lunes, 2 de agosto de 2010

"El sur" de Víctor Erice

Tanto me emocionó volver a ver El sur de Víctor Erice, que he tomado la decisión de dejar pasar el tiempo antes de escribir sobre ella. Mi propósito es llegar a un equilibrio entre lo que sentí y lo que pienso del segundo de los tres únicos largometrajes de un director que a pesar de la brevedad de su obra está considerado uno de los más poderosos y sugerentes del cine europeo del último cuarto del siglo XX. Soy un viejo enamorado de El espíritu de la colmena (1973), su extraordinaria ópera prima; filmada en los últimos años del franquismo, la película hace una lectura de la posguerra española con una profundidad y una belleza reservadas sólo a las obras maestras. 

Mucho se ha dicho y creo que aún se dirá de su imaginativo y riquísimo guión, en el que el cine mismo juega un papel preponderante, de su atmósfera y sus imágenes y de algunas de sus actuaciones —entre las que brilla inolvidablemente la niña Ana Torrent—, que en conjunto hacen de esa obra un retrato, más que de una época en particular, de algunos aspectos de toda una cultura. (Un avance con sabor de época puede verse en: http://bit.ly/94Kvq5).
Quise aprovechar el impulso para ver la única de sus películas que no conocía, por cierto la última de su filmografía hasta la fecha, y así tratar de darme una idea más completa de su trabajo. El sol del membrillo, rodada en 1990, narra unas semanas en la vida creativa del pintor manchego Antonio López (Tomelloso, Ciudad Real, 1936). Durante el otoño de ese año, ambos artistas se dieron cita al lado de un pequeño árbol en un jardín de Madrid, uno para pintarlo al óleo y el otro para filmar el proceso pictórico. 
No sería raro que esta obra, que fue presentada en Cannes dos años después como “ficción” —lo que se justifica sobre todo por la última parte, en la que vemos un sueño—, haya ejercido una influencia decisiva en nuestra manera de entender el cine documental, un género al que en los últimos tiempos se le han descubierto tantas posibilidades (http://bit.ly/bE4s45).
Me sorprende que Erice, tan interesado en lo que subyace debajo de la realidad, haya buscado a un artista que más allá de matices es un pintor decididamente realista. No puede ser más opuesto el tratamiento que uno y otro dan al material con el que trabajan: si Antonio López intenta reproducir el mundo tal como es, y la película da cuenta bastante de sus métodos, Erice ha hecho de su obra una investigación sobre el lado menos visible de las cosas, sobre todo aquello que el mundo se esfuerza en ocultarnos. Desde luego, la distancia entre las perspectivas de uno y otro permite que la reflexión del cineasta alcance cierta pureza como recompensa de su afán de objetividad. 
Entre otras cosas, me gusta por ejemplo que cuando finalmente Antonio López se dispone a pintar —después de que lo hemos visto preparar con parsimonia su material de trabajo, desde el armado mismo del bastidor y el montaje del lienzo—, por razones que luego entendemos, da la primera pincelada no a la tela sino… al árbol. No son pocos quienes piensan que es la mejor obra de Erice; tampoco, quienes la consideran una de las mejores películas europeas de los últimos años.
A pesar de que El sur carece de la perfección formal y la hondura de El espíritu de la colmena y de la novedosa propuesta de indagación sobre el trabajo artístico de El sol del membrillo, no cabe duda de que es la más emotiva.  La vi por vez primera a los pocos meses de su estreno, en 1983, en una Muestra Internacional de Cine de la Ciudad de México de la que mi padre ha conservado el programa, y acabo de volver a verla hace unas semanas en la Universidad de Alcalá de Henares. Es increíble la nitidez con la que durante los últimos veintitantos años se mantuvieron intactas en mi memoria algunas imágenes: una casona hundida en el silencio de un pueblo remoto del norte de España, una bellísima elipsis temporal, una despedida en un comedor vacío al lado del cual se celebra una boda… 
El tema, la relación llena de misterio y cariño tácito entre un padre y una hija; el tono, de una contención algo más que lograda, y la música, que va de un cuarteto de Ravel a algunos pasodobles, y quizás hasta algunos rasgos sociológicos de la España del siglo XX que no se encuentran con la facilidad con la que solía en una Península algo más europeizada —y que acaso sobreviven entre los emigrantes de este lado del océano—, forman parte de un todo que, al menos para mí, resulta de lo más conmovedor (http://bit.ly/b9vEQ6).
Es muy sabido que la filmación de la película se interrumpió por razones económicas y que nunca pudo reanudarse, al grado de que el director que la considera un trabajo incompleto. Erice intentó oponerse a que una versión provisional fuera presentada en Cannes, tal como acabó sucediendo con su anuencia casi de último momento, y en donde por cierto gustó de inmediato —lo que quizás canceló para siempre cualquier intento de reanudación.
De esa manera, mientras que lo que vemos es la primera parte del proyecto original, ambientada en el norte de España, el título hace referencia al lugar en donde debía continuarse… Paradójicamente, la interrupción repentina añade al resultado un toque que eleva su eficacia: nunca sabremos lo que hubiera ocurrido en las tierras meridionales, lo que queda como una interrogante que no deja de crecer en nuestra memoria. Eso es lo que pasa con un fenómeno cultural tan propiamente hispánico como los poemas del Romancero tradicional de los que hablábamos hace unas semanas a propósito de “Retrato de muchacha con pug”. Una de las características constantes en los mejores ejemplos radica en que comienzan in media res —esto es, en medio de un suceso que está en marcha— y acaban de forma de alguna manera abrupta, dejando en nosotros la sensación del misterio. Tal como sucede al final de El sur.
Con todo, es imposible dejar de preguntarse cómo hubiera resuelto Erice presentarnos el mundo real que sugiere una palabra tan cargada de connotaciones como la de su título, una vez que la muerte del padre hace que la hija decida viajar al sur para enfrentar las incógnitas del pasado de su familia. (Por cierto, me pareció tan interesante el recurso que me permití copiarlo en un poema que ocurre en un puerto sureño de México pero se llama, por razones que no vienen al caso, “Norte”. Cf. Ora la pluma, 1999, pág. 27).
Si tarde o temprano me gustaría volver a ocuparme de la película, hoy quiero compartir con los lectores de Siglo en la brisa un par de secuencias que me gustan en particular —muy relacionadas entre sí y que juegan un papel de equilibrio en ella. 
En el nivel más exterior, ambas comparten la misma música, un par de versiones del pasodoble En er mundo. La primera, en rigor un plano secuencia (es decir, sin cortes), es una de las tomas más deliciosas que conozco; la segunda —por cierto, nótese que el papel de la hija adolescente está interpretado por la futura directora de cine Icíar Bollaín—, representa uno de los momentos que más me llegan de todo el cine que he visto.
Como no sé traer las imágenes en video a este espacio y menos todavía cómo editar los fragmentos que me interesan, ofrezco los enlaces de You Tube en los que pueden verse una y otra vez. La primera está en http://bit.ly/cq6tGr, entre los minutos 4:20 y 6:10; la segunda ocupa los tres primeros minutos de http://bit.ly/ci29aT. Que disfruten esta serie de fantásticas imágenes. Les aseguro que vale la pena el viaje.

