viernes, 31 de julio de 2015

David Huerta dialoga con López Velarde


En el número de junio de la Revista de la Universidad pudo leerse el bello y generoso texto que el poeta David Huerta leyó en la presentación de mi libro Ni sombra de disturbio el pasado 29 de abril en el Museo Tamayo (al calce, el link que lleva a ese trabajo). 
Lo que no apareció en las páginas de la publicación universitaria es algo que David leyó también aquella noche: un par de poemas escritos en homenaje a López Velarde que ha tenido la enorme gentileza de dedicarme. En ellos, mi amigo poeta se adentra en las atmósferas y el glosario de López Velarde, y echando mano de algunos de sus procedimientos, digamos que en sus terrenos mismos, dialoga con el fundador de la poesía moderna de México.
David, que acepta mi propuesta de reproducirlos en este espacio, me cuenta algo sobre sus intenciones, al responder a un correo en que le pregunto si interpreto bien cierto verso: delas, si puedo llamarlas así, propiasel verso patricio de Lugones" “Los poemitas no tienen más pretensión que mostrar un fervor por López Velarde; como somos gente de versos, pues así nos sale el testimonio de admiración. No hay mucho que entender en los poemas; quiero decir, más allá de que recrean, con todas las limitaciones que puede imaginarse, el lenguaje, el vocabulario, los estilemas y hasta un poquitín de la versificación velardiana.” De acuerdo con ese espíritu, los comento brevemente, de manera libre e intuitiva.

Cuaderno de Jerez
Por David Huerta
Para Fernando Fernández
1
Mañana en que tu espíritu lustral
perfumaba mi ardiente cabezal.

Yo me desperezaba con la unánime
certeza de un vivir impuro, exánime.

De la noche y sus ásperos polígonos
eran mis vicios ávidos epígonos.

De tus pupilas diurnas recibí
una liturgia: mirra y benjuí.

Y en tu manto benigno e inconsútil
reconciliéme con mi vida inútil.

2
Una vez más he visto
—cual un infante pródigo y bienquisto—,
colgando de las cúpulas insomnes,
el candil en que antaño conocía
mi talante, mi ardor, mi sacrificio.
Preso de un voluptuoso maleficio
quise acercarme a la constante vía
en que mi pecadora fantasía
se aclara con el tósigo del mundo:
descubrí en el candil, en sus cristales
y en su luminiscente pedrería,
el signo de Sión
y desde ese radioso y erizado
artificio rotundo,
recibí en medio del pensar consciente
y en la bárbara frente
el ungido misterio del perdón.
¡Oh, candil: nada sé!
¡Oh, candil: he olvidado el cómo, el qué!
Pero escucho en tu aria,
silenciosa y feraz, la hospitalaria
música del desierto. Nada pido,
sino en gotas simétricas de luz,
candil, sobre mi pecho y mi testuz,
la redención, el viático, el olvido.

