viernes, 24 de abril de 2015

Ni sombra de disturbio: una reseña


El miércoles de la próxima semana se presentará mi libro sobre López Velarde, editado por AUIEO y la Dirección General de Publicaciones de Conaculta; será la tarde del día 29, en el Museo Tamayo, y estarán en la mesa de presentación tres notables conocedores de la vida y la obra del gran poeta de Jerez: Luis Miguel Aguilar, David Huerta y Juan Villoro. Con la idea de dar cuenta del contenido y las intenciones del libro, acaso nada mejor que reproducir la reseña de Ni sombra de disturbio que publicó en febrero pasado Ernesto Lumbreras en Confabulario, el suplemento cultural del periódico El Universal. Aprovecho, por cierto, para agradecerle a Lumbreras, reconocido poeta y crítico de artes plásticas, su generosa lectura; no menos que eso, para felicitarlo por la aparición de su libro La mano siniestra de José Clemente Orozco, que ganó el Premio Internacional de Ensayo que convoca Siglo XXI Editores. 

De sombras y disturbios
Por Ernesto Lumbreras
Leí con placer, curiosidad y provecho los asedios velardianos reunidos en Ni sombra de disturbio de Fernando Fernández quien lleva en el nombre una aliteración muy del gusto del poeta de Zozobra (1919)En los cinco ensayos que componen el volumen identifico un afán común: traer a la bibliografía sobre Ramón López Velarde nuevos asuntos y enfoques que enriquezcan, y en varios casos corrijan, la lectura de su obra y de contexto. 
Conocedor de los estudios centrales sobre el vate zacatecano, de Xavier Villaurrutia a Allen W. Phillips, de Antonio Castro Leal a Octavio Paz, de José Luis Martínez a Juan José Arreola, de Gabriel Zaid a Guillermo Sheridan, el autor de estas amenas incursiones rescata y trae a la mesa de discusión otros acercamientos, miradores de otras latitudes temporales y geográficas: el de Concepción Gálvez de Tovar con su Ramón López Velarde en Tres Tiempos (1971) y el de Martha Canfield, crítica uruguaya afincada en Italia, con su La provincia inmutable (1981) o el de Alfonso García Morales, ensayista español que anotó la edición madrileña de la poesía de López Velarde. 
Fundamentalmente, estas dos lecturas “periféricas” ventilan a nuestro mal llamado poeta nacional. Siendo el más leído y comentado, intramuros, de nuestros líricos, las impresiones y juicios extranjeros atemperan, por una parte, los malentendidos del color local —sustantivo en el corpus de su obra a nivel de pretexto y no de escenografía— y también, establecen otras correspondencias o referentes a los imperantes en el solar mexicano. 
En la primera pieza “El retrato del primer López Velarde”, Fernández hace una lectura a contracorriente de lo que el canon de la crítica en México ha impuesto, pareciera, como dictamen irrevocable: la obra agrupada por José Luis Martínez bajo el título “Primeras poesías (1905-1912) es “mera curiosidad bibliográfica” (Phillips), pues reúne escritos “sentimentales, artificiosos” (Paz) que desentonan dirá Emmanuel Carballo con las piezas de La sangre devota (1916). Otras voces, menos visibles, matizan tal desdén y colocan algunos poemas, no reunidos en libro, en el mismo plano de “eficacia expresiva” de los reunidos en sus tres libros de poemas.
Al mismo tiempo que propone enmiendas sobre errores y erratas en la edición de las Obras al cuidado de José Luis Martínez, el ensayo en cuestión se adentra en el taller escritural de López Velarde, como también lo hizo el crítico jalisciense a la hora de comparar la edición “frustrada” de La sangre devota de 1910 con la definitiva publicada seis años después. En poemas como “A mi padre” y “El piano de Genoveva” de 1908 o en “Una viajera” y “El adiós” de 1912, nos dice Fernando Fernández, se localiza en sus plenos poderes la poética del jerezano, al menos —apunto por mi cuenta— la que se despliega en su opera prima; otra dimensión mayor habrá de fraguarse en su cima poética, Zozobra, y en la reunión póstuma de su obra lírica bajo el título El son del corazón (1932). 
La naturaleza detectivesca del segundo ensayo, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, intenta reconstruir el retrato de vida del poeta asturiano, presente, en varios momentos, en la vida cultural de México y que ahora es un nombre un tanto olvidado en ambos lados del Atlántico; en esa búsqueda, Fernández nos informa de los lazos afectivos y literarios con el poeta mexicano a quien dedicaría el poema “Aguafuerte” de 1919.
El tercer estudio, “La maestra del mundo” es una delicia filológica como a las que nos tenían acostumbrados Antonio Alatorre o Gerardo Deniz. La revisión de clásicos, de Ovidio a Fernando de Rojas, de Cervantes a Eneas Silvio Piccolomini, este último el futuro Pío II nos informa el autor, hacen posible un paseo por nuestros clásicos con la finalidad de encontrarnos con las fuentes de guiños y recreaciones lópezvelardianas de dos momentos, el relativo a las “lenguas arpadas” de “Para el zenzontle impávido…” y el anotado en versos de “La suave patria” que rezan “con el bravío pecho / empitonando las camisas.” El cuarto ensayo es con mucho el más completo y atractivo respecto las reformulaciones escriturales y de lectura de uno de los poemas fundamentales del bardo de Zacatecas: “El sueño de los guantes negros”. Pieza inconclusa que ha sufrido transcripciones equívocas, arrastrando también una leyenda, de poco provecho, para fijar su condición de poema no consumado por su autor.