domingo, 25 de julio de 2010

El tequila según Gonzalo Celorio

De cuando en cuando me subo al coche y cruzo el Periférico hasta la antigua salida de Picacho, atravieso Fuentes del Pedregal, me interno camino arriba entre unas casas que empiezan a ser menos barrio que pueblo, paso por encima de una vía de tren abandonada, llego a un cementerio, asciendo por una amplia pendiente llena de curvas y topes, llego a otro cementerio, doblo a la derecha en la esquina que señala un altar en la copa de un pequeño árbol, bajo por una calle estrecha que es de doble sentido a pesar de lo que indican los letreros, doblo a la izquierda hacia arriba otra vez por una calle más estrecha y empinada y llena de baches que lleva el imposible nombre de Progreso, todo para abrazar a mi antiguo profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, narrador de origen hispanocubano, Gonzalo Celorio.* También, para tomarme con él unos tequilas. 
Siempre me sucede lo mismo: después de ir hasta la punta suroeste del Distrito Federal, cuando llego a San Nicolás Totolapan —que es en ese pueblo donde termina la ciudad por ese lado—, en cuanto mi amigo y yo nos acomodamos cada uno de un lado de la barra que tiene en un rincón de su comedor, cuando lo veo servirme un generoso chorro de tequila en un caballito de cristal de Bohemia y contemplo el collar de burbujas que se hace en la superficie del líquido y lo llevo a la boca y le doy el primer trago, invariablemente pienso que aquél es uno de los momentos que más disfruto en una ciudad en la que el placer relacionado con las personas y los lugares está lleno de dificultades y de escollos.
Si se considera que en marzo Gonzalo cumplió sesenta y dos años, y que estuve en su casa ya como su alumno con grado de amigo el día que celebró los cuarenta, cuando conocí a su madre y a la mayoría de sus once hermanos, puede afirmarse que nuestra amistad se ha prolongado sin ninguna interrupción durante más de dos décadas largas. A la mesa, a solas o entre otros amigos, durante este tiempo hemos compartido todo género de alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, proyectos de viajes, discusiones intensas y a veces agrias sobre ideas, libros o personas... Y con la salvedad de las veces que nos ha tocado coincidir fuera de México, siempre hemos comenzado la conversación brindando con un tequila.
En 1997 le propuse que coordinara una pequeño manual de bebidas alcohólicas para Viceversa. La idea consistía en invitar a algunos escritores a que elaboraran un texto, cada uno de ellos a partir de un cuestionario común y a propósito de una bebida diferente, sobre asuntos como la materia de la que está elaborada, su sabor, la dosis en que ha de consumirse, cómo es la cruda, en qué etapa de la vida conviene beberla o cuáles son sus resonancias literarias o eróticas… Como sucedió varias veces en la historia de la revista (Clausell: la casa de las mil ventanas, Curanderos y chamanes de la sierra mazateca, El Recetario del Quijote…), el plan tenía interés más allá de esa primera publicación y era posible que el dossier acabara convirtiéndose en libro.
Gonzalo, entonces Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, rechazó mi propuesta por exceso de trabajo. Insistí todo lo que pude, varias veces, sin conseguir otro resultado que ése. La última vez que lo hice fue en La Terraza de Cojímar, un famoso restaurante en un pueblo pesquero a las afueras de La Habana; con nosotros estaba nuestro amigo el escritor Hernán Lara Zavala, quien oyó la conversación, se entusiasmó con el proyecto y me propuso tomar la estafeta. Brindamos los tres con un mojito.
Unos meses más tarde, como entrega principal de un número dedicado mayormente a temas gastronómicos (Viceversa, núm. 53, octubre de 1997), apareció una primera Guía del buen bebedor que tres años más tarde, aumentada y corregida siempre bajo la inmejorable coordinación de Hernán, y diseñada brillantemente por Rodrigo Toledo, vio la luz en forma de libro. La nómina de colaboradores incluye entre otros a Francisco Rebolledo (el brandy), Ignacio Solares (la cerveza), Sergio Vela (el champaña), Ernesto de la Peña (el cognac), Sealtiel Alatriste (la ginebra), Vicente Quirarte y Juan García Ponce (el martini), Ulises Torrentera (el mezcal), Armando Jiménez, autor de Picardía mexicana (el pulque), Héctor Aguilar Camín (el ron), Gerardo Deniz (el vodka) y Carlos Montemayor (el whisky)…
Como no cabía esperar otra cosa, Gonzalo se ocupó del tequila. Su sabiduría en el tema, su prosa exquisita y su sentido del humor hacen que su texto sea muy posiblemente lo mejor que se haya escrito sobre esa bebida. Por mi parte, lo he citado tantas veces y en tan diversas ocasiones, casi siempre para ilustrar a los amigos extranjeros acerca de la naturaleza y las propiedades del tequila, que me sé algunos fragmentos de memoria. A casi diez años de la publicación de la Guía del buen bebedor, le he pedido a Gonzalo permiso para volver a publicarlo y celebrar así una amistad que dentro de no mucho cumplirá un cuarto de siglo. A los lectores de este blog les advierto que será difícil volver a llenar un caballito sin acordarse de algunos detalles de este hermoso ensayo.
_______________
El inicio de esta nota es un modesto homenaje a la primera página del ensayo que Celorio leyó en la ceremonia de su ingreso como miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua —una reconstrucción de la capital de México a partir de referencias bibliográficas, en rigor la única manera en que sobreviven las distintas etapas de la historia de una ciudad que desde el momento mismo de su fundación española, en agosto de 1521, no ha conocido más que la destrucción. El ensayo se llama México, ciudad de papel y fue publicado en 1997, con una imagen de Vicente Rojo en la portada, en la colección Marginales de Tusquets Editores. 


EL TEQUILA

por Gonzalo Celorio
El tequila debe su nombre a una población de origen prehispánico, ubicada a poco más de 1200 metros sobre el nivel del mar y a poco menos de 60 kilómetros al noroeste de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco. Es cabecera de un municipio que lleva el mismo nombre y en el que se asientan más de 170 poblados pequeños. En esta región crece, desde tiempos precolombinos, un maguey mezcalero de color menos verde que azul, que ha sido bautizado científicamente con el nombre de agave azul tequilana Weber del cual procede el tequila.
Esta planta se da en suelos arcillosos y en un clima semiseco, pues el exceso de agua le es dañino y acaba por pudrirla. De ahí que se siembre en las laderas de los cerros por donde el agua resbala sin que pueda estancarse y de que la orografía de la región parezca peinada de magueyes.
La planta tarda en madurar alrededor de diez años y no es sino hasta entonces cuando se practica “la jima”, que es la acción de deshojarla, sacrificándola, para obtener “la piña” o corazón de la planta del cual nacen las hojas y cuyo peso aproximado es de 30 kilos. Las piñas son tatemadas en horno y de ellas se extrae un mosto que es depositado en tinajas para su fermentación. Una vez fermentado pasa a los alambiques, donde se destila. Así se produce el tequila blanco, que es el de más alta graduación alcohólica. Pero hay otras variantes, que alargan el proceso: el tequila “joven abocado”, que es más suave; el “reposado”, que permanece un par de meses en grandes pipones, y el “añejo”, que se conserva en barricas de encino entre uno y tres años. 
Los buenos tequilas ostentan en su etiqueta la leyenda “100% agave” para diferenciarse de aquellos que utilizan en su producción otros azúcares hasta en un 49%, que es lo permitido por la ley. Recientemente, el tequila cuenta ya con denominación de origen, circunscrita a diversos municipios de cinco estados de la República, a saber: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Nayarit y Tamaulipas.

