domingo, 10 de junio de 2012

Sainete

Casi seguramente porque lo primero que escribí, allá a finales de los años setenta, fue una serie de pequeños diálogos teatrales, algunos de los poemas que he publicado tienen cierta relación con el género dramático. Quizás en ningún otro texto eso sea tan evidente como en este monólogo, que todavía en su penúltima versión llevaba el subtítulo de “sainete” y que tuve la oportunidad de leer en un teatro de Alcalá de Henares. 
Lo empecé a escribir en presencia de Fernando Rodríguez Guerra, a quien estoy seguro que no le importará que revele que es él mismo el personaje que aparece en sus versos con el nombre de Leocadio. “Ejecutante en Iruña” fue publicado por primera vez en Palinodia del rojo, que vio la luz a finales de 2010 bajo el sello de Aldus. Lo comparto ahora con quienes leen Siglo en la brisa siquiera por darme el gusto de ilustrarlo para la página electrónica.


Ejecutante en Iruña
A Fernando Rodríguez Guerra
Detrás del mostrador,
                                  como si nada,
la voz de aquella dueña la mañana
de nuestra despedida,
camino a la estación:

“Alguno anduvo por allí a deshoras
metiendo bulla,
                        haciendo
un ruido igual que si rascara alguna corva suya,
o conjurara contra el Estatuto,
o no estuviese a gusto en este hostal…”


“Y en la misma recámara
en que estabais vosotros, o muy cerca,
que luego no supimos…
                                       ¡Fue imposible acercarse
a unos metros siquiera!”.

“Lo bueno es que el martirio”, añadió, persinándose,
“cesó en la madrugada.
¿No habéis oído nada?”

Y “No, ¿verdad?”, dijimos, “No, ni pío”.

Y el caso de Leocadio era explicable:
¿enterarse, quien duerme
como osezno en invierno desde el jueves
y era noche de martes…?

¡Pero el mío!
¡Esas falsas fanfarrias! ¡Esos soplos nemicos!

(Extrañas partituras, si eso eran,
de tiorba al gong o triángulo a la tuba…)

Lo mismo habría opinado
cualquiera que pasara
delante de la puerta de ese cuarto, mirara con espanto
y atinara tan sólo a santiguarse
y huir.

¡Y ya hay quien considera dejar el hospedaje!
Y alguno hasta el país.
                                    Que admite, por lo bajo,
que nunca había escuchado tal reclamo
de baba que llamara
                                o cárabo,
y todo sin acuerdo, o sin el mínimo,
que la misma Natura se extrañara
—como yo,
                 ya lo ves, y los vecinos
y quienes administran este hotel.

¡Fragor que se adelgaza como ganga o torero,
y luego se dilata como riada!


A todo esto, Leocadio, el hombre, en babia.

Y aquella noche, un par de pisos más abajo
y no en el nuestro —¡no, Dios, ni pensarlo!—,
bien echado el pestillo:
“¿Lo oye usted, don Alcalde?
                                               Y, san Ministro,
¿verdad que no exagera doña Dueña?”

“Y sí, muy bien”,
decía la autoridad, “pero ahora dígame,
¿qué coño es eso?”

“¡Si lo supiéramos!
Mas mete un miedo de cagarse,
y no hemos conseguido dormir,
ni averiguarlo…”

Y el otro:
              “¿Y no será que un caño roto, un tubo
a averiguar, de los de antaño…?”


Pero otro más, ninguno
en particular,
que no se supo quién pero glosaba,
                                                         con someros
dicterios, los sentires de aquellos caballeros:

“¡El de la pata hendida!
¡Escuchar, escuchar cómo rumia su mal
y sopla su zampoña y su pezuña afila!”

Al tiempo que añadía una navarrona:
“Y como suele: ¡briago!”
                                                            
“¿O a ver, dígame usted, si no es el diablo,
qué es esa sinfonola de grajos y gargajos?”

Y así estuvimos, o así estuve,
al menos esa noche,
                                 la última en Iruña,
temiendo que allanaran a golpes la recámara
—e intentaran situar descompostura
semejante, si eso era, o si era un demonio
o una conjura…

Escuché, de lejitos, cada vez que el concierto
me dejaba:
                 que si era un desperfecto
en un cuarto de baño, si una tina o un váter,
a un fontanero se llamase;
que si era una conjura de violentos,
a un mando policiaco se avisara;
                                                     y al último, si un diablo,
si de veras el Diablo,
a algún representante de la curia romana, al arzobispo
primado, ¡al Papa!

Dispuesta a convocar maitines a esa hora,
a nuestra Santa Madre
de Begoña aquel caso encomendaba
aquella dueña
                       —escapulario en mano,
del tamaño de un piesco
o fiasco…

¡Y era sólo Leocadio, que roncaba! 1


1 Y aquellos como erutos, y ahogos como flatos,
no eran más que dramáticos
intentos de Leocadio,
que todavía bogaba, aunque inconsciente,
en el anís del país,
                                ¡y pretendía alcanzar
el remoto confín del día siguiente…!





_________________________
Más sobre Palinodia del rojo en este blog:
La edición, http://bit.ly/gK042J
La presentación del libro, http://bit.ly/x9elgP
Una “Palinodia del rojo” anónima, http://bit.ly/f7YVZ1
Tres poemas citados por Eduardo Casar, http://bit.ly/KdmqIi

Una reseña en la revista Letras Libres, http://bit.ly/w18ZLZ



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