viernes, 19 de junio de 2015

Juan Villoro sobre Ni sombra de disturbio

(La noche del 29 de abril de 2015, en el Museo Tamayo, se presentó mi libro de ensayos sobre López Velarde, Ni sombra de disturbio. Además del editor del libro, Marco Perilli, participaron los escritores David Huerta, Luis Miguel Aguilar y Juan Villoro. Dos días después, Villoro publicó en el diario Reforma un artículo con la mayor parte de lo que dijo en aquella ocasión. Quiero agradecerle explícitamente a él su presencia en la presentación del libro y la redacción de este generoso y bello texto, que recojo en Siglo en la brisa con su autorización.)

La hora actual
Por Juan Villoro
Ramón López Velarde es el poeta más y mejor leído de México. Muerto en 1921 a los 33 años, ha provocado tantas investigaciones que José Emilio Pacheco exclamó con ironía: “has caído en manos de la policía judicial literaria”. Una y otra vez cedemos a la tentación de pensar que se ha dicho todo sobre el poeta jerezano.
En la iglesia de San Francisco, San Luis Potosí, se encuentra el barco de cristales mencionado en el poema “El candil”. Coincidí ahí con un grupo de escolares. El maestro explicaba que ese bajel brillante había encandilado a López Velarde. Los niños pensaron que se refería a un santo. Inscrito en la leyenda, el autor de “La suave Patria” goza de los privilegios y las distorsiones de la idolatría. ¿Es posible leerlo con asombro?
La paradoja del pasado es que no está quieto; se renueva desde el presente. Javier Marías comenta que las traducciones pueden renovar a un clásico. Los países que hablan otras lenguas pueden actualizar a Cervantes y nosotros a Dante.
Los clásicos de nuestra propia lengua adquieren nueva vida a través de la lectura, según demuestra Ni sombra de disturbio, reciente libro de ensayos de Fernando Fernández. El poeta y editor revisa originales y encuentra que dos versos de “Al volver...” fueron cambiados (para mal) por Antonio Castro Leal. En otro poema descubre que un corrector de pruebas modificó el coloquial “fuistes”, que permitía un endecasílabo, por el desabrido “fuiste”, que deja un verso cojo, de diez sílabas. 
En el archivo de la Academia Mexicana de la Lengua, estudia el más discutido de los manuscritos velardianos, “El sueño de los guantes negros”. Escrito a lápiz en un papel que el poeta llevaba en el bolsillo, el texto habla de un amor de ultratumba. El tema y el aspecto del original son testamentarios. Estudiarlo tiene algo de exhumación y -luego de numerosos estudios reverentes- profanación. Para perfeccionar nuestra curiosidad, a ese legado le faltan palabras que José Luis Martínez trató de completar. Pues bien: en ese texto mil veces estudiado, Fernández descubre una palabra que no había sido registrada. No se trata de un vocablo de relumbre velardiano, como “tósigo” o “cauterio”. El hallazgo es modesto y, por eso mismo, conmovedor: se trata del artículo indeterminado “un”. Resulta curioso que se le haya escapado a tantos detectives de la letra. Por lo demás, el mínimo hallazgo de Fernández establece un entrañable contacto con un poeta que al asomarse al viejo pozo de su infancia descubrió que el destino dependía de “históricas pequeñeces”.
Ni sombra de disturbio es un jardín donde brotan pequeñas y significativas novedades. Fernández es un lector cuidadoso, pero carece de pedantería. No se adentra en las numerosas ediciones para practicar un safari de erratas. Lee por placer; comunica su gozo y su perplejidad ante las luces y las sombras velardianas, pero en el camino encuentra piedras que no deberían estar ahí. Si algo queda claro en su aventura es que estamos muy lejos de tener una edición definitiva del poeta del que creíamos saberlo todo.
Leer es una forma de conversar. Ni sombra de disturbio lo demuestra al incorporar las reflexiones de Sheridan, Paz, Zaid y tantos otros. El pionero decisivo en los estudios velardianos fue Xavier Villaurrutia. De manera aguda, Fernández observa que es el único de los principales comentaristas que no se ocupa de “El sueño de los guantes negros”, siendo el que más se dejó influir por esos versos. Este apunte revela la forma en que se construye la tradición. Como los magos, los intérpretes buscan que se aprecien sus efectos, no sus trucos. Villaurrutia elogió todo en López Velarde, menos el poema que imitaría.
Una zona un tanto borrosa de un autor mil veces retratado es su poesía de juventud. Fernández enciende una lámpara para ver el boxeo de sombra del joven león que se prepara para futuros combates, y encuentra en el temprano poema “El adiós” un anticipo de “El sueño de los guantes negros”.
Las novedades sobre López Velarde se deberían publicar en la primera plana de los periódicos. Cuando murió, se decretaron tres días de luto nacional. Vivimos “malos tiempos para la lírica”, como diría Brecht. Pero la sosegada discusión continúa. Fernando Fernández confirma la inagotable condición de un poeta. Podemos descifrar expresiones como la “cuaresma opaca” o la “grupa bisiesta”, pero sólo podemos intuir lo que significa el sonoro misterio de “la hora actual con su vientre de coco”.
Cuando el poeta que nunca tuvo reloj da la hora, la felicidad está madura.

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Este texto, que recoge una buena parte de lo que Juan Villoro dijo en la presentación de Ni sombra de disturbio la noche del 29 de abril de 2015 en el Museo Tamayo, apareció publicado dos días más tarde, el primero de mayo de 2015, en la página editorial del periódico Reforma. Gracias a su autor por permitirnos reproducirlo en Siglo en la brisa

Ni sombra de disturbio apareció a finales de 2014; es una coedición de AUIEO ediciones y la Dirección de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Las fotos de la presentación son de José María Fernández; la del candil y las del libro, mías.
Tomo el retrato de Villoro de la red: http://bit.ly/1TB4yZz


Más sobre Ni sombra de disturbio en este blog:
La presentación en el Museo Tamayo: un puñado de imágenes, http://bit.ly/1SvPw5I
Fotos de la edición, http://bit.ly/1u1HBnC
La reseña de Ernesto Lumbreras, http://bit.ly/1GP0UqG



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