domingo, 24 de julio de 2011

Postales

Las más viejas de mi colección no son exactamente mías: quiero decir que no fui yo su primer destinatario. Si las tengo es porque las puso en mis manos mi tío abuelo Florentino, quien las heredó de una tía suya a la que fueron enviadas en 1912 desde algún lugar de la provincia de Buenos Aires a la aldea del oriente de Asturias en la que vivía, por un novio que la dejó vestida y alborotada y del que no volvió a saberse ni una palabra más. 
Las primeras que yo recibí son de 1981: la serie de imágenes de atardeceres a las que se refiere un poema llamado “Tema de Mayra” que está en Ora la pluma (pág. 33). Es cierto que hay excepciones digamos que prehistóricas de mi propia vida escrita, tal como se verá más abajo. Y luego, de aquí y de allá: no pocas de España, algunas del interior del país, una que otra de lugares tan apartados como Filipinas o Australia. 
Entre ellas conservo algunas que compré y no envié nunca: la del Old London Bridge (1630) de un museo en Kenwood al que fui a conocer un célebre Rembrandt; la de Baruch de Spinoza; la del Picu Urriellu; la de la Casa Milà; la del portentoso Baco y Ariadna de Tiziano, que visité una y otra vez en la National Gallery, y cuyo azul es el más hermoso que he visto en toda mi vida…
Las postales, tal como las hemos mandado y recibido hasta hace no mucho, no deberían desaparecer: me gusta imaginar su viaje a cielo abierto, sin nada que ocultar ni más protección que una estampilla (que en México llamamos timbre). 
Escritas en un género de prosa inconfundible, casi siempre intenso y terminante, aquí cifrado como el morse, allá prolijo onerosamente, colmadas a veces de añadidos en los huecos más improbables o microscópicos, las postales parecen nacidas de una economía lingüística de guerra. Las recibí, como todo el mundo, con relativa frecuencia y las fui guardando junto a las cartas, esas parientas suyas mucho más multitudinarias y socorridas y casi siempre uniformadas de blanco, entre las que permanecen prodigando la felicidad de sus colores que no llevan velo ni necesitan justificación. Este post reúne seis piezas enviadas por algunos de mis amigos cercanos durante las últimas tres décadas.


De Jose. 25 de julio de 1978
Mi primo Jose, que pasa el verano de sus catorce años en un intercambio en la ciudad de Denver, me escribe para ponerme al día de algunos asuntos de los que por lo visto estoy bastante al tanto. “Respecto a la niña que te conté, no hay cambio”, dice, misteriosamente. Más adelante: “Tengo lo que me pides”. 
A instancias suyas, por lo que parece, le he escrito a una gringa con la que convive porque me sugiere que vuelva a escribirle pero ahora incluyendo una foto. Con la letra poco menos que de niño que no debe de ser muy diferente a la mía de entonces, me dice: “Me da mucho gusto que escribas poesías”. Al final, añade: “Dile a mi abuelita Fernanda que no sé su dirección y por eso no le he escrito, pero dale un kiss [con la "tipografía" del grupo musical en boga] de mi parte y a mi abuelito igual”.


De Sergio. 13 de agosto de 1984
Sergio Vela me escribe desde Salzburgo durante el intenso viaje musical que está llevando a cabo, cumplidos hace un mes y medio los veinte años, y que incluye nada menos que ocho óperas (algunas de ellas en Bayreuth) y algunos recitales. 
Entre otras referencias, menciona la tercera sinfonía de Mahler, de quien sé que tiene un enorme póster en su cuarto, junto a otro de Wagner. Para dar una idea de sus sensaciones en el paraíso musical que está viviendo, alude a su incredulidad en materia religiosa pero sólo para exceptuar los momentos en que está de por medio el arte. La imagen, típica de su gusto romántico, es del pintor austriaco Josef Feid y está en el Salzburger Landessammlungen Residenzgalerie.


De Fátimah. 18 de diciembre de 1984
Con esta postal irónica, Fátimah Araneta Cruz, a quien he conocido hace unos meses en una comida en Tlalpan, hace un alto en el relato pormenorizado que me está haciendo en cartas y postales sucesivas de un viaje de fin de año por su Filipinas natal. 
La imagen retrata el grupo escultórico conmemorativo del desembarco de MacArthur “en Palo, a diez kilómetros de Tacloban, el 20 de octubre de 1944”, según puede leerse en inglés al dorso, con el que cumple su famosa promesa de volver. En ella, mi inteligente amiga asiática radicada en México anota: “Es preferible no creerlo. La vida será más placentera si uno se convence de que se trata simplemente de un feo espejismo”.


