la que aparecieron unos trescientos números a lo largo de los años) serían una fuente de gran valor. Pero las comunidades de emigrantes y las universidades de sus lugares de origen han mostrado en general la misma falta de sensibilidad al fenómeno emigratorio y el trabajo del viejo amigo de López Velarde sigue a la espera de los estudiosos. Otro gallo cantaría si hubiera escrito en bable, el dialecto del latín hablado todavía en Asturias, pero esa posibilidad ni siquiera se le hubiera ocurrido: en su época, en esa lengua prácticamente sólo se escribía en broma. Cuando todo lo local vive un auge en el mundo globalizado, el más prolífico de los asturianos, que escribió sobre Asturias de todas las maneras, ni siquiera en tiempos de ‘nacionalismo’ tiene el consuelo de ser pretexto de nada, al menos de nada que hoy esté a debate”.

Para muestra, ofrezco un botón. Conservo un par de juegos de fotos de la placa con la que "se le recuerda" en el Campo San Francisco de Oviedo. No puedo verlas sin que me dé risa. Pero antes de explicar por qué, debo hacer una breve pausa autobiográfica. 
Y es que la placa, que reproduce un terceto de Camín seguido de la leyenda "Homenaje del Ateneo de Oviedo", lleva la fecha de 27 de junio de 1967. Precisamente por esos días mi madre regresaba por primera vez a Oviedo, con sus dos hijos mayores: yo, de tres años recién cumplidos, y José María, de uno y medio. Eso quiere decir que nos estábamos instalando en la casa de mi abuela materna en el Naranco, donde pasaríamos los siguientes meses, en el momento en que se colocó la piedra en homenaje al poeta, quien por entonces volvía definitivamente de México.
Veamos, por fin, las fotos de la placa. En ella se reproducen los versos finales de un soneto cuyo tema es el desgarramiento producido por la emigración:
Si soy el roble con el viento en guerra
¿cómo viví con la raíz ausente?
¿cómo se puede florecer sin tierra?

Nótese, primero, cómo resultan casi ilegibles, quizás por la falta de convicción con la que fueron esculpidos. A continuación, véase cómo la placa carece de mantenimiento: no lo tuvo durante los cuatro o cinco años que viví ya como adulto en Oviedo y así seguía la última vez que estuve en Asturias, en abril de 2010 (y conste que tengo alguna foto en la que luce todavía peor...); el descuido es notorio sobre todo por el excesivo celo con que se cuida el Campo San Francisco, que en las noches de invierno, cuando una gran cantidad de árboles han perdido sus hojas, parece un bosque… de lámparas. Por último, nótese que la placa está colocada, no debajo de un roble, especie emblemática de Asturias a la que alude el poema y que está bien representada en el parque ¡sino debajo de una conífera!

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Mi artículo sobre la relación entre Camín y López Velarde, “Entre el canario y el murciélago. El amigo asturiano de López Velarde”, fue publicado en el número 71, de enero de 2010, de la Revista de la Universidad. Puede verse en http://bit.ly/b1iBm5.

Más sobre Camín en este blog:
“Alfonso Camín en el entierro de López Velarde”, http://bit.ly/zTeyKq
“Donceles: hallazgos recientes”, http://bit.ly/oj83Ud

Más sobre Oviedo en Siglo en la brisa:
“La calle Paraíso”, http://bit.ly/rRi3Cu

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