domingo, 21 de octubre de 2012

Dos notas sobre El ciclismo y los clásicos


Como el próximo viernes presentaremos la segunda edición de El ciclismo y los clásicos, me ha parecido buena idea revivir un par de pequeñas notas sobre mi vieja plaquette: la primera es del narrador y académico Gonzalo Celorio; la segunda, del poeta Eduardo Milán. No había tenido a la vista estos textos en diez o quince años, así que se comprenderá que su lectura me produzca sentimientos encontrados. 
Publicada en La Jornada Semanal, la generosa nota de Gonzalo es un fragmento del texto que mi amigo y antiguo maestro leyó en una presentación general de los Cuadernos de Malinalco, y en el que también se refería a otros títulos —entre ellos Lenguas en erección de Juan Carlos Bautista—. Por su parte, la de Milán salió en la sección de cultura de El Nacional sin que hubiera aviso de por medio, o no que yo recuerde, y la recibí con la misma sorpresa con la que la releo ahora. Desde luego que las reiteradas menciones a Deniz me honran; más me honrarían, sin embargo, si fueran acertadas. Desde mi punto de vista responden menos a un diagnóstico literario atinado que al reflejo de algo que estaba en el aire a principios de los años noventa —y que, para algunos despistados, sigue en el aire—. Tampoco estoy de acuerdo con lo que Milán dice de la deriva de la poesía del autor de Adrede; me explico su opinión como un reacomodo de los grandes entusiasmos, argumentados prolijamente por escrito, que poco antes le había provocado su descubrimiento. Me convence, en cambio, el lugar que da a la obra de Salvador Novo en la línea de la tradición y me entusiasma que en los textos de El ciclismo y los clásicos pueda detectarse un diálogo con ese poeta, al que Milán llama “el menospreciado mejor de los Contemporáneos” y cuyos primeros libros de poesía he admirado siempre.

Una lechuga empeñosamente cultivada
Por Gonzalo Celorio
Fernando Fernández, quién lo dijera, es un poeta fresco y gongorino que puede combinar, como lo dice el título de su cuaderno, el ciclismo con los clásicos. Se le echan de leer, en la de su poesía, sus lecturas más queridas: la lírica tradicional que en Gil Vicente sale de anonimato:

¿A dó gacela, a dó?
¿A dó he de dar con ti?

y más que los clásicos, aquellos que los clásicos —incluidos en éstos, oh paradoja, a los barrocos— encontraron su referencia primigenia: Rafael Alberti:

Una alegría, amor.
Dame, amor, una alegría.

o Gerardo Deniz:

Después de la comida,
la infanta Cucurula y Salvador, su tío,
mudando de apariencia,
se fingen mamíferos cuadrúpedos,
se ponen alargados y combosos 
y se dan a andar en grita por la jungla de la estancia.

No obstante esta presencia indirecta de los clásicos —de Ovidio a Quevedo—, o quizás gracias a ella, el cuaderno de Fernández es fresco como una lechuga empeñosamente cultivada. Extrañamente, inusitadamente, su poesía es feliz.
Es feliz por gozosa y por afortunada; por risueña y por luminosa.
En ella transcurre, como ciclista en velódromo contra reloj, el humor, el buen humor.
El humor de la idea anterior a la imagen: la reina Isabel viajando vulgarmente de posta en posta, estampada en el ángulo superior derecho de un sobre de correos.
El humor de la imagen misma, como la infanta Cucurula y su tío, convertidos en paquidermos, que toman por selva los arabescos de la alfombra de la estancia.
El humor paródico que, a la manera de Ovidio, transformó un conejo en su gata Isolda.
El humor lúdico que hace que el poeta pierda un punto en el ping pong porque lo distrajo la belleza de su pareja.
El humor verbal, aquel que se refocila en la palabra por el solo placer que la palabra y sus vericuetos pueden propiciar:

No eres cristiana, eso
lo sé, mas
mucho menos sois gentil.

A Fernando se le oye silabear su poemario. No puede ocultar la felicidad poética y por ello acaso es imposible leerlo en voz baja.

(Publicado en La Jornada Semanal, número 102, 26 de mayo de 1991.)


