viernes, 14 de noviembre de 2014

Semblanza de Don Juan Manuel (siglo XIV)


Dos circunstancias han confluido en mí para decidirme a armar este post: la primera, un reencuentro emotivo; la segunda, un encendida discusión. El reencuentro fue hace cinco semanas, en Madrid. Llevaba casi un lustro de no ver a mi viejo amigo Xavier Pascual Aguilar; 
antes de entrar en temas de mayor intimidad, nos enzarzamos en una conversación sobre literatura medieval castellana y acabamos recalando en El Conde Lucanor, que Xavi leía por esos días con verdadero placer. Cinco años más tarde, hablar de nuevo de literatura con mi antiguo colega fue como si retomáramos una conversación suspendida sólo unos días atrás. Me juré, nada más volver a México, adentrarme por fin en el famoso libro de Patronio, que sólo conocía de manera fragmentaria. En ésas ando.
La discusión ocurrió dos noches más tarde, cuando me vi convertido por primera vez en mi vida en defensor de Marcelino Menéndez Pelayo. Mi amigo Jesús Cañete le reprocha al viejo erudito montañés lo que el jovencísimo redactor de Historia de los heterodoxos españoles tiene de reprochable: su pasión poco menos que adolescente, sus conclusiones mal dirigidas por sus pocos años, todo eso agravado por la excesiva severidad, quizás justificada por los nefastos años de posterior franquismo, con que a veces se juzga a don Marcelino en España. En uno de los momentos álgidos de la discusión vino en mi ayuda nada menos que Luis Buñuel, personaje libre de cualquier sospecha de pensamiento religioso conservador, quien encontró en esa obra, que no es sino la historia de la herejía en España, algunos de los relatos que aparecen en su notable película La Vía Láctea (Francia, 1969).
Pero hay todo un terreno riquísimo que hace de Menéndez Pelayo uno de los lectores más finos y sensibles que haya tenido la literatura española en sus mil años de historia. Ahí y no en otro lugar es donde decidí hacerme fuerte ante los embates, empapados de sentimiento político e histórico, de mi amigo Jesús. Los fragmentos que reproduzco a continuación vuelven a demostrarlo satisfactoriamente –vuelven, digo, porque ya don Marcelino ha sido tema de Siglo en la brisa, y en una ocasión al menos por las mismas razones; los links, al calce–. En estos pasajes, entresacados de un texto mucho más largo que copio de la edición en línea de sus obras completas, el maduro autor de Orígenes de la novela hace una semblanza del aristócrata castellano del siglo XIV, nieto de Fernando el Santo y sobrino de Alfonso el Sabio, que llevó el nombre de Don Juan Manuel, y que dejó entre otras obras el célebre Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio
Entre otras muchas narraciones, en ese libro aparece "la novela fantástica" de Don Illán, el mágico de Toledo, para Menéndez Pelayo "la mejor de toda la colección", que muchos de nosotros conocimos en la reescritura que hizo de ella nada menos que Borges bajo el título de "El brujo postergado", uno de los cuentos más notables de su Historia universal de la infamia. La erudición siempre útil y sabrosa, la amplitud de miras, la belleza equilibrada y justa de la prosa de don Marcelino, la contagiosa emoción ante el conocimiento hacen que quitemos importancia a los comentarios conservadores y hasta moralistas que de cuando asoman en sus valoraciones literarias. En conjunto, todo eso hace de este nuevo ejemplo un valioso botón de muestra de las capacidades del extraordinario hombre de letras que fue Menéndez Pelayo.