3


Comentarios
por FF
1.
El primer poema imita una de esas enunciaciones estáticas, si puedo llamarlas así, propias del estilo velardiano. Uno tras otro, los cinco dísticos que lo componen caen de manera exacta para dar cuenta de un género de pasión amorosa típico del poeta jerezano. 
Ese estatismo está encuadrado e incluso subrayado por la forma que le ha dado su autor: cada uno de los pares de versos está compuesto por dos endecasílabos que riman de manera consonante (esto es, son versos pareados), lo que ayuda a crear esa sensación que no es tanto de rigidez como de rotundidad. Es la misma solución que López Velarde dio al poema “Fábula dística” (del libro Zozobra), que dedicó a la bailarina Tórtola Valencia, en donde se leen versos como éste: “Acreedora de prosas cual doblones / y del verso patricio de Lugones”.
Aquí una manera posible de leerlo: por la “mañana”, quizás metido en la cama, el poeta reflexiona sobre sus aventuras nocturnas a la luz de la pasión que una mujer le inspira. Él evoca el “espíritu” de ella, que es “lustral” –es decir “purificado” como define el diccionario, de acuerdo con la visión de López Velarde, quien gusta de entremezclar elementos cristianos y paganos–. Ella “perfuma” con su poderoso recuerdo el “cabezal” de él, es decir su “almohada” –o la cabecera de su cama, como acaso con excesiva libertad, por extensión, leo yo–. ¿Qué decir de los aromas velardianos? En la presentación de mi libro, Juan Villoro recordó el precioso verso de Ramón: “en la aromática vecindad de tus hombros”…
En el segundo pareado, el poeta se “despereza”, lo que confirma que está en la cama o que por lo menos acaba de despertarse, con el sabor todavía en la boca de lo que hizo anoche: “con la unánime / certeza de un vivir impuro”, por lo que está rendido: “exánime”. ¿De qué está cansado? “De la noche y sus ásperos polígonos”. ¡Rara y bella imagen!: “los polígonos de la noche”. Debo preguntar a David si la saca de alguna cosa en concreto de López Velarde o si es suya, como creo. Sus “vicios”, dice el poeta, eran los “ávidos epígonos” de los polígonos de la noche… (No me resisto a añadir algo que sé gracias al tiempo que viví en España, que pone un acento a mi personalísima lectura. Conste que digo “mi” lectura y que lo hago entre paréntesis. “Polígonos” es como se llama comúnmente a esos espacios industriales, cuyo nombre completo es “polígonos industriales”, ubicados con frecuencia las afueras de las ciudades o de los pueblos, en donde suelen estar los burdeles.)
El siguiente par de versos reafirma la oposición día-noche que sostiene al poema. Y es que David-Ramón recibió la “liturgia” de la “mirra” y “benjuí” de las “pupilas diurnas” de ella; se antoja decir que él se ha aventurado por los espacios –¿pecaminosos?, ¿sacrílegos?– de la noche, protegido por el benjuí y la mirra rituales que ella le proporcionó con su luz –específicamente la luz de sus pupilas de día–. La última imagen del poema nos muestra al poeta arropado en un “manto”, como solemos cubrirnos cuando estamos en cama o buscamos la protección o el descanso, si bien se trata de uno “benigno e inconsútil”, que lo “reconcilia” con su “vida inútil”.

