domingo, 8 de diciembre de 2013

La tía Piedad


En 2001 pasé algunos meses en el departamento familiar de mi amigo Xavier Pascual Aguilar, en el último piso de un pequeño edificio del barrio madrileño de Campamento. Sus padres se habían conocido casi medio siglo atrás, apenas a unas calles de distancia; quizás se vieron por primera vez a las puertas del cine del barrio del que él era socio y operador técnico y a donde ella iba a ver las películas de estreno acompañada de sus hermanas Charo y Piedad. Cuarenta y tantos años más tarde, las tres hermanas seguían viviendo en Campamento y sólo la más pequeña, Piedad, se había mantenido soltera. 
Yo la conocí y la traté durante mi estancia en Madrid porque vivía en el mismo edificio que la familia de mi amigo, un par de pisos más abajo. Como todo el mundo tenía cosas que hacer menos yo, que estaba de vacaciones, y Piedad, una mujer camino de los setenta años que no tenía mayores actividades, de cuando en cuando bajaba a su departamento y conversaba con ella. Refugiados del calor infernal que hacía en la calle, que Piedad atenuaba cerrando las persianas y abriendo las ventanas para conseguir una fresca penumbra, me fue contando algunos episodios de su vida. Creo que no exagero si afirmo que vivía atormentada por algunas decisiones que, según me contaba una y otra vez, la habían condenado a la soledad más irremediable. Tampoco podría decirse que estuviera precisamente sola, y no me refiero a la relación que mantenía con un hombre mayor que para nada se distinguía por su educación o su elegancia, sino porque en el edificio vivían hasta tres sobrinos suyos y era de veras difícil decir cuál de los tres era más amoroso y atento con ella.
Desde hacía poco, además, se acompañaba de una gatita joven y activa a la que llamaba "la Susi". A la tía solterona de mi amigo Xavi le divertía contar las formas con que la gatita se las ingeniaba para no separarse de su lado: si decidía hacerse algo de comer, por ejemplo, la Susi se trepaba a lo alto de la alacena y desde allí la contemplaba ir y venir por la cocina; si se metía a la ducha, la gatita se ovillaba en el bidé. Durante el tiempo que duraba mi visita, estaba pegada a Piedad, ya fuera mordiéndole los dedos, o trepándole por la blusa, o dormida profundamente, contorsionada en el brazo del sillón. Gracias a que conservo los restos del poema que motiva este post, puedo recrear algunos detalles de la convivencia de ambas, como la noche que la Susi atrapó un murciélago joven en el balcón de la recámara principal, lo que su ama me contó al día siguiente entre gestos demudados de incredulidad y espanto.
El verano de aquel año la familia de Xavi decidió hacer una obra de reparación del departamento en el que llevaban toda la vida. El propósito era sustituir el cableado eléctrico original, por el que nunca se había hecho nada, así que un buen día un pequeño grupo de albañiles y electricistas entró a la casa y la puso literalmente patas arriba. Por esos días, mi amigo acabó el año escolar en el Instituto en el que daba clases y nos preparamos para hacer un par de viajes, uno de ellos a Lisboa. Aproveché que el departamento de la tía Piedad tenía un cuarto vacío para preguntarle si podía guardar mis cosas, que sólo estorbaban en el piso en obra, en lo que regresaba del viaje. Cuando volvimos me vi en problemas para manifestarle mi agradecimiento ya que nunca supe qué regalarle, y eso a pesar de los sabios consejos de su sobrina Charo, por lo que decidí escribirle este poema.
Por desgracia, Piedad murió tres años después y no alcanzó a leerlo, ahora ya no puedo decir si porque no lo tuve listo a tiempo o porque no supe cómo iban a tomárseme las inocentes alusiones que hago en él. Copio el texto de la edición de Palinodia del rojo ("A la señorita Piedad Aguilar, al volver de un viaje". Aldus, 2010), en el que aparece a partir de la página 17.  
Agradezco a mis queridos amigos Charo y Xavi Pascual Aguilar (en la imagen al lado de estas líneas, retratados en Stonehenge), que me hayan escaneado y enviado las fotos de la tía Piedad que comparto ahora con los lectores de este blog.

A la señorita Piedad Aguilar, al volver de un viaje
Por FF

Para darte las gracias,
                                     para hacerte
saber que aprecio que hayas puesto a resguardo
algunas pertenencias mías
mientras duró mi viaje,
quise comprarte algún detalle —una planta,
digamos,
              una azalia (“azalea” dice Charo,
que es quien me recomienda
regalarte una planta,
ya que te gustan tanto).

Pero en toda Escalona, a donde fui temprano
para evitar el calorón de agosto,
a uno y otro lado de Illescas,
                                               ni la sombra
del vendedor que otrora (¡todavía este martes!)
regaba de macetas la banqueta
bajo este mismo sol, Piedad, un sol de agobio
no digno de Madrid sino de Gobi.

Con las manos vacías, de vuelta esta mañana,
me entero de que quieres deshacerte
de tanta planta,
                         una de cada
—por Charo es que me entero—
ya que, dices, de todas tienes dos
al menos.

Y aunque conozco algún disgusto tuyo
—las niñerías de tu hombre
octogenario casi, sus bastedades y sus desfiguros,
que no llama desde hace cuatro tardes
y con quien, de otro modo,
cada domingo vas al cine
y después tomas algo junto al lago—,
mentiría si te digo que no ignoro,
tus gustos en perfumes o pañuelos
o pedrerías.

Por todo ello te envío en estas líneas
Piedad, como si fuera, digamos,
    otra cosa
—una cosa que fuera más que letras—,
una mascada, un jaspe
          o hasta una planta, sí,
un manojo de azalias rozagantes,
una planta si no tuvieras tantas.

De ilusorias azalias, en este ramo escrito,
y en sus ásperas hojas
y sus tallos opacos, incapaces siquiera
de beber de las linfas de un florero,
alegrar un balcón o una recámara,
en ellos va mi gratitud
—y no repares en si, siendo honestos,
son sus dones exiguos.

Cuando vuelvas al lago
del brazo de tu hombre este domingo,
de regreso del cine,
no dejes de mirarte en las aguas azules;
sonríe, sin más, sonríeles a las nubes
y a las flores que mires.

Será verano, y aún de día,
y en la esquina de Illescas y Escalona
venderán cualquier cosa todavía
en vez de plantas;
será este sol de agobio todo menos que incierto
—aquel que, impropio en Gobi,
ha resultado propio de Madrid,
¡que no es desierto!

Azalea dile tú o dile azalia,
no importa cómo llames
aquello que sin trazas de donaire
te pido que recibas, Piedad, como si fueran
gracias.

_________________________
Las fotos que ilustran este post pertenecen al archivo de la familia Pascual Aguilar. La imagen de las azalias (Rhododendrom simsii), que en España se conocen como "azaleas", proviene de la Wikipedia.

Más sobre Palinodia del rojo en este blog:
La edición, http://bit.ly/1bLNQ65
La presentación, http://bit.ly/HAijY6
Lectura del poema “Paloma y no”, http://bit.ly/lKlTwP
“Milagro en la playa”, http://bit.ly/W7y222
Tres años de Palinodia del rojo, http://bit.ly/IxEKNa

Xavier Pascual Aguilar en Siglo en la brisa:
Un poema de Wendell Berry, http://bit.ly/1cGVP0R
El soundtrack de una vida, segunda parte, http://bit.ly/NFn3cM
19 imágenes de los Estados Unidos, http://bit.ly/Px26R5

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