***
Como el tabaco, el tequila se disfruta más de regreso que de ida. No se paladea debajo de la lengua, no se entretiene en la boca, sino que se ingiere de un solo golpe, hasta adentro, y es después, al exhalarse, cuando su espíritu se manifiesta. El tequila es una bebida que se fuma.
Suele acompañarse de tres diminutivos y sus correspondientes posesivos: su sangrita, su limoncito y su salecita. No voy a hablar de la sangrita, que es secundaria y, cuando tiene marca, puede ser tan calamitosa como las viudas que le prestan el nombre de sus difuntos maridos. Se dice que el limón y la sal, según consta en un poema de Efraín Huerta, han de colocarse en la hondonada que se forma, por la parte del dorso de la mano, entre el índice y el pulgar.  
Semejante ritual, bastante pegostioso por cierto, hoy día sólo lo practican quienes no toman tequila habitualmente pero giran instrucciones a los extranjeros que, para sentirse mexicanos en una noche de Garibaldi, optan por cambiar el margarita por un tequila de veras. Hay quienes dicen que el limón debe chuparse antes del trago, para preparar la garganta. Pienso lo contrario. El limón, ya espolvoreado de sal, viene a matizar esa exhalación, ese eructo suave y silencioso, apenas susurrado, que sucede a la ingestión decidida. Para mí, la mejor compañera del tequila, empero, es la cerveza. No hablo de mezclas, Dios me libre, sino de alternancias. La cerveza, con sus levaduras, su efervescencia, sus blanquísimas espumas, teje una red sutil en la que cae el tequila, que siempre da saltos mortales. Además, la cerveza quita la sed. Y la sed es cosa seria. Ay de aquel que sacie con tequila su sed. Recientemente se ha instaurado la práctica lamentable de combinar el tequila con refresco de toronja o de cola. Las mezclas de tequila me parecen abominables pero no se puede desconocer el prestigio del coctel llamado margarita, elaborado con tequila, jugo de limón y unas gotas de cointreau sobre hielo frappé y servido en una copa champañera escarchada de sal.
El tequila es un aperitivo y como tal se toma a mediodía, antes de comer, a menos de que la tarde, como dicen, esté tequilera. Es una bebida que debe contarse con rigor notarial. Nunca hay que tomarse más de tres tequilas (se entiende que dobles, en caballito grande) porque sus efectos son muy rápidos e intensos. El primero serena y tranquiliza; el segundo exalta; el tercero conduce a la frontera de la nostalgia. El cuarto rebasa esa frontera y puede provocar la depresión o recuperar los atributos del segundo, el de la exaltación, y provocar la disputa peleona.
La cruda del tequila es espantosa, como todas las crudas, pero ésta en particular genera una aversión a la bebida misma. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo, dice el refrán. Ni manera: si se rebasó la dosis, no hay más que volver al tequila, con la alcahuetería maravillosa de una cerveza: un clavo saca a otro clavo.
Últimamente, sobre todo en Guadalajara, suele servirse el tequila en copa coñaquera. Tal actitud seguramente responde al deseo de proporcionarle el prestigio del coñac. No está mal porque el tequila lo merece, pero a mí me gusta servido en caballito. Para que galope.

***
De un tiempo a esta parte, han proliferado las marcas de tequila y sus coleccionistas. Algunas marcas son muy afortunadas y acaso tengan más valor literario que etílico, como el Suave patria, que ostenta en su etiqueta tricolor, realzada en oros heráldicos, un águila porfiriana. Lástima de la omisión del artículo, aunque, aun sin él, puede beberse con “una épica sordina”. El Caballito cerrero, que, por ser del cerro, no usa Herradura —fábrica de la que procedió y de la cual acabó por independizarse. El Centinela imperial —que cuida el sueño del emperador. Pero yo sólo bebo Herradura blanco de 46°. 
Conozco el proceso de su elaboración, desde la siembra del hijuelo hasta el alambique. He tenido el privilegio, gracias a la generosidad de mis amigos Marieta y Javier Portilla, de jimar el agave en el rancho de San José del Refugio en Amatitán, de presenciar la horneada de las piñas, de ver su desgarramiento, de oler el mosto, que huele a cruda, y advertir su fermentación natural y de perderme en los serpentines de sus alambiques hasta que el tequila se rompe —qué verbo maravilloso— a los 46°.
Las propiedades del tequila son muchas y magníficas. El historiador José María Muriá, que ha dedicado buena parte de sus trabajos de investigación precisamente al tequila, cita en un pequeño y muy recomendable libro de divulgación a don Lázaro Pérez, quien destaca en su Estudio sobre el maguey llamado mezcal en el estado de Jalisco, publicado en 1887, las “virtudes de esta bebida que la experiencia tiene confirmadas”:

