domingo, 5 de junio de 2011

Impresiones de Roma

En diciembre de 2002, al volver de mi primera visita a Roma, le escribí una larga carta a mi amigo Fernando Rodríguez Guerra. Lo hice con el propósito de ponerlo al tanto de cuanto vi y anoté durante un viaje a solas que arrancó en España y duró unos once días, pero quizás también como una forma de diálogo conmigo mismo. 
Esta semana, buscando otra cosa entre viejos archivos, encontré una copia de la carta y volví a leerla. Me llama la atención la enorme cantidad de detalles que dejé consignados y que he olvidado. Otros, sin embargo, están vivos en mi memoria como si me hubiera fijado en ellos la mañana del día de hoy. Este post reúne los fragmentos en que le contaba a mi amigo lo que me habían parecido el Puente de Sant’Angelo, San Pedro del Vaticano, los Foros romanos, la Piazza del Popolo y el Tíber. En las líneas que siguen, escritas a vuelapluma y sin pensar que pudieran publicarse, están algunas de mis impresiones más frescas (y seguramente más discutibles) de la Ciudad Eterna, vista por vez primera hace casi una década.

Puente de Sant’Angelo
Algo de lo que más me gusta de Roma, por sus proporciones, es el puente de Sant’Angelo, que cruza el Tíber. También, porque remata en el impresionante castillo del mismo nombre (fue allí donde se refugió el Papa cuando el célebre sacco) y quizás sobre todo por las diez esculturas de ángeles diseñadas por Bernini que lo adornan de un cabo al otro, cargando 
cada uno de ellos algún motivo relacionado con la Pasión de Cristo —los clavos, las ropas, la corona de espinas, etc.—. 
Dispuestas en dos hileras, aparecen encabezadas, de acá para allá, es decir, de este lado del Tíber al lado del Vaticano, por dos estatuas, una de San Pedro con unas llaves y otra de San Pablo, con una espada —rota—. Uno de esos ángeles me gusta particularmente: el que sostiene el letrero con la leyenda “INRI”. En general es cierto que casi todas esas figuras carecen de expresión, más allá de ese gesto angélico sobrehumano que les es característico, con la excepción de dos: la que sostiene la corona de espinas, por un lado, y que hace una cara, quizás de acuerdo con el objeto que le ha sido encomendado (y transmite en efecto el horror ante la sola idea de las espinas clavadas en la cabeza), y por el otro la que sostiene el letrero. 
Me gusta mucho este ángel. Tiene una voluptuosidad exquisita. Por un momento tuve la sensación, que recuerdo como real, de que era posible percibir su deliciosa y angélica exhalación. La delicada torsión del cuerpo, el gesto incitante con los ojos cerrados, la pierna deliciosamente ofrecida que sale del remolino de la tela, el letrero sostenido con las puntas de los dedos… (Con todo, me parece que las piezas originales, tanto la de la corona de espinas como la del letrero, están en Sant’Andrea delle Fratte, iglesia de la zona de la Plaza de España que no visité.)