Una nueva mirada
Por Eduardo Milán
La poesía mexicana última viene dando volteretas, saludables volteretas a la tradición de la poesía mexicana canónica. Es evidente que desde Xavier Villaurrutia a Gerardo Deniz mucha agua ha pasado bajo el puente. Aguas claras: la más nítida y transparente debe haber sido la de Octavio Paz. Pero Chumacero, Lizalde, Montes de Oca, Gabriel Zaid, José Carlos Becerra han aportado mucho a una tradición que, desde la generación de los Contemporáneos, se había vuelto soberbiamente canónica, víctima de sí misma o de aquella estética marmórea del creador famoso de los Nocturnos
Es cierto que Gorostiza construyó uno de los monumentos más altos de la poesía mexicana contemporánea con su Muerte sin fin, una reflexión sobre el arte de la poesía comparable a Un coup de dés de Mallarmé o al Cimetière marin de Valéry. Pero cuando digo volteretas pienso en Salvador Novo, quizás el menospreciado mejor de los contemporáneos. Para una poesía que cree en la seriedad de la poesía, en su alto aliento trascendente que alcanzará la eternidad sin duda, Salvador Novo no podía pasar de un prestidigitador de la mala leche, de un mago perverso o un payaso, cuando no de un muñeco sin ventrílocuo. 
Pero resulta que no, al menos a la luz que resalta de la experiencia de la novísima poesía mexicana. Los nuevos desacralizadores de la poesía mexicana mantienen lazos íntimos o ecos claros de aquel gran cocinero. Un eco claro: la actitud paródica frente a la vida y al arte que les tocó vivir. Gerardo Deniz, que no tiene nada de joven pero que es un poeta de publicación tardía, lanzó la primera piedra. Deniz parte de un mundo lógico, casi como del Tractatus de Wittgenstein, y lo dinamita enteramente. El estallido al principio logra recomponer en el aire ciertas imágenes y, luego, en el aire mismo, las parodia. Lo que llega al suelo actual de la poesía de Deniz son fragmentos microscópicos, malas palabras para un mundo bueno, son hablas.
Deniz inventó su propio código, lo patentó, lo llevó a cabo, y ahora ofrece al lector una versión de su primitivo hallazgo. Llegó a su propio impasse: o cambia o se parodia sí mismo. No hay manera de evitarlo. Algún rastro de la denisíada hubo en Julio Hubard por un momento. Pero las astillas de la gran explosión las recogió, el pleno cuerpo poético, Fernando Fernández (México, 1964). 
Este libro, El ciclismo los clásicos (Cuadernos de Malinalco, 1999), no tan dividido en dos por su lenguaje como el título indicaría, es algo verdaderamente nuevo en la poesía mexicana. Sobre todo por un problema que plantea con claridad: cómo salir de esta suspensión de la energía poética a que nos ha acostumbrado el pensamiento débil de la así llamada posmodernidad, que llegó al terreno del arte con una fuerza inusitada. Fernando Fernández discute esto no en el plano de las ideas sino en el plano del lenguaje. Con la caída de los valores utópicos asistimos a un bloqueo del futuro tanto en lo ideológico como en lo estético. El recurso natural a esta parálisis es el regreso al pasado, rincón íntimo sin ninguna amenaza: el pasado es el momento quieto del tiempo, allí donde todo ya está hecho. Pero he aquí que Fernando Fernández desafía esta extensión del pasado y, al volver a él, busca en el pasado del lenguaje poético su momento más alto: el momento de la concretud, momento donde el pasado late vitalmente. Recurre, casi como Bakhtin pero con mejor oído que el ruso, a la zona pícara del lenguaje literario. La parodia, el trocadillo, la paronomasia son recursos para acercarse a la cotidianidad del pasado y no a su catedral ideológica. La poesía, cosa íntimamente cotidiana, recolección milenaria de desechos y residuos, encuentra en el lenguaje de Fernández un buen interlocutor. El poeta se disfraza y el lenguaje finge:

¿A dó, gacela, a dó?
¿A dó he de dar con ti?

No sólo se refiere al amor sino que inventa situaciones cotidianas con tíos, usureros tempranos, señores o hijosdalgos venidos a menos. Esto es importante: todo, en la poesía de Fernández, está venido a menos. No hay estructuras conceptuales que rescatar (y esto es más importante aún: no hay “sensibilidades” que rescatar en el pasado por un poeta de fines del siglo XX). Lo que queda, brillando, es el lenguaje.

(Publicado en la sección de cultura del periódico El Nacional, el 7 de septiembre de 1990.)

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La presentación de la nueva edición de El ciclismo y los clásicos (Parentalia Ediciones, 2012) se llevará a cabo el próximo viernes, 26 de octubre de 2012, a las seis y media de la tarde, en el Patio del Palacio del Ayuntamiento de la ciudad de México. También se presentarán Don del recuento de Mariana Bernárdez y Lejos, de muy cerca de Claudia Hernández de Valle Arizpe. Modera el editor, Miguel Ángel de la Calleja.

Las fotos que abren este post pertenecen a una lectura de poemas de principios de los años noventa. El retrato de Celorio lo hice yo mismo, en su casa de San Nicolás Totolapan; el de Milán lo tomo prestado de El Informador de Guadalajara, http://bit.ly/RP32nX, en donde aparece sin crédito de autoría. La foto de Salvador Novo es de Tomás Montero Torres y también la tomo de la red.

Más sobre El ciclismo y los clásicos en este blog:
Cinco poemas comentados, http://bit.ly/NwnEzY
Su editor, Luis Mario Schneider, http://bit.ly/QsWTvt

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