Despertar el natural apetito de los alimentos, en las personas que por alguna causa lo han perdido; favorecer las digestiones difíciles; tonificar las funciones gástricas; tener una acción real en aquellas enfermedades en que la atonía hace el principal papel y en las dispepsias que, a menudo son rebeldes a todos los agentes conocidos de la Terapéutica; [...] vigorizar las funciones de la economía debilitadas por la edad; calmar la sed ocasionada por la insolación, propiedad que aprovechan con el mejor éxito muchos caminantes, evitándose así, las enfermedades, a veces de terminación fatal, que sobrevienen cuando para satisfacer aquella imperiosa necesidad, usan del agua natural; atenuar notablemente los efectos que sobre la economía produce en ciertas ocasiones, una extraordinaria baja de temperatura del ambiente; calmar la ingrata sensación del hambre, por espacio de muchas horas, por ser un alimento de los llamados respiratorios; levantar las fuerzas agotadas por un trabajo excesivo; avivar la inteligencia, ahuyentar el fastidio y procurar ilusiones agradables.

***
El tequila ha sido más filmado que escrito. O por lo menos es más conocido por la época de oro del cine nacional que por sus alusiones literarias. Todo mundo tiene presentes las imágenes de Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, apurando el caballito hasta el final o si no, bebiéndolo a pico de botella para animar la confidencia, para amarrar el llanto ocasionado por la mujer perdida, para envalentonar el duelo.


***
—¿Qué quieres tomar? —le pregunté a un amigo que llegó a casa un sábado al mediodía. Me respondió con un plural espléndido y peligroso, que anunciaba lluvias y tormentas:
—Tequilas —me dijo.

________________
Los libros de Gonzalo Celorio (México, 1948) están publicados por Tusquets Editores. Los más recientes son Cánones subversivos, una colección de ensayos sobre literatura hispanoamericana, y Tres lindas cubanas, una conmovedora novela que gira en torno a su madre y sus dos tías maternas, las cuales vivieron tres destinos divergentes marcados por la Revolución Cubana. 

domingo, 18 de julio de 2010

Viaje alrededor de mi escritorio

Cuando mandé hacer mi escritorio quise que fuera tan grande como para poder desplegar sobre él un mapa de buenas proporciones. Si nunca lo he hecho, no ha sido por falta de espacio. Y sin embargo el panorama se complica extraordinariamente y casi siempre sin darme cuenta. El problema hay que buscarlo en mí, que procedo por aproximación simultánea sobre varios frentes de trabajo y por eso, un día sí y otro no, tengo que encabezar aparatosas recogidas, la mayoría de las veces de libros y papeles que fueron consultados un momento y se quedaron a hacer turismo en mi escritorio, contagiados por mi incurable tendencia a la divagación.
Aunque recurro a ellos casi a diario, no forman parte de este recorrido cosas como la agenda, el escáner o el sacapuntas eléctrico; tampoco, un tintero de Mont Blanc que insiste en una interpretación elegante de la postura de Chac mool, de la que sólo yo me doy cuenta. Ni siquiera el vaso con lápices —entre los que descuellan tijeras y abrecartas—, o la muñequita de plomo pintada a mano que ofrece una copa, y menos aun la población flotante de discos compactos, fotos, otros papeles y documentos, más libros…
Así que el pequeño país delante de mis ojos se modifica una y otra vez, todos los días, semana a semana, con la excepción de los siguientes objetos, que persisten en su ser igual que la piedra o el tigre de la cita de Spinoza en la lectura de Borges. Como en los cuadros de Vermeer, la luz los baña por la izquierda, filtrada por un soberbio trueno que empieza a florecer con atraso respecto a la temporada y sus compañeros de calle.

La pieza de Yázpik. Colocada en una base de pino macizo que le mandó hacer mi padre cuando la tuvo a su cargo mientras viví en España, ocupa el lugar más destacado de mi escritorio y mi estudio. Fue un regalo del propio escultor, de quien fui vecino en la calle de Wisconsin, colonia Nápoles, en el segundo y más duradero de los tres domicilios que tuvo Viceversa. La planta baja de su casa, poblada con majestuosidad de esas piedras tajadas o pulidas que sólo se describen apropiadamente en toneladas, y entre las que el único objeto no pétreo era un piano, parecía el rincón de un planeta desconocido. Una tarde me invitó a escoger, de un grupo de piezas pequeñas, la que más me gustara y me decidí por ésta, de la que todos los días saco lecciones de armonía y equilibrio.