San Pedro
Te confieso que entrar a San Pedro del Vaticano me produjo menos emoción y sorpresa que cuando entré por vez primera a la Mezquita de Córdoba —con sus mil columnas, su iglesia católica metida con calzador y hasta su tumba esquinada de Góngora…—. Y es que aquí todo resulta inmenso y desproporcionado. Como para dar una idea de lo que la Iglesia, como institución, ha sido. Y es. No sé si en parte esa impresión se deba a que la planta original, diseñada por Miguel Ángel, era de cruz griega y un papa posterior decidió que, malgré tout, se hiciera latina. Es decir, de un templo bien proporcionado se pasó a uno que se alarga de repente hacia el acceso principal. Uno de los efectos de esa decisión fue que, de pie frente a la fachada, resulta imposible ver la cúpula. Con todo, me gustaron, y mucho, algunos detalles.
La estupidez de la vigilancia (que encarnó a mis ojos en un cuidador negro, rapado como un rapero pero vestido como para un velorio), me impidió acercarme a una de las cosas que más se me antojaba ver, el Constantino a caballo de Bernini, que la víspera me había pasado un largo rato viendo en foto verdaderamente maravillado, y que sólo pude ver a lo lejos, entre las sombras de un lugar cerrado al público allá del otro lado de un corredor.
Me gustó mucho el famoso baldaquino, contra el que iba algo maldispuesto quizás por ser un símbolo demasiado evidente de las pretensiones del edificio. Leí por ahí que su material proviene de la puerta original del Panteón. Me gusta mucho el recorrido ascendente-descendente de sus cuatro pilastras, de un salomónico irregular, casi caprichoso. (Por cierto ¿por qué cada vez que los pintores representan el pasaje de Salomón y las dos mujeres, hacen aparecer dos niños, en vez de uno?).
Pero quizás lo más bello del lugar sea la Piedad de Miguel Ángel, que produce un curioso efecto en quien la ve por primera vez, enmarcada en el inmenso espacio donde ha sido colocada, a la derecha del templo según se entra. Es de una sencillez que pasma, tanta que me pareció que “delataba” los excesos del edificio. La obra está detrás de un vidrio, allá, a lo lejos: Cristo, adormecido por la muerte, y la Virgen, tan joven como él, con la mano izquierda abandonada pero todavía erguida, como si fuera la de una cantaora en el momento de recuperarse de un quejío extremadamente intenso. Hay tan poco espacio entre el punto más alto de la escultura y el suelo, y tanto, tanto espacio entre ese mismo punto y el techo de la iglesia —en la parte añadida al diseño de Miguel Ángel— que el edificio pierde por un momento proporción y, me parece, se afea.

Los Foros romanos
Si tuviera que señalar mi lugar predilecto de la Ciudad Eterna, no dudaría en apuntar hacia los Foros, ese gran tiradero que reúne en un espacio limitado cualquier cantidad de restos arquitectónicos de muy distintas épocas, de una riqueza evocativa de quitar el aliento. Ahí es donde el alma se encuentra más a gusto para reflexionar, o simplemente para vagar posando la mirada en aquellas maravillosas columnatas de la Roma clásica que ya nada sostienen, aquellos bellísimos arcos imperiales colmados de inscripciones, aquellos restos de milagrosa basílica cristiana, que llenan el espacio del valle sin dejar sino apenas unos milímetros para meter, aquí o allá, un pino de Italia, una mata de boj, un olivo.
Algún día, tarde, cuando los Foros habían cerrado, me encontré de frente con el espacio aquel debajo de mí, y me senté en el borde de un muro para mirar cómo se iban encendiendo las luces que iluminan de noche aquella portentosa bodega arquitectónica al aire libre. Ya regresaría luego, con más tiempo, al domingo siguiente. Ya vería, incluso, el Museo Capitolino que hay arriba, el conjunto diseñado en buena medida por Miguel Ángel que da la espalda a los Foros como parte de una voluntad renacentista que decidió ver hacia otro lado, aquella plazoleta trazada por él a petición del Papa para recibir a Carlos V, con la réplica de la estatua ecuestre de Marco Aurelio, sostenida por el bello zócalo también diseñado por Bounarroti —la estatua original, que es muy impresionante, puede verse detrás de un vidrio en uno de los espacios del museo—. Ya volvería incluso otro día (la mañana en que visité en forma el Coliseo) a cruzar los Foros para luego volver a través de ellos, ya diciendo adiós a la ciudad la mañana anterior a mi partida.
Sin embargo, nunca los vi como aquella tarde cuando no entré. Ese día me gustaron más que nunca. Y no porque estuviera bajo el efecto de la primera impresión, porque ésa la había tenido la mañana misma de mi llegada, cuando descendí por Via Cavour y me topé con ellos, inesperados y magníficos delante a mí. Quizás es que iba cansado, y acaso por eso con una sensibilidad especial, pero ese atardecer ya casi noche, en cuanto di un salto y me senté en un muro bajo, detrás del hombro mismo del Arco de Septimio Severo, y me coloqué enfrente de ellos, me ahondé en su maravillosa naturaleza y fui muy feliz.
Aunque, como tantas veces, hubiera algo de nostalgia en aquella felicidad. Allí pensé que uno, por dentro, es como lo que mis ojos veían, que está lleno de restos como aquéllos, hechos de nuestras esperanzas defraudadas y nuestras ilusiones perdidas, y que nuestro pasado, que vive en nosotros tanto como nuestro presente (porque quizás es nuestro pasado el que habla por nosotros en boca de nuestro presente), no es sino como aquello que se extendía delante de mis ojos mirando hacia los Foros. Me sentí tranquilo y contento unos minutos. La luna creciente se había dejado ver hacía muy poco. Ya las luces alumbraban aquellas ruinas, al mismo tiempo que un calor que tenía algo de reconciliación me inundaba por dentro.