En sus varios apartados, este capítulo de Ni sombra de disturbio, trae a cuento a otros comentaristas del tétrico poema, anécdotas que se acumulan en un ministerio de justicia poética para ordenar los hechos y los mitos respecto del original, escrito a lápiz por López Velarde, en una hoja de papelería de periódico Excélsior así como ediciones que han publicado dicho texto con descuidos, revelaciones y añadidos no siempre afortunados. Literalmente, Fernando Fernández leyó con lupa el texto, letra a letra, palabra por palabra, en el borroso y frágil manuscrito velardiano puesto en guarda en la Academia Mexicana de la Lengua. El estudio final, “El candil”, es un ensayo vía la crónica sobre un fetiche potosino del poeta, “un símbolo” personal, nos recordaría Fernández; se trata del majestuoso candil con forma de bajel o de carabela ubicado en la bóveda del Templo de San Francisco de San Luis Potosí. Ese ornamento de cristal y de luz inspiró el poema “El candil” ubicado en el índice de Zozobra y dedicado a Alejandro Quijano, hermano de la musa esencial de dicho libro.
Declaraba el poeta Luis Miguel Aguilar, estudioso todo rigor de nuestra lírica, que “Ramón López Velarde es el centro de la poesía mexicana.” Estas palabras y otras más, dichas en la ceremonia de entrega del Premio Internacional Ramón López Velarde 2015, en el Teatro Calderón de Zacatecas, nos previenen sobre el incesante retorno del poeta, a nuestro turbio presente, en la víspera del año 2021, centenario de su muerte y de su poema más popular. Con ese mismo aliento de resurrección cotidiana, Fernando Fernández comparte su lectura, sus reflexiones y hallazgos en torno del poeta más cordial de todos los poetas.

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Este ensayo apareció originalmente en el suplemento Confabulario del periódico El Universal, el 7 de febrero de 2015.

El retrato de Ernesto Lumbreras es de Marco Medina/La Vanguardia, México, y lo tomo prestado de http://bit.ly/1zxTzDO; el de José Luis Martínez aparece en la revista Letras Libres, que lo publica sin ofrecer datos de su autoría, http://bit.ly/1Dpd6qL; por último, el de Luis Miguel Aguilar pertenece a la Coordinación Nacional de Literatura, según se afirma en http://bit.ly/1Dpi1Id, de donde lo copio. La imagen con el retrato de Alfonso Camín pertenece a mi archivo.

Más sobre Ni sombra de disturbio en este blog:
Imágenes de la edición, http://bit.ly/1u1HBnC
Fermín Revueltas ilustra “El sueño de los guantes negros”, http://bit.ly/1EgOWFN
Juan Almela, últimas fotos, http://bit.ly/1EzS5j3

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