lunes, 19 de abril de 2010

Ruta de Emiliano Zapata (primera de dos partes)

Dije que sería buena idea ir tras los pasos de Emiliano Zapata, argumenté la cercanía del estado de Morelos, lo agradable del clima en estas fechas, la abundancia indudable de materiales informativos que facilitarían la aventura, pero lo hice de manera hipotética, refiriéndome al sábado de un futuro impreciso que nunca llegaría, con la certeza de que mis palabras no tendrían ninguna consecuencia práctica. No contaba con la tenacidad de Ana, que a los pocos días me llamó para decirme que teníamos una invitación a pasar el fin de semana en la casa de un amigo suyo en Yautepec, a un lado de la Hacienda de Oacalco, en pleno territorio zapatista. 
Por si fuera poco, se ofreció a manejar su camioneta nueva y a llevar comida y agua, y hasta dio los primeros pasos en la preparación de las rutas posibles, puntos de interés, horarios... Preparación que resultó sorprendentemente menos fácil de lo que yo había dicho, y sus resultados, tratándose de tal personaje y este año, más bien pobres. Un viernes conseguí librarme gracias al cumpleaños de un amigo; al siguiente no tuve más pretextos y pasadas las cuatro de la tarde me vi en un coche con Ana y su prima Cristina atravesando la ciudad de México rumbo a la carretera del sur.
¿Qué impresión se llevaría un turista bien intencionado si decidiera hacer la expedición por los lugares en los que nació, vivió y fue asesinado Emiliano Zapata? Hoy mismo, quiero decir, antes de que la oportunidad política les devuelva la trascendencia durante una mañana solemne... sólo para volver al olvido. ¿No es triste que frente a la casa donde nació el hombre que encabezó algunas de las exigencias más genuinas de la Revolución haya una manta que dice: "NO a la gasolinería en Anenecuilco"? ¿Y qué decir del Museo, digno de Ripley, que hay en el casco de la hacienda donde lo asesinaron?
Si ese turista fuera hoy mismo a esos escenarios, con la información que está en condiciones normales a su alcance, esto es lo que vería. Hicimos la ruta en cinco pasos, en este orden: Cuautla, Anenecuilco, Villa de Ayala, la Hacienda de San Juan Chinameca y Tlaltizapán. Volvimos a nuestro punto de partida, Yautepec, por un camino diferente al que nos había llevado, por lo que acabamos trazando en el mapa un óvalo para ir y volver.

1. Cuautla. Plaza de la Revolución del Sur
Esta plaza, que se encuentra casi como por azar atravesando Cuautla camino a Anenecuilco, señala el lugar en donde Zapata está enterrado. Está en obra: un grupo de albañiles cava alrededor para hacer, según nos explicó uno de ellos, los cimientos de una columnata que rodeará al monumento actual. 
¿Está enterrado debajo, cerca del lugar en donde trabajan? No conseguimos saberlo. Quizás nos lo hubiera dicho Telcel. No es broma: en puntos estratégicos de la ruta, la empresa telefónica comparte mamparas con las de las Rutas del Bicentenario, en las que ofrece información a cambio de marcar a un número. No lo hice: sentí cierta indignación por la sola idea de comprar a Telcel detalles sobre el movimiento zapatista o su líder.
En un extremo de la plaza hay una estela conmemorativa de piedra recinto bajo la cual, según nos dice nuestro informante albañil mientras se rasca la cabeza, puede que esté la tumba. Nos acercamos. Sobre el borde de una jardinera hay una plaquita conmemorativa firmada por el gobierno de Bolivia. Metido en la manta de las noches más frías de la montaña suriana, bajo de la fiebre de los treinta y tantos grados de la primavera morelense, se tiene la sensación de que Zapata acusa la temperatura de un gélido olvido.

