domingo, 25 de noviembre de 2012

Un poema de Ángel González


Tanto insiste Pound en la idea que me ha parecido conveniente hacerle caso siquiera por una vez (1). Y cuando me pongo a reflexionar sobre la manera de ponerla en práctica, me doy cuenta de que precisamente algo de eso he hecho de cuando en cuando en este blog
Con esta entrega serán ya ocho poemas, grupos de poemas e incluso versos aislados que ejemplifican la poesía que me gusta, y que conforman, para decirlo con las palabras del exigente poeta de Idaho, mi “ideograma de lo bueno”. El texto que reproduzco más abajo es significativo sobre todo porque representa una excepción al uso monótono y escasamente creativo de las formas tradicionales en la España de las últimas décadas, que tanto he criticado en este y otros espacios. No es que Ángel González (Oviedo,1925-Madrid, 2008), su autor, se desdiga en él de sus convicciones estéticas generales; tampoco, que renuncie a sus versos armados a partir de un criterio tradicional, con toda suerte de variaciones hechas a base de encabalgamientos y pies quebrados, sino que por una vez el resultado está repleto de fuerza, belleza y originalidad. 
Digamos que a pesar de que las formas en las que está escrito son más o menos las de siempre, el poema resulta irrepetible, y parece que respira, palpita, crece. Al revés de lo que me sucede con algunos poemas que me han gustado en otros tiempos y que releo sin que vuelvan a decirme nada, este “Entreacto” —que forma parte del libro Sin esperanza con convencimiento (1961)— cada vez me gusta más. Por desgracia, no tengo tiempo para comentar a detalle el sabio mecanismo utilizado en el texto para cargarlo de una fuerza en cierto sentido oscura, no exenta de ironía y de humor, que lo convierte en una página verdaderamente memorable. Me contento con señalar lo que más me impresiona de él: la efectividad con la que está reproducida esa suspensión que hay entre dos actos de una obra teatral que hace que en sus versos se sienta, intacta y vibrante todavía, la inercia de la energía que ha sido desplegada en la representación. 
Quizás lo leí por vez primera en diciembre de 2001, en la casa madrileña de mi amigo Xavier Pascual Aguilar; para llevármelo conmigo lo copié en un cuaderno, y desde entonces y hasta mi regreso a México —en donde me esperaba un ejemplar de su poesía reunida comprado en 1996— fue en esa transcripción donde lo leí una y otra vez. Mi nuevo encuentro con él se debe a la provocación de Pound y tiene como objeto compartirlo con quienes siguen Siglo en la brisa.

Entreacto
Por Ángel González
No acaba aquí la historia.
Esto es sólo
una pequeña pausa para que descansemos.
La tensión es tan grande,
la emoción que desprende la trama es tan
intensa,
que todos,
bailarines y actores, acróbatas
y distinguido público,
agradecemos
la convencional tregua del entreacto,
y comprobamos
alegremente que todo era mentira,
mientras los músicos afinan sus violines.
Hasta ahora hemos visto
varias escenas rápidas que preludiaban muerte,
conocemos el rostro de ciertos personajes
y sabemos
algo que incluso muchos de ellos ignoran:
el móvil
de la traición y el nombre
de quien la hizo.

Nada definitivo ocurrió todavía,
pero
la desesperación está nítidamente
dibujada, y los intérpretes
intentan evitar el rigor del destino
poniendo
demasiado calor en sus exuberantes
ademanes, demasiado carmín en sus sonrisas
falsas,
con lo que –es evidente– disimulan
su cobardía, el terror
que dirige
sus movimientos en el escenario.
Aquellos
ineficaces y tortuosos diálogos
refiriéndose a ayer, a un tiempo
ido,
completan, sin embargo,
el panorama roto que tenemos
ante nosotros, y acaso
expliquen luego muchas cosas, sean
la clave que al final lo justifique
todo.
No olvidemos tampoco
las palabras de amor junto al estanque,
el gesto demudado, la violencia
con que alguien dijo:
                                 “no”,
                                         mirando al cielo,
y la sorpresa que produce
el torvo jardinero cuando anuncia:
“Llueve, señores,
llueve
todavía”.

Pero tal vez sea pronto para hacer conjeturas:
dejemos
que la tramoya se prepare,
que los que han de morir recuperen su aliento,
y pensemos,
cuando el drama prosiga y el dolor
fingido
se vuelva verdadero en nuestros corazones,
que nada puede hacerse, que está próximo
el final que tememos de antemano,
que la aventura acabará, sin duda,
como debe acabar, como está escrito,
como es inevitable que suceda.


Tomado de Ángel González, Palabra sobre palabra, Serie Mayor, Seix Barral, tercera edición, Barcelona, mayo de 1994, pág. 113-114.

_________________________
(1) “La primera credencial que se ha de exigir al crítico es su ideograma de lo bueno; de lo que considera su escritura válida, es más, de todos sus términos generales. Entonces sabremos por dónde anda” (pág. 59). Y más adelante: “No puedo insistir demasiado ni con demasiada fuerza sobre mi advertencia en contra de los llamados críticos que discuten en torno al tema, no definen sus términos y no dicen francamente que ciertos autores les parecen aburridos. Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores piensa que son buenos escritores, después se pueden escuchar sus explicaciones” (pág. 62). En Ezra Pound, El arte de la poesía, traducción de José Vázquez Amaral. Joaquín Mortiz, Serie del Volador, segunda edición, México, 1983.

Ignoro la autoría del retrato de Ángel González que abre este post; lo tomo prestado de internet, en donde aparece un par de veces sin crédito.

Este texto es la octava entrega de una serie que ha ido apareciendo en este blog con algunos de mis poemas preferidos. Aquí los demás: . Fonollosa, :
, pagayor, Seix Barral, tercera edici
1. De Pedro Salinas, http://bit.ly/waOQiL  
2.  De Lope de Vega, http://bit.ly/9ZpQ2U 
3. De Juan Ramón Jiménez, http://bit.ly/aoVJM3
4. De Andrés Fernández de Andrada, http://bit.ly/9xgKZQ
5. De Macedonio Fernández, http://bit.ly/wZS9zU
6. De César Vallejo, http://bit.ly/yNbYFH
7. De José María Fonollosa, http://bit.ly/SNtIEE

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