domingo, 8 de agosto de 2010

Donceles: hallazgos recientes

En marzo hice para Siglo en la brisa un “levantamiento” de las librerías de la calle de Donceles cuyo resultado arrojó la cifra de casi treinta establecimientos en poco menos de un kilómetro (http://bit.ly/dkkFRR). Por lo menos en una ocasión antes de hacer ese trabajo y luego en otras tres o cuatro en lo que va del año, he tenido la oportunidad de pasar algunas horas en los pasillos de las librerías que tienen materiales que me interesan y que no se limitan a Bibliofilia, la más afín a mis gustos, o Inframundo, su correspondiente "galpón" vecino —ubicadas puerta con puerta en la cuadra librescamente más intensa de Donceles. 
En aquella entrega, que publiqué en dos partes, me permití hacer algunas recomendaciones sobre la ruta a seguir, propuse un cálculo de gasto aproximado en una incursión en condiciones normales y hasta sugerí hacer un alto en una cafetería situada hacia la mitad del recorrido. Quedó pendiente decir algo sobre algunos de mis hallazgos recientes, así que ése es el tema de este post.

El capítulo cubano de las memorias de Alfonso Camín
La última vez que anduve por Donceles con un propósito definido fue el año pasado, cuando buscaba libros de Alfonso Camín, por los días en los que me había embarcado finalmente en la redacción de mi ensayo sobre su relación con Ramón López Velarde (y que apareció en enero en la Revista de la Universidad: http://bit.ly/b1iBm5). 
Por la cantidad de volúmenes que publicó, por los largos años que vivió en México y por el casi absoluto desinterés que provoca su obra, el simpático poeta asturiano convierte la búsqueda en las librerías de Donceles en un deporte feliz. Nunca deja de vivirse algún hallazgo, de mayor o menor importancia, y los precios son casi siempre irrisorios. El problema está, más que nunca, en ubicar los libros porque su definición genérica no resulta siempre clara, o al menos no para los responsables de clasificarlos.
Los de poemas son mayoría y la sección que les corresponde suele ubicarse con facilidad; lo complicado está en los otros, que son los más interesantes: los que dedicó a algunos personajes del descubrimiento y la conquista, por ejemplo, o los que reúnen las entrevistas de las que José Luis García Martín (http://bit.ly/c8qVVS) sacó su antología Entrevistas literarias (Llibros del Pexe, Gijón, 1998).
Y por encima de todos, sus memorias. Para escribir el artículo de tema velardiano tuve que reelaborar de manera hipotética Entre nopales, el proyecto de memorias mexicanas de Camín que quedó incompleto pero que se puede consultar como parte de su Legado en la Biblioteca del Fontán de Oviedo. Fue cuando encontré un ejemplar de Entre palmeras —publicado en 1958 con una hermosa portada de Germán Horacio, artista gijonés exiliado en México—, el libro de la serie que debía ser su inmediato antecesor y que reúne sus recuerdos de Cuba. 
El primero de la serie, Entre manzanos, es un precioso libro sobre la infancia que llevaban dentro de sí, como un valiosísimo patrimonio espiritual, los emigrantes de Asturias en América. Sin embargo, todavía debo confesar que la penúltima vez que estuve en Donceles, compré un nuevo Camín… Y es que, ¿quién tiene corazón para no llevarse a casa, por tres pesos, esos volúmenes de portadas bellísimas aunque algunos francamente nunca los vaya a leer? Más cuando en la portada aparece el Picu Urriellu… (Cf., en este mismo blog, “Mi cuaderno botánico”, http://bit.ly/acYY4W).