2.
En el segunda de las dos imitaciones podemos sentir con mayor nitidez el diálogo que sostiene David Huerta con nuestro joven y centenario maestro común, acaso porque aparecen en el poema algunos aspectos velardianos en convivencia con otros que son ya propiamente suyos. Es una de esas silvas que tanto practicó Ramón, hechas de versos de siete y once sílabas acomodados con la misma libertad con que están distribuidas las rimas. 
Todo proviene de la magnífica visión del candil que pende del crucero de la iglesia de San Francisco de la ciudad de San Luis Potosí, al que López Velarde dedicó un poema (Obras, edición de José Luis Martínez, segunda reimpresión de 2004 de la segunda edición de 1990, FCE, México, pp. 221-222). 
David regresa, como si fuera un niño “pródigo y bienquisto”, a contemplar el famoso objeto y cuenta que antes tenía, gracias al candil, algunas noticias de su propio temperamento, de sus pasiones y hasta de su religión. Por cierto la bella lámpara cuelga de unas cúpulas que no son “criollas”, como en Ramón, sino “insomnes”.
Quien habla en el poema no solamente está bajo el efecto de un maleficio voluptuoso, también quiere estarlo, lo está con todo propósito. Si su visión de la realidad se aclara con la confusión de su “pecadora fantasía”, su salud toda se gana con el veneno (“tósigo”) del mundo. De pronto, descubre en el candil la estrella de David, que le acabará concediendo el perdón.
En los adjetivos de que echa mano Huerta, que bien podemos calificar de velardianos, es donde más se nota el fructífero intercambio entre los dos poetas: aquí algunos que podrían ser de Ramón (y aun lo son, como el primero de ellos): bárbara frente”, “el ungido misterio del perdón”, “hospitalaria / música del desierto”… Otros, aunque conservan la intención imitativa, me parece que son ya del poeta de Incurable, una vez que ha recibido el influjo de López Velarde: “luminiscente pedrería”, “radioso y erizado / artificio”…
Entonces llegamos a uno de los momentos más hermosos del poema. En él resuena a mis oídos una extraña aleación afortunada: “¡Oh, candil: nada sé! / ¡Oh, candil: he olvidado el cómo, el qué!”. Dije aleación: y es que me gusta pensar que en esos versos, en los que percibo un eco de Alfonso Reyes, David hace que éste hable en un poema de Ramón. 
Es bien sabido que esos dos poetas que tenemos en tanto aprecio, ni se entendieron ni se quisieron; si mi lectura, que no es más que intuitiva, tiene algún valor, en esos dos versos de David Huerta se tocan López Velarde y don Alfonso, como en un principio de reconciliación.
El final se me antoja plenamente huertiano. Es importante decirlo porque lo que sigue confirma que el poema no se queda en la imitación sino que propone un diálogo. El poeta nos dice que, igual que el candil, nada sabe: no obstante, escucha el soliloquio silencioso de la lámpara, lo comedido de la música de las arenas. Y entonces, añade bellamente Huerta, nada pide “sino en gotas simétricas de luz / la redención, el viático, el olvido”. Me parece muy afortunada la frase “gotas simétricas de luz” para referirse al candil, que está hecho de cristales. Pero la idea general que está en
        … Nada pido,
        sino en gotas simétricas de luz,
        candil, sobre mi pecho y mi testuz,
        la redención, el viático, el olvido,
y la manera en la que está engastada en los versos métricos, me parece que suena ya fuera de López Velarde –y eso aunque todavía aparezca ese “viático” tan suyo–. Acaso ayude a ello el que la rima final no sea cerrada sino abierta; me explico: el que el poema concluya con una rima que enlaza no con el verso inmediatamente anterior sino con el que está colocado tres líneas más arriba, como ocurre digamos en la redondilla, lo que comunica cierta sensación de apertura… . O quizás mejor dicho: lo que despeja la sensación de cierre brusco que no disgustaba a López Velarde, quien de cuando en cuando acababa sus poemas con una rima inmediata.
Entre los dedos tenemos la punta de la madeja que conduce al mundo, sólo suyo, de David Huerta. Los puntos suspensivos reproducidos debajo del título de un posible tercer poema de la serie anuncian su intención de seguir trabajando en su cuaderno jerezano. No me queda más que pedir encarecidamente que sea verdad.

___________________
El primer retrato de David, hecho el día de la presentación de mi libro en el Museo Tamayo, es de mi hermano José María; copio el segundo de la página de prensa de Conaculta: es de Crispin Hughes y fue tomado en el Poetry Translation Centre. El que reproduzco en estas notas, y en el cual aparece al lado del poeta Gerardo Deniz, fue hecho en las oficinas de Siglo Veintiuno Editores por Eugenia Huerta y pertenece de mi archivo. Las dos fotos del candil son mías.

El ensayo de David Huerta sobre Ni sombra de disturbio (Auieo ediciones y DGP de Conaculta, 2014) se llama “El cristal sabio y la plegaria fiel”. Apareció en la columna mensual, “Aguas aéreas”, que el poeta publica en la Revista de la Universidad, en junio de 2015. Puede leerse aquí: http://bit.ly/1BPqdYn
Más sobre David Huerta en este blog:
Evocación de Néstor Pelongher, http://bit.ly/1GpA6ft
En los 80 años de Gerardo Deniz, http://bit.ly/1sDZm8f
La revista Alejandría, http://bit.ly/1cPgFw9
19 imágenes de los Estados Unidos, http://bit.ly/1w0kZFZ
Danza de Clori, http://bit.ly/1AXDU4L


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