Piazza del Popolo
Creo que el asunto de las plazas de Roma habría que tomarlo con alfileres. No es que no me hayan gustado pero es cierto que tuvieron que irme ganando, poco a poco. Si hubiera estado en la ciudad sólo un par de días y las hubiera visto sólo una vez, hubiera tenido que decirte que no me habían gustado tanto. 
La primera impresión no fue muy emocionante, ni la del Campo di Fiore (con su monumento a Giordano Bruno, quemado en leña verde ahí mismo), ni la Plaza de España y ni siquiera la cacareada Navona. Son un poco grisáceas y desencantadas. Luego, cuando te fijas bien ellas, cuando las ves dos o tres veces, les vas encontrando el gusto. Con una excepción: la Plaza de España, que nunca me terminó de encantar. Quizás sea hermosa vista desde Via Condotti, según la enmarca la estrecha calle: la gran escalera al fondo, el doble campanario arriba, de la iglesia de Trinità dei Monti, detrás de su respectivo obelisco.
Pero mi plaza preferida es muy seguro que sea la del Popolo. Ésa sí me gustó mucho desde que la vi por primera vez, y eso que entré por el lado equivocado. Porque a la Piazza del Popolo hay que entrar por la puerta Flaminia. Es más: a Roma hay que entrar por esa puerta. No me puedo imaginar una entrada más bella a ninguna ciudad, ya no digamos a ésta. Cuando ves la perspectiva que se descubre desde ahí, entiendes lo que es la ciudad y sobre todo lo que fue. La puerta, en primer término. Luego la plaza, con obelisco. Luego las dos iglesias gemelas. Y de ahí, las tres calles en fuga. La del centro remata en el monumento a Vittorio Emanuele II. La de la izquierda, en la Piazza di Spagna. La de la derecha, por cambios en el aspecto urbano de esa zona de la ciudad, la más cercana al Tíber, a nada. La proporción es maravillosa. Las perspectivas, exquisitas.

El Tebre
Ahora me explican que el Tíber no es navegable, no al menos en la zona que interesa a la ciudad, hacia el puente de Sant’Angelo, por ejemplo, o cuando pasa a un lado del Trastevere, al que da nombre por estar ese barrio en la margen contraria de donde la ciudad fue fundada. Es un río misterioso. Verde, ancho, majestuoso, vacío de embarcaciones, que da la apariencia de estar detenido. Lo acompaña, más arriba, en la calle que sucesivamente se llama Longotevere y luego algún añadido (“Rafaele Sanzio”, por ejemplo, del lado de allá, en el Trastevere), una serie de plátanos fortachones que esos días empezaban a dorarse y a perder hojas. Recogí por ahí algunas. 
Me parece que ese árbol, que es un viejo conocido de los europeos, es un híbrido entre los plátanos más viejos, uno de ellos oriental. Sin embargo, el árbol emblemático de Roma no es ése sino el pino, un pino llamado “de Italia”. A esos pinos dedicó una obreja Respighi, que hasta tuve la ocasión de escuchar en una sala de conciertos llamada de Santa Cecilia a la que fui una noche. Llegué tarde, por desgracia, y perdí el concierto para violonchelo de Dvórak, que era lo que más se me antojaba del programa… 
Quevedo, no sé por qué, llama al río “Tebre”. Ya sabrás las risas conmigo mismo: ¡el Tebre! Lo llama así en su soneto, famoso si es que hay alguno en español, en el que habla de la fugacidad del tiempo. Lo recuerdas bien: “Sólo el Tebre quedó, ya sepoltura…”.

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A Fernando Rodríguez Guerra están dedicados los poemas “Surtidor de niñas sedentes” de Ora la pluma (El Tucán de Virginia, 1999, página 78), y “Ejecutante en Iruña” de Palinodia del rojo (Aldus, 2010, página 26).

Salvo los grabados de Piranesi, las fotos de la Mezquita de Córdoba y el Constantino a caballo de Bernini, y el dibujo de Louis David, que tomé prestados de la red, las imágenes que ilustran este post son mías.

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