sábado, 12 de julio de 2014

Boleto mundialista



A Jonathan López Romo

Como no iba a utilizarlos, un amigo me regaló sus boletos para los partidos del Mundial de México que iban a jugarse en el Estadio Azteca, y de esa manera en cinco o seis ocasiones, desde los tres primeros juegos de la selección mexicana hasta la final de la Copa del Mundo de 1986, me encontré en un lugar de privilegio en el coloso de Santa Úrsula, rodeado de gente a la que nunca había visto y a la que luego nunca volvería a ver, y me di el gusto de presenciar un puñado de partidos imborrables en medio de una muchedumbre de 115 mil personas que coreaban estrepitosamente el nombre de México, cuando era México el que jugaba, o en silencio casi perfecto el nombre de Bulgaria, cuando la selección jugó contra Bulgaria en octavos y acudí con mi amiga Nattie –que es hija de mexicana y búlgaro, y vi ondear discretamente su banderita allá arriba, acaso la única en todo el estadio–; o encantadoramente el nombre de Argentina cuando se dio el caso de que el equipo de Maradona y de Bilardo jugara en el Estadio Azteca una de las dos semifinales, y sobre todo aquel inolvidable mediodía del partido final, aquel emotivísimo y ardiente partido entre Argentina y la Alemania de Beckenbauer y de Rummenigge en el que se anotaron cinco goles, dos de ellos en los siete minutos finales, y que los argentinos ganaron cuando parecía que todo empezaba a perderse con una descolgada de época que se produjo casi por milagro sólo unos momentos después de que los alemanes acabaran de empatarles, exactamente como hacen siempre, exactamente como había hecho Schnellinger contra Italia en ese mismo escenario el 17 de junio de 1970 en el Partido del Siglo, en una de las dos semifinales del otro Mundial de México.
Haciendo cálculos, alguien podría entonces preguntarme si en 1986 estuve en el polémico Argentina-Inglaterra de cuartos de final que fue en el Azteca, y para el que, según se desprende de lo que dije más arriba, también tenía boleto, el partido en el que Maradona metió sus dos goles celebérrimos, el primero con el puño, superando en el brinco a Shilton en una hazaña mitad picaresca y mitad atlética, el segundo echando a correr a cancha traviesa desde el medio campo, dejando en el camino a no sé cuántos ingleses y empujando por último el balón al tiempo que se venía abajo a la salida de Shilton, y quien me haga la pregunta de si estaba o no aquella tarde histórica en el Azteca, como debía de haber estado, tendrá razón en planteármela porque es oportuna aunque la respuesta sea triste.
Y es que esa misma tarde jugaba España contra Bélgica en Puebla, una selección española por la que no se daba mucho después de la primera fase pero que revivió en la esperanza de millones de aficionados, y en particular de los españoles de México, cuando goleó con lujo de espectáculo a una poderosísima Dinamarca que había destrozado a todos a su paso, incluida por cierto Alemania, y jugó el futbol seguramente más hermoso de la parte inaugural del torneo pero tuvo la mala suerte de ir a Querétaro a toparse con la grácil finura de Butragueño, quien jugó el partido de su vida, y quien fue un portento de habilidad entre los miles de daneses que lo cercaron en los escasos metros del área chica, y entre quienes siempre salió bien librado, y acabó metiéndoles nada menos que cuatro goles.
Por eso no estuve en el Azteca cuando debía de haber estado, aun cuando tenía boleto, porque andaba en Puebla en donde fui parte de la desventurada marabunta entusiasmada de españoles y de hijos de españoles que fueron a decepcionarse delante de un equipo de nuevo mediocre, incapaz de hacer nada a la ofensiva, que perdió en cuartos de final contra la selección de Bélgica tristemente como se pierde siempre en pénaltis.
Hace unas semanas, cuando empezaba este nuevo mundial, el de Brasil, el que se acaba en unas horas, pensé en poner en venta el boleto de la final entre Alemania y Argentina del Mundial de México 1986, tal como ya había pensado hacer cuatro años atrás, cuando fue en Sudáfrica, convencido como estoy de que no faltará algún fanático que quiera atesorarlo, preferentemente argentino, me digo, ya que son argentinas las memorias más felices de aquel día. Para variar, se me pasaron las semanas y no hice nada. Lo único que conseguí fue decírselo a mi amiga Andrea Eduardina, aventajada usuaria de e-Bay, quien se ofreció a hacer alguna pesquisa al respecto. Al poco tiempo, ella me escribió para decirme que no encontraba nada que se pareciera a lo que yo quería de poner a subasta, así que opté por desistir. A unas horas de una nueva final, en la que juegan los mismos equipos que vi en persona en el Estadio Azteca aquel 29 de junio de 1986, me tomo al menos el tiempo para escanearlo y exhibirlo en Siglo en la brisa, orgullosamente a nombre de su futuro propietario.

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Más sobre boletos de partidos de futbol en este blog:
Ocios de 1946, http://bit.ly/1gQcF2R

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