De Felipe. Algún momento de 1985
La imagen del arranque de la Gran Vía, una de las más divulgadas del Madrid turístico, sirve a mi amigo Felipe Jiménez para insistirme en que lo deje todo y lo alcance en España, a donde se ha ido a vivir poco después de acabar la preparatoria. Tengo muchas cartas y postales suyas de esa época, con su característica letra de gran tamaño, siempre angulosa y escrita de prisa, y casi todas están acompañadas de fotos, recortes de periódico y postales. 
Una de las más simpáticas es la de la oficina de promoción turística del estado de Tlaxcala en la capital española, que comenta con la españolísima expresión de “¿No te jode?”. Si selecciono esta postal es porque el texto escrito al reverso es más expresivo que todo lo que pueda yo decir: “¡Vente a Madrid, Fernando, qe [sic] aquí, aunqe [sic] España es más irreal, por lo menos es más divertida!”.


De Nattie. 20 de enero de 1989
Entre otras muchas cartas, Nattie Golubov me escribió desde la Universidad de Leeds esta postal que reproduce una obra de Chagall y a cuyo reverso transcribió, en el latín en el que fue escrito, el famoso poema de Claudiano sobre el hombre que jamás salió de Verona: “Feliz quien vivió en los campos paternos / y se hizo anciano en la casa donde fue niño. / Quien apoya el bastón donde anduvo a gatas / y en la misma casa vio tres generaciones” (según traducción de Luis Mateo Díez que copio de la red). 
Mi amiga, que dice que en el momento en que me escribe está fumando un Gauloises confeccionado por ella misma, me pone al tanto de las intermitencias de su corazón. Entre otras cosas, me cuenta que pasa las tardes leyendo primeras ediciones de novelas victorianas.


De Vicki. Principios de 2000
Victoria Clay me envió esta postal acompañada de una polaroid en la que aparece cubriéndose el rostro con un ejemplar de Ora la pluma para comentarme sus impresiones sobre mi libro, que yo acababa de mandarle: “Me gustó en especial la especie de confesionario amoroso de la primera parte. ¿Quiénes son? Me gustó también la oda al recuerdo de alguien muerto —¿el papá de algún amigo?”. 
La postal es de los días en que ella ya estaba trabajando en el documental que acabaría llamándose Maletilla, sobre los empeños de los niños sevillanos por convertirse en toreros, y que rodó en algunos pueblos andaluces entre 1998 y 2002. El retrato del grandísimo Manolete, que según se lee al dorso pertenece al Museo Taurino de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, estuvo mucho tiempo en la puerta de mi refrigerador (http://bit.ly/irv0oK ).


De Xavi. 25 de febrero de 1998
Como ya conté en este blog, conocí a Xavier Pascual Aguilar en 1991 en la Universidad de Bucknell, en donde pasé dos semestres por invitación del poeta David Huerta. A pesar de que nos hicimos amigos, dejamos de saber el uno del otro hasta que él dio con Viceversa en internet y me llamó por teléfono desde Madrid. Reanudamos la amistad como si nunca hubiéramos dejado de estar en contacto. 
A partir de entonces y hasta que internet acaparó las formas de comunicación a distancia, me mandó postales de todos los sitios en los que estuvo, incansablemente, verano tras verano, de Escocia a Australia (país, por cierto, que visita por segunda vez cuando escribo estas líneas). En esta postal enviada desde Londres me dice que llegó el sábado anterior, el mismo día que “Brimful of Asha” de Cornershop (http://bit.ly/1J2jqg) alcanzaba el primer lugar de la lista inglesa de éxitos. Además me cuenta que su pub preferido en la ciudad se llama The Spice of Life, que como él mismo traduce quiere decir “La especia de la vida”. Xavi siempre ha tenido predilección por la estética prerrafaelista, lo que explica la elección de “The Lady of Shalott” de John William Waterhouse (1888).

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Más historias de objetos en este blog:
“Refrigerador”, http://bit.ly/irv0oK
“Cosas que se van”, http://bit.ly/hh6mG9
“Viaje alrededor de mi escritorio”,http://bit.ly/dWllU5

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