domingo, 17 de marzo de 2013

Habría sido más sencillo llamarse Fernando Fernández

En otra ocasión conté en este espacio que en España casi nadie quiere llamarse Fernando Fernández, aun cuando el nombre no sea precisamente infrecuente. 
Por lo menos eso puede decirse de aquellos personajes públicos que fueron bautizados así y que decidieron darse a conocer de otra manera. 
En ese caso están el filósofo Fernando Savater, los cantaores Fernando Fernández Monje y Fernando Fernández Pantoja, respectivamente conocidos como Terremoto de Jerez y Fernando Terremoto, y el cómico Fernando Fernán-Gómez. Hace un par de semanas, leyendo las deliciosas memorias de éste (El tiempo amarillo, Editorial Debate, segunda edición, 1990), di con el pasaje en el que el gran actor español del siglo pasado cuenta las razones por las que renunció a hacer carrera con su nombre original. Como se comprenderá, me ha sido imposible no reproducirlo en este cuaderno en línea.


Fernando Fernández
Por Fernando Fernán-Gómez
Cuando mi carrera profesional, de frecuentes altibajos, se hallaba en las zonas altas, pensaba que Fernando Fernán-Gómez era un buen nombre artístico. Cuando se hallaba en las zonas bajas, me inclinaba a pensar que aquel nombre, largo y enrevesado, me perjudicaba. Si me llamase de otra manera tendría más ofertas de trabajo y mejor pagadas, porque mi popularidad sería mayor. Nombres como Jorge Mistral, Sara Montiel, estaban muy bien y prueba de ello era que los dos, varón y hembra, se encontraban a la cabeza del escalafón.
Cuando en casa, entre combate y combate, y en la sobremesa del arroz con chirlas o las lentejas sin nada, se decidió mi porvenir, mi madre yo estudiamos también detenidamente cual debe de hacer mi nombre artístico. Lo de Fernando Fernández estaba rechazado de antemano. Aquella reiteración resultaba cómica. Ningún actor que aspirase a llevar una carrera brillante, a ser cabecera de cartel, podría llamarse Ramiro Ramírez, mi Gonzalo González ni Fernando Fernández. Recordaba que ya en el colegio lo de Fernando Fernández era a veces objeto de burla para algunos condiscípulos, que me llamaban Fernando Fernández de la Fernandera.
El que mi madre utilizarse como nombre artístico Carola Fernán-Gómez no fue ocurrencia de ella sino de la gran doña María Guerrero, partidaria de que las chicas de su compañía se llamasen María Fernanda Ladrón de Guevara, Irene López Heredia y cosas así. Con el Fernández y el Gómez de mi madre compuso el Fernán-Gómez en recuerdo del odioso comendador de Fuenteovejuna.
A mi madre su nombre artístico le parecía muy bien, se había acostumbrado a él y lo encontraba sonoro, como evidentemente lo era. Además, en la profesión, y para buena parte del público aficionado, la Fernán-Gómez era una actriz conocida. Al insinuar en nuestra conversación que quizás podría elegir yo otro apellido entendí que daba por supuesto que no me agradaría llevar el apellido materno, pues eso sería proclamar mi origen turbio. Aunque esto no aflorase en nuestra conversación, estaba sin duda en el ánimo de los dos. Eran muchos los actores y actrices que usaba nombres artísticos.
Me puso mi madre algunos ejemplos: un actor que se llamaba Orejas haya suprimido una letra de su apellido, dejándolo en Orjas; otro, cuyo apellido era Egea, que no le parecía eufónico ni fácil de recordar, adoptó el de su lugar de nacimiento y se convirtió en Fernando de Granada. Para mí todo lo que se nos ocurría me parecía ridículo, tanto Fernando Madrid, como Fernando del Plata, como Fernando Fernán, y al fin le dije a mi madre que puesto que era hijo de la Fernán-Gómez, debería llamarme Fernando Fernán-Gómez. Creo que mi decisión le pareció muy bien, y que era lo que ella esperaba.
Más adelante, cuando ya era un actor conocido en los medios profesionales y mi nombre comenzaba a aparecer en los carteles, y en los primeros lugares cuando se trataba de películas, me arrepentí muchas veces de aquella decisión. No sólo, como he dicho más arriba, cuando las cosas me iban mal, sino cuando me iban bien. Pienso ahora que habría sido más sencillo llamarme desde el primer momento Fernando Fernández, más corto, más fácil de recordar por la fuerza de la reiteración y que, al final cabo, era mi nombre oficial. No sólo habría facilitado la labor de los diseñadores de carteles sino que me habría evitado problemas, pues el uso de los dos nombres entorpece algunos trámites burocráticos, resulta dificultoso para los documentos, las fichas de los hoteles y cosas por el estilo. Lo único que sigue pareciéndome acertado de aquella decisión es lo que puede tener de modesto homenaje a mi madre.
(De El tiempo amarillo, primer tomo, páginas 219-221)

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Tomo el retrato que abre este post de la página en la red de El Mundo, donde se dice que es de José Aymá. El resto de las imágenes, como las fotos de Carola Fernán-Gómez, el actor José Orjas y la que acompaña estas líneas, también son de la red.

El artículo de El País en que se afirma que Fernán-Gómez era nieto de María Guerrero, http://bit.ly/112AehE

Otros Fernando Fernández en este blog:
Viceversa en la historia del diseño gráfico en México, http://bit.ly/S5fFHU


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