2. Anenecuilco. Casa natal
La primera impresión es que las paredes de adobe, retocadas con argamasa y cubiertas por una lona, son un yacimiento prehispánico custodiado por el INAH. Se deja el coche en un terreno sombrado del otro lado de la calle, que atiende un sobrino nieto de Emiliano Zapata Salazar, según explica él mismo. Eso sí, añade, del lado Salazar. Cuando le tomo una foto me pregunta que si quiero que se ponga mejor el otro sombrero. Va por él. 
En el borde del ala tiene una cenefita con los colores de la bandera de México. Del lado del camino, frente al enrejado que marca el territorio familiar de los Zapata, una gran manta colgada del muro de la casa-estacionamiento llama a la unión del pueblo para reaccionar conjuntamente a la construcción de una gasolinería.
Como casi todas las veces durante aquella jornada, aunque el lugar estaba cerrado por obra—y bien se encargaron de repetírnoslo dos, tres, cuatro veces—, acabamos viéndolo, si bien sólo la parte descubierta. Un guía abrió el enrejado principal y nos pidió que nos sentáramos bajo la sombra de un árbol para exponernos las condiciones de la vida del héroe local, incluidas teorías originales propias que, dijo, es probable que vean la luz este año.
Los restos de la casa que se conserva, nos explica, son los de una de las dos originales, o por lo menos de una mayor que hubo en ese lugar. Allí nació Zapata el 8 de agosto de 1879. 
Detrás, a la izquierda al fondo, hay un hermoso jardín con las especies especificadas con letreros. No nos permitieron ver el museo, que según se nos dijo estaba en acondicionamiento, pero sí un bonito óleo en proceso de ser concluido, de un pintor apellidado Antuñano, que narra el momento en que Emiliano se despide para irse a la lucha armada.

3. La parota de Villa de Ayala
El gran árbol bajo el cual el maestro local Pablo Torres Burgos leyó el Plan de San Luis el 11 de marzo de 1911, momento que señaló la adhesión de los campesinos rebeldes de la zona al movimiento de Madero, aparece incólume, como si el tiempo sólo hubiera fortalecido sus ramas y hecho más profunda su sombra. 
Ésa es la especie a la que se refería Zapata, aunque con el precioso nombre indígena de huanacaxtle, cuando hablaba de colgar a los traidores, y es fácil imaginar semejante portento botánico atestado de cuerpos pudriéndose al sol. En las paredes del kiosko que se cobija a su sombra está reproducido el plan de Ayala, documento sagrado del zapatismo, de manera digamos popular, con letra manuscrita y dibujos alusivos. No pocos vecinos, todos hombres, la mayoría campesinos y unos cuantos policías, buscan la sombra de árbol y kiosko para conversar, hacer bromas, reír. Imposible no llamar la atención, con Ana y Cristina, dos llamativas güeras que contrastan con el público ambiente. Del lado del camino, que en el lugar del árbol traza una curva como para evitarlo —lo que le da a la vista un particular interés—, unas mujeres venden artesanía a la sombra de la parota, con la justificación del día mundial de la mujer, que acaba de celebrarse.

(Dejo para la semana entrante la visita a la Hacienda de San Juan Chinameca, con el museo que hay en ella, y el viejo molino arrocero que sirvió de cuartel general del zapatismo.)

4 comentarios:

  1. El estado en el que encontraste lo que queda de la historia física de Zapata, es el estado de todo, solo aquel enorme huanacaxtle y la virtud del héroe sobreviven.
    Pero la compañía de las dos rubias seguro que alegraron el paseo, esperamos la 2da parte, muy bueno!!!
    abrazos
    jose

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  2. Fernando.

    Hace algunos años recorrí la ruta. El abandono del museo deja un sabor amargo, aunque en realidad nos dice mucho del verdadero estado de las cosas en nuestro país.
    Esperamos la segunda parte.

    Leí la entrevista que te hicieron,publicada hoy en el Universal. ¡Felicidades!


    Saludos.

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  3. Fer;
    Muy buen articulo.
    Saludos desde las tieras zapatistas.
    Argus

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  4. S bien el articulo....
    pero me gustaria (si te es posible claro)
    poner un mapa (o algo asi) sobre por donde paso emiliano zapata en la revolucion
    Ciao!!

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