viernes, 3 de julio de 2015

La mirada del sol que se retira

A José María
Vi la serie una sola vez, hará unos veinte años, y nunca he conseguido sacármela de la cabeza. Tanto es así que a todo el que me contaba que se daba una vuelta por el Museo Dolores Olmedo, le preguntaba por ella: una sala, decía yo, una sala no muy grande, de forma rectangular y oscurecida a medias, dedicada exclusivamente a una serie de obras de pequeño formato, las más conmovedoras de todas las que conozco de Diego Rivera. Las respuestas solían variar, según quien fuera mi interlocutor; a la mayoría era imposible sacarlos de la impresión que les producían los xoloscuincles y los pavorreales rondando alegremente por los jardines de la vieja Hacienda de la Noria. Jamás tuve una respuesta satisfactoria, que correspondiera, digamos, a mi vivo interés, ninguna que confirmara que mi recuerdo no era una nueva mala pasada de mi descabalada memoria.
Eso fue así hasta el otro día, cuando José María fue al museo y volvió con una bella edición dedicada al edificio y sus colecciones, que mi hermano compró como cada vez que encuentra algún libro de arte de su gusto. La abrí. En las primeras páginas, para ilustrar el arranque del artículo de nuestro común amigo Juan Coronel Rivera, descubrí una reproducción de estupenda calidad de la serie.
En esta ocasión, el recuerdo me ha fallado sólo en un aspecto, más o menos esencial –y eso, según se vea–. Y es que, si atendemos a su naturaleza, nadie podrá perdonarme con facilidad que recordara que eran acuarelas, cuando en realidad son óleos. Pero si lo pensamos un poco más, el error quizás tenga algo de certero: a pesar de estar hechas con trazos decididos y tonalidades francas, con la fuerza de quien está acostumbrado a pintar con derroche de expansión expresiva, conservan esa cierta delicadeza que solemos adjudicar a la técnica de la acuarela –o al menos en la memoria, quiero decir, con el paso de los años–. En este caso, la delicadeza quizás podría explicarse por dos razones. 
La primera: las dimensiones relativamente pequeñas de cada una de las obras: 29.1 por 40.8 centímetros. La segunda: Diego pintó la serie cuando ya estaba enfermo de cáncer. En efecto, el vitalísimo pintor mexicano copió del natural las apasionadas puestas de sol de Acapulco durante los últimos meses de su vida, cuando sabía que su final estaba cerca.
Grandes, poderosos, profundos atardeceres, reproducidos en una tela más bien pequeña, que transmiten la emoción de quien se despide de la vida, cegado por el último fulgor del sol –cegado, claro, es un decir… (De paso: imposible no recordar aquel bello endecasílabo del último Octavio Paz: “con mirada de sol que se retira”.) 
En aquella sala del museo de Xochimilco dedicada en exclusiva a ella, la serie de veinte pequeños óleos produce una honda impresión que bien puedo asegurar que nunca se atenúa.
No es fácil dar con buenas reproducciones en la red. Me conformo con la que abre este post. Y por supuesto, con las de la edición del libro que José María me ha prestado unas semanas. De ese libro tomo estas líneas de Juan Coronel, nieto de Diego y uno de los grandes conocedores de la obra del gran muralista:
En 1956, a los 70 años de edad, Diego Rivera tenía por cierto que le quedaban pocos días de vida. Estaba convaleciente en Acapulco, Guerrero, recuperándose de los tratamientos que para curar el cáncer que lo aquejaba le habían recetado; se hospedaba en la casa que su amiga Dolores Olmedo tenía en aquel lugar. Lo que más le sorprendió del puerto fueron los fulgores de las puestas de sol, días violetas y violentos, naranjas y melancólicos, verdes, rojos, azules. Los captó todos en una serie de pinturas cuyo recorrido cromático es una lección que pretende absorber el instante mismo de la creación, ese primer aliento del alba que los libros sacros de todas las religiones describen: tituló sus obras “Colores en el mar, el cielo y la tierra” (“Dolores Olmedo: coleccionismo y generosidad”, Museo Dolores Olmedo, libro editado por el propio museo y Nacional Financiera en 2007.)

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La foto de Juan Coronel Rivera es de Raúl Cano; la tomo de la página de Facebook de mi amigo, poeta y crítico de arte. La de Diego Rivera en Acapulco, en la que aparece Dolores Olmedo cargando un xoloscuincle, procede de la red; aquí el enlace del que la tomo: http://bit.ly/1Cln3Gp


Más sobre Juan Coronel Rivera en este blog:
Mi carta de Proust, a subasta, http://bit.ly/1GtH

Más sobre artes plásticas en este blog:
Las portadas para niños de José Guadalupe Posada, http://bit.ly/OTvwyW  
Siete imágenes del Códice Laud, http://bit.ly/13dmUao
Mi último encuentro con Vlady, http://bit.ly/1fKoWm7
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