domingo, 2 de octubre de 2011

Entrevista en Oviedo





(En 2004, la escritora mexicana Mayra Ibarra me propuso hacer una entrevista para la sección cultural de La Nueva España, el diario de mayor circulación en Asturias, donde ambos vivíamos. La entrevista no interesó al periódico y quedó inédita. Si la recupero siete años más tarde, con un par de retoques mínimos, es porque sigo pensando casi todo lo que expresé en ella.)


Por Mayra Ibarra
Desde hace dos años, FF (México, 1964) vive en Oviedo donde ha desarrollado una importante conciencia crítica sobre el quehacer poético mexicano y español, consiguiendo un intercambio estético entre las dos tradiciones. 
Con las revistas Alejandría (1986-1988), Milenio (1990-1992) y Viceversa (1992-2001), realizó una fundamental labor editorial; aquellos años significaron una mirada crítica a los ámbitos literario y cultural de la ciudad de México. Con las publicaciones de los libros de poesía El ciclismo y los clásicos (1990) y Ora la pluma (1999) fue considerado por la crítica mexicana como un poeta neobarroco. La carga paródica, la inocente malicia y la frescura libresca de su poesía lo hacen, en palabras de Gonzalo Celorio, heredero de Ramón López Velarde.

―¿Cómo ves la poesía que se escribe en Oviedo?
―Más bien conservadora, escrita sobre un eje hepta-endecasilábico sin ofrecer casi ninguna variación, de un tono en general previsible que tiende hacia la evocación y la nostalgia. Hay otras tendencias, pero la que más se ve publicada y premiada va por esa línea. Me parece que Oviedo es un fortín de la estética dominante de época que impera en España.
―¿Y a los poetas que la escriben?
―No conozco a todos los escritores que publican en Asturias pero entre los que he tratado hay algunos, no sólo de poesía, que me interesan. 
Xuan Bello [al lado de estas líneas], a pesar de su apariencia de nostálgico incurable, es un autor inteligente que ha adoptado una solución moderna trenzando textos multirreferenciales, aparentemente sometidos a una suerte de ruralidad pero que resultan una manera cosmopolita de mirar al mundo. José Luis García Martín es un poeta de cuerda sutil y registro sofisticado que cumple un papel esencial como animador literario entre las nuevas generaciones… De José Luis Piquero me interesa un libro llamado Monstruos perfectos; algunos poemas tienen una sinceridad desgarrada sin renunciar a la impecabilidad de su factura. Pelayo Fueyo hace una poesía que se encamina hacia el desnudamiento pero proviene quizás de ciertos lenguajes herméticos. Cuando lo leo pienso que la poesía sirve como un espejo: puedes mirarte en ella pero también puede acabar cortándote. 
De Silvia Ugidos me gusta sobre todo un par de poemas de Las pruebas del delito en los que dialoga con Antonio Machado con verdadera creatividad.
―¿De qué modo te sientes cercano a esta poesía?
―Toda mi vida he tenido un ojo puesto en la tradición española. Desde muy joven me sentí, naturalmente, influido por la poesía de este país. En esos años era estudiante de Letras y me entusiasmaba sobre todo la Generación del 27. Cuando llegué a Oviedo tenía la esperanza de que esa parte mía hispánica pudiera hallar aquí un diálogo que en México no había tenido. 
Pero la tradición española que a mí me interesa no es exactamente la que interesa aquí. Del 27, por ejemplo, me parece que influyen aspectos más bien periféricos y que su vena principal, la revaloración del barroco y la exploración de la poesía de origen popular, aquí ya no influye como debería. A mí me siguen interesando más Lorca y Alberti que Guillén o Cernuda.
―¿Qué dirías de la influencia de Cernuda en España?
―Cernuda tenía un sentido de rebeldía a flor de piel que conectaba con su temperamento. El resultado de su influencia, evidente en algunos poetas que lo han leído hasta el cansancio, suele estar carente de esa rebeldía esencial. 
Me parece que de Cernuda se toma sobre todo su parte “confesional” y meditativa que paradójicamente resulta lo más exterior. Los poetas que siguen en su estela se han quedado con su plumaje pero han terminado diluyendo su veneno.
―¿Alguna diferencia entre la poesía que se escribe en México y en España?
―En Latinoamérica bebemos de muchas fuentes al mismo tiempo, lo mismo de Neruda que del Arcipreste de Hita o Lorca, mientras que en España, desde mi punto de vista, se ha impuesto una tradición secundaria, un poco de traspatio, lejana de la vía principal —que pasa por Fernando de Rojas, que venía desde antes del Arcipreste y que continúa en el Siglo de Oro, que salta luego al modernismo y la vanguardia. 
Es increíble pero ninguna de esas experiencias estéticas parece gravitar sobre lo que mayormente se escribe y premia en la actualidad. A veces tengo la sensación de que se escribe como si nada de eso hubiera sucedido.
―¿Consideras que tu trabajo queda un poco entre las dos orillas?
―Aquí o allá, me siento muy ligado a España y la tradición hispánica. De mis cuatro abuelos, tres son asturianos y el cuarto es andaluz, por eso cuando me refiero a mi identidad tengo que decir “español” todavía con más precisión que “asturiano”. Creo que lo que hago tiene una fuerte raigambre española. 
Es cierto que para el mexicano medio, que es más bien reconcentrado y solemne, mis poemas resultan quizás algo altisonantes. Sin embargo vengo aquí [a España] y tampoco soy exactamente de este lugar, porque la vivencia de la hispanidad aquí es ya otra. Con todo, por provenir de América, quizás me he alimentado de ciertos valores hispánicos históricos que allá siguen vigentes y que en la España moderna han perdido sentido.
―No en vano tu tendencia neobarroca…
―Sí, bueno, el barroco quizás ofrece unos recursos adecuados para expresar la crisis de identidad que supone la cultura española trasplantada a América. 
Los españoles que van para allá [a México, se entiende] y queman las naves ya no pueden volver porque ya no son de aquí, pero también se dan cuenta de que la realidad americana es algo impetuoso e inmenso que los desborda. Los códigos del barroco resultan eficaces para definir una identidad que está en vilo. Me entusiasma esa tradición, la barroca, que en general aquí es vista y oída como una rareza. En ese sentido, también en eso es como si no hubiera habido Generación del 27, cuyos poetas, no debe olvidarse, coincidieron alrededor de Góngora con la intención de darle su verdadero lugar en la tradición de nuestra lengua.



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Las fotos de Xuan Bello y Silvia Ugidos las tomé yo mismo en septiembre de 2004 en Oviedo, mientras el grupo de la Tertulia Óliver, encabezada por el poeta y crítico José Luis García Martín (en la foto de la izquierda), grababa un documental sobre la obra de Víctor Botas.


La foto de mis abuelos paternos fue tomada durante su viaje a México, a finales del verano de 1933.

El blog de Mayra Ibarra, doctora en literatura por la Universidad de Oviedo, está en www.lacoctelera.com/reinasycopas


La foto en la que aparezco con ella fue tomada en febrero de 2003, en Santa Eulalia de Morcín, durante una comida en la casa de nuestros amigos Gregorio y Charo.



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