viernes, 8 de julio de 2016

La torre de Montaigne

Es cierto: la visita emociona. Y no sólo porque fue en ese singular emplazamiento en donde el gran escritor francés del siglo XVI escribió uno de los libros más hermosos de la literatura de Occidente –uno de esos libros que se abren definitivamente para nosotros a partir de la cuarta o quinta década de la vida, y que, conforme nos vamos haciendo viejos, van ocupando un lugar cada vez más preponderante en nuestra biblioteca–. Al menos en mi caso, también por algo más, algo que quizás sólo comprenderán (y acaso valorarán) unos pocos amigos.
Vista general del chateau de Montaigne. A la izquierda, abajo, fuera del perímetro de la propiedad, la torre.
Ubicada en una de las esquinas exteriores del chateau adquirido por un antepasado del escritor, la torre fue originalmente pensada como baluarte defensivo. El ilustre descendiente de aquellos Eyquem, burgueses convertidos en aristócratas, modificó la utilidad para la que fue proyectada y le dio el sentido que tuvo a partir de entonces y hasta el final de sus días. Quien visite la torre podrá admirar los ámbitos de retiro y soledad de Montaigne pero también un peculiar edificio reutilizado, lo que quiere decir que la experiencia (en cierto modo literaria) de recorrerla es sobre todo de naturaleza arquitectónica.
El altar de capilla, en el nivel de acceso.
En el nivel de acceso, Montaigne acondicionó una pequeña capilla; en el primer piso, al que subimos por una escalera de caracol, un departamento; por último, en el nivel superior, al que llegamos por la misma vía, su estudio y biblioteca. Lo más interesante es que mientras subimos tenemos la sensación de que el espacio se va abriendo paulatinamente, de piso en piso, como si ascendiéramos por el interior de un cono invertido.
La torre, vista desde el patio interior de la propiedad.
Volvamos abajo: partimos, como decíamos, de un pequeño oratorio, que se conserva prácticamente a oscuras y que carece de mayor ventilación; a continuación, subimos a un lugar en el que la luz y la sombra se matizan de manera armónica, lo que asegura una atmósfera apropiada para la vivienda; al final, llegamos a una planta libre, que se expande alrededor con lujo de derroche espacial.
El estudio-biblioteca. Lola hace una foto de las vigas del techo.
En cuanto penetramos en este último nivel, el de la biblioteca, nos parece que la pared curva del fondo, en donde estuvieron los cinco estantes del librero de Montaigne, contribuye a acentuar en nosotros una sensación de radiante apertura. De esa forma, la torre puede leerse así: conforme prosperamos por su interior, pasamos de la penumbra recogida de la meditación religiosa a la luz absoluta del pensamiento en libertad. En medio de ese tránsito que va de la oscuridad a la luz, habitó el hombre que escribió las páginas más bellas y penetrantes sobre la búsqueda de la propia interioridad.

Boleto de entrada.
A continuación, un fragmento del ensayo “Tres relaciones” (capítulo tercero del Tercer libro de los Essais), en que el gran escritor del siglo XVI da cuenta de las tres relaciones que más amaba en el mundo: la amistad, las mujeres y los libros. Cerca del final de ese ensayo, Montaigne dedica las palabras que siguen a describir la naturaleza y el significado que la torre tenía para él. Las fotos que acompañan este post son algunas de las que Lola García Zapico y yo hicimos el pasado 2 de junio durante nuestra visita a Saint-Michel de Montaigne, en la región del Périgord, a unos 65 kilómetros de Burdeos.


El castillo visto desde el patio interior de la propiedad.
[La Torre según Montaigne]
Por Michel de Montaigne
En casa, me aparto un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, con toda facilidad, dirijo la administración doméstica. Estoy a la entrada y veo, debajo de mí, mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de las partes de mi casa. Ahí, hojeo ahora un libro, luego otro, sin orden ni plan, a retazos. A veces pienso, a veces registro y dicto, mientras me paseo, mis desvaríos, que tenéis delante. La biblioteca se encuentra en la tercera planta de una torre. La primera [planta] es la capilla; la segunda, una estancia y su anexo, donde duermo con frecuencia, para estar solo. Encima, tiene un gran guardarropa. En el pasado era el lugar más inútil de la casa. Paso ahí la mayor parte de los días de mi vida, y la mayor parte de las horas del día. De noche, no estoy nunca. 
El gabinete anexo visto desde el apartamento, en el primer nivel de la torre.
A su lado hay un gabinete, no exento de elegancia, donde puede hacerse fuego en invierno, iluminado de una manera muy agradable. Y si no temiese más la preocupación que el gasto, la preocupación que me aparta de toda obra, podría fácilmente añadir a cada lado una galería de cien pasos de longitud y doce de anchura, al mismo nivel, ya que he encontrado todos los muros alzados para otro uso, a la altura que me hace falta. Todo lugar de retiro requiere un paseo cubierto. Mis pensamientos duermen si los mantengo en reposo. Mi espíritu no avanza tanto solo, como si las piernas lo mueven. Quienes estudian sin libro, han llegado todos a este punto.
La forma de la biblioteca es redonda, y sólo es lisa en la parte que se requiere para mi mesa y mi silla; y me ofrece en una sola mirada, al curvarse, todos mis libros, ordenados sobre pupitres en cinco estantes alrededor. Tiene tres vistas con una perspectiva rica y libre, y el hueco mide dieciséis pasos de diámetro. En invierno, no paso en ella tanto tiempo seguido. Mi casa, en efecto, está encaramada en una colina, como dice su nombre [Montaigne = montaña], y no tiene pieza más aireada que ésta, que me agrada porque su acceso es un poco difícil, y porque está algo apartada, tanto por el provecho del ejercicio como por alejar de mí a la multitud. Aquí tengo mi morada. Intento adueñarme de ella por completo, sustraer este único rincón a la comunidad conyugal, filial y civil. En los demás sitios, mi autoridad es sólo verbal; en lo efectivo, confusa. ¡Qué miserable es, a mi juicio, quien no tiene en su casa un lugar donde estar a solas, donde hacerse privadamente la corte, donde esconderse! 
Reconstrucción de las vigas del techo de la biblioteca, con citas latinas y griegas, tal y como las tenía Montaigne.
La ambición paga bien a su gente manteniéndola siempre a la vista, como la estatua de una plaza. Magna seruitus est magna fortuna [“La gran fortuna es una gran esclavitud”: Séneca, Consolación a Polibio, 6, 4.] Ni siquiera en el retrete encuentran retiro. Nada he juzgado tan duro en la vida austera que nuestros religiosos pretenden como lo que veo en algunas de sus compañías, el hecho de tener como regla compartir siempre el mismo lugar, y ayudarse muchos mutuamente en cualquier tipo de acción. Y me parece en cierta medida más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca.
Autorretrato con la torre al fondo.

Tomado de Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie de Gournay). Edición y traducción De J. Bayod Brau, El Acantilado, Barcelona, 2007.

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Salvo la toma aérea del castillo de Montaigne, que reproduzco de la red, las fotos que ilustran este post son, indistintamente, de Lola García Zapico y mías. Fueron tomadas con una cámara y un teléfono celular. A la derecha de esta nota, la portada de la gran edición de Acantilado.


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