domingo, 2 de diciembre de 2012

Tres inolvidables pasajes de Marcel Proust


Leí En busca del tiempo perdido de un largo tirón, durante los meses de verano y otoño de 1985. Aunque no he vuelto a andar por sus páginas como es debido —con la excepción, por cierto repetida, de Unos amores de Swann—, la novela de Proust siguió resonando de tal forma en mi interior que casi treinta años después de aquella única lectura conservo episodios, frases e ideas tan vivos en la memoria que parece que acabé de leerla la semana pasada. 
De cuando en cuando he sentido la tentación de situar con precisión algunos pasajes, y esta semana me he dado el tiempo de hacerlo, siquiera con un puñado mínimo. La tarea hubiera sido menos fácil si no contara con los cuadernos en los que apunté, con una grafía serena que da cuenta de la disposición de ánimo y el creciente placer con los que emprendí los cientos de páginas de la novela, una infinidad de notas que cubren desde el tercer volumen, El mundo de Guermantes, hasta El tiempo recobrado, el último. Para este ejercicio en Siglo en la brisa escogí tres pasajes de los que han regresado a mi recuerdo más que los otros: la emocionante primera visión de un aeroplano, la ocasión en la que el narrador observa a su amada Albertina mientras duerme y la vez en la que él mismo, de regreso de un paseo por Versalles, desgrana para ella los sucesivos colores con los que la luna ha sido descrita por los poetas franceses.
Como es natural, la memoria no ha retenido casi al detalle estos episodios sin cobrarse algo por sus servicios, y se ha permitido morderlos o incluso añadirles pequeñas amplificaciones, según su misteriosa manera de proceder. Si en el primero de estos episodios no recordaba para nada que el narrador fuera a caballo, me sorprende mucho que en el último también aparezca un avión —lo que permite hacer un interesante contraste entre ambos—. El pasaje intermedio, por cierto tanto o más célebre que los otros dos, es uno de los pocos momentos (un par, para ser exactos, y siempre si no me falla la memoria) en los que el personaje que cuenta la novela en primera persona, universalmente conocido como el narrador, toma prestado el nombre de quien redacta y se llama a sí mismo Marcel. Por último debo reconocer con tristeza que el recorrido por las alusiones lunares de la poesía francesa era mucho más rica y detallada en mi recuerdo. Como sea, para mí es interesantísimo volver a la fuente misma —aunque deba de ser a través de la traducción de Consuelo Berges, continuadora del trabajo del poeta Pedro Salinas—. Estos son los pasajes “originales” en los que leí hace veintisiete años algunas imágenes e ideas que desde entonces no han dejado de acompañarme.

