domingo, 3 de abril de 2011

Brevísima ornitología de El barón rampante

Curioso cómo funciona la mente: algún tiempo después de leer por vez primera El barón rampante, en un ejemplar que saqué de una biblioteca pública en Oviedo, surgió en mí la sensación de que Italo Calvino quizás no exploraba suficientemente el vínculo de su personaje principal con los pájaros. 
No es que me hubiera fijado en ese detalle, pero lentamente —cuando empezaron a reflotar en mi memoria los rasgos principales de tan deliciosa novela, por los días en los que había acabado de cristalizar en mi gusto— me dio por sentir que había menos aves de las que cabría esperar del relato biográfico del noble italiano que pasó casi toda la vida subido a los árboles. Aquella sensación, al principio vaga e indefinible, y que nunca confirmé en un libro que había leído prestado, poco a poco empezó convertirse en la idea de que prácticamente no había en él referencias ornitológicas. La cosa llegó al colmo hace apenas un mes cuando, después de exponerle a Florencia las razones de mi entusiasmo por la novela, declaré, con el pecho henchido de arrogancia: “Y sin embargo, tiene un incomprensible defecto: ¡no aparecen pájaros!”.
La semana pasada, finalmente, volví a leerla. Allá en octubre de 2006, cuando regresé de España, me di cuenta de que tenía la novela entre mis libros, en una edición comercial de hacía unos treinta años, de portada color rosa mexicano que tira a solferino, pero ni entonces ni después se me ocurrió hojearla siquiera. Como los jueves de todas las semanas animo un círculo de lectura, en el que he ido proponiendo leer algunas que me gustaron desde la primera vez (de Flaubert, Coetzee, García Márquez, Thomas Mann…), acabó llegando el turno a la novela de Calvino. Pensé aprovechar mi regreso a las tierras —o mejor diré frondas— de Ombrossa (adviértase el afortunado nombre de una región que conoceremos mayormente por sus bosques) para registrar cualquier mención ornitológica, si a pesar de todo se daba el caso de que hubiera alguna. También tenía enormes deseos de leer una vez más mi episodio preferido de todos los que conforman la vida de Cósimo Piovasco de Rondó, contada por su hermano Biaggio: su encuentro, en la población de Olivabassa, con un grupo de familias españolas en el exilio, que como él habitaban entre las ramas de los árboles. 
Pocas veces he leído un retrato tan penetrante e intuitivo del carácter español —¿no dice Bacon que es necesario reconocer que en el gran arte puede haber un elemento caricaturesco?—: las mujeres de mantilla, tejiendo; los hombres, arruinados a causa de malquerencias y maquinaciones confusas, y ellos y ellas entregados entre suspiros a nostalgias de grandezas perdidas, físicas y morales, con toda la gravedad de sus existencias a cuestas, suspendidos a unos cuantos metros del suelo. A causa de un edicto que les había prohibido pisar incluso aquellas tierras, tomaron la decisión de saltar a las frondas, y allí vivían, en las condiciones de tan peregrina circunstancia, que Cósimo les ayuda a mejorar. Nuestro héroe se enamora allí de una andaluza a la que renuncia una vez que el edicto es revocado y los españoles deciden emprender el regreso, ya que ir con ellos supondría pisar suelo firme, lo que ha jurado que nunca volverá a hacer.
La relectura de El barón rampante me ha servido para recordar el género de malformaciones que pueden sufrir mis recuerdos y me ha puesto en guardia una vez más respecto a la consistencia de mis certezas cuando no tengo el cuidado de examinarlas una y otra vez. Pero sobre todo ha vuelto a demostrarme lo curioso que funciona la mente, o al menos la mía, incluso —¡o sobre todo!— cuando se trata de las cosas que más me entusiasman. ¿O cómo explicar, si no, el espeso pajarerío que llena la novela? No me explico cómo conseguí deshacerme de todas esas alusiones como apretadas parvadas, que vibran, pían, aletean y revuelan en muchas páginas de El barón rampante, hasta acabar copando sus páginas con una profusión digna de un retablo barroco. 
Las fui anotando al principio con genuino afán experimental; después, por costumbre un poco mecánica, aunque sin dejar nunca de sonreír, y por último, cuando el averío se convirtió era una populosa muchedumbre que se reía estruendosamente de la selectividad de mi memoria, lo confieso, ya con cierto tedio.
La traducción, de un tal Francesc Miravitlles, no parece muy confiable aunque sólo sea porque de cuando en cuando nos hace ver a Cósimo saltar de un acebo a otro, y aun refugiarse entre las ramas de alguno de ellos, cosa que nadie que conozca ese árbol, cuyas hojas punzan como navajas, podría animarse siquiera a imaginar. 
Con esa prevención, y la de mi casi absoluta ignorancia ornitológica, puedo afirmar que en el libro aparecen mirlos, estorninos, agateadores, jilgueros, chochines, francolines, gorriones, tordos, alcaudones, búhos, arrendajos, gallinas, más tordos, agachadizas, codornices, oropéndolas, becadas, pinzones, perdices, cuervos, verderones, chochas, chorlitos, más tordos y más mirlos, petirrojos, palomas, pinzones, infinidad de pájaros anónimos, upupas, otros verderones, picamaderos, pichones y lechuzas…
Por si fuera poco, la imagen del ave acaba presidiendo la novela, al grado de que nuestro barón se convierte en cazador, primero, de ellas, después en su amigo y por último ¡en pájaro él mismo! Así lo cuenta Calvino: “En medio de estos juicios opuestos, Cósimo se había vuelto loco de verdad. Si antes iba completamente vestido con pieles, ahora empezó a adornarse la cabeza de plumas, como los aborígenes de América, plumas de upupa [que leo que es la abubilla] y verderol, de colores vivos, y además de en la cabeza [sic], las llevaba diseminadas por la ropa. Terminó por hacerse fraques cubiertos del todo de plumas, y por imitar los hábitos de varios pájaros, como el picamadero [que creo entender que es el pájaro carpintero], sacando de los troncos lombrices y larvas y alabándolos con gran riqueza” (pág. 209). Nada digo del final de la preciosa fábula, para no echar a perder la lectura de quien todavía no la conozca.

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El barón rampante de Italo Calvino, número 14 de Club Bruguera, editorial Bruguera, primera edición, Barcelona, abril de 1980.

El póster de la novela lo tomé prestado de http://escvdero.blogspot.com/

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