El florero de Fernanda. En junio de 2007, algunos meses después de la muerte de mi abuela, mi padre me dijo que en su departamento quedaban bastantes cosas después de la selección hecha por diversos parientes, por si quería echar un ojo y quedarme con algo. En cuanto vi este florero, que destacaba por su verticalidad y buen gusto en la mesa de la cocina, llena de objetos que nadie quiso, supe que mi decisión estaba tomada. No lo recuerdo en el departamento vigente de mi abuela; llegó a mí desde un pasado inmediato que desconozco y ocupa un lugar privilegiado entre las cosas de mi afecto presente. De cuando en cuando le pongo un ramo de astromelias en su memoria.

La foto de la Escuelina. Desde poco después de su llegada a México en 1923, el día mismo que estalló la rebelión delahuertista, y hasta medio siglo más tarde, cuando decidió mandar a ampliarla y colgarla en una pared de su despacho, mi abuelo llevó en la cartera esta foto en la que sale su padre, el maestro del pueblo de Asiego de Cabrales, rodeado de más de treinta niños. Entre ellos aparecen dos hermanos y tres o cuatro primos hermanos, entre ellos su futura mujer. Viviendo en Oviedo, donde me dediqué a investigar la emigración de asturianos a México, mandé yo mismo hacer una ampliación que colgué en la pared del espacio en el que trabajaba. El ejercicio literario que tengo en el horno y que escribí mayormente en Asturias, con la foto siempre delante, está muy relacionado con ella.

Unas madreñas de niño. Según me cuenta mi madre, las compró embarazada de mí en la tienda Los Cinco Precios de Oviedo unos días antes de salir de Asturias camino de México. Era finales de 1963. En octubre de 2006, al volver yo mismo de España, las puso en mis manos y desde entonces las tengo a la vista. En la punta tienen un hórreo a colores. La derecha cumple la función de sostener el cable de mi computadora cuando no está conectada.

Un platito del hotel Hernán Cortés de Gijón. En la esquina contraria a mi computadora, y por lo tanto en el extremo más alejado de mi lugar exacto de trabajo, hay un pequeño plato de servicio de café del hotel donde mis padres pasaron las primeras noches después de su boda, en el que ocuparon la habitación 614. Con naturalidad, el platito se fue llenando de pequeñas monedas extranjeras, pilas, una medalla de aprovechamiento del Colegio México y una piedrita preciosa color verde, regalo de Gratidia, que olvidé en un hotel de Oaxaca y recuperé unos meses más tarde.

Un pequeño elefante de madera. Ya conté que fue en las páginas de La Dorotea donde se produjo el feliz encuentro con el gaditano Columela; gracias a una nota a pie de página, conocí también el significado botánico del verbo “pulular”. Salvo el discutible caso de un pequeño ficus decora, que acusaba meses de luz deficiente y riego inapropiado, lo único que pululaba en el departamento del edificio frente al Campillín en el que viví en Oviedo era la decoración, varias series infinitas de pequeños objetos que evocaban lugares, personas, afectos… Lo primero que hice fue desaparecerlo todo en cuanto armario, cajón y hueco encontré vacío. Cuando llegó el turno de poner a la sombra este simpático elefantito de madera, decidí hacer una excepción. Tres años más tarde, cuando estaba recogiendo mis cosas porque me regresaba a México, me di cuenta de que prefería no separarme de él y lo eché a la maleta. Es el único recuerdo físico que guardo de aquel departamento.

La imagen de las dos Lolas. La espontaneidad del gesto, la ausencia de un diente frontal, el pelo acomodado de cualquier forma... Nótese un amago de pequeños aretes en los lóbulos de las orejas, más claramente en el derecho, que hace descartar la primera impresión de que se trata de un niño. Pero basta para reconocer a Lola la bellísima transparencia gatuna de sus ojos rasgados. ¿De dónde sacó la pequeña tira de fotos de estudio, de la que acabaron sobreviviendo estas dos? ¿Y con qué materia estaría en contacto? Las dos las rayas divergentes que se proyectan desde el ángulo superior izquierdo, líneas de fuga de un foco metálico, ponen un maravilloso color de óxido a una imagen originalmente en blanco y negro. A petición mía, Lola hizo esta copia para la que ella misma escogió el marco.

