viernes, 23 de agosto de 2019

Diez libros de poesía determinantes (2/2)

La semana pasada publiqué la primera parte de un recuento de diez libros de poesía que fueron determinantes para mi formación. La idea de escribir este post surgió cuando leí la respuesta que un poeta mexicano dio a la pregunta de cuáles eran los libros del género por los que sentía más afecto. La lista incluía exclusivamente libros escritos en lenguas ajenas a su lengua de trabajo, lo me hizo pensar en el triste efecto que ha tenido en muchos poetas nacionales el que las traducciones hayan jugado un papel preponderante en su educación. Como sea, el asunto me hizo preguntarme cuáles fueron los libros de poesía que me formaron a mí. He aquí la segunda parte de la lista.

6. Poetas italianos contemporáneos, de Antonio Colinas
Editora Nacional, Madrid, 1977
Entre las páginas de esta edición bilingüe conservé, sin yo darme cuenta sino hasta hace poco, cuando volví a abrirlo, mi credencial de alumno del único trimestre que estudié italiano (1985), tiempo suficiente para darme cuenta del modo general en que funciona esa lengua, la más hermosa de todas las que se hablan en el mundo. 
¿A cuántos poemas de este libro puedo referirme con entusiasmo y recuerdo preciso sin volver siquiera a releerlos? “Florencia” o “La cabra”, de Saba; “Tres jóvenes florentinas caminan”, de Campana; “Espera”, de Cardarelli (que me sé de memoria en italiano, y del que intenté, en su momento, como todos los que lo conocen y admiran, una traducción…); “Una paloma”, de Ungaretti; “Viento en Tíndari” o “La muralla”, de Quiasimodo… La belleza de expresión de este grupo de poetas, su capacidad de síntesis, la claridad de muchas de sus imágenes… todo hacía extraordinariamente atractivo este volumen, que anduvo largas jornadas a la luz del día, en mi compañía, entre mis cosas vigentes. ¡Cuántas veces hablamos mi querido amigo Fernando Rodríguez Guerra y yo de ciertos poemas de este libro precioso, y en cuántas ocasiones los citamos, analizamos y parafraseamos! ¿Y quién no se vio tentado a traducir alguna o algunas de sus páginas, como un modo de corregir lo que nos parecían desatinos de Antonio Colinas, su traductor y editor, razonablemente ingratos como somos cuando jóvenes?

7. Lírica, de Lope de Vega
Castalia, Madrid, 1982
La gracia en estado máximo, la singular imaginación, el sentido teatral, la frescura inaudita me hicieron lector fidelísimo de Lope de Vega, quizás el poeta que más he leído de cuantos proyectaron su talento sobre los Siglos de Oro. Su Lírica, compuesta por Blecua, es probablemente el único libro que tengo repetido en mi librero: un día, en Bilbao, en los tiempos en que viví en España, al salir de recabar un importante testimonio para la escritura de lo que acabaría convirtiéndose en Oriundos (Cataria, 2018), sentí la necesidad de volver a tenerlo conmigo y corrí a comprarlo. 
Creo ver la influencia de Lope, aunque ciertamente desfigurada por la inevitable torpeza propia, en algunas de las primeras cosas que publiqué y no escribí sino intentado comunicar, remotamente aunque fuera, algo siquiera mínimo de lo que siempre admiré en él. Con el tiempo, redacté el prólogo a una edición artesanal de su Gatomaquia (La Dïéresis, 2016) y pude depositar en él, con argumentos precisos, refiriéndome a procedimientos y ejemplificando con pasajes y versos específicos, todo lo que aprendí de este poeta cuando empecé a leerlo en esta edición que con plena justicia se ha ganado el derecho a tener dos existencias simultáneas en mi biblioteca.

8. Belleza, de Juan Ramón Jiménez
Losada, tercera edición, Buenos Aires, 1970
Digo Belleza, pero también podría decir Piedra y cielo o alguna de las muchas antologías que tengo de Juan Ramón Jiménez, el poeta que más admiré durante los años finales de la década de 1980. La planta serena de sus formas, su claridad voluntaria y la limpieza de su inspiración me hicieron allegarme todos los libros de su autoría (o sobre su obra) que me fuera posible, y leer así la totalidad de sus poemas, desde los modernistas primerizos, que nunca me gustaron mucho, hasta aquellos más ambiciosos, aunque para mí menos interesantes, del final de su vida. 
La poesía pura, como se llamaba aquel fenómeno de luminosidad ganada a la transparencia y la sencillez, me hizo intentar, sobre todo en los tiempos en que tuve la beca Salvador Novo, un género de expresión sencilla que me ayudó a deshacerme de los infaltables barroquismos de toda mocedad (mucho más porque del otro lado del librero irradiaba indiscriminadamente su atracción el intrincado y fascinante Borges). ¿Cuántos poemas no admiré de él? Dos o tres sobre la muerte, cinco o seis sobre el mar o la tarde, y aquel otro en que imaginaba lo que iba a ocurrir en cuanto él se ausentara, todo eso que me impedía advertir siquiera esa manía estúpida que ahora me parece intolerable de cambiar todo sonido de /g/ por “j”… Si opto por Belleza es porque ese volumen fue el escogido por mí para escribir mi tesis de licenciatura: el proyecto consistía en analizar, texto a texto, y donde fuera necesario verso a verso, cada uno de los poemas del libro. Iba francamente avanzado en su análisis (conservo el cuaderno donde la exégesis alcanza casi los poemas finales) cuando irrumpió el poeta cuyo libro sigue en esta lista.