Menéndez Pelayo explica la importancia de El Conde Lucanor (fragmento)
por Marcelino Menéndez Pelayo

Y llegamos a la obra capital de don Juan Manuel, a la obra maestra de la prosa castellana del siglo XIV, a la que comparte con el Decamerón la gloria de haber creado la prosa novelesca en Europa, puesto que ni las Cento novelle antiche en Italia, ni en España las obras que hasta aquí van enumeradas [se refiere a las que ha mencionado a estas alturas del primer tomo de la obra], son productos de arte literario, maduro y consciente, sino primera materia novelística, elementos de folk-lore, obra anónima y colectiva, o bien parábolas y símbolos, puestos, como en el caso de R. Lull, al servicio de una enseñanza moral o teológica. 
El cuento por el cuento mismo, como en Boccaccio; el cuento como trasunto de la varia y múltiple comedia humana, y como expansión regocijada y luminosa de la alegría de vivir; el cuento sensual, irreverente, de bajo contenido a veces, de lozana forma siempre, ya trágico, ya profundamente cómico, poblado de extraordinaria diversidad de criaturas humanas con fisonomía y afectos propios, desde las más viles y abyectas hasta las más abnegadas y generosas; el cuento rico en peripecias dramáticas y detalles de costumbres, observados con serena objetividad y trasladados a una prosa elegante, periódica, cadenciosa, en que el remedo de la facundia latina y del número ciceroniano, por lo mismo que se aplican a tan extraña materia, no dañan a la frescura y gracia de un arte juvenil, sino que le realzan por el contraste, fue creación de Juan Boccaccio, padre indiscutible de la novela moderna en varios de sus géneros y uno de los grandes artífices del primer Renacimiento.