Un retrato en el parque de la Venta. Fue tomada en el verano de 1987 durante un viaje con Ángeles y Eugenio al Sureste que empezó en Oaxaca, pasó por Chiapas y acabó en Tabasco. En el Parque de la Venta reconocí de inmediato el altar, o quizás una copia del altar contra el que famosamente se retrató Pellicer, el creador de aquel espacio fantástico. 
En el museo del sitio estaba en venta el Álbum Fotográfico del tabasqueño que conservo, publicado en la colección Tezontle del Fondo en 1982. La foto original, que es de treinta años antes, lleva al pie estos versos suyos: “Navega en mi sangre / lo más antiguo de México” (pág. 109). Entre risas, haciendo cálculos y tomando todo tipo de referencias (la mano, el hombro, la otra mano, el pie…), me coloqué lo mejor que pude en imitación del inimitable poeta. Eugenio hizo click.

La descripción física de Horacio. Casi sin darme cuenta, esta pequeña nota escrita al dorso de un recibo de cajero automático me ha acompañado desde Oviedo, en cuya biblioteca pública leí la parte en español de una edición bilingüe de la Vida de Horacio escrita por Suetonio. 
Yo venía desembarcando de uno de los libros más hermosos que he leído, Poets in a landscape de Gilbert Highet, que compré en la librería en la que Nattie trabajaba en Londres. Horacio y Suetonio vivieron con un siglo de diferencia, una distancia mínima si se compara con los veinte que me separan de ellos. La frase, que hace la descripción física del amigo de Mecenas, es tan nítida que quita toda importancia a mi ignorancia del latín: habitu corporis fuit brevis atque obesus. Un testimonio, de su propio tiempo y lengua, del aspecto de uno de los más grandes poetas de Occidente.