Tres fragmentos de En busca del tiempo perdido
por Marcel Proust
[La emocionante primera visión de un aeroplano]
Pero también ocurría que las costumbres que me retenían quedaran abolidas de pronto, generalmente cuando algún antiguo yo, rebosante de deseo de vivir con alegría, remplazaba por un momento al yo actual. Este deseo de evasión lo experimenté especialmente un día en que, después de dejar a Albertina en casa de su tía, fui a caballo a ver a los Verdurin y tomé en el bosque un camino abrupto cuya belleza me habían alabado. 
Ciñéndose a las formas del acantilado, unas veces subía y otras, estrechándose entre aglomeraciones de árboles, se hundía en hoces salvajes. Por un momento, las rocas peladas que me rodeaban, el mar que se divisaba por entre sus picos, flotaron ante mis ojos con fragmentos de otro mundo: había reconocido el paisaje montañoso y marino que Elstir tomó como marco para aquellas dos admirables acuarelas, Encuentro del poeta y la musa y Encuentro del joven y el centauro, que había visto en casa de la duquesa de Guermantes. Su recuerdo volvía a poner los lugares en que me encontraba tan fuera del mundo actual, que no me hubiera extrañado cruzarme en mi paseo con un personaje mitológico, como el joven de la era prehistórica que pinta Elstir. De pronto mi caballo se encabritó; había oído un ruido singular y me costó trabajo dominar al animal y que no me tirara al suelo. 
Después levanté los ojos llenos de lágrimas hacia el punto de donde parecía venir aquel ruido, y, a unos cincuenta metros por encima de mí, vi en el sol, entre dos grandes alas de resplandeciente acero que lo llevaban, un ser cuya figura, poco definida, me pareció que asemejaba a la de un hombre. Me impresionó tanto como podría impresionar a un griego ver por vez primera a un semidiós. Lloraba además, pues estaba dispuesto a llorar desde el momento en que me di cuenta de que el ruido venía de encima de mi cabeza —los aeroplanos eran todavía raros en aquella época— al pensar que lo que iba a ver por primera vez era un aeroplano. Y, como cuando se ven en un periódico unas palabras emocionantes, no esperaba más que ver el avión para romper a llorar. Pero el aviador pareció vacilar sobre su camino; yo sentía que tenía abiertas ante él —ante mí, si la costumbre no me hubiera apresado— todas las rutas del espacio, de la vida; siguió más lejos, planeó unos momentos sobre el mar y después, decidiéndose súbitamente, como si cediera a una atracción inversa a la de la gravedad, como si volviera su patria, con un ligero movimiento de sus alas de oro picó derecho hacia el cielo. (Sodoma y Gomorra, páginas 487 y 488)

[Embarcado en el sueño de Albertina]
He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. Hablando, jugando a las cartas, tenía esa naturalidad que una actriz no hubiera podido imitar; pero la naturalidad que me ofrecía su sueño era más profunda, una naturalidad de segundo grado. 
Le caía el cabello a lo largo de su cara rosada y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertina tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada.
Yo contemplaba a Albertina tendida mis pies. 
De cuando en cuando la recorría una agitación ligera y inexplicable, como el follaje que una brisa inesperada sacude unos instantes. Se tocaba el pelo, pero no se contentaba con esto y volvía a llevarse la mano a la cabeza con movimientos tan seguidos, tan voluntariosos, que yo estaba convencido de que iba despertarse. Nada de eso: volvía quedarse tranquila en el no perdido sueño. Y permanecía inmóvil. Había posado la mano en el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril que, mirándola, me tenía que esforzar por no sonreír con esa sonrisa que nos inspiran los niños pequeños, su inocencia, su gracia.
Conociendo como conocía varias Albertinas en una sola, me parecía ver reposando junto a mí otras muchas más. Sus cejas arqueadas como yo no las había visto nunca rodeaban los globos de sus párpados como un suave nido de alción. Razas, atavismos, vicios reposaban en su rostro. Cada vez que movía la cabeza, creaba una mujer nueva, a veces insospechada para mí.
Me parecía poseer no una, sino innumerables muchachas. Su respiración, que iba siendo poco a poco más profunda, le levantaba regularmente el pecho, y, encima, sus manos cruzadas, sus perlas desplazadas de diferente modo por el mismo movimiento, como esas barcas, esas amarras que el movimiento de las olas hace oscilar. Entonces, notando que su sueño era total, que no iba a tropezar con escollos de conciencia ahora cubiertos por la pleamar del sueño profundo, deliberadamente me subía sin ruido a la cama, me acostaba al lado de ella, le rodeaba la cintura con mi brazo, posaba los labios en su mejilla y sobre su corazón; después, en todas las partes de su cuerpo, mi única mano libre, que la respiración de la durmiente levantaba también, como las perlas; hasta yo mismo cambiaba ligeramente de posición por su movimiento regular: me había embarcado en el sueño de Albertina. (La prisionera, páginas 75 y 76)

