domingo, 13 de junio de 2010

Gerardo Deniz, lector. 2

La semana pasada describí el contenido del primero de los dos grupos de papeles que Juan Almela puso recientemente en mis manos con la encomienda de tirarlos a la basura. Este post continúa la exposición ocupándose del segundo fólder, el dedicado a sus lecturas científicas.

El segundo fólder
En la tapa, arriba de cuatro frases tachadas, puede leerse la palabra “Terpenos”. La tinta de pluma fuente con la que están escritos muchos de ellos prueba que este fólder reúne los apuntes más antiguos y de paso permite ordenarlos de manera más o menos cronológica. De lo que no hay duda es de que son anteriores a los tiempos en que se decidió por la literatura, en todo caso antes de 1970, año de la aparición de Adrede, su primer libro.
A Almela le gusta explicar que el conocimiento científico, al revés de lo que sucede en el campo del arte, procede por acumulación. Lo que quiere decir que los papeles de este grupo conservan un valor innegable, pero relativo: no se hicieron los estudios que debien seguir…
¿A qué habrá llegado, por ejemplo, el estudio de los “derivados sesquiterpenoides”, una de las frases tachadas de la tapa, a los que dedicó horas de estudio? Por eso suele bromear con que la suya no es química sino… alquimia.
Este fólder no es sino “un residuo” de la enorme cantidad de notas acumuladas desde los cincuenta que formaban un fichero que según el poeta llegó a reunir unas ocho mil piezas. Hace unos años, cuando mudó su estudio de la calle de San Antonio a la de Torreón, se deshizo de él. (Más bien, encargó a alguien la tarea, tal como ha hecho ahora conmigo.) 
En no pocos casos se trata de la transcripción de artículos científicos completos. Copio algunos títulos, con su referencia básica: “Bases químicas del gregarismo de los cirrípedos” (Crisp y Meadows, Proc. Roy Soc., 156 B, 500, 1962); “Orientación de los dípteros por el campo magnético” (Becker, Naturwissenschaften, 50, 664, 1963); “Sustancias de defensa en las plantas superiores” (Angew., núm. 9, 1964); “Fuente de dicromatismo en dos poliquetos” (Mangum, Nat., 195, 198, 1962); “Glándulas odoríferas de hemípteros terrestres, su fisiología y su función biológica” (Remold, Nat., 198, 765, 1963).
Si es cierto que llega en general a esas ciencias por sus aspectos químicos, hay botánica, entomología, biología, zoología… Aparecen el bowlfisch, por su nombre en alemán, el famoso pez globo altamente venenoso; las termitas; un abejorro común (Melolontha vulgaris F.); el marsupial llamado petaurus… Copio el arranque de una nota suelta: “Constituyentes químicos de la droga china Hsiung-Ch’nang. La droga china Hsiung-Ch’ung (sic) o Ch’ung-Hsiang son las raíces secas de Cnidium officinale Makino. El principio activo de la droga es el aceite esencial, que se obtiene de la planta (de Hokkaido) con rendimiento de 1.5%. El principal componente de este aceite es la cnidium lactona… [etc.]”. 
También en este fólder hay unas hojas de papel cebolla con la lista, por única vez a máquina, de las bibliografías esenciales para iniciarse en las lenguas hebrea y aramea.
Es interesante advertir cómo entre las lecturas de esos años se filtran temas y tratamientos característicos de su obra futura. Así, mientras revisa los constituyentes químicos de algunas umbelíferas, hay una nota suelta copiada de un número de 1962 de la revista francesa Bâtir que defiende las ventajas de la existencia de un objeto que reúne, en uno solo, un piano y… un billar. Otra nota se refiere a los restos de la clorofila en los bezoares del buey, los cálculos que desarrollan los rumiantes en el estómago, y ya se adivina en quien anota una fascinación poco científica por las absurdas creencias que han suscitado esas “piedras místicas”…
Por supuesto, hay mucha química pura, su tema predilecto. Suele no entenderse, le he oído decir en un par de ocasiones, el propósito de esa especialización ya que en todas partes se privilegia la química aplicada: para cosméticos, para la conservación de alimentos, para la pintura industrial… 

El estudio de las sustancias por sí mismas da como resultado notas como ésta: “La presencia de un carbonilo en v-1 podría hacer que la ciclación de un dieno monoterpénico no condujera al esqueleto del safranal, sino al de la nepetalactona”.
Pero su aportación principal al mundo de la química orgánica, según me explica, fue el descubrimiento de la biogénesis de la picrotoxinina. Dice que dedujo “un camino interesante e ingenioso” para sacar su estructura tomando como ejemplo una reacción de la santonina (véase “Conversaciones con GD”, en la revista Luvina: “Saqué mucha felicidad leyendo sobre la santonina”, pág. 24, en http://bit.ly/9JAeAJ ). En un poema de Enroque (FCE, 1986) llamado “15-VIII-83, Madrugada (de memoria)”, ya enlistaba ese descubrimiento entre otros como “la analogía entre el verbo bretón y el malgache” o el que “la batalla de Kurukshetra corresponde a los siete contra Tebas”.
Se trata, sigue explicándome, de una especulación biogenética para deducir cómo una planta determinada fabrica una cierta estructura. ¿Qué planta?, pregunto. Contesta que la coca del Levante (Anamirta cocculus) y añade que es a ella a la que “parece referirse Saint-John Perse en el prólogo a [su poema] Anabasis y posteriormente en algún otro lugar”. 
Sigue: “Su mención ha causado dolores de cabeza a los traductores de Perse que no saben de qué se trata. Ortiz de Montellano, creo que es de él la primera traducción al español, la traduce como ‘chinche india’, confundiéndola con un bicho…”.
Y, desde luego, fórmulas. Fórmulas y más fórmulas. De todos los tamaños, en varios formatos y en cualquier género de papel: revolución, cartoncillo, China, bond, aéreo, membretado… Para un ignorante de la más elemental química como yo, no son sino series de dibujos. 
Una bella colección de series de dibujos. La “caligrafía”, que tiene algo de oriental, busca siempre el equilibrio en la hoja en blanco. Los grupos de fórmulas crean situaciones gráficas llenas de sugerencia plástica. Como sucede con frecuencia con los poemas de Deniz, la falta de noticias sobre un tema no impide la gozosa apreciación.

Abre este post el documento que acreditaba a Juan Almela Castell como alumno de la Facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México, a la que asistió unas semanas de 1953. La foto de él mismo, adulto, fue la única que se conoció del poeta durante largos años; apareció por vez primera en la contraportada de su antología Mansalva (Lecturas mexicanas, SEP, 1987).

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