domingo, 11 de julio de 2010

Aventura en la calle Frígilis

Ocurrió cuando llegué a vivir a Oviedo y todas las tardes me dedicaba a buscar departamento en la ciudad. Mi primo Félix me dijo que no era mala idea echar un ojo por La Argañosa o Buenavista, así que una tarde hice el paseo por aquellos barrios armado de uno de los mapas elementales que regalan en el Escorialín, el pequeño pabellón situado en la punta del Campo San Francisco que da a la Escandalera y hace las veces de oficina turística. Ya allá, entre calles con nombres como Facetos o Alejandro Casona o Marcos Peña Royo, me alegró mucho encontrar una que se llamara Frígilis… 
Y es que de todos los personajes de La Regenta, mi preferido de la gran novela de Leopoldo Alas Clarín es esa suerte de benefactor naturalista, amigo del árbol y la caza, cuyo nombre era Tomás Crespo pero era conocido como “Frígilis”. Dice la novela que lo llamaban así porque cuando le referían alguna debilidad humana, de aquellas “que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de moralidad asustadiza”, invariablemente respondía: “¿Qué quieren ustedes? Somos frígilis; como decía el otro”. “Frígilis”, añade Clarín, “quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la fragilidad humana. Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la adaptación al medio”.
Es un lugar común de sobremesa decir que La Regenta es la mejor novela española de todos los tiempos, sólo por detrás de El Quijote. Aunque no tengo las lecturas para dar una opinión al respecto, me provoca todo género de simpatías y entusiasmos. La he leído completa algunas veces, la última por cierto viviendo en Asturias, y en todas las ocasiones la experiencia resultó de lo más agradable. Es una novela que consigue crear un mundo suficiente y autónomo como para que pueda leerse satisfactoriamente en cualquier lugar y tiempo, pero también logra quedarse con la esencia de una realidad específica al grado de que ciento veinte años después de haber sido escrita mantiene su vigencia como espejo de la sociedad que la inspiró. 
Si es cierto que antes de llegar a vivir a Asturias tenía formada mi opinión general sobre ella, fue una carta de Marcelino Menéndez Pelayo a Clarín que leí en Oviedo lo que me dio el matiz exacto que mantengo hasta el día de hoy.
Al principio me instalé en un estudio que da a la Plaza del Sol pero luego me cambié a un departamento en un edificio delante del Campillín, un parque bastante peculiar que está en el barrio de Santo Domingo, lejos de La Argañosa o Buenavista pero cerca del lugar en donde hacia 1960 mi madre tomó clases de Corte y Confección con una mujer llamada Cuca Montes, antes de obtener el título en la Academia de las hermanas Migoyo. 
Del otro lado del parque está la Librería Anticuaria, especializada en libros usados, de la que fui cliente asiduo. Por los días en que leía con verdadera admiración el estudio que Menéndez Pelayo dedicó a La Celestina, encontré en ella un libro de José María Martínez Cachero sobre la relación de don Marcelino con Asturias que no pude dejar de comprar.
Publicado en 1957 por el Instituto de Estudios Asturianos, el libro hace un recuento de la relación entre el estudioso y algunos aspectos de la región, por ejemplo su amistad con otros escritores, entre ellos Clarín. Un día me gustaría comentar en este espacio algunas joyas de ese volumen, como dos traducciones al asturiano de la oda Beatus ille de Horacio (una de ellas empieza así: “Dichosu’l que viviendo separtáu / de too lo que cansa la mollera / como fizo la xente d’otros tiempos…”). 