En 1335, trece años por lo menos antes de la composición del Decamerón (puesto que la peste de Florencia, con cuya descripción empieza, acaeció en 1348), había terminado don Juan Manuel la memorable colección de cuentos y apólogos que lleva el título de Libro de Patronio, y más comúnmente el de Conde Lucanor. 
No puede haber dos libros más desemejantes por el temperamento de sus autores, por la calidad de las narraciones, por el fondo moral, por los procedimientos de estilo, y sin embargo, uno y otro son grandes narradores, cada cual a su manera, y sus obras, en cuanto al plan, pertenecen a la misma familia, a la que comienza en la India con el Calila y Dimna y el Sendebar y se dilata entre los árabes con Las mil y una noches. El cuadro de la ficción general que enlaza los diversos cuentos es infinitamente más artístico en Boccaccio que en don Juan Manuel; las austeras instrucciones que el conde Lucanor recibe de su consejero Patronio no pueden agradar por sí solas como agradan las introducciones de Boccaccio, cuyo arte es una perpetua fiesta para la imaginación y los sentidos. Además, el empleo habitual de la forma indirecta en el diálogo comunica cierta frialdad y monotonía a la narración; en este punto capital, Boccaccio lleva notable ventaja a don Juan Manuel y marca un progreso en el arte. 
Y sin embargo, el que lee los hermosísimos apólogos de don Illán, el mágico de Toledo; de Alvar Fáñez y doña Vascuñana; de los burladores que hicieron el paño mágico; del mancebo que casó con una mujer áspera y brava y llegó a amansarla; del conde Rodrigo el Franco y sus compañeros; de la prueba de los amigos; de la grandeza de alma con que el Sultán Saladino triunfó de su viciosa pasión por una buena dueña, mujer de un vasallo suyo, no echa de menos el donoso artificio del liviano novelador de Certaldo, y se encuentra virilmente recreado por un arte mucho más noble, honrado y sano, no menos rico en experiencia de la vida y en potencia gráfica para representarla e incomparablemente superior en lecciones de sabiduría práctica. No era intachable don Juan Manuel, especialmente en lo que toca a la moralidad política, y su biografía ofrece hartos ejemplos de mañosa cautela, de refinada astucia, de inquieta y tornadiza condición, y aun de verdaderas tropelías y desmanes que la guerra civil traía aparejados en aquella edad de hierro. Pero, con todo eso, fue quizá el hombre más humano de su tiempo, y lo debió en parte al alto y severo ideal de la vida que en sus libros resplandece, aunque por las imperfecciones de la realidad no llegara a reflejarle del todo en sus actos. Criado a los pechos de la sabiduría oriental, que adoctrinaba en Castilla a príncipes y magnates, fue un moralista filosófico más bien que un moralista caballeresco. 
[…] El conocimiento que don Juan Manuel tenía de la lengua arábiga y no sólo de la vulgar que como Adelantado del reino de Murcia debió de usar con frecuencia en sus tratos de guerra y paz con los moros de Granada, sino también de la literaria, como ya lo indica el Libro de los Estados, se confirma en El Conde Lucanor [...] Por ejemplo, la novela fantástica, a la par que doctrinal, del mágico de Toledo, que es por ventura la mejor de la colección, se encuentra también en el libro árabe de las cuarenta mañanas y las cuarenta noches. Pero don Juan Manuel, como todos los grandes cuentistas, imprime un sello tan personal en sus narraciones, ahonda tanto en sus asuntos, tiene tan continuas y felices invenciones de detalle, tan viva y pintoresca manera de decir, que convierte en propia la materia común, interpretándola con su peculiar psicología, con su ética práctica, con su humorismo entre grave y zumbón. Tan fácil es alargar indefinidamente, como lo han hecho Knust respecto del Conde Lucanor y Landau respecto del Decameron, la lista de los paralelos y semejanzas con los cuentos de todo país y de todo tiempo, como difícil o imposible marcar la fuente inmediata y directa de cada uno de los capítulos de ambas obras. Ni don Juan Manuel ni Boccaccio tienen un solo cuento original; este género de invención se queda para las medianías; pero el cuento más vulgar parece en ellos una creación nueva.
Con ser tan reducido el número de cuentos del Libro de Patronio, pues no pasa de cincuenta, la mitad exactamente que los del Decamerón, y mucho más breves por lo general, hay en ellos variedad extraordinaria, y no sería temerario decir que en esta parte aventaja al novelista florentino, si se tiene en cuenta que nuestro rígido moralista no admitió una sola historia libidinosa, y hasta prescindió sistemáticamente de las aventuras de amor (pues nadie dará tal nombre a la victoria moral de Saladino), ni abrió la puerta tampoco al elemento antimonástico y anticlerical, que en la obra de Boccaccio tiene tanta parte.
[…] Porque la grande y verdadera originalidad de don Juan Manuel consiste en el estilo. No puede decirse que creara nuestra prosa narrativa, porque de ella había admirables ejemplos en la Crónica general; pero aquella prosa tenía el carácter de las construcciones anónimas, participaba de la impersonalidad de la poesía épica, y en muchos casos era una continuación, una derivación suya, era la misma epopeya desatada y disuelta en prosa. En sus elementos léxicos y en su sintaxis, la lengua de don Juan Manuel no difiere mucho de la de su tío; es la misma lengua, pulida y cortesana ya, en medio de su ingenuidad, en que se escribieron las Partidas y se tradujeron los libros del saber de Astronomía; lengua grave y sentenciosa, de tipo un tanto oriental, entorpecida por el uso continuo de las conjunciones. Nada tiene de la redundante y periódica manera con que halaga los oídos la prosa italiana de Boccaccio, pero en cambio está libre de todo amaneramiento retórico. Don Juan Manuel era extraño al renacimiento de los estudios clásicos, que tenían en Boccaccio uno de sus más ilustres representantes; nada innovó en cuanto a las condiciones externas de la forma literaria, pero, dotado de una individualidad poderosa, la trasladó sin esfuerzo a sus obras y fue el primer escritor de nuestra Edad Media que tuvo estilo en prosa, como fue el Arcipreste de Hita el primero que lo tuvo en verso.
Tomado de Orígenes de la novela, tomo I.
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La imagen que abre este post y la que ilustra esta nota, son reproducciones del retrato de Don Juan Manuel que puede verse en el retablo de la Virgen de la Leche en la catedral de Murcia. Tomo esas imágenes, así como el resto de las que ilustran esta entrada, de la red.

Los retratos de Xavier Pascual Aguilar y Jesús Cañete son míos y fueron hechos en Madrid: el primero, el mes pasado; el segundo, de abril de 2010.

Más sobre Menéndez Pelayo en este blog:
Hace una crítica (polémica) de Stendhal, http://bit.ly/1cnqJhF
Escribe un hermoso poema sobre Horacio, http://bit.ly/1zgFjmF
Encuentro con sus libros en Donceles, http://bit.ly/1we33p6

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