[Los colores de la luna en la literatura francesa]
[En Versalles] Nos quedamos mucho tiempo. El cielo estaba todo él de ese azul radiante y un poco pálido como a veces lo ve sobre su cabeza el paseante acostado en un campo, pero tan nítido, tan profundo, que da la sensación de haber sido pintado con un azul sin mezcla alguna, y con una riqueza tan inagotable que se podría profundizar más y más en su sustancia sin encontrar un átomo de otra cosa que ese mismo azul. Yo pensaba en mi abuela, que en el arte humano, en la naturaleza, amaba todo lo grande y que se recreaba mirando ascender en aquel mismo azul la torre de San Hilario. De pronto volví a sentir la nostalgia de mi libertad perdida, al oír un ruido que de momento no reconocí y que a mi abuela le hubiera también gustado tanto. Era como el zumbido de una avispa.
—Mira —me dijo Albertina—, un aeroplano. Va muy alto, muy alto.
Yo miraba en torno mío, pero, como el paseante acostado en un campo, no veía más que la claridad intacta del azul purísimo, sin ninguna mancha negra. Seguía oyendo, sin embargo, el zumbido de las alas que de pronto entraron en el campo de mi visión. Allá arriba, unas minúsculas alas oscuras y brillantes fruncían el terso azul del cielo inalterable. Pude por fin adscribir el zumbido a su causa, a aquel pequeño insecto que trepidaba muy arriba, seguramente a unos buenos dos mil metros de altura; le [sic] veía runrunear. Cuando no hacía aún mucho tiempo que la velocidad había acortado las distancias en la superficie de la tierra, el silbato de un tren que pasaba a dos kilómetros tenía esa misma belleza que ahora, por algún tiempo todavía, nos emociona en el zumbar de un aeroplano a dos mil metros al pensar que las distancias recorridas en ese viaje vertical son las mismas que en el suelo, y que en esa otra dirección nos parecen distintas porque las creemos inaccesibles; un aeroplano a dos mil metros no está más lejos que un tren a dos kilómetros, e incluso está más cerca, porque el trayecto idéntico se efectúa en un medio más puro, sin separación entre el viajero y su punto de partida, de la misma manera que en el mar o en las llanuras en un tiempo sereno el movimiento de la nave ya lejana o el simple soplo del céfiro surcan el océano de las olas o de los trigales. Volvimos muy tarde, en una noche en que, acá y allá, un pantalón rojo junto a una falda al borde del camino revelaban parejas enamoradas. Nuestro coche entró por la puerta Maillot. 
Los monumentos de París habían sido sustituidos por el dibujo, puro, lineal, sin espesor, de los monumentos de París, como si fuera la imagen de una ciudad destruida; mas a la orilla de ésta se elevaba tan suave la orla azul pálido sobre la cual se destacaba que los ojos, sedientos, buscaban todavía por doquier un poco de aquel delicioso matiz que les era medido demasiado avaramente: hacía luna. Albertina la contempló admirada. No me atreví a decirle que yo la gozaría mejor si estuviera solo o buscando a una desconocida. Le recité versos o frases de prosa sobre la luna, haciéndole ver cómo, de plateada que fuera en otro tiempo, se tornó azul con Chateaubriand, con el Victor Hugo de Eviradnus y de Fête chez Thérèse, para volver a ser amarillo y metálico con Baudelaire y Leconte de Lisle. Después, recordándole la estampa que representa la luna en creciente de Booz endormi, se lo recité entero. (La prisionera, páginas 40 y 41)

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El dibujo y el óleo de las mujeres que duermen son del artista alemán Loris Corinth (http://es.wikipedia.org/wiki/Lovis_Corinth) y las tomo, al igual que las fotos de aviones, prestadas de internet. Lo mismo hago con el dibujo que ilustra el último fragmento, que en alemán se llama Boas und Ruth y es de Rembrandt.

Más sobre Proust en este blog:
El museo imaginario de Marcel Proust, http://bit.ly/y59zUe
Mi carta de Proust, a subasta, http://bit.ly/UthPFD

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