Una antología que vale (muchísimo) más de lo que costó
Lo curioso vino a continuación, cuando descubrí al lado de unos libros de poemas de Camín que no me conmovieron, un lomo que decía: “Cuesta. Antología poética”. 
Aunque el encuadernado me hizo dudar de que se tratara de Jorge Cuesta, el brillante poeta y ensayista mexicano de la generación de Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, alargué la mano convencido de llevarme una antología de sus poemas —no recuerdo haber visto ninguna. ¿Cuál fue mi sorpresa al comprobar que no se trataba de Jorge sino de Teodoro Cuesta, el famoso poeta en lengua bable, nacido en Mieres como mi abuela materna, y que el responsable de la edición y prologuista no era otro que… Alfonso Camín? Así que, contra todo pronóstico, regresé a mi casa con dos o tres camines en lugar de ninguno…


Una Picardía mexicana de 1961, regalo de Mónica
En varias ocasiones durante los años recientes me pregunté, sin el interés que me hubiera llevado de inmediato al fondo del asunto, por qué no se veía en las librerías de manera más obvia un libro famosísimo en México hace no mucho llamado Picardía mexicana, que apareció por vez primera en 1958 y luego fue reeditado sin descanso. Al parecer su autor, Armando Jiménez, que murió hace unas semanas, armó su libro como un pasatiempo en los ratos que le dejaba su trabajo arquitectónico. 
Fue tal el éxito de su compendio glosado, entre otras muchas cosas, de albures, frases recogidas en baños públicos y en la parte trasera de los camiones de redilas, que abandonó la arquitectura por los libros. Hacia 2005 tuve ocasión de hablar con él un par de veces por teléfono, cuando me dedicaba a investigar las posibles referencias a una cantina situada en Cinco de febrero y Mesones que fue propiedad del padre de mi abuela. El octogenario arquitecto Jiménez, que por esos días mudaba su residencia nada menos que a Chiapas (¿por qué a ese estado de la República?, ¿por qué a esa edad?...), me pidió amablemente esperar un tiempo porque sus fuentes de consulta ya estaban en cajas y no podría recuperarlas antes de unos tres o cuatro meses. Luego ya no insistí y por lo tanto no pude obtener de él ninguna referencia útil. 
Hacía tiempo que deseaba conseguir una edición bonita de la Picardía y mi amiga Mónica Quijano (http://bit.ly/93Ij1Y), con quien pasé una agradable tarde en Donceles, me regaló este precioso ejemplar de 1961 que tiene algunas ilustraciones a colores. Es una octava edición, hecha a sólo tres años de la primera, y lleva textos de Alfonso Reyes, Antonio Alatorre y Alí Chumacero, entre otros. Tengo, por cierto, frente a mí la edición más reciente, publicada por Diana en 2008 —nada menos que la número 143—, a la que a los textos mencionados se añade una presentación de Camilo José Cela.

El estudio sobre Dante de Gómez Robledo
Actualmente este espléndido ensayo, que merece las incesantes alabanzas de Almela, se consigue sólo en la fea edición de El Colegio Nacional, por cierto en la librería que está en el edificio de esa institución, localizado precisamente en Donceles. Como no está cosida sino pegada con material de pésima calidad, se rompe casi sólo de poner los ojos en ella. La primera edición, en cambio, hecha por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM en 1975 en dos tomos bellamente encuadernados, sólo es posible encontrarla en librerías de viejo. 
Se llama Dante Alighieri y es de Antonio Gómez Robledo, el filósofo y diplomático mexicano fallecido hace unos quince años. Dividido en dos partes, el ensayo, que requiere atención pero que no opone grandes dificultades, trata primero de la vida y las obras llamadas menores del gran poeta florentino y luego se interna, tal como hace el propio Dante, en el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de su genial obra… No sería raro que hubiera algunos otros pares venturosamente extraviados por ahí. Los personajes, las situaciones y los episodios que han fascinado a los lectores desde hace seis siglos son analizados por la pluma elegante y siempre legible de Gómez Robledo, en un viaje literario por uno de los más grandes textos de la historia de la poesía universal.