9. Grosso modo, de Gerardo Deniz
FCE, México, 1988
Como he contado en diversas ocasiones, la primera vez que visité al poeta fue para recoger unos poemas para la revista que hacía yo con un grupo de amigos de la Facultad. El texto, un tríptico llamado “La caza del unicornio”, apareció a finales de ese mismo año como parte del libro Grosso modo. Acaso el hecho de haber tenido en las manos el manuscrito original, cuyo texto pasé yo mismo a máquina para que fuera reproducido en la revista, me hizo ver las cosas, en cierto modo, desde adentro. 
Dedicatoria manuscrita en mi ejemplar de Grosso modo, escrita al poco de anunciarle al poeta mi decisión de escribir mi tesis universitaria sobre su obra.
Aunque ya había penetrado en su extraño mundo leyendo Enroque (FCE, 1986), el menos complejo de sus tres primeros libros, me di cuenta cabalmente de la profunda belleza de la poesía de Deniz cuando leí y luego releí Grosso modo. El uso filoso y sugerente de la lengua, su perfección formal, su sentido hipercrítico del entorno son algunas de las virtudes que conocí en las páginas de ese libro, y todas ellas se convirtieron en lecciones permanentes para mí. También en varias ocasiones he contado en cuáles versos en concreto de qué poema en específico me di cuenta del tamaño del poeta al que empezaba a tratar en persona. Dejé la tesis que escribía sobre Juan Ramón Jiménez y me puse a estudiar su obra con un interés que no ha hecho sino crecer durante los últimos treinta años.

10. El poeta y su trabajo, publicación de la Universidad Nacional Autónoma de Puebla. Varios números.
Nunca leí esa serie de libros de manera constante o continua. De tarde en tarde compraba algún ejemplar aislado, y de ellos tengo ahora uno puñado (y luego, con el tiempo, por supuesto, adquirí y leí algunos otros de la serie Poesía y Poética). Recuerdo un poema de Denise Levertov que nunca ha vuelto a ver, ya que, por desgracia, no está en ninguno de los ejemplares conservo (y la duda empieza desde muy abajo: ¿fue en El poeta y su trabajo, o, como más bien me parece ahora, en Poesía y Poética?): en aquel poema, la poeta norteamericana hablaba de manera extraordinariamente efectiva de un brutal desgarramiento, el cual estoy casi seguro que se debía a una ruptura amorosa, que me impresionó desde la primera lectura. 
Denise Levertov. Foto tomada de la página
en línea de Eterna Cadencia.
Decía algo así como que nadie diría que había sido ella desgarrada por la mitad, como con un cuchillo, de la garganta a los pies (“¿Quién diría que me partieron…?”). Lo importante no son, en suma, las torpes palabras con que intento recuperar ahora lo que leí en él, sino el modo en el cual el poema se desarrollaba sobre la página, la bellísima manera en que transcurría verticalmente añadiendo emoción a cada una de las sorpresas que deparaba la secuencia espacial descendente del texto. Por aquellos días hice una estimulante amistad con poeta norteamericano Roberto J. Tejada, entonces en México (trabajaba en la redacción de la revista Vuelta), con quien tuve la oportunidad de hablar largamente (o más bien, de oírlo hablar) sobre algunos poetas que aparecían, una entrega sí y otra también, en aquellas publicaciones de Hugo Gola, entre ellos Gustaf Sobin, la propia Denise Levertov o Charles Olson. 
En compañía del poeta Roberto J. Tejada,
en el sitio arqueológico de Tula, ca. 1989. Foto: Archivo de FF
Lo que leí en las páginas de aquellos libros y contrasté no pocas veces con mi amigo poeta, influyó en la manera en que escribí algunos poemas en 1989, cuando fui becario del Centro Mexicano de Escritores, como he referido en otro rincón de este blog. Algunos de aquellos ejercicios provocaron la furia de uno de los dos tutores responsables de la beca, Carlos Montemayor, mientras el segundo de ellos, el gran Alí Chumacero, miraba hacia otro lugar.

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Diez libros de poesía determinantes, primera parte, https://bit.ly/30oZOyl

Más sobre poesía en ese blog:
Lope de Vega, http://bit.ly/9ZpQ2U 
Macedonio Fernández, http://bit.ly/wZS9zU
César Vallejo, http://bit.ly/yNbYFH
Wendell Berry, http://bit.ly/Qmlyjl
Ángel González, http://bit.ly/1INUvry
El Capitán Aldana: http://bit.ly/1yS7C7B




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