Rigurosos contemporáneos, el extraordinario erudito montañés y el novelista asturiano, según Cachero, coincidieron en 1871 haciendo un doctorado en Letras en Madrid y luego mantuvieron una relación epistolar cargada de afecto y simpatía. En la carta que me interesa, Menéndez Pelayo le dice a su amigo que la narración de La Regenta le parece “magistral” y el diálogo “muy sabroso” pero objeta que las figuras principales son “demasiado complicadas y, por decirlo así, compuestas…”. Y añade un párrafo de gran percepción: “…no me acaban de parecer artísticos ciertos tonos crudos que harán de fijo que las gentes de Oviedo le saquen a Vd. los ojos. No conozco bastante aquel pueblo para juzgar de la entera exactitud moral de las descripciones de usted, pero me figuro que Vd., siguiendo su natural tendencia poética y contradiciendo el sistema realista que profesa, ha idealizado un tanto la corrupción de aquellas gentes que, según yo me las imagino, deben ser más soporíferas y vulgares que perversas” (M. Cachero, pág. 272-272).
El calificativo es perfecto: las figuras principales resultan demasiado “compuestas”. Cansa seguir su lenta y detallada transformación. Al contrario, las secundarias están definidas con enorme maestría, lo que hace que a la larga nos quedemos con ellas. Tanto es así que creo que, además de algunas atmósferas (el Casino, el salón amarillo, el Vivero…), lo mejor de La Regenta es esa extraordinaria galería de personajes que aparecen por detrás de Ana Ozores y Fermín de Pas… El propio Víctor Quintanar, por ejemplo, menos por su ridícula pasión por el drama español como por cosas como ese laboratorio de experimentos científicos al que una noche, perturbada por las emociones, Anita entra sin encender la luz y pone patas arriba, rompiendo matraces, echando por tierra aparadores, haciendo añicos instrumentos de medición, hasta que acaba cayendo en una trampa que su marido ha construido para cazar zorros —nada menos.
¿Y qué decir del ateo Pompeyo Guimarán, el perfecto fanfarrón hispánico, que no muere sin confesarse y recibir la comunión? ¿O de Saturnino Bermúdez, el sabio local que nunca falta en las pequeñas capitales de provincia, y que lo sabe todo… sobre nada? ¿Y del arcipreste Cayetano Ripamilán? ¿Y de esa siniestra mujer, madre del Provisor, insuperablemente apellidada Raíces?
Y por encima de todos, Frígilis. La estupidez del mundo está retratada tan a detalle en La Regenta que ni siquiera alguien de su nobleza y sus buenas intenciones logra salir indemne, y es él, al fin erróneamente convencido de las leyes de la adaptación al medio, quien propone el matrimonio insensato entre su amigo Quintanar y la ingenua Anita. Sin duda mi rasgo preferido de todos los que se cuentan de Tomás Crespo es que fue él quien aclimató el eucalyptus globulus a tierras de Vetusta. 
En el Campo San Francisco hay por lo menos un par de ejemplares de ese árbol originario de Australia, y uno de ellos con su letrero correspondiente puede verse a la derecha según se sube hacia la Fuente de las Ranas, frondoso, inmenso, altísimo —y hasta diría que robusto si esa palabra por razones etimológicas no se aplicara con toda precisión sólo al roble. 
Por ver hasta qué punto tan entrañable personaje de la literatura escrita en Asturias era conocido por los asturianos de a pie, y también, por qué negarlo, con genuina ilusión literaria, en cuanto vi que había una calle con su nombre me sentí incapaz de no hacer algunas averiguaciones. Precisamente en la esquina que hacen Frígilis y Marcos Peña Royo había un hombre de unos sesenta años acompañado de alguien más joven, tan parecido a él que no podía ser sino su hijo. “Disculpe, señor”, le pregunté, “¿podría decirme dónde está la calle Frígilis?”. Se me quedó viendo como si le hablara en chino. “¿Qué calle?”, preguntó a su vez. “Frígilis”, repetí, “busco la calle Frígilis”. Con marcado acento español, matizado de asturiano, contestó: “Oiga, pero ¿le dijeron que era por esta zona? Porque por aquí no hay ninguna que se llame así”. Le mostré el mapa. 
En efecto, ahí ponía “Frígilis”. Nada lo movió, sin embargo, de su primera opinión. Ya se sabe que en España todo el mundo tiene una idea fuertemente enraizada de las cosas, sin importar que el universo afirme a veces lo contrario y las pruebas se muestren inobjetables y palmarias. Quizás con la idea de apartar para siempre de mi cabeza lo que no podía ser más que un absurdo contrasentido, el hombre dijo, moviendo la cabeza: “No, chaval, no. Qué va. ¡Ni pensarlo!”. Y añadió, como argumento supremo: “¡Eso no es ni asturiano!”.