El magno estudio de María Rosa Lida de Malkiel sobre Juan de Mena
Cada vez me gusta más la literatura medieval y cada vez me interesa por más razones el castellano de los primeros siglos, que encuentro tan rico en propuestas lingüísticas, neologismos, rimas… y que disfruto tanto por las notas de pie de página como por los textos mismos. Juan de Mena, el poeta cordobés de la primera mitad del siglo XV, ofrece una poesía que tiene con todo propósito un coturno bien metido en la lengua de Horacio. Es fama que una de las rarezas exquisitas de la bibliofilia española es la edición de sólo cien ejemplares de Foulché-Delbosc de Laberinto de fortuna, su gran poema político de influencia dantesca conocido también como Las Trescientas, publicada en Mâcon en 1904. 
Como no tengo madera de bibliófilo, me he conformado con la eficiente edición de Castalia —por cierto, en una editorial que distingue los siglos con el color de sus portadas, mi ejemplar se reconoce en mi librero por el discutible color verde asignado al siglo de Juan II…—. De todas formas, alguna vez supe de la existencia de un gran estudio sobre el poeta que prefiguró de tantas maneras a Góngora, debido a mi amiga María Rosa Lida de Malkiel, a quien debo la explicación de la frase “lenguas arpadas” que usa con cierto candor, para referirse al candor de los clásicos, precisamente López Velarde —tema, por cierto, del que me ocupo en otro de mis ensayos velardianos, (Nexos, núm. 327, marzo de 2005).
Se trata de un tomo de proporciones considerables publicado por el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México en 1950. Si no salté de gusto por el hallazgo en uno de los estantes de Bibliofilia de un ejemplar de la segunda edición, que es de 1984, fue porque conviene cierta circunspección a la hora de comprar usado, no vaya a ser que los precios de pronto peguen un brinco del tamaño de nuestro júbilo. El apetitoso libro se llama Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español. Aunque no he podido dejar de darle algunos picotazos, aguarda la primera oportunidad para ser leído como se merece.


Una sobria y buscadísima edición de un clásico de la literatura mexicana
Ignoro las razones por las que no se encuentra desde hace años una edición suelta de El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán (1928), lo que no nos deja más opción que leer ese magnífico grupo de relatos sobre la Revolución Mexicana en uno de los dos volúmenes, más bien sosos, de sus Obras publicadas por el Fondo de Cultura Económica. Es raro que un libro tan notable de quien es tenido como el mejor prosista mexicano del siglo XX, no se consiga con la facilidad que se debería. 
Todos tenemos títulos a los que acudimos cuando vagamos por las librerías de viejo sin un plan de búsqueda específico; en otros tiempos, Sergio y yo preguntábamos por Los orígenes del Doctor Faustus de Thomas Mann, que a pesar de haber sido editado no hacía mucho en la serie de Alianza Tres —en la que ocupa el número 25— no se conseguía en México.
En mi caso esa función la cumplía El águila y la serpiente hasta que una tarde vi este ejemplar arriba de una pila de libros colocada casi en la calle. Sin poder evitarlo, volteé para asegurarme de que nadie me estuviera viendo: tan obvio era para mí que aquel ejemplar era un pequeño tesoro y me parecía sorprendente que nadie hubiera reparado en él. La edición, hecha por la Compañía General de Ediciones en el lejano 1956, estaba en perfecto estado. El colmo fue el precio: menos de cien pesos. No tiene prólogo ni una sola nota, pero la transparencia de la prosa de su autor, aun cuando con frecuencia no conozcamos a los personajes a los que se refiere, hace de estas polémicas memorias llenas de lucidez y subjetividad sobre el movimiento revolucionario una joya inapreciable de nuestra literatura. 
De manera natural alojé entre sus páginas un billete de quinientos pesos fuera de circulación que por un lado tiene la imagen de Madero y por el otro la Piedra del Sol. La semana que entra dedicaré un post a un curioso hallazgo que hice en ese libro, de aquellos que justifican que lo llamemos clásico. 

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La foto de Alfonso Camín que ilustra esta entrega es de un ejemplar de Quousque Tandem...?, libro de poemas de 1920, que también compré en Donceles.

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